Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 23
50%

Capítulo 23

El Cazador

El aula se vacía a mi alrededor, una marea lenta de estudiantes que deriva hacia la puerta mientras el parloteo se diluye en un murmullo distante. Apenas reparo en ellos: solo cuerpos que ocupan espacio hasta que suena el timbre. Pero hay una ausencia que destaca: la de Ruby.

Su sitio habitual permanece ostensiblemente vacío, un hueco donde debería estar ella. La irritación me roe por dentro, afilada como una aguja clavándose en la piel. La aparto, aunque persiste, bullendo bajo la superficie.

Al salir del edificio, el aire gélido me recibe con un filo cortante que me arranca el aliento. El Uber que pedí ya espera en la acera. Me meto en el coche y la puerta se cierra tras de mí con un golpe suave y definitivo que aísla el mundo exterior, amortiguando el caos de la ciudad.

Mientras nos alejamos, la ciudad se desdibuja a nuestro paso, pero mi atención está vuelta hacia dentro.

Ruby. Su ausencia de clase me ronda la mente, un picor molesto que me niego a rascar.

Ahora no. Tengo otro compromiso, una cita personal.

Una que exige toda mi atención. Dejo que mis pensamientos deriven hacia Eve.

No la veo más de una vez al mes, una limitación que ella impuso desde el principio. Sus reglas. Sus límites. Habría preferido tener más control sobre la frecuencia de nuestras sesiones, pero el control es su terreno, y lo ejerce con precisión de cirujano.

Eve nunca cede. Nunca flaquea. La dinámica es tanto una prueba como un desafío. He aprendido a regañadientes a jugar según sus reglas, aunque no sin oponer resistencia.

Doblamos una esquina y nos acercamos a la «Mortis Psychotherapy and Behavioral Clinic».

El nombre estéril, clínico y frío, le sienta como un guante: precisa, distante, siempre con el control.

Y con un nombre como Eve Mortis, desprende un aire de inevitabilidad, casi de predestinación.

Sonrío con suficiencia al pensar en lo apropiado que resulta.

Es el tipo de persona que traza líneas en la arena y te reta a cruzarlas, sabiendo perfectamente que ella dictará las consecuencias.

Su intelecto es su escudo, pero también su arma.

Nos detenemos frente a su edificio y salgo al aire helado. La recepción es aséptica; la asistente apenas me mira antes de franquearme el paso. Hace tiempo que aprendieron que no soy de charlas intrascendentes, y espero la misma actitud de vuelta. Estoy aquí por Eve, no por cortesías.

La sala de espera parece un ejercicio deliberado de contención: iluminación suave, decoración mínima y un tenue aroma a jazmín, casi demasiado sutil para percibirlo.

Me siento, con la mente aún puesta en Ruby y su ausencia de clase.

Me molesta que no se haya presentado después de lo de anoche en el baño del bar, cuando me abandoné en ella.

Tras lo que parece una eternidad, la puerta de la consulta de Eve se abre y aparece ella, indicándome con un gesto que pase. Serena, imperturbable, sus ojos grises se clavan en los míos con una agudeza que nunca mengua.

Su consulta es un reflejo de ella: minimalista, funcional, con los toques personales justos para recordarme que no es del todo un enigma.

Estanterías repletas de libros: textos de psicología, revistas, algunas colecciones de poesía poco conocida.

La ventana proyecta una luz suave sobre la estancia, pero mi atención se centra en ella.

Toma asiento frente a mí. No habla, solo observa. Su largo cabello oscuro le cae en cascada por la espalda; la mitad inferior, teñida de rojo para la temporada. Eve siempre marca estilo, de forma sutil pero intencionada.

En Navidad lo llevaba teñido de verde, y en verano suele ser una mezcla de amarillo y naranja; a veces pasa una o dos semanas con azul.

Cruza una pierna sobre la otra y apoya el cuaderno en el regazo.

—Ha pasado un mes.

Su tono es neutro, pero indagador.

—Así es —respondo, reclinándome ligeramente en la silla de cuero—. Supongo que has llevado la cuenta.

Sus labios esbozan una leve sonrisa.

—Siempre.

El silencio que sigue es denso, cargado de tensión tácita, del tipo en el que Eve se crece. Espera, paciente y deliberada, atenta a cualquier grieta en mi armadura. Pero no seré yo quien rompa el silencio.

Tras lo que parece una eternidad, bajo la vista hacia el reloj. Cuando alzo la mirada, Eve está radiante, y sé que más me vale rendirme. Ha ganado en buena lid.

—Ya casi estamos en febrero —digo en tono distendido.

—En efecto.

Eve no me da más que una palabra, dejándome claro que no piensa llevar las riendas por mí.

—¿Recuerdas el objetivo del que te hablé en nuestra última sesión?

Pasa las páginas del cuaderno, supongo que buscando las notas de nuestra sesión del treinta de diciembre.

—Lo recuerdo. ¿Sigues siguiéndola?

Sonrío con suficiencia.

—No, ya no me hace falta.

—¿Ah, sí?

—Ahora viene a mí, es alumna de mi clase de Criminología 101.

Intento que no se me note la emoción en la voz, pero me cuesta. No solo porque despierta algo cálido en mi pecho, sino porque, si soy del todo sincero, estoy orgulloso de la trama que he urdido.

—A ver, Valentine, cuando dices que viene a ti, ¿qué quieres decir exactamente? —pregunta Eve con curiosidad.

Me inclino hacia delante, apoyo los codos en las rodillas y junto las yemas de los dedos.

—Ruby está hambrienta de atención, algo que detecté mientras la seguía en diciembre. Me he aprovechado de eso y le he dado lo que quería.

—¿Cómo?

—Al principio, mediante exámenes en clase.

Le explico cómo hice que todos llegaran temprano solo para que Ruby llegara tarde, y cómo le he dado atención extra como recompensa cuando consideraba que se la había ganado.

—O sea, que es tu mascota —resume Eve cuando termino de contárselo todo—. ¿Has tenido que castigarla alguna vez?

Un escalofrío de excitación me recorre la columna solo de pensarlo.

—No. Es muy obediente y predecible.

Eve garabatea algo en el cuaderno antes de volver a mirarme.

—¿Quieres que te desobedezca?

Frunzo el ceño un instante mientras sopeso la pregunta.

—Esa pregunta tiene trampa —respondo con sequedad—. Si quisiera que se portara mal y lo hiciera, estaría haciendo lo que yo quería y, por tanto, no se estaría portando mal.

Eve asiente lentamente. —¿Quieres darme una respuesta de verdad? ¿Una que no sea una evasiva?

Me enderezo y le sostengo la mirada. —Eso no fue una evasiva, Eve —resoplo.

—Sí lo fue —afirma, sin dejarse intimidar por mi tono—.

Si lo hubieras planteado como pregunta, sería diferente.

De hecho, para cualquiera que no fueras tú, podría considerarse una reflexión.

Pero olvidas que te conozco; que sé que acabas de buscar una excusa racional para no responder a mi pregunta.

Esa es la definición misma de evasión, Valentine.

Se me escapa un gruñido grave, y odio lo perspicaz y brillante que es.

Y también odio seguir intentando jugar con ella cuando es una pérdida de tiempo total.

—Bien —cedo, recostándome y extendiendo los brazos a los lados—.

¿Quieres una respuesta de verdad, Eve? No quiero que me desobedezca.

Quiero meterme tan profundamente bajo su piel que no pueda escapar de mí.

Quiero instalarme en su cabeza, estar en la médula misma de sus huesos.

Quiero que desee complacerme. Quiero que Ruby Simmons me desee.

Si Eve reconoce el nombre completo de Ruby, no lo demuestra. —¿De qué manera? ¿Sexualmente? —pregunta.

—Ya sé que me desea sexualmente —confieso, sin poder evitar la suficiencia en mi tono—. Me lo demostró ayer.

Es la primera vez que oculto información a Eve deliberadamente. Pero algo dentro de mí se resiste a compartir cada encuentro íntimo, cada mirada ardiente, cada roce. No, le daré lo de ayer. Pero el resto nos pertenece a Ruby y a mí, a nadie más.

Eve apenas parpadea mientras le cuento sobre la visita al juzgado, y lo que sentí al caminar entre las mismas personas que han jurado defender la ley. Es un subidón como ningún otro, uno que saboreo incluso ahora mientras se lo explico.

—Después llevé a mis estudiantes a tomar unas copas en un bar cercano, donde acorralé a Ruby en el baño, y... —dejo la frase a medias y hago un gesto con la mano para indicar que las cosas fueron más allá.

Eve no es de las que me dejan salirme con la mía si no está de acuerdo, así que insiste: —¿Y entonces?

Suspiro y continúo: —Me la follé contra la pared del baño, Dra. Mortis. ¿Es eso lo que quiere oír?

—Quiero oír cualquier cosa que quieras contarme, Valentine. Pero ya que estamos en el tema, podemos seguir por aquí. ¿Alguna vez te habías acostado con uno de tus objetivos?

—No.

Asiente lentamente. —Me estás contando detalles que normalmente no compartirías. No es propio de ti. ¿Quieres que te absuelva? ¿O es culpa lo que veo en tus ojos?

Entrecierro los ojos mientras mi mente va a toda velocidad. ¿Culpa? ¿Absolución? —No siento culpa —replico bruscamente.

—¿No? —levanta una ceja mientras hojea distraídamente su cuaderno—. Creo que sí. Y no se trata del acto en sí, sino del «por qué». ¿Por qué decidiste encargarte tú de su placer?

—Tenía curiosidad por ver si me dejaba —respondo.

Eve niega con la cabeza. —¿Eso es todo?

—Sí.

—¿En serio?

Suspiro audiblemente. —No. Ni siquiera se trataba de ella. Ruby es... interesante, y sí, me atrae. Pero se trataba de mí. Me sentía eufórico después de pasar el día en el juzgado. —Aunque es verdad, no parece toda la verdad—. Pero es más que eso. Ella no fue solo una válvula de escape. Fue... más.

—Entiendo —dice Eve. Cuando resoplo, continúa—: Para alguien como tú, el Cazador de Nueva York, debe ser un subidón natural entrar directamente en una sala llena de personas a las que les encantaría atraparte.

Así que tiene sentido que te resultara excitante.

Ahora, ayúdame a entender por qué elegiste acostarte con esta mujer, Ruby.