11. La caza #3
Ella asintió con fervor. —Es grande. Demasiado grande para ser solo una anguila. Devoró de un solo bocado las barcas que teníamos varadas allí, dejando solo astillas. Y se dice que alrededor de las orillas del río hay tormentas que no se ven en ninguna otra parte.
Aquello sonaba como el legendario inkanyamba, pero nunca se podía estar seguro. A veces, la gente veía lo que quería ver. Y las leyendas eran a menudo profecías que se cumplían solas. Pero, a pesar de ello...
—Investigaré el río. Gracias por la comida, Aphiwe.
Casi resplandeció al darme las gracias, se dio la vuelta y se marchó.
La observé mientras se iba, fijándome en el balanceo de sus caderas. Por el rabillo del ojo, vi una estampa menos deseable: Graham sonreía con picardía.
—¿Qué? —le pregunté.
—Forastero misterioso, músculos de acero, cicatrices de una vida de servicio y sacrificio... —enumeró Graham, dándose aires de estar recitando poesía romántica.
—¿De qué estás hablando, demonio?
Graham puso los ojos en blanco. —¿Es que todos los humanos sois tan sosos como tú? Te gusta esa chica. ¡Dale caña!
—¿Que le dé qué? ¡No!
—Por el amor de... No, sedúcela.
Negué con la cabeza, volviendo rápidamente a mi comida. Se estaba enfriando.
Graham apareció frente a mí, robando una de las mazorcas. Devoró todo un lado antes de apuntarme con ella como si fuera un arma.
—No vas a llegar a ninguna parte con ese rollo de forastero misterioso si no pasas a la acción. He visto cómo la mirabas...
—Me tiene miedo.
—¡Por ahora! Porque eres un hombre peligroso y violento, pero si ella logra comprender que eres SU hombre violento, entonces será como plastilina en tus manos.
Negué con la cabeza. —No, no. No es apropiado.
Graham se dio la vuelta, soltando un suspiro ruidoso y exasperado. Me sorprendería que nadie más lo hubiera oído.
—Eres un mojigato, Guy Mgebe. Lo de la violencia lo tienes dominado, pero tienes mucho que aprender sobre el sexo antes de poder ser un hombre de verdad.
Hice una mueca, pero Graham no pareció darse cuenta, ya que olió el licor y se fue a saquear el alcohol de los aldeanos para el día de fiesta.
***
El río en cuestión estaba bastante lejos de la aldea.
Tenía que ser impresionante para que los aldeanos fueran hasta allí a pesar de tener todos esos arroyos más cercanos.
Y más impresionante aún ahora que querían que arriesgara mi vida para matar a una anguila gigante legendaria para poder volver a usarlo.
Bueno, ese era mi destino.
Graham me estuvo dando la lata con la falta de pago, como si fuera problema suyo. Pero él no lo entendería. No eran su gente.
Tras una última loma cubierta de hierba, vi el río. Salobre, pero largo y ancho, serpenteando entre las colinas como la serpiente que supuestamente lo habitaba. Arbustos, árboles y juncos crecían en sus orillas.
—¿Por qué no hay asentamientos cerca de este río? —preguntó Graham, con el tono más erudito que le había oído nunca.
—Los peligros acechan en las profundidades y en las orillas. Los asaltantes esperan que aparezcan aldeas cerca de los ríos. Y mira este terreno. Es más llano. Hay menos lugares donde esconderse. Es muy difícil de defender.
Graham negó con la cabeza mientras se colgaba de mi manga.
—Qué tierra más desagradable habitáis. ¿Nunca has pensado en ir a Hope City? Suena bien. ¡Al fin y al cabo tiene «esperanza» en el nombre!
Resoplé y seguí avanzando hacia la orilla del río.
Desde la distancia, el río parecía normal. Nada fuera de lo común, a menos que se considerara así la falta de asentamientos. En una tierra más segura, tal vez lo sería.
Pero, al llegar a la orilla, manteniendo una distancia de seguridad con las aguas oscuras, vi señales de agitación.
Ramas partidas. Arbustos aplastados.
Fui contando los signos de destrucción mientras inspeccionaba la ribera. Un árbol pequeño arrancado de raíz, colgando lánguidamente hacia el río.
Graham permaneció inusualmente silencioso mientras examinábamos los daños en el follaje.
Pronto llegamos a un talud de lodo sin vegetación.
Destrozada y hecha astillas, una pequeña balsa yacía en ruinas contra una roca, lejos de la orilla.
Como si la hubieran lanzado. Me arrodillé cerca, examinando los restos.
Gran parte del daño procedía del impacto contra la roca, pero había un daño inicial en el centro de la balsa.
Algo afilado se había hundido en ella por ambos lados, sacándola del agua de un tirón y lanzándola a la orilla.
Me puse en pie y miré hacia el río. El sol brilló con más fuerza cuando las nubes se apartaron. Había surcos excavados en el lodo oscuro. No los había hecho un hombre. Parecían rastros dejados por una criatura que arrastraba su inmenso peso por la tierra.
Parecían huellas de serpiente. Pero de una serpiente descomunal.
—Esto parece estar un poco por encima de tu sueldo —dijo Graham, y no sonaba burlón.
Di la espalda al río y me marché.
—¿De verdad vas a dejar a esta bestia aquí? ¡No creí que tuvieras tanto sentido común! —añadió Graham.
—No. Voy a volver —dije—. Pero voy a necesitar un poco de ayuda...