20. Libertad
Libertad
Como Cazador de Sangre, nunca me había parado a reflexionar sobre mi objetivo o mi propósito.
El fin último era matar vampiros. Era sencillo.
Sencillo de entender, pero difícil de ejecutar.
Quizá fuera más simple en Hope City o en Goldfield.
Allí los vampiros no formaban parte de la aristocracia.
Matabas a uno y, si no te daban una medalla, al menos a la policía le traía sin cuidado. Pero aquí, ellos eran los que mandaban.
Así que los Cazadores de Sangre recorríamos la tierra matando vampis menores, monstruos, bestias… y vivíamos de las migajas mientras lo hacíamos.
A mí nada de eso me había importado. Por aquel entonces no tenía un rumbo real. Mi viaje se trazaba por conveniencia. De aldea en aldea, de muerte en muerte.
Al menos tenía un enfoque. Al menos durante un tiempo. Durante los instantes que costaba despachar a un monstruo, nada más importaba. Pero, una vez terminada la caza, tocaba volver a la carretera. A evitar morir de hambre, a sacar el dinero justo para reponer mis armas.
Mi vida había carecido de un verdadero sentido antes, ya que mi auténtico objetivo siempre estaba fuera de mi alcance.
Y, por cada bestia que mataba y cada necrófago que enterraba, un vampiro aniquilaba una aldea entera. Como si nada de lo que yo hiciera importase.
Pero ahora era diferente. Ya no era un cazador solitario en tierras salvajes matando por cuatro perras. Formaba parte de algo. Algo más grande que yo mismo. Y, aunque mi meta siguiera siendo la venganza, el optimismo y el idealismo inquebrantables de Themba acabaron calando en mí.
Realmente llegué a apoyar un Transkei libre. Un lugar donde mi gente pudiera por fin vivir, verse libre de los vampiros, de los impi, y pudiera al fin establecerse. Un lugar al que yo pudiera pertenecer.
En los meses que siguieron al robo de la plata, dimos uso a los lingotes.
Silumko entregó armas de repuesto y munición, y las usamos para despachar a todo tipo de bestias.
Los Cazadores de Sangre fuimos empleados para aquello para lo que fuimos entrenados, y nos soltaron contra instalaciones de los impi infestadas de necrófagos.
Los sirvientes de los vampiros caían bajo nuestros proyectiles de plata.
¡Qué bien sentaba volver a tener munición!
Equilibrábamos el tiempo entre abatir bestias y entrenar a los rebeldes sobre la mejor forma de lidiar con las bestias domesticadas de los Zulu.
Los Elegidos de Shaka, las hordas de no muertos, antes infundían pavor a todo el mundo.
Pero ahora no eran más que otro obstáculo menor.
¡Ni siquiera necesitábamos plata para ellos!
Cuando no ejercía de Cazador de Sangre, era un rebelde que ayudaba a sabotear instalaciones de los impi, exploraba para la rebelión y era un grano en el culo para el Imperio. Me hacía sentir bien. Al menos, durante un tiempo.
Porque, por mucho que luchara, por mucho terreno que ganáramos, infraestructuras que bombardeáramos o impi que desarticuláramos, seguía sintiendo que algo faltaba.
Y seguía sin poder sacarme de la cabeza la cara del conductor del camión.
Había matado a innumerables monstruos. Pero solo a un humano. Y no podía borrarme de la mente la imagen de aquel cuerpo lacerado y aquellos ojos aterrorizados.
Renuncié a intentar dormir. La cama era cómoda.
Mucho más cómoda de lo que estaba acostumbrado.
La mayoría de los rebeldes se dispersaron para vivir en sus granjas, pueblos y aldeas.
Algunos desaparecieron en las montañas. Pero Themba, después de todos estos años, quería que me quedara con él un tiempo. Para ponernos al día.
Alquiló una humilde morada a un colono, con vistas a un lago. Era relajante. Pacífico. Especialmente después de la carnicería que habíamos sembrado en esta tierra que intentábamos liberar.
Asomé la cabeza por las cortinas y vi la tenue iluminación del sol naciente. No tenía sentido intentar dormirse ahora.
Me levanté de la cama y me puse el equipo. Otra vez de negro. Si no estaba intentando infiltrarme en algún sitio, prefería ir así. Me hacía sentir que estaba en el camino.
Recuperé mis pistolas. Dos, ahora. Había cogido una del arsenal de un impi. Era una semiautomática del .45. De diseño Zulu. Llamada Assegai-45SA. Iba a ser confuso distinguirlas de las lanzas, dado que las bayonetas de assegai seguían siendo reglamentarias para los impi.
Cogí mis pistolas y salí de la cabaña. El aire fresco de la mañana me saludó, y llevé mis armas a un banco y una mesa de picnic de madera con vistas al lago.
El sol, que se alzaba lentamente, me permitió ver mis armas tenuemente mientras las disponía sobre un trozo cuadrado de cuero.
Pero encendí una lámpara eléctrica cercana solo para disponer de algo más de iluminación.
Me puse manos a la obra para desmontar las piezas.
Estaba acostumbrado a usar mi machete y mis assegai en combate, pero no había nada que superase el tacto de una buena pistola en la mano.
Era poder. Dirigido. Controlado. Quirúrgico.
Podía esconder una pistola cuando lo necesitaba y desenfundarla rápido para perforar la cabeza de un necrófago de un solo disparo.
No pegaba tan fuerte como un rifle, pero no le hacía falta.
Para que mi presa cayera, solo necesitaba acertar.
Otra historia sería cuando se tratara de vampiros superiores, pero entonces la cadencia de fuego de estas dos pistolas tendría que ser suficiente.
Mete suficientes balas de plata de punta hueca en cualquier vampi, no importa su edad, y caerá.
Eran duros. Pero no imparables.
Al menos, eso era lo que había aprendido. Aunque había matado a incontables necrófagos y monstruos vampíricos menores, lo cierto es que me faltaba práctica en lo que respectaba a matar a mi verdadera presa.
Oí el crujido de unos zapatos sobre la hierba acercándose. No me volví cuando Themba se colocó a mi lado y examinó mi trabajo.
—¿Levantado temprano?
Gruñí.
—En realidad, me equivoco. No has llegado a dormir.
Alcé la vista y vi que los ojos de Themba estaban llenos de preocupación.
Había echado de menos a mi primo. Más de lo que jamás me había dado cuenta.
Era algo más que su temple, su optimismo y su liderazgo.
Siempre había sido mi guía. Más que un primo, más que un hermano.
Y a pesar de que otros de Mqanduli habían sobrevivido, no podía evitar sentir que Themba era todo lo que realmente me quedaba de mi hogar.
—Llevas unos días luchando por dormir. No ha afectado a tu caza, pero lo hará.
Themba me miró, con los ojos cargados de inquietud.
Me estaba volviendo descuidado. No en la caza. Sino quizá al ocultar mis emociones. O puede que Themba siempre hubiera sabido cómo leerme.
—¿Tú…? —vacilé—. ¿Piensas alguna vez en los hombres a los que has matado?
Me arrepentí de preguntar, pero Themba no dijo nada de inmediato. Sopesó la pregunta y luego se sentó frente a mí.
—De vez en cuando —dijo—. ¿Se trata de…?
Asentí. —Era un chico. Un impi, sí. Pero parecía tan asustado.
—Vi su arma —respondió Themba, con semblante serio—. Había disparado. Actuaste en defensa propia. Era nuestro enemigo. Sencillo.
—¿Entonces por qué no me parece sencillo? Estaba asustado. Disparó. Pero… sigue siendo humano. Los Zulu no son nuestros enemigos. ¡Son nuestros primos!
—Y, sin embargo, nos oprimen. Nos quitaron nuestra tierra, nos alimentaron a los vampiros. ¡Viste lo que le hicieron a Mqanduli! —Themba seguía en calma, pero un rastro de pasión asomaba en su voz.
—No todos ellos —susurré.
Themba pareció a punto de replicar, pero sopesó mis palabras con calma. Asentió, lentamente.
—Ese chico, primo, siempre estará contigo.
Como todos los que he matado. Nunca se irán del todo.
Pero, con el tiempo, habrá días en los que no pienses en ello.
Te levantarás, desayunarás, harás tu vida y, finalmente, te darás cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, sus rostros no han acudido a tu mente.
Dejé de trabajar y miré a mi primo a los ojos.
—Espero con ganas esos días, primo.
Pude ver en los ojos de Themba que él también buscaba esos días. Y que aún no habían llegado. Themba era capaz de leerme como un libro pero, a pesar de que su comportamiento siempre era más abierto, a mí siempre me había costado descifrar a mi primo.
Pero ahora lo hice. Y vi que tras su fachada de valentía y patriotismo, había dolor. Y había sacrificio. Y lo respeté aún más por ello.
Themba se puso en pie y se estiró.
—Deberías intentar dormir un poco. Aunque el sol ya esté saliendo. Tengo una misión para ti. Asuntos de rebeldes. Eres nuestro mejor explorador. Y necesito a alguien calmado y sereno para esta misión.
—¿De qué se trata?
—Un campamento Zulu cerca de las Badlands.
Al norte de la Línea de los Tres Puntos.
Han estado enviando impi y suministros allí arriba.
Necesitamos saber por qué. ¿Qué están planeando?
Si se están preparando para una incursión a través del Karoo, tenemos que saberlo.
Hope City pagará generosamente por ese tipo de información. Y siempre nos hace falta el dinero.
Volví a montar mis pistolas. Themba se alejó, pero se detuvo. Me apretó el hombro.
—Hay una luz al final del túnel, primo. Y llegaremos hasta ella. Todos nosotros.