Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 26
57%

Capítulo 26

El Cazador

La grava cruje bajo mis neumáticos mientras dirijo el Camry hacia el camino sin señalizar. Es casi invisible, engullido por el bosque: una única cicatriz abierta en la densa maleza, con ramas entrelazadas sobre mi cabeza como dedos huesudos que ocultan la luna.

He recorrido esta carretera innumerables veces, pero cada viaje es como hundirme más en un lugar oscuro dentro de mí. Aquí es donde me siento más vivo. Los árboles se alzan a ambos lados del coche, proyectando sombras que parpadean en los faros como espectros.

Comprobar el retrovisor es más instinto que necesidad. Nadie me ha seguido jamás hasta aquí. El aislamiento es profundo; absoluto. Y así es exactamente como lo necesito.

La cabaña se vislumbra a lo lejos, apenas visible entre la niebla. Los faros la barren mientras entro en el claro. La estructura es discreta: una simple cabaña de madera, con la silueta quebrada por los contornos irregulares de la madera podrida, un lugar olvidado por el tiempo.

Parece cualquier otro refugio de caza abandonado hace tiempo, de esos que podrían despertar la curiosidad de excursionistas o de algún viajero perdido. Pero quienes acaban en estas tierras rara vez se han perdido por accidente.

El zumbido del motor se apaga con el coche, y el silencio que sigue resulta casi desconcertante. Solo queda el sonido del viento entre los árboles.

La niebla se enrosca alrededor de mis tobillos en cuanto salgo del coche. El olor a tierra húmeda me llena los pulmones: limpio, penetrante, con un regusto a podredumbre. Cada respiración me hace sentir más arraigado, más conectado con el depredador que habita en mí.

La cabaña no me pertenece sobre el papel, pero en todo lo que importa, es mía. Nadie viene aquí sin que yo lo sepa, y nadie se va sin mi consentimiento.

Me dirijo al maletero, entornando los ojos mientras observo la figura en su interior.

Está inconsciente, desparramado como un muñeco de trapo, con las extremidades flojas por efecto de las drogas.

Tiene el rostro laxo, la mandíbula ligeramente abierta, y respira de forma entrecortada.

Todavía no estoy listo para meterlo dentro, así que cierro el maletero con cuidado.

Mientras subo los escalones de la cabaña, la madera cruje bajo mis pies con un gemido familiar que hace tiempo se convirtió en un sonido bienvenido. Me gustan las imperfecciones de este lugar. Me recuerdan que nada aquí está destinado a perdurar. Todo y todos estamos sujetos a la descomposición.

Dentro, el aire está cargado con el olor a humedad del abandono, mezclado con el hedor acre de sangre vieja.

Las tablas del suelo están combadas y desniveladas.

La chimenea, ennegrecida por el hollín, lleva años sin usarse.

Esta cabaña es una fachada, igual que el papel que interpreto cuando no estoy aquí.

Me dirijo a la parte trasera de la cabaña, donde una puerta anodina conduce al sótano. Al girar la pesada llave de hierro en la cerradura, el aire cambia. Está impregnado de la historia de violencia que este lugar alberga.

Las escaleras crujen mientras desciendo; la madera gime bajo mi peso. Cuanto más bajo, más frío hace. La luz de arriba apenas alcanza el fondo. Una sola bombilla cuelga del techo y proyecta un resplandor débil y parpadeante sobre la habitación.

Es pequeña, no más de tres metros por tres. Pero cada centímetro se aprovecha al máximo.

La pieza central es la silla atornillada al suelo en el centro de la habitación.

De los brazos y las patas cuelgan pesadas correas de cuero negro, gastadas y deshilachadas por el uso.

Del techo penden cadenas como enredaderas metálicas, con las superficies pulidas por la piel de antiguos visitantes.

Las paredes están forradas de ganchos, cada uno con un instrumento diferente: cuchillas de distintas longitudes, pinzas, sierras. Y en el rincón más alejado, mi favorito: un arco elegante y pulido montado en la pared, acompañado de un carcaj lleno de flechas.

Camino hacia el arco, rozando la pared con los dedos mientras paso junto a las herramientas. La madera del arco resulta suave bajo mi mano, un arma perfecta. La elegancia de una flecha surcando el aire es inigualable. Limpia, eficiente. Sin desperdicio, sin desorden. Solo precisión.

El sótano está insonorizado, aunque tomé precauciones adicionales para asegurarme de que la ubicación remota de la cabaña me ofreciera toda la privacidad que necesito. Los gritos nunca llegan a la superficie. No a menos que yo lo permita.

Me acerco a la silla y pruebo las correas de cuero. Aguantan firmes, como debe ser. Llevo casi un año sin usar esta habitación, pero todo está listo. Esta noche no requerirá mucha creatividad.

Michael Simmons no es de los que requieren mucha reflexión. Alguien que incumple contratos como él merece poco más que fuerza bruta. Aun así, tengo algunos toques preparados.

Antes de sacar a Michael del coche, cojo el pasamontañas del estante. Es una extensión de mi ser, una segunda piel que me permite convertirme en el monstruo que realmente soy. El estampado de calavera en la tela negra se estira y se mueve con cada músculo de mi rostro.

Mi polla palpita mientras me deslizo la tela sobre la cabeza. No es sexual exactamente; es saber que soy el amo absoluto lo que envía una descarga de placer puro por todo mi cuerpo.

Regreso al coche y abro el maletero una vez más para contemplar el cuerpo inerte de Michael. No se mueve mientras lo arrastro fuera del vehículo, con el cuerpo laxo contra el mío. Me lo echo al hombro sin esfuerzo y camino hacia la cabaña.

Cuando lo meto dentro, me detengo en la puerta. Hay algo en el aire, algo frío, eléctrico. Es anticipación, me doy cuenta. Michael se mueve ligeramente mientras lo deposito en la silla; la cabeza le cae hacia un lado. Las drogas se están disipando, aunque todavía está aturdido.

Las correas encajan en su lugar y le sujetan las muñecas y los tobillos.

La cabeza le da una sacudida cuando aprieto la última alrededor del antebrazo, y gime, parpadeando como si intentara despejar una niebla de su mente.

Primero asoma la confusión en su rostro, luego la lenta llegada de la comprensión.

—Por favor —susurra, con la voz apenas audible, como si temiera lo que sucederá si habla demasiado alto. Se estremece cuando doy un paso adelante; el sonido de mis zapatos en el suelo retumba como disparos en el denso silencio.

No respondo. No tiene sentido. Sus súplicas no significan nada para mí.

Rodeo la silla con movimientos lentos y deliberados.

Siento sus ojos clavados en mí, su respiración cada vez más errática con cada paso que doy.

Tiembla, y las correas se le clavan en las muñecas mientras tira de ellas en un intento fútil de escapar.

—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunto con voz baja, casi un susurro. La pregunta queda suspendida en el aire, cargada de significado.

Traga con dificultad; la nuez le sube y le baja mientras lucha por encontrar la voz.

—N-no.

Tiene la voz pastosa, arrastrada. Tira de las ataduras, pero aguantan firmes. El pánico le crece, los ojos recorriendo la habitación, asimilando las cadenas colgantes, las herramientas, el suelo manchado de sangre.

Me detengo frente a él y clavo mi mirada en la suya.

—Interferiste con mi caza. No una vez, sino dos —digo con voz fría e implacable mientras pienso en el día en que noté el enrojecimiento en su mejilla. Debería haberlo castigado entonces, haberme asegurado de que entendiera las reglas—. ¿Pensaste que podías hacerle daño y salir ileso?

Sus ojos se abren aún más al comprender lo que está pasando, y la realidad lo golpea como una ola. Sacude la cabeza con violencia mientras las lágrimas le asoman en las comisuras de los ojos.

—No... no, por favor. No lo sabía. Y-yo... —traga saliva—. No pensé que importaría.

Aprieto la mandíbula mientras observo a la patética excusa de hombre que creyó que podía tocarla, hacerle daño a ella, sin que hubiera consecuencias. Creyó estar por encima del contrato que firmó conmigo.

—Firmaste el contrato —digo con voz engañosamente suave—. Pero me desafiaste e interferiste en mi cacería. Eso no puede quedar sin castigo.

Su respiración se acelera. El pánico se apodera de él, su mente trabaja frenéticamente mientras la realidad de su situación empieza a calar. Tira de las correas de nuevo, con más fuerza esta vez, pero no ceden. Está atrapado, y lo sabe.

—M-mira —tartamudea, intentando que no le tiemble la voz—. Te pagaré más... sí, duplicaré tu tarifa. Hablemos de esto...

Me río por lo bajo, interrumpiéndolo. Su desesperación me resulta divertida.

—Oh, Michael. Esto no va de dinero.

Abre los ojos de par en par y su mirada salta de mi rostro a las herramientas en las paredes, a las cadenas que cuelgan sobre su cabeza. Intenta entender qué está pasando, pero es demasiado lento.

—¡Es mi esposa! —ruge, sacudiendo la cabeza como si la negación o la ira pudieran sacarlo de esa silla.

—Y me contrataste para matarla —afirmo—. Te dije que la dejaras en paz. Pero fuiste a por ella. ¿Por qué?

—Por favor —gime—. No sabía...

—¿Por qué? —pregunto de nuevo.

Baja la vista hacia mis zapatos, demasiado asustado para mirarme a los ojos.

—Ella... la perra me engañó.

Esto despierta mi interés.

—¿Qué te hace pensar eso? —pregunto.

De todos los escenarios que había imaginado, que Michael actuara por celos mezquinos no era uno de ellos.

—Llegó tarde a casa, y no estaba con su familia...

—¿Cómo lo sabes? —pregunto, interrumpiéndolo.

—Mi hermano la vio en un bar. Entró al baño con un tipo. Cuando por fin llegó a casa, vi la maldita marca de mordida —la voz de Michael sube de tono, indignada—. La perra necesitaba que le recordaran cuál es su lugar.

Algo se remueve en la boca de mi estómago, una emoción desconocida que me forma un nudo en la garganta. ¿Es... culpa? No puede ser. Creía haber sido cuidadoso, asegurándome de que nadie me viera seguirla al baño. Parece que me equivoqué.