Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

El Cazador

—Sí —responde ella, recostándose contra mí.

A pesar del hombre destrozado que yace boca abajo en el suelo, jadeando, es Ruby quien acapara mi atención.

Parece una diosa mientras se mantiene erguida, mirando a su marido con desprecio en los ojos.

Mi ira hacia ella por drogarme e intentar huir todavía bulle bajo la superficie, pero la reprimo por ahora.

En un instante, la giro para que me mire de frente.

—Val...

Se le agrandan los ojos cuando la levanto, rodeándole la espalda con un brazo mientras la aprieto contra mí. Enseguida me envuelve con brazos y piernas, aferrándose a mí con todas sus fuerzas. Entonces me deja capturar sus labios en un beso feroz antes de apartarse.

No crea mucha distancia, sigue tentadoramente cerca, y con cada exhalación, su aliento me acaricia la piel.

—Me mentiste —acusa.

Si fuera un hombre mejor, la escucharía y luego me explicaría. Pero no soy un hombre mejor, ni siquiera soy un hombre decente. Así que intento reclamar sus labios de nuevo, gruñendo cuando me esquiva.

—Mascota...

—Te dije que no me llamaras así —sisea, interrumpiéndome—. ¿Siquiera te arrepientes de todo lo que has hecho?

Deslizo la mano por su espalda hasta rodearle la nuca. Aprieto hasta que jadea.

—No —gruño—. No creo en el arrepentimiento, y desde luego no lo siento. Si quieres palabras bonitas, te has equivocado de hombre.

Cuando abre la boca de nuevo, me abalanzo, deslizando la mano de su cuello a su garganta mientras le mordisqueo los labios hasta que me da paso. Sabe a vino tinto y pecado, un cóctel delicioso. Me aprieta con más fuerza y gime en mi boca mientras su lengua se enrosca alrededor de la mía.

El beso es lento y lánguido. No tengo prisa, y parece que ella tampoco.

Ahora que he tenido tiempo de reflexionar sobre todo sin que ella esté cerca para distraerme, sé que no tengo prisa con nada que tenga que ver con ella.

Tenemos tiempo. Obviamente no voy a matarla, voy a quedármela.

Lo que eso signifique, no lo sé. Lo único que sé es que es mía, y nunca querré despedirme.

De repente, me muerde la lengua con fuerza, sacándome sangre y obligándome a soltarla con un gruñido. Me fulmina con la mirada, los ojos encendidos de furia y deseo.

—Te contrataron para matarme —acusa con voz estridente, señalando un trozo de papel en el suelo.

Automáticamente, me agacho y lo recojo. Mientras me incorporo, le echo un vistazo y reconozco el contrato.

Hmm, así que parece que no pude escuchar todo desde el dormitorio, porque no la oí enfrentarse a Michael por esto.

Pero como no me opongo a que mi pequeña mascota conozca la verdad, ni siquiera considero negar lo que está diciendo.

—¿Cómo te enteraste? —pregunto, curioso.

Sacude la cabeza.

—Eso no es importante...

—Para mí sí lo es —gruño.

—Pues para mí no —dice, levantando la barbilla con obstinación y sosteniéndome la mirada como si me desafiara a interrumpirla de nuevo.

Una sonrisa se dibuja en mis labios mientras la agarro de las caderas y la acerco.

—Pregúntame lo que quieras, Mascota —digo con voz ronca.

—¿Alguna vez ibas a decírmelo?

Esperaba esta pregunta, así que la respuesta sale fácil.

—Nunca se me pasó por la cabeza decírtelo hasta que desperté y te habías ido —arqueo una ceja—. Después de que me drogaras.

Ante mis palabras, pone cara de satisfacción.

—Ahora sabes lo que se siente —replica.

Desearía saber qué está pensando mientras su expresión cambia frente a mí. Todo el humor desaparece en un parpadeo, y me fulmina con la mirada.

—Me acosaste después de Navidad, ¿verdad? También es por tu culpa que él... —señala a Michael— ...me obligara a tomar tu clase. Todo esto es un juego enfermizo para ti, ¿no?

No se equivoca; acepté el trabajo por curiosidad, y he jugado con ella y la he mantenido cerca por la misma razón.

—Sí —admito, sosteniéndole la mirada—. Así empezó.

Asiente y me quita el papel.

—Al menos eres honesto —murmura mientras se aleja para arrodillarse frente a Michael—. Así que aquí estoy, con dos hombres a los que les importo un bledo. Qué apropiado.

Sus palabras me tocan la fibra sensible, y la culpa asoma.

—Dije que así empezó —gruño, irracionalmente molesto porque solo presta atención a parte de lo que digo—. Ya no es así.

Me hace un gesto desdeñoso con la mano y sacude la cabeza.

—¿Cuándo piensas matarme? —pregunta, mirándome.

Me acerco a ella.

—No voy a matarte —gruño—. Eres mía ahora, Ruby. Y lo has sido desde que te vi por primera vez. Soy demasiado posesivo y controlador como para permitir que ni siquiera la muerte se interponga entre lo que quiero y yo.

Intenta resistirse mientras la pongo de pie, pero es inútil. Le rodeo la cintura con el brazo y la estrecho contra mi cuerpo.

—¿Soy tuya? —pregunta, incrédula—. ¿Por qué? ¿Porque tú lo dices? ¿Porque él... —patea los pies de Michael— ...me entregó a ti?

Asiento.

—Todo lo anterior. Pero sobre todo, porque yo lo digo.

—Demuéstralo —espeta—. Demuestra que soy tuya, Valentine.

Con una risa grave, me quito la chaqueta de cuero y me tumbo en el suelo.

—Quítate el vestido y ven a sentarte en mi cara, Mascota.

—Te dije que...

—Nunca te llamara así —termino su frase con una sonrisa burlona—. Sí, sí. Haz lo que te digo. Ahora.

No me mira mientras baja los tirantes del vestido y desliza la tela hacia abajo. Al llegar a las caderas, las menea. —Incorpóralo —dice—. Quiero que vea lo que me haces.

Me encanta hacer lo que dice, y no tardo mucho en incorporar a Michael hasta dejarlo sentado, apoyado contra el sofá. Tiene los ojos abiertos, moviéndose en las cuencas. Su respiración no es más que un jadeo débil y entrecortado.

—¿Puedes oírnos? —pregunto, dándome golpecitos en la barbilla mientras observo al hombre que me contrató. Me agacho y me acerco, bajando la voz para que solo él me oiga—. Ahora entiendo por qué le tienes miedo. Es… magnífica. Demasiado buena para alguien como tú, y como yo, si te soy sincero.

Sin decir palabra, vuelvo junto a Ruby. Me tumbo en el suelo y me coloco entre sus piernas abiertas mientras ella permanece de pie sobre mí. —Siéntate en mi cara —gruño, agarrándola de los muslos y tirando hasta que se tambalea sobre los tacones.

Un escalofrío la recorre cuando se gira y me da la espalda. Luego desciende hasta apoyar su coño completamente sobre mi boca. Saboreo el regusto ácido de la excitación mientras mi lengua acaricia sus labios hinchados.

Su cuerpo tiembla sobre mí, y le agarro los muslos para mantenerla firme mientras lamo y chupo con avidez, explorando cada centímetro con mi lengua. Gime suavemente, y sus movimientos se vuelven más urgentes a medida que se frota contra mi cara en busca de más placer.

Mi polla se agita y se endurece en los pantalones, presionando contra su prisión de mezclilla.

—¡Sí! ¡Dios! Justo así —gime con avidez mientras mece las caderas más rápido.

Con cada movimiento de mi lengua, su cuerpo responde con un jadeo o un gemido. Sobre mí, se retuerce y se agita, con los muslos apretándose alrededor de mi cabeza mientras sigo dándole placer. Su temblor se intensifica a medida que la empujo cada vez más cerca del clímax.

Cabalga mi cara con creciente desesperación, y los sonidos que escapan de sus labios se vuelven más urgentes. La humedad y el calor entre sus piernas son prueba clara de cuánto desea abandonarse y entregarse por completo a la sensación.

—Valentine… necesito… tengo que sentir… ¡oh, Dios!

Sé lo que suplica, el anhelo primitivo grabado en cada fibra de su ser. Yo; ansío liberarla de las cadenas de su pasado, enseñarle que existen otras maneras.

Por ahora, sin embargo, necesita dolor para llegar al orgasmo, y quiero que se corra en mi lengua.

Quiero —necesito— ahogarme en su humedad.

Así que meto la mano en el bolsillo, busco la punta de flecha y la saco.

Le doy unos golpecitos en el muslo y la sostengo en alto, preguntándole en silencio si está de acuerdo con lo que estoy a punto de hacer.

Me sorprende cuando prácticamente salta de encima de mí. —No —dice, y sacude la cabeza con vehemencia.

—¿No? —repito, apoyándome en los codos. Luego me relamo, saboreando sus jugos en los labios—. ¿Qué quieres, Mascota?

Extiende la mano.

—Dámela.

Lo hago, y ella la acerca de inmediato para inspeccionarla.

La gira de un lado a otro antes de dejar escapar un suave jadeo.

—¡Oh! —Sin añadir nada más, cae de rodillas y busca mi mano.

Sé lo que busca, así que me incorporo del todo hasta quedar sentado.

Luego le ofrezco la muñeca—. No es un tatuaje —murmura mientras me sube la manga y deja al descubierto la marca en mi muñeca.

Reprimo un escalofrío mientras sus dedos recorren la piel fruncida de la cicatriz. —No, no lo es —confirmo.

—¿Quién te hizo eso? —La tristeza se cuela en su voz.

Le tomo la barbilla y la obligo a mirarme. —Lo hice yo, Mascota. Me lo hice a mí mismo.

—Con esto —dice. No es una pregunta, pero aun así asiento mientras me devuelve la punta de flecha.

El olor penetrante de carne quemada todavía persiste en mi mente, un crudo recordatorio de la noche en que me marqué hace tantos años. Aquel aroma acre me llenó las fosas nasales y me dejó un sabor amargo en la boca.

Sin embargo, no logro recordar el dolor, aunque eso podría deberse a la enorme cantidad de alcohol que había consumido antes.

Estaba insensible a todo excepto al intenso calor que irradiaba el metal candente contra mi piel.

Los recuerdos pueden haberse desvanecido, pero el olor todavía me persigue a día de hoy.

—Quiero que me hagas eso a mí.

No puedo haberla oído bien. —¿Quieres que haga qué?

Su dedo recorre la serpiente grabada en el metal. —Me oíste —murmura—. Quiero que me marques mientras te follo. Es… perfecto. —Se lame los labios rojo sangre.