Cazador de la Sangre (Serie Kat Drummond 10) 15. Cónclave #3
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15. Cónclave #3

—Aunque no lo creáis, como Cazadores de Sangre que matan a las bestias que infestan esta tierra, ya estáis luchando por vuestro país.

—¿Qué país? —intervino Bongani—. Somos un territorio imperial. Eso es todo.

—El país que mantuvo a raya al hombre blanco durante más de cien años.

El país que resistió el avance Zulu hasta el final.

El país que sobrevivió a la opresión de los blancos y ahora sobrevive a la opresión de nuestros sanguinarios primos.

El estilo de vida de nuestros antepasados los hizo frágiles.

Estaban aislados. Solo queríamos cuidar de nuestro ganado.

¿Y acaso era eso tan malo? Pero les permitió dividirnos.

Conquistarnos. Pero ser Xhosa no nos hace débiles.

Porque cada uno de nosotros es un reino en sí mismo.

—¿Y qué? ¿Repartimos el Transkei entre cada kraal? —Bongani chasqueó la lengua con desdén—. Verás cómo volvemos a arder.

—¡No si nos unimos! La Resistencia de Transkei sabe cómo combatir a los impi. Les golpeamos donde más les duele...

—Robáis sus raciones y les embozáis los desagües... —se burló otro cazador.

—Pero no tenemos las habilidades necesarias para cazar a los Hijos —continuó Themba, ignorándole.

El círculo guardó silencio. Themba asintió, satisfecho.

—Goldfield no es nuestro aliado, pero podemos aprender de ellos.

Cuando el Imperio les envió vampiros, formaron el Cuerpo de Exterminio.

Los magos de Goldfield sabían que no podían librar una guerra convencional contra tales bestias.

Así que nombraron especialistas. Especialistas respaldados por un movimiento de luchadores por la libertad.

Y aniquilaron a los bebedores de sangre por todo su territorio.

—¡Cazar a los Hijos de frente es un suicidio! —soltó Blessing. Parecía que se había estado conteniendo durante un rato—. La chusma de Goldfield no se puede comparar con ellos. El Cuerpo caza bestias nacidas de la grieta y las sobras del Imperio.

—Los Hijos son más fuertes —convino Themba—. Pero juntos, la resistencia y los Cazadores de Sangre pueden combatirlos. ¡Debemos combatirlos!

Silencio. Bongani se levantó sin decir palabra, seguido por otro cazador y por Blessing. Empezaron a caminar hacia la salida de la cueva.

Themba había dado un gran discurso, pensé. Pero vi cómo el sudor brillaba en su frente. Parecía nervioso mientras otro cazador se levantaba para marcharse.

—¡Sé cómo conseguir plata! —soltó de pronto Themba. Los cazadores se detuvieron y se giraron.

—Sé que os estáis quedando sin plata. Es por eso por lo que Silumko aceptó esta reunión. Sé que la venta de plata está muy restringida. Es ilegal, prácticamente. Y también sé que a todos se os da muy mal robar.

Las palabras de Themba dolieron, pero eran ciertas. El baño de plata de mis assegais se estaba descascarillando. Prácticamente había desaparecido tras lo de la inkanyamba.

—El Imperio tiene problemas financieros —continuó Themba, tranquilizándose al recuperar la atención total del círculo—. Debido a esto, van a realizar un envío masivo de plata, por una sola vez, al Estado de Buena Esperanza.

—Pero... si son enemigos —afirmó un hombre del círculo, con escepticismo.

—El dinero es el dinero. Y Hope City es amiga hoy y enemiga mañana. El camión se aproximará a la Línea de los Tres Puntos dentro de tres días. Quiero vuestra ayuda.

—¿Hay vampiros custodiando los camiones? —preguntó Silumko. Había olvidado que estaba allí. Silumko tenía presencia cuando quería, pero era prácticamente invisible si decidía pasar inadvertido.

—No, pero... —respondió Themba.

—Te faltan hombres —concluyó Silumko la frase.

Themba asintió, avergonzado.

Bongani chasqueó la lengua con irritación y se marchó. Blessing miró con severidad a Themba y luego se dirigió a Silumko en tono de disculpa.

—Gracias por el trabajo que ha hecho, maestro, pero no abandonaré el camino en el que me puso. Cazo vampiros, no impi.

Se fue.

Otros Cazadores de Sangre empezaron a levantarse para marcharse. Otros se movían nerviosos. Themba me miró desde el otro lado de la estancia con ojos suplicantes.

Lentamente, asentí. Y con ese gesto, pareció que un peso desaparecía de mi espalda.

—¡Excelente! —exclamó Anathi radiante, dándome una palmada en la espalda. No la había visto acercarse. Mis mejillas se caldearon—. Los impi trajeron a los vampiros a esta tierra. ¡Es hora de que paguen!

Los otros cazadores no parecían tan convencidos y se volvieron hacia Silumko. En silencio, observamos a mi mentor.

—El camino —dijo él— siempre es tortuoso. Siempre está cambiando. La tradición y la costumbre deben mantenerse si nos sirven. Si no es así, deben abandonarse.

La mitad de nosotros se marchó. Anathi, Silumko, Themba y yo nos quedamos, junto con otros tres. Themba nos estrechó la mano a todos, uno por uno. Silumko admitió que pensaba que seríamos menos los que aceptaríamos.

Todo se volvió borroso para mí a medida que los recuerdos de mi hogar resurgían y recordaba cómo había llegado hasta aquí.

Imperio. Vampiros. Eran lo mismo. Y tenía que aplastarlos. Con tradición o sin ella. Y si mi primo de algún modo había sobrevivido, ¿qué más era posible?