Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

El Cazador

La luz de la mañana se filtra por las ventanas de mi loft y proyecta sombras afiladas y angulares por toda la habitación.

Estoy de pie frente al espejo de cuerpo entero, mientras ajusto con cuidado los puños de mi camisa a medida.

Cada movimiento es deliberado. Mi rutina sigue un método, uno que he perfeccionado a lo largo de años de práctica.

Aliso el cuello de mi camisa y me pongo la chaqueta del traje. La tela de calidad abraza mi figura y acentúa el poder controlado que irradio. Me tomo mi tiempo, saboreo el ritual: prepararme para el papel que interpretaré hoy.

En el espejo, mis ojos oscuros se encuentran con mi propio reflejo; brillan con la oscuridad apenas oculta que hay debajo. El engaño me produce una emoción, igual que la máscara artística que he creado.

Para el mundo, soy un profesor respetado, un mentor de mentes ávidas de conocimiento, pero bajo esa apariencia yace el depredador. Es un juego que domino con delicadeza. Me muevo por la vida sin que nadie me note, un lobo entre ovejas, y hoy no es diferente.

Ajusto mi corbata; el material sedoso se desliza entre mis dedos.

Es un pequeño detalle final, pero la perfección reside en los detalles.

La raya marcada en mis pantalones, el cuero pulido de mis zapatos que brilla bajo la luz de la mañana, el aroma de mi aftershave: cada elemento es parte de la actuación.

Para cuando salgo de mi loft, soy Valentine Grant, un hombre de prestigio, listo para pasar el día instruyendo a mentes jóvenes en una excursión al juzgado.

Una sonrisa asoma en las comisuras de mis labios mientras salgo al aire cortante y me dirijo hacia mi destino.

Hoy no es un día cualquiera. La razón de mi buen humor es la excursión de clase que estamos haciendo.

Una vez al año, me gusta llevar a mi clase a presenciar un juicio real.

Aunque todo se presenta como una oportunidad para que observen en la práctica lo que estudian, bajo la superficie es mucho más que eso.

La grandeza del Thurgood Marshall U.S. Courthouse se alza ante mí, un símbolo imponente de justicia. Para mí, no es más que otro teatro, otro escenario donde la humanidad representa sus pequeños dramas sin tener ni idea de quién camina entre ellos. Para mis estudiantes, representa la ley.

Se reúnen a mi alrededor, con los ojos muy abiertos y expectantes como siempre, sin saber lo cerca que están de un lobo disfrazado. Los guío al interior del edificio y mis pasos resuenan en los suelos de mármol.

—Recuerden —digo con voz calmada pero autoritaria—. Esta es una oportunidad para observar un caso real. Tomen notas detalladas y presten atención a los matices. Lo que ven aquí es solo la superficie. Siempre hay más debajo.

Capto la mirada de Ruby mientras digo esto; sus ojos verdes, agudos y penetrantes.

Entramos en la sala del tribunal, un espacio diseñado para inspirar asombro con sus paneles de madera oscura y sus techos altos. Mis estudiantes se acomodan en sus asientos, bolígrafos en mano. Quiero reírme de lo absurdo de todo esto.

Cuando empezó el curso, todos aparecieron con sus portátiles y tabletas. Pero después de verme usar bolígrafo y papel a la antigua usanza, han desafiado la evolución tecnológica y han vuelto a las herramientas de siempre.

—Vaya —murmura un estudiante.

—Esto es exactamente lo que imaginaba —añade otro.

Muchos de ellos miran alrededor con expresiones de asombro, y tengo que recordarme que para ellos este juicio es un ejercicio de justicia.

Para mí, es un recordatorio de la futilidad del sistema.

El tribunal puede poner a los criminales tras las rejas, pero los verdaderos depredadores, los que somos como yo, permanecemos invisibles, intocables.

El juicio comienza con la declaración inicial del fiscal, cuya voz resuena por la sala mientras expone el caso contra el acusado: un hombre acusado de incendio provocado.

Escucho con poco interés, con la atención dividida entre la teatralidad que se desarrolla en la sala y las reacciones de mis estudiantes. Ellos se aferran a cada palabra y garabatean notas furiosamente, mientras yo me recuesto y absorbo la atmósfera.

Mentalmente, me burlo de lo débil que es el pirómano. Sus ojos recorren la sala nerviosos, el sudor se acumula en sus sienes. Ha cometido el pecado capital de cualquier depredador: dejarse atrapar. Yo, en cambio, soy intocable. El pensamiento alimenta la emoción latente en mis venas.

El fiscal continúa con su monótono discurso, detalla los fracasos del hombre, sus errores estúpidos. Sonrío con suficiencia. La ley está diseñada para atrapar a los descuidados, a los impulsivos, pero quienes planifican, quienes controlan sus instintos, permanecen libres.

Yo soy la prueba viviente de ello.

Cuando el abogado defensor se levanta, noto un cambio en la sala.

Los estudiantes se inclinan hacia adelante, ávidos de un contraargumento.

Las palabras del abogado, sin embargo, caen en saco roto.

El jurado no se deja convencer, y yo tampoco.

Este hombre ya ha perdido, aunque el veredicto aún no se haya pronunciado.

No es más que un roedor atrapado en una trampa, que lucha desesperadamente por su libertad.

Pero por mucho que lo desprecie, también reconozco el parentesco.

Sigue siendo un depredador, por muy torpe que sea.

Quemó lo que no podía controlar, y ahora está aquí, suplicando clemencia.

Su desesperación es palpable, su debilidad evidente para todos.

Siento un destello de vergüenza ajena. Qué patético.

A medida que el juicio continúa, me concentro en Ruby. Está sentada un poco apartada de los demás, con la postura recta y el rostro impasible. Lo está asimilando todo, pero percibo los engranajes que giran en su mente. A diferencia de sus compañeros, no se contenta con aceptar lo que tiene delante.

Tiene hambre, una necesidad de comprender la mecánica del poder y el control. Es lo que la hace diferente. Lo que la hace peligrosa e intrigante.

Cuando el fiscal llama al pirómano al estrado, la sala del tribunal queda en silencio. Le tiembla la voz mientras relata los hechos; las manos le tiemblan mientras se aferra al podio.

—No quise hacerlo —tartamudea—. Perdí el control.

Patético.

Observo con fría diversión mientras intenta justificar sus acciones. El jurado permanece impasible, con los rostros pétreos. Ya han tomado su decisión, al igual que yo. Este hombre es débil. Pero Ruby lo observa con intensidad, con la mirada inquebrantable. Es esa profundidad lo que me atrae.

Me inclino hacia uno de mis estudiantes y murmuro:

—Presten atención al lenguaje corporal del acusado. El miedo dice más que las palabras.

Él asiente con entusiasmo y anota mis palabras, pero mis pensamientos permanecen fijos en Ruby.

¿Qué está viendo? ¿Qué conclusiones está sacando?

Me pregunto si estará considerando lo fácil que es que una persona se desmorone cuando la despojan de su control.

Y si es así, ¿es consciente de lo cerca que ha estado ella misma de ese borde?

Después de los alegatos finales, el jurado se retira a deliberar. Los estudiantes salen de la sala del tribunal entre murmullos de emoción. Los sigo al atrio del juzgado, donde comienzan a comentar el caso entre ellos. Pero no estoy escuchando.

La percibo antes de verla. La detective Sullivan camina hacia mí con una sonrisa confiada en el rostro.

—Valentine —me saluda mientras sus ojos recorren el grupo de estudiantes—. Qué bueno verte.

La presento a los estudiantes, y de inmediato la rodean.

Me quedo atrás, observando cómo responde a sus preguntas con soltura.

Es competente, hábil incluso. Pero a diferencia de los estudiantes, a mí no me cautiva.

Mi mirada se desliza más allá de ella hacia Ruby, que permanece en el margen del grupo, con los brazos cruzados y los ojos clavados en mí.

Hay algo ahí, un desafío, quizás. Un escalofrío me recorre la columna, pero enseguida lo reemplaza la emoción de tener su atención. Está intentando ver a través de mí, arrancarme la máscara que llevo puesta. Y eso me excita.

—La detective Sullivan —digo con suavidad— fue fundamental para resolver este caso. Su habilidad para encontrar las grietas en la historia de un sospechoso no tiene parangón.

La mirada de Ruby se entorna ligeramente, y por primera vez en todo el día, siento un destello genuino de algo parecido a la inquietud. Pero es fugaz. El desafío en sus ojos solo aviva mi interés.

—Me halaga —sonríe la detective—. No podríamos haberlo hecho sin su ayuda. Su perspicacia y su capacidad para detectar hasta el más mínimo patrón nos fueron de gran ayuda.

—Espere, ¿usted ayudó en este caso? —pregunta un estudiante.

Sonrío.

—Lo intenté —respondo.

Tanto la detective Sullivan como yo sabemos que hice más que ayudar; prácticamente resolví todo el caso. Pero no necesito el reconocimiento, así que encantado de cedérselo.

La verdad es que no ayudo porque sea un buen samaritano. Lo hago porque me produce un subidón estar justo bajo sus narices sin que nadie lo sepa. Es imprudente, pero tan malditamente embriagador.

Para cuando salimos del juzgado, ya ha anochecido, y los estudiantes prácticamente vibran de emoción por todo lo que ha pasado.

Aún extasiado por haber pasado el día entre las mismas personas que querrían encerrarme para siempre, sin que nadie se percatara de mi verdadera naturaleza, hago una sugerencia impropia de mí.

—¿Por qué no vamos todos a tomar algo?

Dudan al principio, sorprendidos por la oferta, pero pronto la perspectiva de beber con su profesor supera cualquier reparo en aproximadamente la mitad del grupo. Desearía poder decir que fue una jugada de poder, una forma de desdibujar los límites y hacerles cuestionar la autoridad.

Pero hoy, eso sería mentira. La verdad es mucho más simple, mucho menos retorcida: quiero celebrar.

En el bar, nos acomodamos en un reservado grande. El murmullo bajo de las conversaciones, la iluminación tenue y el alcohol crean una atmósfera íntima. La charla de los estudiantes llena el espacio, pero yo permanezco callado, observando. Dejo que se relajen, que bajen la guardia.

Vuelvo a mirar a Ruby, que da sorbos a su bebida con los ojos fijos en la gente a su alrededor. Sigue calculando, sigue observando. El tipo que tiene al lado entabla conversación con ella e incluso se acerca un poco más.

Nuestras miradas se cruzan cuando ella aparta los ojos de él, y niego con la cabeza, con los labios apretados en un gesto sombrío. Lo sepa o no, es mía, y no permito que otros se acerquen tanto a lo que me pertenece.