Capítulo 34
La presa
Me despierto sobresaltada, desorientada y enredada en las sábanas desconocidas del dormitorio de invitados de Jack. El sol resplandece a través de las endebles cortinas y me apuñala los ojos como agujas ardientes. Echo un vistazo al reloj de la mesita de noche. Las siete de la mañana.
A pesar de haber dormido solo unas pocas horas, y de que mi cuerpo pesa como plomo, mi mente está más clara ahora.
Después de que Jack me recogiera del loft de Valentine, estaba demasiado agotada para pensar, para hablar, para hacer nada más que desplomarme en esta cama. Ahora, una inquietante lucidez me recorre el cuerpo. Me estiro, bostezo e intento quitarme de encima la niebla persistente del sueño.
Pensar en Valentine hace que el corazón se me contraiga dolorosamente. Y no ayuda nada que todavía lleve puesta su ropa, rodeada de su aroma.
¿Cómo puedo amarlo cuando es tan cruel conmigo? El amor no es racional, pero esto… esto parece una broma enfermiza y cósmica. Sin embargo, aun pensando eso, sé que haré todo lo posible para protegerlo. No es sensato, es… amor.
Como no hay tiempo para sentarme a revolcarme en la autocompasión, aparto las mantas y me siento.
Me estiro hasta que me crujen las articulaciones.
El aire de la habitación es fresco, casi cortante, y casi vuelvo a meterme bajo las sábanas.
Pero eso no servirá. No cuando quiero pasar el día con mis hermanos.
El lugar está en silencio mientras camino descalza hacia el baño, con la esperanza de no despertar a Jack.
Enciendo la luz, cuyo zumbido fluorescente rompe el silencio, y cierro la puerta suavemente tras de mí.
El espejo sobre el lavabo muestra a una extraña: ojos hundidos, piel pálida, cabello como un nido de pájaros.
Me toco el rostro, medio esperando que se desmorone como arcilla vieja.
Me quito la ropa, entro en la ducha y abro el grifo del agua caliente a tope. El vapor se arremolina a mi alrededor y el agua me pica en la piel, lo que me despierta por completo. Me paso los dedos por el pelo y me masajeo el cuero cabelludo con cuidado de no tocar los puntos.
La ducha es un ritual, un bautismo. Necesito limpiarme, no solo de la mugre y el sudor, sino de los últimos días. De Valentine.
El agua se enfría y me quedo un momento más, dejando que el frío me adormezca. Cuando salgo, soy un espectro en el espejo, envuelta en vapor. Me seco el pelo con una toalla y después el cuerpo, cada movimiento lento y deliberado.
De vuelta en el dormitorio, rebusco en la bolsa de lona que Carolina me trajo después del ataque de Michael. Está llena de ropa nueva y escojo rápidamente un conjunto de ropa interior, calcetines, vaqueros y un jersey negro de cachemira.
Ya vestida, vuelvo al baño con el neceser de maquillaje. El espejo se ha despejado lo suficiente como para poder usarlo. Saco un cepillo y me lo paso con cuidado por el pelo antes de aplicarme base, polvos y delineador de ojos. Cada trazo es una pieza de armadura, cada capa un escudo.
Esto no es vanidad; es preparación. Sin él, estoy expuesta, vulnerable.
Me paso los dedos por el pelo, lo sacudo y luego uso un poco de mousse para despeinarlo en un desorden controlado. La mujer en el espejo me resulta familiar ahora, pero hay algo diferente en sus ojos. Una dureza, una determinación. Con eso puedo apañármelas.
Me dirijo a la cocina siguiendo el olor del café. Jack ya está allí, sin camiseta. Intento no hacer una mueca al ver las marcas que dejó la traición de nuestro padre.
Se da cuenta de que me quedo en el umbral y esboza una media sonrisa, medio mueca.
—Vive —bromea.
Mientras camino hacia él, intento no reaccionar a sus palabras, ya que probablemente no estaré viva mucho más tiempo.
—No me toques las narices —digo, forzando una sonrisa—. Ya estoy despierta.
Sirve dos tazas de café y desliza una por la encimera hacia mí.
Doy un sorbo tentativo; el calor se eleva en una nube fragante.
—Gracias por recogerme.
—Por supuesto —dice, y hace una pausa—. Ruby… ¿quién vive allí?
Miro el café y lo hago girar en círculos lentos.
—Es una larga historia.
Se apoya en la encimera y me estudia.
—Tenemos tiempo —dice.
La forma en que lo dice me hace pensar que ya lo sabe, pero quiere oírmelo decir.
Le sostengo la mirada y veo las preguntas que ha estado conteniendo. Quiero contarle todo, quitarme de encima el peso que me está aplastando. Pero no es una opción.
—Te lo contaré, lo prometo. Pero primero necesito un día con mis hermanos. ¿Podemos?
Me estudia con sus ojos verdes, buscando algo. Siempre ha sido el más perspicaz de nosotros, capaz de leer a la gente como si fuera una novela barata. Es un rasgo útil en nuestra línea de trabajo, pero exasperante en un hermano. Me preparo para la confrontación, las acusaciones.
—Claro —dice, rompiendo la tensión—. Tiempo en familia.
Suelto el aire que, sin darme cuenta, estaba conteniendo.
—Llamemos a Nick. Quiero visitar la tumba de mamá.
Jack se endereza y se termina el café de un último y largo trago. Va hacia el fregadero y deja la taza, ahora vacía.
—Ruby —empieza, y se detiene—. Acabamos de…
—Lo sé —lo interrumpo—. Sé que es difícil. Pero es importante.
Se vuelve hacia mí y por un momento creo que va a decir que no, que va a imponerme algún ultimátum. Pero asiente.
—De acuerdo. Lo llamo.
—¿Tienes algo de comer? —le grito mientras sale de la cocina.
—Hay huevos y beicon en la nevera —responde.
Lo veo salir de la cocina y, en cuanto se va, entro en acción. Encuentro huevos, leche, beicon, pan y hierbas. Tarareo para mis adentros mientras rompo los huevos en un bol y los mezclo con un tenedor porque no encuentro un batidor.
Una parte de mí quiere seguir a Jack y escuchar su conversación con nuestro hermano.
Vamos, tiene que ser algo que merezca la pena si ha sentido la necesidad de salir de la cocina.
Pero no soy tan hipócrita. Así que me quedo, vierto los huevos en una sartén, alineo el beicon en la plancha y tuesto el pan.
Visitar la tumba de Mamá va a ser toda una experiencia. Han pasado años desde que los tres estuvimos allí al mismo tiempo. Jack y yo solemos ir juntos, pero es raro que Nick nos acompañe.
La idea se me ocurrió apenas milisegundos antes de sugerirla, y cuanto más lo pienso, más acertado me parece que los tres vayamos a visitarla juntos. Y tiene que ser hoy, ya que es el último día que me queda.
Jack regresa justo cuando empiezo a emplatar. Ya está completamente vestido, y aún tiene gotas de agua en el pelo.
—Huele delicioso —comenta.
Nos rellena las tazas y yo llevo los platos y los cubiertos a la mesa, sentándome frente a él.
—Entonces, ¿se apunta? —pregunto con la boca llena de bacon.
—Sí, quedará con nosotros allí en una hora —confirma, y asiento para indicar que le he oído—. También preguntó por qué no contestas el teléfono.
—Está muerto —digo al acordarme de que se quedó sin batería.
Jack pone los ojos en blanco.
—Sí, ya me lo imaginé cuando me llamaste desde el teléfono de Valentine.
Me tenso al oír eso.
Vale, supongo que se acabó el fingir que no sabe dónde he estado.
—Así que después de que te desmayaras, lo encontré. Está cargando allí.
Señala hacia la mesita del salón donde, efectivamente, está mi teléfono.
—Gracias.
Ya me estoy moviendo antes de terminar de pronunciar la palabra.
Cojo el teléfono y veo de inmediato el mensaje de Valentine. Una vocecilla en mi cabeza me insiste en que debería leerlo y hacerle saber que Michael no será un problema por mucho más tiempo. Me muerdo el labio inferior, mordisqueando suavemente mientras pienso qué hacer.
—Deberías terminar de comer antes de que tengamos que irnos —dice Jack, y sus palabras me sacan de mis pensamientos—. Ah, Nick también ha dicho que Carolina no viene.
Bloqueo el teléfono y me lo meto en el bolsillo trasero de los vaqueros antes de volver junto a él con paso decidido.
—Vale.
Mantengo el rostro y el tono impasibles. No iba a pedir esto, pero tampoco voy a negar que me gusta saber que seremos solo mis hermanos y yo.
Me siento de nuevo, frente a Jack. Parece cansado, exhausto incluso. Sé que si le cuento todo, hará lo que sea para protegerme, aunque eso signifique encerrarme. Por eso mismo no puedo contárselo ni pedirle ayuda.
—Jack —digo, y levanta la vista del teléfono—. Gracias. Por todo.
Sé que ya se lo he agradecido, pero nunca está de más asegurarse de que la gente que te importa lo sepa.
Dejo el resto de la comida, me levanto y me acerco a Jack para darle un abrazo como es debido, que él me devuelve con una fiereza que me hace crujir los huesos.
—Sigues siendo mi hermano favorito —susurro.
—Y tú eres mi hermana favorita —responde con sorna.
—Idiota —me río y le doy una palmada suave en el hombro.
Arquea una ceja.
—¿Desapareces durante días y el idiota soy yo? ¿Tienes idea de lo preocupados que hemos estado? No sabíamos si estabas muerta o...
—No estoy muerta —le corto, quizás demasiado bruscamente—. Estoy aquí ahora.
Suspira.
—Solo queremos saber qué está pasando. No puedes dejarnos al margen.
Me muerdo el interior de la mejilla, pensando en cómo calmarlo sin revelar demasiado.
—Jack —digo con suavidad—. Por favor. Confía en mí. Mañana todo tendrá sentido, te lo juro. Pero necesito un día en el que estemos juntos como antes.
Empieza a decir algo, pero se detiene. Veo el conflicto en sus ojos, la lucha entre su necesidad de respuestas y su amor por mí.
—Un día —dice al fin—. ¿Y luego nos lo contarás todo?
Como no quiero mentir más de lo necesario, respondo:
—Mañana lo sabréis todo.
Después de recoger la mesa, nos preparamos. Me pongo uno de los abrigos que compró Carolina. Decir que me compró más ropa de la necesaria se queda corto. Hay prendas suficientes para meses. Y ahora mismo lo agradezco.
Jack me coge del brazo mientras bajamos en el ascensor, y cuando llegamos al garaje subterráneo, me guía hacia su todoterreno. Me deslizo en el asiento del copiloto, enciendo la radio de inmediato y subo el volumen tanto que resulta prácticamente imposible hablar.