Capítulo 41
La presa
Estoy de pie en el escenario, apenas aferrada a la consciencia mientras mi cuerpo roto cuelga lánguido. Soy una observadora fantasmal de esta pesadilla que se despliega ante mí, desconectada de la realidad pero consumida por un dolor abrasador que palpita en cada fibra de mi ser.
Cada respiración es una lucha, cada movimiento una hazaña tortuosa. No soy más que un cascarón, llena de agonía y vacía de esperanza.
La maldición de la familia Knight aprieta mi mente como un torno implacable, susurrando relatos de horror y advertencia, acechándome como una presencia fantasmal. Transmitida de generación en generación, es una superstición grabada a fuego en el tejido de nuestro linaje.
Tres hijos nacen, pero solo uno está destinado a sobrevivir y continuar el legado. Los otros dos, condenados a sufrir una tragedia inimaginable, sus vidas sacrificadas para que el heredero elegido ascienda al poder.
Esto no es justicia, esto no está bien, pero renuncié a esos ideales hace toda una vida.
En lo más profundo de mis huesos, siempre he sentido la certeza inminente de una muerte temprana.
Y ahora, con una retorcida sensación de certeza, siento la maldición apoderándose de mí, como si simplemente estuviera cumpliendo un guion preordenado, escrito antes incluso de que tomara mi primer aliento.
Mi visión se nubla mientras me balanceo sobre los pies inestables, las luces del escenario demasiado brillantes, abrasándome los ojos. La habitación gira a mi alrededor, un borrón vertiginoso de colores y formas.
De repente, un estruendo ensordecedor atraviesa el aire, como un trueno que estalla demasiado cerca. Abro los ojos de golpe, luchando por enfocar la escena ante mí. Pero no importa cuántas veces parpadee, la visión permanece inalterada.
Valentine está en la entrada, un ángel amenazante armado con un arco en la mano, las flechas ya disparadas. Sus ojos arden mientras recorren la habitación en busca de su objetivo, y cuando se clavan en mí, una ferocidad primitiva cobra vida en ellos.
Mientras arroja el arco a un lado y saca el cuchillo, nuestras miradas se cruzan en un instante fugaz. Eso es todo lo que hace falta para que mi determinación se haga añicos como el cristal, mientras un destello traicionero de esperanza amenaza con abrirse paso.
No puedo permitirme vacilar ahora. La presencia de Valentine no puede protegerme de este destino. No hay escapatoria; lo he sellado yo misma, preparada para acoger la maldición mientras me consume por completo.
La elegante multitud de criaturas retorcidas se encoge de miedo, sus exteriores pulidos resquebrajándose bajo el peso del terror. Un alma desesperada grita pidiendo ayuda, pero es demasiado tarde. Valentine es una tempestad furiosa que arrasa la habitación con poder bruto y determinación.
Agarra a un hombre por el cuello y lo arroja a un lado como un juguete desechado. Una mujer grita cuando él le raja la lujosa estola de piel con saña, la hoja afilada entonando una melodía mortal.
—Valentine —susurro, aunque mi voz es la de un fantasma, demasiado débil para llegar a ninguna parte.
Es demasiado tarde. Sus intentos desesperados por salvarme son inútiles; mi mente y mi cuerpo ya han sido dañados de forma irreparable. Quiero gritarle, ahorrarle el esfuerzo inútil, pero mi voz es un susurro destrozado en comparación con los gritos que resuenan dentro de mí.
Cree que puede rescatarme, deshacer el trauma que me ha consumido, pero ya estoy perdida, más allá de toda redención.
Una ola de puro terror me invade al verlo recibir un golpe brutal en las costillas.
Mi corazón se desploma en un abismo de desesperación y anhelo correr a su lado, protegerlo del daño.
Pero estoy completamente destrozada, rota más allá de toda reparación, y sé que esta vez no hay vuelta atrás desde el borde en el que me tambaleo.
Sin dudarlo, clava el cuchillo en el riñón del atacante con una fuerza que hace crujir huesos y reventar órganos. Un chorro de sangre caliente sale disparado en una niebla mórbida y cubre todo a su paso con un tono escarlata enfermizo, como una vidriera destrozada.
Mi garganta se contrae mientras intento gritar, la voz atrapada en las garras sofocantes del miedo.
Quiero rogarle que se dé la vuelta, que corra y se salve del peligro que se avecina.
Estoy paralizada, incapaz de moverme o hablar, mientras otro asaltante carga hacia él con una botella rota en la mano.
Valentine esquiva el ataque con rapidez; el cristal afilado le roza el hombro, pero ni siquiera se inmuta. Sin dudarlo, gira y clava el cuchillo con fuerza brutal en el estómago del atacante, soltando un grito primitivo de rabia y venganza.
El aire está cargado del hedor a metal y sangre mientras los cuerpos chocan en una danza frenética de violencia. El aroma dulzón y enfermizo del perfume solo intensifica las náuseas que me revuelven el estómago.
El rugido de Valentine resuena en las paredes, ahogando los gritos de sus víctimas mientras se abre paso sin piedad entre los guardias que se atreven a interponerse.
Su hoja es un borrón que corta la carne con facilidad.
Los hombres caen en una lluvia de carmesí, sus chillidos fundiéndose con los gritos horrorizados de los espectadores, impotentes para detener el caos que se despliega ante ellos.
Pero más guardias se abalanzan, y observo impotente, en agonía, cómo descienden sobre Valentine.
Puños y botas lo golpean desde todos lados, pero él sigue luchando, el cuchillo danzando y tajando.
La sangre florece en su camisa, su rostro se contorsiona en una mueca de dolor, pero no se detiene.
Sigue avanzando, sigue intentando alcanzarme.
—¡Ruby! —grita, con la voz ronca de desesperación—. ¡Aguanta!
Las lágrimas me queman los ojos y me nublan la visión. Oh, Valentine. Mi hermoso Cazador. Nunca dejará de luchar por mí, aunque sea inútil. Aunque eso vaya a costarle la vida.
Cada nervio de mi cuerpo me grita que le ordene huir, que salve su vida.
Si se queda, todo por lo que he luchado habrá sido en vano.
Sabía que John vendría a por mí después de que le arrebatara la vida a Michael, pero tomé la decisión de ofrecerme como sacrificio para proteger la verdadera identidad de Valentine. Para protegerlo a él.
Mi voz me falla; ni siquiera sale un sonido. Solo puedo observar, con el corazón hecho pedazos, mientras recibe golpe tras golpe y su sangre salpica el suelo. No es invencible, por muy ferozmente que luche. Y con cada herida que sufre, cada gota de sangre que derrama, una parte de mí muere con él.
El mundo se tambalea y gira violentamente, y mis piernas ceden bajo mi peso. Me desplomo sobre el escenario implacable, mi cuerpo destrozado sucumbe por fin al dolor. Mientras caigo en picado, mis ojos se clavan en los de Valentine con una intensidad absoluta.
En su mirada, veo la verdad desnuda que siempre ha mantenido oculta. Las palabras que nunca tuvo el valor de pronunciar. Me ama.
Está aquí, desangrándose y destrozado, luchando con todo lo que tiene porque me ama.
—¡Lucha, maldita sea! —le grito a Valentine mientras yace en el suelo, golpeado y sometido—. No puedes rendirte ahora. Tienes que vivir por ti mismo. Elige sobrevivir, Valentine. No dejes que ganen.
Observo cómo sus ojos se estrechan con un brillo calculador, y me pregunto si habrá leído mis labios.
Pero cuando de repente se pone de pie de un salto y suelta un rugido gutural que me recorre la columna como un escalofrío, me doy cuenta de que no.
Con una determinación feroz, carga hacia mí como un animal herido, dispuesto a atacar sin reservas ni miedo.
En medio del caos y la destrucción, una sinfonía de gritos y alaridos resuena, acompañada del sonido ensordecedor de la madera al astillarse y el cristal al romperse mientras las balas surcan el aire.
Con toda esperanza aparentemente perdida, reúno hasta la última gota de fuerza para levantar la cabeza, justo a tiempo para ver a Nick y Jack irrumpir violentamente por un agujero recién abierto en la pared, con las armas desenfundadas y la furia ardiendo en sus ojos.
Ante la distracción, Valentine se tambalea hasta el escenario, la voz ahogada de angustia mientras jadea mi nombre. —Ruby —dice, con los ojos llenos de incredulidad y traición—. ¿Cómo pudiste hacer esto? ¿Por qué no confiaste en que yo te protegería?
Sus palabras cortan como fragmentos de vidrio, atravesándome con cada sílaba. Lucho por despegarme del suelo, con el cuerpo temblando de culpa y arrepentimiento mientras enfrento las consecuencias de mis actos.
Me ahogo con el nudo de emoción alojado en lo más profundo de la garganta, que me araña las entrañas como carbones ardientes. Quema y abrasa, y apenas puedo respirar. Cada centímetro de mi cuerpo duele bajo el peso de este dolor abrumador.
Valentine arrastra el cuerpo maltrecho hasta el escenario, con la mano extendida hacia mí. Intento desesperadamente acercarme a él, pero el cuerpo se niega a obedecerme; el dolor me desgarra con tal intensidad que apenas puedo respirar.
Con una tos violenta, fuerzo las palabras; cada una se siente como una daga atravesándome la garganta.
—Viniste por mí —tartamudeo, con la voz temblando de gratitud y angustia mientras observo a Valentine luchar por alcanzarme con las últimas fuerzas que le quedan.
—Por supuesto que vine por ti —sisea, con la voz cargada de furia y determinación—. Me abriría paso hasta las profundidades del infierno para salvarte. —Sus ojos arden con una resolución inquebrantable.
Los labios se me tuercen en una imitación grotesca de sonrisa, dejando ver los dientes apretados mientras un dolor abrasador me atraviesa la garganta.
—C-creo que acabas de hacerlo —grazno, con la voz ronca tras horas de gritos a manos de John, en carne viva.
—Juro por mi vida que te pondré a salvo —declara con fuego en los ojos.