Capítulo 26 #3
Una vez terminada la parte superior de su mano, me pongo de pie y agarro la flecha sin ceremonias para arrancarla. Sus gritos y llantos ya no me resultan emocionantes. De hecho, son francamente molestos, así que le enseño los dientes.
—Gritar no te servirá de nada —digo con voz inexpresiva mientras le giro la mano para que la palma quede hacia arriba, antes de clavar la flecha de nuevo atravesándole el miembro y la silla.
Hace todo lo posible por permanecer callado, pero en cuanto deslizo el bisturí bajo su piel, pierde todo control y aúlla de dolor. He hecho esto tantas veces que los sonidos ya no perturban mi trabajo.
Tenía veinticuatro años cuando aprendí por mi cuenta el arte del desollamiento, algo que cualquier cazador necesita dominar. A diferencia de la mayoría, no practiqué con animales, sino con personas. Lo que lo hizo más difícil y más gratificante, ya que estaban vivas.
No me llevó mucho tiempo aprender a ignorar sus pequeños espasmos, gritos, incluso las respuestas corporales que a veces les siguen. Como si lo hubiera invocado, los pantalones de Michael se oscurecen con humedad y el olor a orina me llega a las fosas nasales.
—¿Sabes por qué nadie puede interferir en la caza? —pregunto en tono coloquial, retomando el tema mientras fuerzo el bisturí entre sus dedos corazón e índice.
—N-no —grita.
Lo sospechaba.
—Es porque eso dificulta llegar a mi presa.
Hago una pausa e intento recordar una de nuestras primeras reuniones.
—Pero creo que ya intenté explicártelo. En fin, ahora Ruby está con Jack, y febrero ya está aquí.
Entre hipidos, Michael logra balbucear otra disculpa inútil. No es que importe; ya he terminado. Me pongo de pie y admiro mi trabajo.
—Hemos terminado —digo con tono grave—. Tus indiscreciones han sido castigadas.
Michael deja escapar un suspiro audible de alivio y abre la boca. Pero luego cambia de opinión y la cierra, probablemente sea lo mejor.
Deshago rápidamente las correas e inclino la silla para que caiga al suelo. Se le escapa otro grito cuando el movimiento le sacude la mano, ya que la flecha sigue incrustada en el reposabrazos.
—Esta es tu única advertencia, Michael —digo con voz fría y dura—. No vuelvas a interferir en la caza.
La sensación de satisfacción, de poder, que siento es deliciosa. Esto es lo que soy, pienso, mientras mis dedos recorren la marca intrincada de mi muñeca. Esto es lo que hago.
Lo observo mientras se incorpora hasta quedar de rodillas y tira de la flecha. Cuando por fin consigue sacarla, siento el impulso de volver a clavársela, pero me contengo. Necesito regresar a Nueva York.
Señalo la manguera y el grifo del fondo y le ordeno:
—Empieza a limpiar.
Apoyado contra la pared, observo a Michael recoger su piel del suelo antes de echarle lejía. Cuando empieza a pasarle la manguera, me siento en las escaleras, asegurándome de tenerlo siempre a la vista. Varias veces lo pillo mirando mis armas con deseo, pero en ningún momento intenta coger ninguna.
Tarda un par de horas en terminar, y para entonces apenas puede mantenerse en pie y tiene el rostro más pálido que antes. Estaba convencido de que se desmayaría, así que, muy a mi pesar, me impresiona que siga en pie.
—Es hora de irnos —digo con voz fría e impasible—. Vas a ir andando hasta el maletero y meterte dentro. Y si intentas algo... digamos que tengo muchas más flechas de donde salió esa.
Michael duda un instante, con la mirada yendo de mí a la puerta y viceversa. Pero al final sabe que no tiene elección. Suspira resignado, asiente y empieza a subir las escaleras con movimientos lentos y dolorosos.
Al observarlo, siento desapego y asco. Este hombre, este pobre remedo de ser humano, no merece mi tiempo ni mi energía, y sin embargo he malgastado toda una noche con él.
Mientras lo meto en el maletero del coche y me alejo, dejando atrás la cabaña y el bosque, saco el móvil del bolsillo y frunzo el ceño al ver que está apagado. Yo nunca apago el móvil. Cuando se niega a encenderse, caigo en que debe haberse quedado sin batería.
Resoplo fastidiado conmigo mismo por no haber comprobado la batería, algo muy impropio de mí, y busco el cable USB para conectar el móvil. Pasan varios kilómetros antes de que la pantalla se ilumine mostrando el escritorio.
Solo cuando lo desbloqueo y veo mis aplicaciones me doy cuenta de la magnitud de mi error. En mi afán por castigar a Michael por lo que le hizo a Ruby, me olvidé por completo de la maldita aplicación que distorsiona mi voz. Eso significa que ha estado escuchando mi voz real toda la noche.
Maldigo entre dientes y golpeo el volante con la mano. ¡Qué demonios! Nada de esto tiene sentido. Jamás había cometido un error de novato semejante.
Como profesor, solo he tratado con Michael Simmons dos veces, así que no creo que importe demasiado. Sobre todo después de esta noche. Ahora mismo, estoy bastante seguro de que está demasiado asustado para siquiera plantearse rebelarse contra mí.
Tras la primera hora de viaje de vuelta a la ciudad, finalmente cedo y hago lo que tanto me he resistido a hacer. Con una mano, escribo el mensaje.
Yo: Necesito verte, Mascota.