Capítulo 27
La presa
La somnolencia se aferra a mí como una segunda piel mientras me despierto, con el suave resplandor de mi teléfono atravesando la oscuridad. Mi mano lo busca a tientas, entorpecida por el sueño. La pantalla se ilumina con un mensaje de texto.
Valentine: Necesito verte, Mascota.
Leo las palabras una y otra vez mientras una sonrisa se dibuja en mi rostro.
Desde que desperté en el apartamento de Jack hace unos días, apenas ha habido un momento en que no haya pensado en Valentine, en faltar a clase y…
en echarlo de menos. Pero nunca se me ocurrió ponerme en contacto con él.
No estoy segura de por qué, quizá porque no he querido vincular lo que hicimos en el baño del bar con el ataque de Michael.
Racionalmente, sé que los dos eventos están completamente interrelacionados.
Sin embargo, también quiero negarlo con cada fibra de mi ser.
Porque mientras uno me trajo un placer inimaginable, no solo el que acompaña a un orgasmo, sino algo más profundo, algo más potente, el otro me alejó de Valentine.
Ni siquiera es el dolor lo que me molesta. No verlo es el peor castigo posible, lo cual resulta más que cruel.
Ahora estoy completamente despierta, cada nervio electrificado ante la idea de que él quiera, no, necesite verme. Ignorando el dolor del brutal ataque de Michael, saco las piernas de la cama en la habitación de invitados de Jack y me visto con la ropa nueva que Carolina me trajo antes esta noche.
Después de su reunión con Valentine, pasó por aquí. Decir que me costó no bombardearla con preguntas sobre él es quedarse muy corta.
Mientras me pongo el suéter por la cabeza, la tela roza los puntos del cuero cabelludo y se me escapa un jadeo agudo. Cada movimiento me atraviesa con una descarga de dolor, pero no hay tiempo para recrearme en él.
Me pongo los botines y el cuero frío me provoca un escalofrío que me recorre la espalda. El corazón se me acelera, la anticipación crece con cada segundo que pasa.
Me pongo de pie con una mueca cuando el dolor me atraviesa, pero me niego a dejar que me detenga. Valentine está esperando, y nada me impedirá llegar a él. Respiro hondo y me preparo para el encuentro que me espera.
Me tiemblan los dedos mientras respondo a su mensaje, las palabras apenas bastan para transmitir la urgencia que siento.
Yo: Yo también necesito verte. ¿Ahora?
Mientras espero la respuesta de Valentine, cojo algo del efectivo que sé que Jack esconde en la cubitera del congelador.
No cojo mucho, unos cientos de dólares como máximo.
Como Carolina también me trajo mis cosas, tengo el bolso y las tarjetas de crédito.
Pero no efectivo, y necesitaré algo para coger un taxi hasta donde viva Valentine.
Justo cuando me pongo el abrigo y dejo que el cuero me envuelva, el teléfono vibra en mi bolsillo trasero.
La dirección que Valentine me ha enviado está en Brooklyn.
Vale, pues un taxi. Cojo el bolso, me lo cuelgo del hombro y salgo de puntillas del apartamento de Jack, con pasos apenas audibles mientras me escabullo.
Al llegar al vestíbulo, me recibe el portero.
—Buenos días, señorita —dice, asintiendo con la cabeza.
—Hola —respondo, cortante.
Mira hacia fuera antes de volverse hacia mí.
—Umm… ¿Va a salir ahora? Podría llamarle un coche, o…
Forzando una sonrisa, lo interrumpo.
—No, gracias. Estoy bien. Solo voy a casa.
Palidece.
—¿El Sr. Jack lo sabe?
Por eso precisamente no quiero que me llame un coche. Esta gente es leal a mi hermano, y no quiero que sepa adónde voy.
—Claro —miento—. Si quiere llamarlo, esperaré aquí.
El hombre me dedica una sonrisa aliviada, y me siento mal por mentirle. Aunque no lo bastante como para no echar a correr en cuanto me da la espalda. Cada paso duele, pero me da igual. No aflojo el ritmo hasta que he puesto suficiente distancia entre nosotros.
A estas alturas, respiro con dificultad y me duele cada centímetro del cuerpo. El viento cortante me araña el rostro y me provoca un escalofrío que me recorre la espalda. Las calles desiertas están cubiertas de escarcha, el latido de la ciudad casi silencioso bajo el frío de enero.
Sin taxis a la vista, no me queda más remedio que ir a pie hacia el misterioso loft en Brooklyn. Cada paso resuena con una determinación silenciosa, el dolor en las costillas una sinfonía apagada bajo mi piel.
Mientras atravieso la ciudad, la oscuridad parece cerrarse a mi alrededor, las sombras susurran sus propios secretos. El corazón me late con fuerza en el pecho, la anticipación de volver a ver a Valentine es un tamborileo incesante en mis oídos.
El aire frío me muerde la piel expuesta mientras el viento helado silba entre los cañones de hormigón, su canción lúgubre resuena en mis oídos. Ahora mismo, mientras camino sola, la ciudad parece una entidad viva que respira, su latido pulsa al ritmo del mío.
Con la barbilla hundida en el abrigo, cada aliento que exhalo se convierte en vaho que se disipa en el aire gélido.
Las botas crujen contra los restos de aguanieve helada, el sonido resuena en las calles inquietantemente silenciosas.
El frío me roe los huesos, parece calarme hasta la piel, y me duelen los dedos dentro de los bolsillos.
Pero con cada paso me acerco más a él, la atracción magnética de su presencia se intensifica. El dolor del cuerpo se reduce a un rugido sordo, ahogado por el ritmo atronador de mi corazón.
Mientras cruzo el Puente de Brooklyn, el viento aúlla entre los cables, su lamento es una advertencia que elijo ignorar. Mis pensamientos se arremolinan, tan gélidos como el aire a mi alrededor.
El teléfono vibra a mitad del puente.
Valentine: Tu tiempo casi se acaba, Mascota.
Aunque nunca me dio un plazo, acelero el paso, ignorando cómo el viento atraviesa la chaqueta como si fuera de papel de seda. El corazón se me acelera, alimentado por una necesidad imperiosa de demostrar mi valía.
Cuando por fin llego al loft, el cuerpo me tiembla sin control. Cojo el teléfono con intención de escribirle, pero al levantar la vista me doy cuenta de que no hace falta. Reconocería esa silueta apoyada contra el edificio en cualquier parte.
—Valentine —jadeo.
Sin pensarlo dos veces, corro hacia él con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Nuestros cuerpos chocan y le rodeo la espalda con los brazos mientras lo inhalo: almizcle, cuero y algo indescriptiblemente Valentine. El alivio me inunda como una ola gigante y me siento anclada, segura en sus brazos.
Con el rostro apretado contra su pecho, murmuro:
—Te he echado de menos.
Demasiado pronto, me aparta los brazos y da un paso atrás.
Esta noche tiene un aspecto diferente, con vaqueros y una camisa oscura. El cambio es sorprendente, pero le sienta bien.
La calidez del loft me envuelve cuando me guía al interior, un marcado contraste con el frío gélido del exterior. Valentine cierra la puerta con un golpe seco, y su mirada me recorre, captando cada detalle.
Su voz, áspera y ronca, atraviesa el aire.
—¿Por qué coño has venido andando? Deberías haberme pedido que fuera a recogerte.
Sus palabras, una potente mezcla de enfado y preocupación, me pillan desprevenida.
Me estremezco, pero no de miedo. Por primera vez, veo un destello de algo más que control y dominio en los ojos de Valentine. Me desconcierta, y no puedo evitar sentir una oleada de alivio al comprender que no soy la única que se preocupa.
Mi corazón se acelera y soy incapaz de formar pensamientos coherentes. Solo puedo concentrarme en la sensación abrumadora de estar cerca de él, lo suficientemente cerca para sentir su aliento, para inhalar su aroma.
—Tenía que verte —respondo—. No había taxis, y yo...
Valentine me interrumpe con un bufido de enfado.
—Así que decidiste caminar por las calles de Nueva York sola en mitad de la noche. ¿En qué estabas pensando?
—N-no podía esperar —digo con los dientes castañeteando.
Su expresión se suaviza, y el anillo ámbar alrededor de su iris izquierdo parece palpitar. Probablemente sea solo un efecto de la luz mientras se acerca.
—¿Has venido andando desde casa de Jack solo para verme?
Su voz es suave como el terciopelo.
—¿Cómo has...? —sacudo la cabeza y me interrumpo. Por supuesto, mi cuñada le habría contado dónde he estado, y probablemente también por qué—. Carolina te lo contó todo, ¿verdad? —pregunto, porque necesito saberlo con certeza.
—Sí —gruñe—. ¿Estás bien?
—Ahora sí —susurro.
—No te creo —dice. Y antes de que pueda replicar que estoy mejor, añade—: Desnúdate para mí.
Su orden me provoca un escalofrío que me recorre la espalda; el aire en la habitación está cargado de tensión. Ni siquiera considero desobedecer. Mis dedos se mueven solos, despojándome de las capas de ropa una por una hasta quedarme frente a él, completamente desnuda.
Las cicatrices de los muchos ataques brutales de Michael quedan al descubierto. Los ojos oscuros de Valentine se clavan en los míos mientras permanezco ante él, completamente expuesta y vulnerable. Su mirada es intensa, casi depredadora, pero hay una ternura que no esperaba.
Da un paso más y el calor de su cuerpo irradia contra mi piel desnuda. Me estremezco cuando sus dedos recorren mi clavícula, bajando hasta los moretones que marcan mi torso. Luego se coloca detrás de mí, y gimo al sentir sus labios sobre los puntos de sutura en mi nuca.
En lugar de demorarse, vuelve a colocarse frente a mí. Mi corazón se acelera cuando presiona sus labios contra el primer moretón; el contacto de sus labios suaves y su barba incipiente me hace gemir. Besa cada moretón, cada marca, con reverencia.
A medida que desciende por mi cuerpo, se arrodilla ante mí sin apartar sus ojos oscuros de los míos. Necesito tocarlo, así que paso los dedos por su cabello; los mechones suaves contrastan con los planos duros de su rostro.
Las caricias de Valentine se vuelven más insistentes cuando alcanza la cara interna de mis muslos, con los dedos recorriendo la piel delicada. Suelta una risa grave al encontrarme húmeda y lista para él.
—Quieres esto, ¿verdad? —murmura con su aliento cálido contra mi piel sensible—. Quieres que te haga olvidar todo excepto la sensación de mis manos en tu cuerpo.
—Sí. Eso es lo que quiero.
Valentine gira la cabeza hacia un lado al notar el tatuaje en mi muslo izquierdo.
—Estás llena de sorpresas, ¿verdad, Mascota? —dice con voz ronca, y lame el intrincado diseño antes de soplar sobre la zona húmeda que ha dejado.
La frialdad que sigue me hace temblar, como si le recordara a mi cuerpo que todavía estoy helada por la caminata. Valentine nota mi temblor y, sin decir nada, me levanta en brazos como si no pesara nada. Me siento tan pequeña, tan frágil en su fuerte abrazo. Pero también segura.
Me lleva a su dormitorio y, sin soltarme, aparta las sábanas, revelando la oscuridad fresca e invitante de su cama. Mi corazón late con fuerza en el pecho, mi respiración se convierte en jadeos entrecortados mientras me acuesta con suavidad.
Observo cada uno de sus movimientos mientras se desviste, con su cuerpo fuerte y musculoso completamente a la vista.
Se mueve con una gracia casi sobrenatural, cada acción calculada y precisa.
Cuando se mete en la cama a mi lado, siento el calor de su piel contra la mía; su cuerpo irradia calor como un horno.
Sus brazos me rodean y me sostienen con fuerza, como si quisiera protegerme del mundo exterior.
Siento que algo se rompe dentro de mí, y antes de darme cuenta, estoy sollozando sin control.
Las lágrimas corren por mi rostro y mi cuerpo tiembla con la fuerza de mis emociones.
Valentine me estrecha aún más, sin decir una palabra, pero su presencia basta para consolarme.
Después de solo Dios sabe cuánto tiempo, mis sollozos empiezan a apagarse. Valentine se separa de mí y se incorpora, recostándose contra la pared. Me mira desde arriba, con sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me deja sin aliento.
—Tómame en tu boca —ordena, señalando su erección. La que sentí clavarse en mí mientras nos acurrucábamos. Obedezco sin dudar, me coloco entre sus piernas y me la meto en la boca mientras apoyo la cabeza en su vientre.
El peso familiar de él en mi lengua, el sabor de su piel... me calma de una manera que las palabras nunca podrían. Su polla es como un chupete que me ancla y calma mis nervios destrozados. Puedo saborear la sal en mi lengua, sentir su dureza contra mis labios.
Valentine deja escapar un gemido profundo mientras sus dedos recorren mi columna y me provocan un escalofrío. Noto que me humedezco de nuevo, mi deseo por él es abrumador. Quiero complacerlo, entregarme a él por completo.
Mientras succiono la polla de Valentine, su sabor inunda mis sentidos y me llena de una sensación de pertenencia que nunca antes había conocido. Mi cuerpo tiembla por la intensidad de las emociones que me recorren.
Siento que me desvanezco, mi mente sucumbe a la neblina del sueño. Mi cuerpo se hunde contra el de Valentine y me aferro a él, desesperada por mantener esta conexión. No recuerdo haberme sentido nunca tan segura, tan querida.
El Cazador
Espero hasta que mi pequeña mascota esté profundamente dormida antes de salir de la cama. Es sorprendente lo poco que quiero moverme. No solo porque me encanta la sensación de sus labios rodeando mi polla. No, eso es casi lo de menos.
Me gusta la sensación de su cabello entre mis dedos. Tenerla aquí conmigo me hace sentir... tranquilo, de un modo completamente ajeno a la frialdad habitual que anida en cada rincón de mi mente.
Pero con Ruby aquí, hay cosas que debo hacer. Recorro mi apartamento de forma sistemática, borrando todo rastro de mi alter ego: el Cazador.
Una vez que todo lo que no debe ver queda oculto, envío un correo a la decana de la Universidad de Holloway para informarle de que he pillado una intoxicación alimentaria y no podré dar clase mañana.
Naturalmente, no recibo respuesta. No es que importe. Verá mi correo por la mañana y, con mi historial impecable, no tiene motivos para cuestionarme.
En silencio, vuelvo a meterme en la cama y guío mi polla, ahora flácida, de vuelta a la boca caliente y húmeda de Ruby. En cuestión de segundos, estoy duro otra vez. Dios, es increíble. Sobre todo cuando su lengua serpentea alrededor de mi glande.
Reprimo un gemido para no despertarla. Mientras intento no centrarme en la sensación, pienso en qué hacer mañana.
Tengo a mi mascota toda para mí, y creo que ha llegado el momento de averiguar si está lista para entregarse a mí por voluntad propia.
Quizás incluso sea hora de un juego diferente, uno al que nunca he jugado, pero que Ruby me ha inspirado.
Romper a alguien y ganarse su lealtad es bastante fácil, y dado que nunca le contó a Michael quién le dejó la marca del mordisco, puedo asumir que lo he conseguido.
Pero no es suficiente. Con Ruby, quiero más.
Quiero forzar los límites, tanto los suyos como los míos.
Retorcerlos hasta hacerlos añicos y ver adónde nos lleva eso.