Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Le llevo la mano a la barbilla y se la sostengo. El corazón me da un vuelco cuando gira el rostro, me besa la palma y se apoya contra ella. —No. No sabes lo que pides. El dolor… —Dejo la frase a medias y sacudo la cabeza—. Mi respuesta es no. No voy a arruinarte de esa manera.

Deja escapar una risa amarga y se gira para darme la espalda. —No serás tú quien me arruine —replica mientras se echa el pelo sobre un hombro.

Una furia abrasadora me recorre las venas ante la visión de todas las cicatrices que surcan su espalda. Cuando la examiné en mi loft, solo presté atención a las marcas nuevas, sin apenas reparar en las antiguas.

Pero… Cristo. Algunas parecen… ¿la azotó? El muy cabrón la azotó tan fuerte que la piel se le abrió por toda la espalda. También hay otras, algunas parecen quemaduras de cigarrillo. La visión me revuelve el estómago, pero también me hace comprender lo fuerte que es.

—Qué perfecta eres —digo con voz ronca, y me acerco para besarle la piel expuesta—. No estás arruinada.

Ruby se gira de nuevo, se arrastra hasta mi regazo y me envuelve la cintura con sus largas piernas.

Con dedos temblorosos, busca el dobladillo de mi camisa, y levanto los brazos para que pueda quitármela.

—No soy perfecta —susurra, clavando sus ojos verdes en los míos, oscuros—.

Pero con tu marca, estaré un paso más cerca.

Haz esto por mí, Valentine. Por favor. Tú… me lo debes.

Quizá sí, quizá no. En cualquier caso, esa no es la razón por la que digo:

—De acuerdo, lo haré.

No, es porque me muero por ver mi marca en su piel cremosa.

Con un pequeño suspiro de satisfacción, posa sus labios sobre los míos, recorriendo con la lengua la comisura hasta que abro la boca para ella.

El beso sabe a gratitud mezclada con despedida, y al pensarlo, me doy cuenta de que ha habido un aire de despedida en cada palabra que ha dicho.

No es derrota ni arrepentimiento, como pensé al principio.

No, es como si supiera algo que yo desconozco, y eso me revienta.

—¿Qué me estás ocultando? —pregunto con tono exigente.

Voy besándole el cuello mientras espero una respuesta.

Se toma su tiempo para responder, hasta que llego a su clavícula. Se inclina ligeramente hacia atrás y se agarra a mis muslos para sostenerse.

—¿Quién dice que te estoy ocultando algo? —pregunta, alzando la barbilla.

La nueva posición hace difícil ignorar sus gloriosos pechos. Imposible, de hecho. Me inclino y atrapo uno con la boca, succionando hasta arrancarle un gemido.

—Yo lo digo —gruño.

Riéndose, me pone la mano en la nuca y me aprieta contra ella.

—No te estoy ocultando nada, Valentine. Tú... ¡oh!

Echa la cabeza hacia atrás y gime cuando le rozo el pezón endurecido con los dientes.

—... simplemente no sabes qué preguntas hacer para obtener las respuestas que quieres —responde, críptica.

Hay algo diferente en Ruby esta noche, y me encanta cómo se está dejando llevar. Sin embargo, no me fío del todo. No cuando sé lo enfadada, quizá incluso traicionada, que debe sentirse al descubrir que me contrataron para matarla. Que apenas lo haya mencionado me hace saltar todas las alarmas.

Le suelto el pecho y la agarro del cuello, atrayéndola hacia mí mientras aprieto.

—¿Qué quieres de mí esta noche? —gruño.

Abre los ojos ligeramente.

—Quiero que me folles. Delante de Michael y que me marques —dice con voz ronca.

Noto cómo traga con dificultad bajo mi mano.

—¿Y eso es todo? —pregunto, no muy convencido.

—Por ahora —responde.

La mantengo así durante uno o dos minutos, aflojando poco a poco la presión mientras busco respuestas en sus ojos. Pero no encuentro ninguna, solo la confirmación de que hay algo que no me está contando.

—De acuerdo —acepto—. ¿Qué quieres primero?

En lugar de responderme, Ruby se pone de pie y me arrastra con ella. Cuando los dos estamos en pie, me desabrocha los vaqueros con rapidez, me los baja y se lleva los bóxers de paso. Cuando caen a mis pies, me lo quito todo de una patada, calcetines y zapatos incluidos.

Completamente desnudo, no puedo resistirme a atraerla contra mí, a sentir sus curvas y su piel suave contra mi cuerpo.

—Eres preciosa —gruño, deslizando la mano por su espalda.

Sus ojos verde oscuro se vuelven vidriosos al llenarse de lágrimas contenidas, pero no deja que caigan.

—Gracias —tartamudea.

Luego carraspea y parpadea rápidamente; su mirada se endurece con cada parpadeo.

—¿Qué necesitas para la marca? ¿Un encendedor? ¿Algo más?

Levanto la punta de flecha y la señalo.

—También necesito un bolígrafo o algo para sujetarla. Quizá unas pinzas —sugiero.

Asiente bruscamente, da media vuelta y desaparece en la cocina, donde la oigo rebuscar y cerrar puertas de armarios de golpe. Vuelve con un cubo de metal y me enseña el hielo que llena el fondo.

—¿Esto servirá? —pregunta, señalando las pinzas que cuelgan del borde.

—Sí —gruño, relamiéndome.

Cojo el cubo y lo dejo en el suelo.

—Y un botiquín de primeros auxilios. Cualquier cosa con...

—No pienso taparla —sisea, indignada ante la mera idea.

—Para empezar, tienes que taparla. La piel quedará destrozada y habrá un alto riesgo de infección.

Me aseguro de que vea lo serio que estoy para que sepa que no bromeo.

—Pero también necesito antiséptico para esterilizar la zona antes de marcarte, Mascota. No pienso correr ningún riesgo contigo.

No sé cuál de los dos está más sorprendido por la posesividad y el cuidado que destilan mis palabras. Aunque da igual, no es negociable.

Una pequeña sonrisa de satisfacción le curva los labios mientras vuelve a dejarme solo.

Esta vez tarda más, pero regresa con un pequeño botiquín médico.

La verdad, me sorprende que haya encontrado uno.

Bueno, en realidad no, pero un poco sí. Con el trato que le ha dado Michael, está claro que el cuidado nunca ha sido una prioridad.

—He visto a Marco —dice, entregándome el botiquín.

Suelto un gruñido.

—Más le vale al cabrón seguir inconsciente —comento, recorriéndole el cuerpo desnudo con la mirada para dejar clara mi postura.

Pone los ojos en blanco.

—Lo estaba. ¿Cuánto tiempo seguirá inconsciente?

Demasiado ocupado rebuscando en el pequeño botiquín, no le respondo enseguida. Encuentro rápidamente el antiséptico que buscaba y vierto un poco en una bolita de algodón. Luego le hago un gesto con el dedo para que se acerque.

—¿Dónde quieres la marca?

Se lo piensa, dándose golpecitos en la mejilla con el dedo.

—Hmm... ¿qué tal aquí?

Desliza un dedo entre sus pechos y se detiene justo debajo de uno.

—¿Ahí? —arqueo una ceja.

Sin darle tiempo a responder, alargo la mano y le pellizco la piel. Mi intención era demostrarle que había elegido mal, pero cuando ni se inmuta, el equivocado resulto ser yo.

Se me escapa otro gruñido y giro lentamente la cabeza para mirar a Michael. ¿Qué cojones le ha hecho para que apenas sienta dolor? O quizá sí lo siente, pero no le supone ningún impedimento. Ni siquiera fuera del sexo.

Le señalo con el dedo, sin apartar los ojos de él mientras hablo con mi mascota.

—Esta noche muere.