Capítulo 34 #2
Mientras conducimos, la ciudad se desdibuja en una neblina gris invernal. Las calles están cubiertas de nieve medio derretida, y el cielo pesa bajo y opresivo. Nadie habla, pero el silencio es de todo menos cómodo.
Cuando llegamos, Jack aparca cerca de la entrada al mausoleo Knight.
El cementerio contrasta marcadamente con el resto de la ciudad: sus colinas onduladas y sus árboles centenarios están cubiertos por un sereno manto de nieve.
Salimos del todoterreno y el frío me atraviesa la ropa, calándome hasta los huesos.
Nick ya está esperando junto a la verja y, como es habitual, no está solo. Está con Marco, que se aparta discretamente cuando Jack y yo nos acercamos.
—Nick —digo casi sin aliento—. Gracias por venir.
Me sorprende cuando me estrecha en un abrazo fuerte.
—¿Dónde demonios te habías metido, Ruby?
Suspiro y me aparto.
—He estado...
—Ha estado pasando tiempo con Valentine —añade Jack, tan oportuno como siempre—. En el puto Dumbo, para más inri.
Escupe la última parte como si la zona le resultara ofensiva, y puede que así sea.
Nuestro hermano nos mira a los dos, frunciendo el ceño confundido.
—¿Te fuiste de casa de Jack en mitad de la noche para pasar tiempo con...? Oh.
Sonríe al captar el significado.
—Así que nos preocupamos todos porque querías un poco de...
—No termines esa frase —le espeto. Luego me doy la vuelta y miro hacia el mausoleo—. ¿Entramos?
Nick saca la llave y abre las viejas verjas de hierro, que crujen al empujarlas. El escudo de la familia —un león— está grabado en el metal, un recordatorio del peso que conlleva el apellido Knight. Las paredes de piedra del mausoleo son de un gris apagado, desgastadas por años de intemperie.
Me acerco más, y un escalofrío me recorre el cuerpo, uno que nada tiene que ver con el aire de la tarde.
La fría elegancia de la estructura transmite poder y permanencia, una declaración de legado destinada a desafiar al tiempo mismo.
Columnas flanquean ambos lados de la entrada, con los bordes astillados y suavizados, pero aún regios, como si retaran a cualquiera a acercarse con algo menos que reverencia.
En lo alto hay una inscripción arqueada, apenas visible, que proclama el lema de nuestra familia: By Faith and Fortitude.
Este es el hogar de todos los Knight fallecidos; incluso Papá está aquí.
Pero como ninguno de nosotros sentía otra cosa que odio por él, me aseguré de que el encargado del cementerio se ocupara de todo.
Cuando vine aquí después de la boda de Nick y Carolina, escupí sobre la lápida de mi padre antes de colocar una vela encendida en la de mi madre.
Si existe un Infierno, el hombre que nos engendró está allí.
Como uno solo, pasamos junto al lugar de descanso final de Caspian Knight, sin detenernos hasta que estamos frente al de nuestra madre, Sienna Knight. Murió al darme a luz, así que nunca la conocí. Pero a través de historias y del tiempo pasado aquí, casi siento que sí.
—Hola, Mamá —susurro, arrodillándome para encender la vela. Luego me acomodo y me siento en el suelo de piedra.
Nick y Jack no hablan, pero se arrodillan en la tierra y se besan los dedos medio e índice antes de presionarlos contra la piedra.
—La echo de menos —digo, aunque suena hueco incluso a mis propios oídos—. ¿Cómo puedes echar de menos a alguien a quien nunca conociste?
Jack se pone de pie, mete las manos en los bolsillos del abrigo y aparta la mirada. Nick es más lento en levantarse; sus ojos permanecen fijos en la piedra, sin parpadear.
—Todos la echamos de menos —dice Nick.
Miro de reojo a mi hermano mayor. De los tres, él es el único que realmente la conoció. Tenía seis años cuando murió, edad suficiente para tener recuerdos. Siempre lo he envidiado por eso, pero también lo he compadecido. Los recuerdos pueden ser una carga más cruel que la ignorancia.
Vuelvo a mirar las letras e intento hacerla aparecer con la fuerza de mi voluntad.
¿Qué nos diría ahora? ¿Regañaría a Nick por su cinismo, consolaría a Jack en su silencioso tormento, me perdonaría por el desastre que he causado?
No escucho su voz, pero algo dentro de mí responde.
Somos lo que tú nos hiciste. Somos tu legado.
—Vámonos —dice Jack, que ya se da la vuelta para marcharse—. Me muero de hambre.
No creo que sea verdad, pero no le echo en cara su necesidad de alejarse de aquí.
Caminamos de regreso a los vehículos con pasos más lentos, más medidos. El aire está cargado de palabras no dichas, del peso de la historia. Siento una extraña calma, como si visitar a Mamá me hubiera centrado, me hubiera dado un propósito más claro.
De repente, se me erizan los vellos de la nuca. Es la misma sensación que tuve entre Navidad y Año Nuevo. Miro alrededor en busca de la razón, pero no encuentro ninguna.
Cuando Nick camina hacia su coche, doy un paso vacilante en esa dirección.
—Oye, ¿no vienes conmigo? —pregunta Jack, perplejo.
—Mmm...
Eso es todo lo que logro decir antes de que Nick se dé la vuelta.
—¿Quieres venir conmigo? —pregunta, con tono confundido.
No culpo a mis hermanos por reaccionar así. Jack y yo somos los más unidos, así que tendría más sentido que fuera con mi hermano pequeño.
—Siento que no he hablado contigo en siglos, Nick —digo, esforzándome por sonar sincera.
—Vale —gruñe Jack—. ¿Adónde vamos?
—A mi casa —digo antes de que alguien pueda sugerir otra cosa—. Tarde o temprano tengo que volver, pero me sentiría mejor si estuvierais allí conmigo.
No me pierdo la mirada que comparten, de desconcierto y enfado. Pero afortunadamente para mí, gana la impaciencia de mi hermano mayor. Así que cuando Jack quiere discutirlo, Nick lo corta.
—Vámonos ya. Nos vemos allí, Jack.
Avergonzada por haberlos manipulado, no miro atrás mientras sigo a Nick y me subo al asiento trasero de su coche. Cuando va a sentarse al volante, le pregunto:
—¿Puede conducir Marco? Necesito hablar contigo.