Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

El Cazador

La sangre empapa mi camisa, espesa y coagulándose como jarabe. No es mía. El tufo a hierro me llena las fosas nasales, mezclándose con el hedor del miedo que persiste en el húmedo callejón.

Un río carmesí fluye del rostro destrozado del matón a mis pies, con la nariz convertida en un amasijo de cartílago y hueso. Balbucea algo incoherente, quizás una súplica de piedad. Le propino una última patada que le rompe la mandíbula. Silencio.

La respuesta a la pregunta que llevo repitiendo los últimos dos días se ha reducido a dos nombres; una, o quizás ambas, de las bandas de poca monta sabe dónde está Ruby.

Después de salir de casa de Ruby, volví a mi loft el tiempo justo para descubrir que las cámaras de CCTV no captaron nada alrededor de su casa.

Joder, ni en toda la calle. Puede haber muchas razones para esto, aunque ninguna importa.

Sin tiempo para investigar fallos técnicos o buscar vigilancia que quizás ni exista, me lancé a las calles.

He preguntado lo mismo a cada persona con la que me he cruzado, y esos son los nombres que me han dado en sus últimos momentos. Los nombres resuenan en mi cráneo, un redoble incesante: Scrappers. Steel Crew. Scrappers. Steel Crew.

Me limpio las manos en la tela arruinada de su chaqueta, con un gesto casi casual.

Tengo los dedos en carne viva, los nudillos partidos y sangrando por el impacto repetido contra carne y hueso.

No siento dolor, solo una ira sorda y vibrante que ahoga todo lo demás.

Es el tipo de ira que te afila, que te convierte en algo letal y puro.

Ruby.

Su nombre es un grito en mi mente, un lamento de angustia que amenaza con partirme en dos. ¿Dónde está? Cada segundo sin saberlo es una marca ardiente en mi piel, su ausencia una herida que sangra y supura.

Se me acaba el tiempo. Los Scrappers y los Steel Crew son mis últimas pistas.

Uno de ellos se la llevó, o sabe quién lo hizo.

Eso está claro. Lo que no está tan claro es cuánto tiempo puede aguantar.

Ruby es fuerte, pero no es una luchadora.

Es todo corazón y pasión, de esas personas que se tiran a la piscina sin saber nadar por los que ama.

Y eso es exactamente lo que estoy haciendo yo también: arriesgándolo todo por la mujer que amo. Sí, amor. No hay duda de que lo que siento por ella es una versión retorcida de ese sentimiento. Odio haber tenido que perderla para darme cuenta, pero aquí estamos, y no hay tiempo para lamentos.

Salgo del callejón con el aire frío mordiéndome la piel empapada de sudor. Pero apenas lo noto mientras subo al coche.

Una parada más. Si no consigo lo que necesito allí, tendré que llamar a Nicklas para repartirnos el trabajo. Es una complicación que no quiero, pero haré lo que haga falta.

Al llegar a mi destino, me subo con el coche a la acera, casi atropellando a una pareja que paseaba. Se apartan de mi camino mientras la mujer me grita insultos por encima del hombro. Si supiera lo poco que me importa.

Todavía llevo el pasamontañas puesto, cubriéndome el rostro por completo, así que no dudo en entrar en el bar de mala muerte.

Es el tipo de lugar donde hasta las cucarachas llevan navajas.

Empujo la puerta y me golpea una pared de cerveza rancia y sudor.

La máquina de discos de la esquina está tocando algo rayado y viejo, ahogado por el estruendo de conversaciones a gritos.

Recorro la sala con la mirada hasta que mis ojos se posan en un rostro familiar.

Tony «Calderilla». Un estafador de poca monta con aspiraciones de primera y una boca que corre más rápido que sus piernas.

Está encaramado en un taburete, bebiendo lo que parece un cóctel con sombrillita.

Me dirijo hacia él, abriéndome paso entre la multitud con gracia depredadora.

—Ah, mierda, eres tú. ¿Ya es febrero? —pregunta, intentando sonar tranquilo mientras me cierno sobre él. Se le agrandan los ojos al ver mi apariencia empapada de sangre. Parece que quiere salir corriendo, pero sabe que es mejor no hacerlo—. Joder, tío. ¿Has estado nadando en un matadero?

—Algo así. —Me siento en el taburete junto a él y me inclino hacia él. Se estremece—. Necesito información.

Traga saliva con dificultad, mirando alrededor de la sala.

—Estoy en medio de algo.

Le quito la bebida y la aplasto con la mano. Los fragmentos de vidrio se me clavan en la palma y el brebaje afrutado salpica la barra.

—Estás en medio de lo que yo te diga.

Calderilla es lo bastante listo como para saber cuándo está jodido. Se hunde en el taburete, derrotado.

—¿Qué necesitas?

—Scrappers y Steel Crew. ¿Quién está al mando ahora?

Duda, y casi puedo ver cómo le da vueltas a la cabeza. Sopesando el riesgo de hablar frente al de resistirse.

—Los Scrappers siguen siendo la banda de Joey B. De los Steel Crew acaba de hacerse cargo un tipo nuevo.

—¿Cuál de ellos está moviendo chicas?

Calderilla se encoge de hombros, pero es un gesto exagerado y nervioso.

—Podría ser cualquiera. O ninguno. Ese tema está muy vigilado últimamente. Nadie quiere llamar la atención.

Se me acaba la paciencia. Lo agarro por el cuello y lo acerco lo suficiente para que pueda olerme la sangre.

—¿Quién?

El miedo le destella en los ojos.

—Tío... solo he oído rumores. Algo de una subasta de carne a medianoche, pero eso es todo lo que sé. Te estás equivocando de persona si quieres datos concretos.

Lo suelto y se desploma hacia delante, ajustándose el cuello con manos temblorosas. Una subasta. Tiene un sentido enfermizo.

Los Hatt cerraron la suya hace años; bueno, todas excepto una. Parece que el mercado negro sigue prosperando. Comprando y vendiendo personas como ganado. Es más rápido de lo que pensaba, pero no todo está perdido. Si va a ser subastada, todavía tengo oportunidad de recuperarla.

—¿Dónde? —pregunto, aunque ya sé la respuesta. Solo hay un lugar en la ciudad con los cojones suficientes para albergar algo así.

Se frota el cuello, evitando mi mirada.

—Venga, sabes que no puedo...

—Calderilla —gruño amenazador.

Suspira, derrotado.

—Mira, si está pasando... si es más que rumores, será en la vieja zona de los mataderos.

Asiento.

—¿Alguno de ellos te está dando problemas?

—¿Quieres decir...?

—Así es. Dame dos nombres y direcciones. Considéralo mi forma de agradecerte la información.

Cuando me da lo que necesito, aunque no sin dejarme claro que no le hace gracia, me levanto, y él se encoge otra vez, esperando que le atice antes de irme.

—Gracias, Tony. Disfruta de la copa.

Me largo enseguida, sin darle tiempo a responder.

Una subasta. Es casi un alivio tener algo concreto, un objetivo en el que centrarme. Pero primero necesito asegurarme. Necesito oírlo de alguien que tenga más que perder. Y ahora sé exactamente dónde encontrar lo que necesito.

Los asientos de cuero de mi coche están pegajosos de sangre cuando vuelvo a meterme dentro y giro la llave. El motor ruge a la vida y salgo disparado a la calle, con los neumáticos chirriando contra el asfalto.

Mientras la ciudad pasa borrosa a mi lado, me planteo llamar a Nicklas para contarle lo que he descubierto. Querrá saberlo, y los Knight tienen los recursos para resolver esto rápido y limpio. Pero dudo. Esto es personal. Es cosa de Ruby y mía.

Descarto la idea mientras apago el motor y aparco a una manzana de mi siguiente objetivo. Es un edificio de vecindad ruinoso, uno de esos lugares donde los sueños van a morir, o irían si alguien se atreviera a tener alguno.

Abro el maletero y hago un inventario rápido. Cuerdas, una selección de cuchillos y otras armas, y, por supuesto, mi arco y flechas. Agarro una porra, sopeso el arma forrada de cuero en la mano y me dirijo al edificio.

El vestíbulo está desierto, un cascarón roto de lo que fue una arquitectura grandiosa. El papel pintado descascarillado y los suelos de mármol agrietados le dan aire de mansión en ruinas. Subo las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndome de anticipación.

Habitación 3B. Llamo y me hago a un lado. Una mirilla se oscurece y oigo una cadena traquetear. La puerta se abre una rendija y asoma un rostro. No lo he visto en mi vida, pero por lo visto este tipo es una espina clavada para Tony.

—Tú —dice, con los ojos desorbitados de reconocimiento y miedo.

—Yo.

Balanceo la porra y le doy en la sien con un golpe sordo. Se desploma sin decir palabra y me cuelo dentro.

El apartamento es un desastre sórdido. Ropa sucia y envases de comida para llevar forman un paisaje de inmundicia.

Arrastro al matón inconsciente al centro de la habitación y reviso la cocina.

Un segundo hombre está sentado a la mesa, esnifando una raya de algo sobre un espejo.

Levanta la vista, confundido, justo a tiempo para recibir la porra en la frente.

Cae desplomado, el espejo se hace añicos y esparce una lluvia brillante de polvo por el linóleo.

Vuelvo al primer matón y, mientras saco una jeringuilla del bolsillo, localizo su tatuaje de pandilla antes de vaciarle el contenido en el cuello.

Estará fuera de combate un buen rato. El segundo hombre recibe el mismo tratamiento.

¿Quién iba a decir que gente de distintas pandillas se juntaba para ir de fiesta?

Yo desde luego no, y me pregunto quién más estará colaborando a escondidas.

Vuelvo corriendo al coche, abro el maletero y saco dos juegos de cadenas.

Luego vuelvo al apartamento, donde desnudo a los dos hombres y les ato las muñecas y los tobillos.

Las cadenas tintinean con un peso satisfactorio mientras las cierro con candado.

Me aseguro de que estén bien sujetos y arrastro cada cuerpo hasta la puerta, uno por uno.