2. Caminata nocturna
Caminata nocturna
No parecía real. Ni siquiera ahora. Me giré hacia Themba, anticipando que tendría que detenerlo para que no arremetiera contra los impi armados. Pero mi apasionado e impetuoso primo permanecía allí, lánguido. Un impi ya había recogido su assegai del suelo.
—No necesitaréis estas hojas esta noche —dijo Dlamini, tratando de que su voz sonara tranquilizadora mientras hablaba con uno de los chicos mayores—. Ninguno de los monstruos se acercará a Mqanduli mientras los impi estén aquí.
¿Por qué eso no me tranquilizaba?
El sargento volvió a subir al casspir y el conductor maniobró con el vehículo blindado para regresar por donde habían venido. Los impi nos formaron en dos filas detrás del coche, con dos impi custodiando la retaguardia y dos a cada lado de la procesión.
—¿Listos? —gritó el sargento. Su tono no había cambiado. Era como si no hubiera matado a un hombre esa misma noche.
¿Quizás sentía lo mismo que yo? Un entumecimiento de incredulidad. ¿Se despertaría más tarde esta noche con temblores? ¿O dormiría profundamente?
¿Qué iba a hacer yo?
Alguien chocó conmigo y desperté de mi ensoñación, dándome cuenta de que la procesión empezaba a marchar. Un impi me fulminó con la mirada, pero aceleré el paso antes de que pudiera tener cualquier excusa para gritar. O algo peor.
El vehículo blindado avanzaba lentamente por el camino de tierra, como la cabeza de una serpiente guiando su cuerpo sinuoso. Los impi enfocaban con sus linternas hacia la oscuridad, revelando arbustos dispersos.
—¿Adónde nos llevan? —me susurró Wisdom. No quedaba ni rastro de su jovialidad anterior.
—A casa —le susurré de vuelta. Pero no estaba seguro de tener razón. Sin embargo, solo había una carretera, y llevaba a Mqanduli. Teníamos que confiar en la palabra del sargento. Al menos esta vez.
El blindado levantaba tierra y grava al avanzar.
Agradecí no estar en la parte delantera.
Levanté la vista mientras ponía un pie delante del otro.
La noche estaba en silencio y los árboles cubrían la luna y las estrellas.
Pese a las linternas de los impi, la oscuridad nos cercaba.
Como tinta filtrándose en una página. Parecía estar viva.
Sentía ojos observando. Y, por los movimientos furtivos de los impi, supuse que ellos sentían lo mismo.
—¿Por qué no podemos ir en el coche? —susurró un joven impi, con los ojos y la linterna saltando de un lado a otro entre los arbustos y árboles sombríos.
—No hay espacio suficiente. Ya lo sabes. Tenemos que vigilar a este grupo. Asegurarnos de que no huyan.
—Que huyan —susurró él, con la voz aún más baja, pero yo tenía buen oído.
Observé las copas de los árboles, deseando ver la plata de la luna pero, cuando los árboles se abrieron, me encontré con un cielo rojo. Lluvia y el reflejo del fuego.
—Mqanduli —susurró Wisdom, incrédulo—. Está ardiendo...
Estaba en el horizonte pero, en el mar de campos de un negro azabache, podíamos ver el resplandor inconfundible de la luz del fuego. Demasiado para estar controlado.
Mi corazón se detuvo.
Mi hogar. Mi familia…
Quería echar a correr. Salir disparado a través de las tinieblas para salvar a los seres más queridos. Me imaginé desapareciendo en la oscuridad. Podría ir más rápido que esta columna desesperadamente lenta.
Pero no me moví.
Me miré las manos, pintadas de blanco.
Se suponía que a estas alturas ya debía estar en el camino a la madurez.
Pero aún era un niño.
Cayó una gota de lluvia, impactando en mi mano y borrando la pintura blanca, revelando mi piel oscura debajo. Cayeron más gotas de agua, convirtiéndose pronto en un chaparrón. Un destello. Seguido de un estruendo, mientras surgían rayos y truenos reales.
En cuestión de segundos, estábamos empapados.
—¡Debemos entrar! —le gritó Themba a los impi, perdiendo un poco de su estupor—. El Impundulu nos golpeará y beberá nuestra sangre si nos quedamos fuera.
El impi más cercano a él se limitó a reír. A su empapado amigo no le hizo tanta gracia.
—Estamos acostumbrados a los chupasangres. No temáis a la tormenta ni al ave del rayo. Pronto tendréis un techo sobre vuestras cabezas.
Aquellos hombres no parecían tener miedo al Impundulu. ¡Qué necedad! Muchos pastores habían perdido sus rebaños porque se habían negado a resguardar a sus animales por la noche. El ave del rayo los había dejado secos, usando su sangre para alimentar las tormentas.
Los chicos Xhosa miraron con escepticismo a los impi Zulu.
Tenían que conocer al Impundulu. Mi madre me contó una vez que, cuando era niña, el pájaro no era más que un mito.
Pero, después de que se abrieran las Grietas, las tormentas se volvieron mucho más amenazadoras.
Observé el horizonte, hacia un rayo que impactaba en el suelo a lo lejos.
Los chicos Xhosa se apiñaron más. Themba se puso entre el impi y yo.
—No te asustes —susurró—. El comandante Bhengani es un buen hombre. Él arreglará las cosas.
No dejé de mirar fijamente a la oscuridad, apartando los ojos de los incendios de mi hogar.
—No tengo miedo de los impi —susurré—. Tengo miedo de lo que hay en la oscuridad.
Themba inclinó la cabeza hacia los impi. Ya no estaban charlando como antes. La procesión se movía a un ritmo cansino y caminar con esfuerzo se volvía más difícil a medida que la tierra se convertía en lodo. Al menos no había espinas. Todos habíamos tenido que dejar nuestro calzado en Mqanduli.
—Ellos también —dijo Themba. Señaló con la cabeza a un impi que solo podía ser uno o dos años mayor que yo. Estaba murmurando una oración, al Dios cristiano, a Unkulunkulu o a sus antepasados, no lo sabía. Pero sus nudillos estaban tensos y su dedo descansaba ansioso sobre el gatillo de su rifle.
El impi que iba detrás de él se metió algo en la boca y masticó, apresuradamente. Escupió un glóbulo de pringue roja hacia la oscuridad, justo cuando otro rayo cayó, iluminando los rostros asustados del convoy empapado.
—Maldice al enemigo —explicó Themba.
—¿Qué enemigo? —preguntó Wisdom, escuchando a hurtadillas—. No hay nada ahí.
—Nada ahí que podamos ver —corregí yo.
Wisdom tragó saliva audiblemente y volvió a su lugar en la fila.
Capté la mirada preocupada de Themba mientras volvía a mirar hacia la oscuridad.
Había algo allí. Algo que incluso los impi temían. ¿Lo temía yo? No estaba seguro.
Sentí ojos sobre mí mientras marchábamos entre el barro y los torrentes de agua, hasta que finalmente sentimos el calor de una aldea envuelta en llamas.
No ardía todo Mqanduli, pero había suficientes casas en llamas como para que el pueblo estuviera iluminado con un resplandor naranja violento.
Había Casspirs y buffels aparcados de cualquier manera por toda la aldea, y los impi forcejeaban con hombres y mujeres.
Había más muertos en el suelo. No les miré a la cara.
No quería mirarles a la cara. Conocía a casi todo el mundo en Mqanduli.
—¡Mamá! —gritó uno de los chicos, lanzándose hacia una mujer que yacía hecha un montón junto a una choza ardiente. Un impi le golpeó en el estómago con la culata de su rifle y el chico cayó al suelo, sollozando y con arcadas.
El aire olía a caucho quemado, madera y carne. Como si alguien hubiera cocinado demasiado la carne al fuego.
—¿Por qué? —murmuró Themba, con los ojos muy abiertos. Incrédulo, observaba cómo los impi dirigían a un grupo de gente que conocíamos hacia un muro, donde los registraban. A fondo. Un impi manoseó a una de las mujeres del grupo y su marido alzó la voz. El impi le golpeó hasta que cayó al suelo.
Todos en la procesión miraban a su alrededor apresuradamente, intentando encontrar a familiares o amigos. Yo no. No quería comprobarlo. Había demasiada sangre. Demasiada muerte. No quería saber quién había muerto.
Apreté los puños y miré al frente, al parachoques del casspir, que entraba lentamente en la plaza del pueblo.
«¿Por qué?», me pregunté. ¿Por qué hacer esto?
Éramos una aldea pequeña. Una aldea leal.
Pagábamos nuestros impuestos, denunciábamos a los descontentos.
Los auxiliares de Mqanduli incluso sirvieron para asaltar la Línea de los Tres Puntos en la última Guerra de la Gloriosa Reunificación.
¡Todos habían muerto, pero habían muerto por el Imperio!
¿Por qué quemar nuestros hogares? ¿Por qué quemar mi casa?
Quería sentir rabia por lo que habían hecho. Pero todo había sido demasiado repentino. La cabeza del somagwaza supurando sangre y masa encefálica. El frío que me calaba hasta los huesos. Y los cadáveres…
No había dado ni un paso en el camino a la madurez. ¿Cómo podía entender esto? ¿Cómo podía sobrellevarlo?
Miré a Themba en busca de ayuda. Pero, a pesar de ser mayor, no hacía más que murmurar para sí mismo, igual de incrédulo.
—El comandante Bhengani nos salvará. Es un buen hombre. Tiene sus razones. Él nos salvará.
El convoy entró en la plaza del pueblo, donde un grupo de impi veteranos, con cicatrices y arrugas, permanecían firmes rodeando a un oficial más joven que estaba subido a un casspir.
Mientras que los soldados que venían con nosotros llevaban escudos con el contorno negro en los brazos, estos hombres mayores los tenían blancos, y muchos lucían collares con cuernos de monstruos y madera quemada.
Estos eran asesinos. Veteranos. Los Impi Blancos.
Ellos solían liderar el asalto a la Magocracia al norte o sobre la Línea de los Tres Puntos al oeste.
Pero entonces, ¿por qué estaban aquí? Éramos parte del Imperio. ¿Por qué atacarnos? ¿Por qué estaban quemando mi hogar?
El oficial habló por un megáfono, con el tono exasperado de quien repite un mensaje por milésima vez.
—Por crímenes contra el Emperador y por albergar a separatistas, el asentamiento de Mqanduli quedará bajo la protección de Nkosi Kuzalwa Igazi, de los Izingane Zegazi.
No escuché el resto de la proclamación. Todo lo que oí fue un zumbido. El entumecimiento desapareció y todo lo que podía oír era el tamborileo de mi propio corazón y el zumbido de mil abejas.
Los Izingane Zegazi. Hijos de la Sangre.
Vampiros.