Capítulo 25
El Cazador
El aula en la que he prosperado durante años se siente sofocante. Normalmente, las paredes son un santuario donde reinan el control y la precisión. Pero hoy, esas mismas paredes parecen cerrarse sobre mí. Cada respiración me resulta más pesada, cargada con el peso opresivo de la ausencia de Ruby.
Un picor se enquista bajo mi piel. No del tipo que pueda aliviarse rascando. No, este es más profundo, del tipo que se retuerce y roe los huesos. Estoy sentado en mi escritorio, recorro la sala con la mirada, pero bien podría estar vacía.
Es primero de febrero, así que debería estar en la cima, eufórico, listo para hacer lo que ansío. Sin embargo, no lo estoy. Necesito saber dónde está Ruby, necesito saber que está bien.
Los estudiantes están ahí, revolviendo papeles y susurrando entre ellos, pero no los oigo. Lo único que existe en mi mundo ahora mismo es su ausencia. El asiento vacío donde Ruby debería estar.
El sonido del reloj que llevo en la muñeca se vuelve más fuerte, un tamborileo incesante que reverbera en mi cráneo.
Es como si cada segundo se burlara de mí, recordándome que el tiempo se escapa y, con él, mi control sobre ella.
El tiempo es el enemigo ahora, una cuenta atrás que amenaza con cortar el delicado hilo que la une a mí.
Aprieto los puños bajo el escritorio hasta que los nudillos se me ponen blancos.
El filo de la inquietud me atraviesa. Desconocido.
No deseado. Nunca he sido de los que se preocupan por la ausencia de otra persona.
Siempre fueron reemplazables. Desechables.
¿Pero Ruby? No. Ella no es como las demás.
Odio sentirme así, la odio a ella por hacerme sentir así.
Mi pulso se acelera ante el recuerdo de nuestro último encuentro, el aroma de su piel, el sabor de su sangre en mis labios.
El impulso primitivo de reclamarla, de poseerla por completo, agita la oscuridad que llevo dentro.
Sin embargo, también hay otra emoción: ¿preocupación? No, no es eso. Es miedo.
Miedo de que algo le haya pasado.
La idea de que falte a clases por lo que pasó entre nosotros no me cuadra. No solo soy demasiado vanidoso como para siquiera considerar esa posibilidad, sino que ella también disfruta demasiado de mi atención como para privarse de ella durante días… al menos voluntariamente.
Un peso me oprime el pecho, y aprieta más con cada momento que pasa. Mis instintos, afinados a través de años de manipulación calculada, me gritan que la ausencia de Ruby es más que simple evasión.
Mientras mi mente se acelera con imágenes de ella yaciendo indefensa, herida, o algo peor, no logro quitarme de encima la ira de saber que alguien ha lastimado a mi presa, a mi mascota.
Palpo el teléfono que descansa en el bolsillo de mis pantalones de traje.
El impulso de llamarla, de exigirle que me diga dónde está, me ha carcomido durante días.
Y sin embargo, el pulgar me pica por deslizarse por los contactos.
Sería tan simple. Podría obligarla a explicarse. Podría oír su voz y saber.
Contactarla confirmaría que se ha metido bajo mi piel, tan profundo que quiero encontrarla. Tan profundo que la falta de control me está sofocando.
No. Aparto el pensamiento. Ella volverá a mí por su cuenta. Y cuando lo haga, le recordaré cuál es su lugar: debajo de mí. Bajo mi control.
—¿Profesor Grant?
La voz de un estudiante me saca de mis pensamientos.
Parpadeo y me doy cuenta de que los estudiantes me están mirando, esperando algo. Mi clase ha terminado, aunque no recuerdo haber dicho una palabra. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una hora? ¿Dos?
—Lean el siguiente capítulo antes de clase —digo bruscamente, despidiéndolos con un gesto de la mano.
Salen del aula en fila, su charla convertida en un zumbido distante, y me quedo solo con mis pensamientos.
Cuando sale el último, mi teléfono vibra con un recordatorio: cena con Carolina. No recuerdo haberlo programado, pero aquí estamos. Me cuesta imaginar por qué habría aceptado esto en primer lugar; tal vez fue la opción más fácil en ese momento.
Se me escapa un suspiro leve. Tengo que mantener las apariencias, incluso cuando mi mente está en otra parte. Incluso cuando la ausencia de Ruby me carcome y excava en lo más profundo de mis pensamientos.
Salgo del aula y me coloco de nuevo la máscara del Profesor Valentine Grant.
Para cuando llego al restaurante que Carolina eligió, la máscara es sólida, inquebrantable.
Es uno de esos lugares exclusivos de Nueva York, con poca luz, precios excesivos, un menú pretencioso y una clientela pseudointelectual. Lo detesto.
Carolina ya está sentada cuando llego, con el rostro resplandeciente de emoción mientras parlotea sobre la Fundación Willow. Su voz es animada, sus ojos brillantes, mientras detalla sus planes para el futuro. Ella habla, pero solo escucho a medias. Mis pensamientos siguen volviendo a Ruby.
¿Dónde está? ¿Qué le ha pasado?
—¿Alguna vez te conté que Halloween era una de las fiestas favoritas de Willow? Quiero que sea una noche para recordar —dice Carolina, trazando el borde de su copa con los dedos—. Algo que honre el legado de Willow y recaude fondos importantes.
Mientras Carolina habla, mis ojos vagan por la sala. Madera oscura, luces tenues, conversaciones apagadas de fondo: nada lo suficientemente interesante como para captar mi atención. Aunque, pensándolo bien, nada lo es ahora mismo. Mi mente sigue llevándome al mismo sitio: mi mascota.
Asiento y le ofrezco una sonrisa ensayada que no llega a mis ojos, pero ella no parece notarlo.
—Estoy seguro de que todo será perfecto para entonces —digo, aunque las palabras me suenan huecas.
Como Carolina parece conforme con la ausencia de Ruby, decido dirigir la conversación hacia donde necesito.
—Esperaba que Ruby estuviera más involucrada. Parecía bastante apasionada por la Fundación también.
Los dedos de Carolina se detienen en la copa, y por un momento, capto un destello de algo: vacilación. Su sonrisa flaquea.
—Ruby está…
Respira hondo, y cuando vuelve a hablar, su voz es más suave, cautelosa.
—Ruby ha estado lidiando con algunas cosas.
La mano fría del miedo se cierra en torno a mi corazón.
—¿Cosas? —Mi voz permanece calmada, pero mi pulso se acelera.
Vuelve a vacilar, con los ojos escudriñando los míos como si sopesara cuánto decir.
—En realidad no me corresponde, pero…
Su mirada flaquea.
—Es sobre su marido. Michael. La atacó.
Las palabras me golpean como un puñetazo. Siento que la sangre me abandona el rostro y aprieto el vaso que tengo delante. Por un momento, todo lo demás se desvanece: el ruido del restaurante, las velas parpadeantes. Lo único que oigo es el latido atronador de mi corazón en los oídos.
Michael. Ese gusano patético y despreciable se atrevió a ponerle las manos encima.
Mi presa.
Mi mascota.
Mía.
—¿Cómo de grave está? —pregunto, con la voz firme, aunque me cuesta horrores mantenerla así.
Carolina baja la voz y mira a su alrededor, como si temiera que alguien la oyera.
—Está con Jack ahora. La está cuidando. No tiene huesos rotos, pero le han dado puntos. Está bastante magullada.
Jack. Su hermano. La única persona que ahora se interpone entre ella y yo. Pero es Michael quien debe sufrir. Ese idiota se pasó de la raya, y ahora tendré que encargarme de él. Doy un sorbo lento a mi bebida; el whisky me quema al bajar por la garganta.
—¿Y Michael? —pregunto, con tono neutro.
—Nadie sabe dónde está —dice Carolina con un suspiro—. Pero Jack se está encargando de que Ruby esté a salvo de él.
Asiento mientras las piezas de mi plan empiezan a encajar. Michael. Jack. Ruby. Cada uno tiene su papel, y me aseguraré de que todo salga exactamente como debe ser. Mi mente se acelera, formulando un plan; la parte fría y lógica de mí —el Cazador— entra en acción.
Carolina sigue hablando, pero sus palabras se pierden en el fondo. Mis pensamientos ya están en otra parte, centrados en la cacería. Empezaré con Michael. Necesita que alguien le recuerde cuál es su lugar.
Pero Ruby... Ella también necesitará que le recuerden a quién pertenece. Debería haberme llamado para pedir ayuda. Le dije que es mía, y ella aceptó. Aunque no sepa hasta dónde soy capaz de llegar para proteger lo que es mío, debería haber confiado en mí.
—Me alegra que esté con Jack —digo, con voz medida y controlada.
Carolina no percibe la mentira que se oculta tras mis palabras, o si lo hace, prefiere ignorarla.
Sonríe, y el alivio le inunda el rostro.
—Me aseguraré de que Ruby sepa que estás pendiente de ella. ¿Podrías llevarle el material que se ha perdido? Quiere volver a clase en cuanto pueda.
Me permito una pequeña sonrisa y asiento como si solo me preocupara su educación.
—Por supuesto. Me aseguraré de que no se quede atrás.
Carolina resplandece, claramente satisfecha consigo misma, ajena a la tormenta que se gesta bajo mi superficie. Termino mi bebida y pido otra ronda. Whisky para mí, refresco para ella. Sigue hablando de la Fundación Willow, pero apenas la escucho. Mis pensamientos ya están en otra parte.
Ruby. Michael.
Carolina sigue hablando cuando me levanto. Le dedico una sonrisa cortés y me excuso con el pretexto de una reunión a primera hora.
—Cuídate, Carolina —digo en voz baja y calmada.
Ella sonríe.
—Tú también, Valentine.
La dejo así y salgo al aire fresco de la noche. El peso de mi decisión me oprime como un tornillo de banco.
Mi teléfono desechable cobra vida cuando lo enciendo y busco el nombre de Michael.
Un mensaje de texto. Un solo mensaje bastará para captar su atención, para recordarle quién manda aquí.
Mis dedos se quedan suspendidos sobre la pantalla; una breve vacilación parpadea en el fondo de mi mente.
Pero desaparece en un instante, engullida por la necesidad de actuar.
Pulso enviar.