Capítulo 35 #3
Apenas logro ocultar la sorpresa que siento cuando él resopla con enojo y se gira hacia el bar. Estudia las diferentes botellas, incluso llega a oler algunas después de quitar las tapas. Como siento que necesito hacer algo, suspiro de forma audible.
Ignorándome, va a por el vodka de la elegante botella dorada.
—Como si fuera a elegir un whisky cuando todos están abiertos —murmura en voz baja.
Una sonrisa triunfante se dibuja en mi rostro cuando añade hielo a su bebida.
—Lo que tú digas —replico cuando se sienta en el sofá.
Levanto la copa con burla.
—Por nuestro matrimonio.
Doy un buen trago de vino, pero para mi decepción, Michael simplemente deja el vaso sobre la mesa. Me observa sin pestañear, como un puto halcón.
—Por librarme de ti pronto —escupe.
Luego recoge el vaso y vacía su contenido de un trago.
—No sabes lo bien que lo has tenido conmigo, Ruby. Pero pronto lo descubrirás.
—Me imagino que sí —respondo, procurando mantener mi fingida indiferencia—. Dime una cosa. ¿Por qué no me has matado si me odias tanto?
Michael echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada. Para cualquiera de fuera, parece completamente relajado, pero yo noto cómo se acerca la mano herida al cuerpo.
—Oh, lo he deseado muchas veces —responde—. Pero no soy tan estúpido como para echarme encima la ira de tu familia.
Asiento como si eso tuviera sentido, aunque no lo tiene dada la forma en que me ha tratado.
—Claro —acepto con sarcasmo.
Respiro hondo, preparándome para las palabras que llevo años acumulando dentro. Pero Michael de repente empieza a toser.
Busca el vaso, pero está vacío salvo por los cubitos de hielo.
Sin saber qué hacer, me inclino hacia delante y vierto todo mi vino en su vaso.
Que no me reprenda demuestra lo violentamente que está tosiendo.
Ni siquiera pone los ojos en blanco mientras bebe con avidez la mayor parte del vino que acabo de servirle.
—Lo arruinaste todo —digo con la voz temblorosa—. Nunca podré tener una vida normal por tu culpa.
Aclarándose la garganta, se pasa la mano ilesa por el rostro. Tiene los ojos inyectados en sangre, como si algunos vasos hubieran estallado.
—¿Y qué? —dice entre toses—. ¿Y qué importa? Te compré, así que eres mía para hacer contigo lo que me plazca.
Lo observo durante varios minutos mientras sigue tosiendo, doblándose incluso en varias ocasiones. El color de su piel pasa de saludable a un pálido enfermizo, casi verde, y luego a rojo. Es fascinante ver este veneno en acción.
—Ya no —digo cuando hay una pausa en la tos.
—¿Qué quieres decir? —balbucea—. Eres mía de por vida, Ruby. Pareces estar olvidando...
Otro ataque de tos lo interrumpe.
Sabiendo que ha llegado el momento, me quito el zapato y me agacho para alcanzar el papel. Me tomo mi tiempo para desdoblarlo antes de levantarlo y mostrárselo.
—Esto dice que mi vida le pertenece al Cazador, y que no tienes permitido ponerme un dedo encima.
Apenas reconozco mi propio tono al pronunciar las palabras. Sueno completamente hueca, como si no me afectara en absoluto.
Pero esa no es la verdad. Estoy muy afectada, solo que me niego a mostrárselo.
Los ojos de Michael se abren de par en par.
—¿D-dónde c-conseguiste e-eso?
Sus palabras suenan cada vez más forzadas, y se araña la camisa, arrancando los botones superiores mientras jadea desesperadamente.
—Eso es asunto mío —digo con frialdad.
Dios, espero que Valentine ya haya encontrado una forma no letal de lidiar con Marco. Porque si él escuchó lo que acabo de decir, ya estará al teléfono con Nick.
—Y aparentemente, soy tuya. Literalmente. Primero me compraste, luego pagaste para deshacerte de mí. Es casi simbólico.
De pronto se me ocurre algo, inspirado por lo que dije antes. Miro la mano de Michael, preguntándome si eso es... ¿Lo hizo Valentine? Ojalá lo supiera.
Michael intenta reír, pero se convierte en una tos ahogada. Lo observo con una indiferencia fría y distante mientras el corazón me late con fuerza. Me produce una enorme satisfacción saber que me tiene tanto miedo que contrató al Cazador para matarme en lugar de hacerlo él mismo.
—¿Qué fecha es hoy? —le pregunto a mi marido.
No me responde, demasiado ocupado intentando respirar. Bien, me alegra que sepa lo que se siente cuando alguien te roba algo tan simple y esencial como el aire.
—Ya llevamos varios días de febrero, y sigo viva. Pero tú... —hago una pausa para dar efecto dramático—. No estarás vivo para...
El grito que sale de mí cuando Michael se abalanza hacia mí es más instinto —trauma— que otra cosa. Con un gorgoteo nauseabundo se cae del sofá y rueda boca abajo. Uno de sus brazos se extiende hacia mí como si me suplicara ayuda.
El sonido de pasos apresurados me llega, y no necesito girarme para saber que Valentine está aquí, en la habitación con nosotros. Lo oigo acercarse, pero no aparto la mirada de mi marido mientras yace ahí, inmóvil y, con suerte, asustado.
Dios, espero que esté asustado, temiendo por su vida como él me ha hecho sentir a mí demasiadas veces para contarlas. Dejo que una sonrisa fría se dibuje en mis labios.
—¿De verdad crees que voy a salvarte? —pregunto, ladeando la cabeza.
Mi cuerpo vibra cuando Valentine me rodea con un brazo y me pega la espalda contra su pecho.
—¿Te estás divirtiendo, Mascota?