Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

La presa

El bar bulle con el murmullo de conversaciones animadas, el tintineo de vasos y el tenue aroma de alcohol derramado.

Sostengo mi primera copa, un martini de manzana verde que ya se ha quedado tibio en mi mano, mientras mis compañeros de clase van por su segunda o tercera ronda, cortesía de Valentine.

—¿Y cómo es que nunca sales con nosotros? —pregunta el chico a mi lado.

Arrugo la nariz.

—No soy muy de salir.

Mi respuesta es despreocupada, y espero que no note cómo me voy alejando discretamente de él.

Mi decisión de poner distancia entre nosotros no se debe solo a las miradas asesinas que Valentine le lanza. No me gusta tener a la gente tan cerca.

—¿Y eso por qué? —pregunta el chico—. ¿Es que te descontrolas cuando bebes?

Baja la voz y me dedica una sonrisa que seguro cree encantadora.

Levanto la mano y le muestro la alianza.

—Porque estoy casada —afirmo con tono seco.

Su cambio de actitud es casi cómico. Pone una excusa rápidamente y se levanta para unirse a algunos que han formado un grupo secundario más cerca de la barra.

Sus risas son fuertes, libres, desinhibidas: todo lo que yo desearía ser ahora mismo. Se han dejado llevar por la emoción del día, pero para mí, cada sorbo de alcohol es como acercarme a un borde peligroso que no quiero cruzar.

La presencia de Valentine domina el reservado con un magnetismo natural. No dejo de lanzarle miradas, tratando de descifrar los cambios sutiles en su comportamiento. Hay algo diferente en él esta noche. Algo más relajado, más abierto.

Su distanciamiento habitual sigue ahí, pero se ha suavizado, como si se permitiera disfrutar de este momento más de lo habitual. Sus ojos marrones, sobre todo el izquierdo con esa heterocromía casi imperceptible, brillan con una intensidad de la que resulta difícil apartar la mirada.

Llega otra ronda de bebidas. Los vasos chocan entre sí y mis compañeros de clase vitorean, brindando por la emoción de haber pisado hoy una sala de juicios de verdad. Sonrío, siguiendo el juego, pero mi martini sigue casi intacto.

Cuando nadie mira, lo vierto discretamente en el suelo y veo cómo el líquido verde pálido se acumula bajo la mesa. El corazón se me acelera, pero siento una pequeña victoria al recuperar el control. El alcohol reduce las inhibiciones, y no puedo permitirme perderlo. No con Valentine observando.

Me dirijo a la barra con el pretexto de que me rellenen la copa y le pido al camarero agua con lima y menta de guarnición. Parece lo suficientemente convincente como para pasar por un cóctel cuando regreso al reservado y me deslizo en mi asiento mientras la conversación fluye a mi alrededor.

Valentine es ahora el centro de atención, entrelazando con naturalidad sus perspectivas sobre el juicio en la conversación, cautivando a mis compañeros de clase. Su voz se eleva por encima del bullicio del bar, firme y suave a la vez.

—Nunca te habría tomado por alguien que bebe cerveza —dice una de las chicas, batiendo sus largas pestañas oscuras en dirección a Valentine.

La forma en que lo devora descaradamente con los ojos mientras él se lleva la botella a los labios me saca de quicio.

—¿Y qué pensabas que bebería? —pregunto sin poder evitarlo.

Me mira con los ojos muy abiertos.

—No lo sé. ¿Qué soléis beber vosotros, los viejos? —contraataca, poniendo los ojos en blanco.

Suelto una risa burlona.

—La sangre de gente más joven para seguir pareciendo jóvenes —respondo con cara de póquer.

Para mi sorpresa, casi toda la mesa estalla en carcajadas, Valentine incluido.

—Dejando a un lado lo que bebe, no pensaba que supiera reírse —interviene alguien.

Los ojos de Valentine se arrugan al reír.

—¿Qué puedo decir? Es liberador saber que se ha hecho justicia y que nuestras calles son ahora un poco más seguras.

Ante sus palabras, me entretengo con mi bebida, incapaz de mirar a nadie. Que el Cazador muestre alguna consideración por la seguridad o la justicia es francamente risible.

A medida que la discusión avanza, mis compañeros de clase se animan más, diseccionando cada detalle del juicio.

Valentine les sigue el juego con sus teorías, pero veo cómo sus ojos se posan en mí de vez en cuando, como si me evaluara, a la espera de mi aportación.

Al principio guardo silencio, contenta de dejar que los demás acaparen su atención, pero al final siento que su mirada se demora demasiado.

—Ruby —dice de repente, y su voz corta el ruido.

La forma en que pronuncia mi nombre, grave e íntima, me provoca un escalofrío.

—¿Qué te pareció el caso de la fiscalía hoy?

El reservado se queda en silencio y todos los ojos se vuelven hacia mí.

Se me cierra la garganta mientras el peso de su atención me presiona.

Siempre hace esto: me interpela en los momentos en que estoy menos preparada.

Pero esta noche es diferente. Su mirada es penetrante, pero también hay una suavidad, algo casi alentador. Me descoloca.

—Creo que tenían un caso sólido —empiezo, con la voz apenas audible por encima del ruido del bar—. Pero el acusado lo echó todo a perder con su testimonio.

La expresión de Valentine no cambia, pero hay un destello de satisfacción en sus ojos.

—Interesante —dice, y se inclina un poco, como para acortar la distancia entre nosotros—. ¿Y por qué lo crees?

Trago saliva con dificultad mientras noto el calor subirme al rostro bajo su mirada.

—Las pruebas eran circunstanciales —digo, tratando de sonar segura—. Y los testigos eran inconsistentes. La defensa podría haber sembrado fácilmente la duda... pero el testimonio del acusado lo remató todo. Su arrogancia quedó en evidencia, y eso bastó para inclinar al jurado.

Por un momento, creo que he dicho algo mal. Valentine se limita a mirarme mientras la comisura de su boca se curva en una sonrisa.

—Muy bien —dice finalmente, en un murmullo grave—. No te equivocas. La fiscalía se tambaleaba sobre una base frágil hasta que el acusado se vino abajo bajo presión. Y tú lo captaste.

Su aprobación me golpea como una ola, inesperada. Siento una extraña calidez extendiéndose por mi pecho, una especie de emoción al saber que me he ganado su respeto, aunque sea solo por un momento. El resto del grupo vuelve a hablar, pero no escucho nada de lo que dicen.

Doy un sorbo a mi agua; el líquido frío es un alivio bienvenido contra el calor que se acumula dentro de mí.

Sé que debería alejarme, poner distancia entre nosotros antes de que las cosas se vuelvan demasiado intensas, pero ya estoy demasiado metida.

Su presencia es embriagadora, y a pesar de todas las alarmas que suenan en mi cabeza, me siento atraída hacia él como una polilla hacia la llama.

En algún momento, la conversación vuelve a cambiar, y con ella los cuerpos en el reservado. Algunos cambian de asiento, otros se alejan, mientras ríen y discuten sobre detalles triviales del juicio. Ni siquiera me doy cuenta de que yo también me he movido hasta que me encuentro junto a Valentine.

Ni siquiera intenta disimular que me mira fijamente, como si el resto de la mesa hubiera dejado de existir.

—Pareces diferente esta noche —dice en voz baja, justo lo bastante alto para que lo oiga por encima del murmullo. Su tono es desenfadado, pero sus palabras tienen un peso que me acelera el pulso.

Fuerzo una risa, intentando desviar la atención.

—Quizá sea solo el ambiente. O quizá seas tú.

Estoy bastante segura de que es él quien está diferente.

Arquea una ceja, y un destello de diversión le cruza el rostro.

—¿Yo?

—Estás... más relajado —digo con cuidado, midiendo mis palabras—. No sueles ser tan despreocupado.

Su mirada se afila, y por un momento me pregunto si me he pasado de la raya. Pero entonces, para mi sorpresa, sonríe: una sonrisa sincera que le ilumina los ojos y suaviza los rasgos duros de su rostro.

—Eres observadora, Sra. Simmons. Me gusta.

El uso de mi título formal me sacude por dentro, recordándome los papeles que se supone que estamos interpretando. Profesor y estudiante. Mentor y aprendiz. Pero en este momento, esos límites parecen difuminarse, como si estuviéramos al borde de algo mucho más peligroso.

—Despreocupado —repite, saboreando la palabra con un deje de perplejidad—. Quizá solo esté disfrutando de la velada.

Baja la voz, en tono casi conspirador.

—O quizá esté celebrando.

Sus palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros, cargadas de significado. Debería alejarme, cortar esto antes de que vaya más lejos, pero no puedo. La atracción es demasiado fuerte, y ya estoy demasiado metida.

—No sabía que pudieras disfrutar —digo en apenas un susurro.

Y en lugar de preguntarle por qué estaría celebrando, añado:

—O que hombres como tú celebraran algo.

Se ríe, una risa grave y profunda que me recorre la espalda como un escalofrío.

—Todo el mundo tiene sus momentos —dice, inclinándose lo justo para que nuestros hombros se rocen. El contacto es breve, pero basta para encenderme la piel.

El ruido del bar se desvanece, y por un momento es como si solo existiéramos nosotros dos, atrapados en esta extraña corriente eléctrica que chisporrotea entre ambos. Su mirada baja a mis labios, solo una fracción de segundo, pero basta para cortarme la respiración.

—Dime, Ruby —dice con voz de suave ronroneo—. ¿Crees que el acusado merecía perder hoy?

La pregunta me pilla desprevenida, pero logro mantener la compostura. Su tono es suave, casi seductor, pero la pregunta es dura. En el fondo, me está pidiendo que lo juzgue.

—No lo sé —admito—. Creo que la pregunta más interesante es si él pensaba que lo merecía.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que se saboteó a sí mismo —respondo, verbalizando un pensamiento que llevo dándole vueltas desde que vimos el juicio.

Claro, admitió lo que había hecho. Pero hay más.

Desde el debate en el aula, Valentine nos ha ido dando más información sobre el caso.

Reveló que el caso real era sobre un hombre, no una mujer, y que el pirómano se volvió descuidado.

Pero no del tipo «ups, se me olvidó». No, su descuido era más bien dejadez, como si sus razones ya no importaran.

Valentine asiente sin apartar sus ojos marrones de los míos.

—Autosabotaje —murmura—. Es fascinante, ¿verdad? Cómo las personas pueden ser sus peores enemigos.

Sus palabras me tocan demasiado de cerca, y siento una punzada de incomodidad. Está hablando del juicio, pero hay algo más bajo la superficie, algo que parece personal. Es como si intentara decirme algo, algo que no estoy segura de querer oír.

Antes de que pueda responder, una de mis compañeras de clase rompe el hechizo, riéndose a carcajadas y dándome un codazo.

—Ruby, has estado muy callada. ¿Qué te ronda por la cabeza?

Me estremezco involuntariamente cuando me toca. Mi esperanza de que no lo note se esfuma cuando su risa se apaga y me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Estás bien?

Fuerzo una sonrisa y la miro.

—Sí, perdona.

Señalo mi vaso vacío.

—Creo que ya he bebido bastante —digo, intentando parecer despreocupada.

Sonríe, pero esta vez parece forzada.

—¿Necesitas que te traiga agua o algo?

Su oferta me deja boquiabierta, como un pez fuera del agua. Ni siquiera sé cómo se llama, no me he molestado en aprenderlo, y aquí está, ofreciéndose a traerme algo tan simple como un vaso de agua. Noto el escozor de las lágrimas tras los párpados y parpadeo furiosamente para contenerlas.

Dios, qué patético que un simple gesto de amabilidad baste para hacerme llorar.

—No hace falta —digo—. Creo que iré al baño y luego me marcharé a casa.

Mientras me levanto y me disculpo, me doy cuenta de que probablemente sea buena idea. Todavía tengo la cabeza dándome vueltas, atrapada en la red que Valentine ha tejido a mi alrededor. Poner algo de distancia física entre nosotros podría ser justo lo que necesito para recuperar la lucidez.

El baño me ofrece un breve refugio del bullicio exterior. Las luces parpadeantes proyectan sombras erráticas por el suelo, acentuando la quietud inquietante del espacio. Me agarro al borde del lavabo mientras contemplo mi reflejo, con el pulso todavía acelerado por la energía etílica del bar.

Respiro hondo y me echo agua fría en las mejillas. Un intento débil de calmar el caos de mi mente. Ni siquiera sé por qué vine aquí con ellos. Mentira: sí lo sé. Pero estar cerca de Valentine esta noche resulta peligroso. Emocionante, pero peligroso.

Sacudo la cabeza, me doy la vuelta y salgo al estrecho pasillo que conduce de vuelta al bar.

Espero encontrarlo vacío, unos momentos robados antes de reunirme con los demás, pero en su lugar me encuentro a Valentine allí plantado, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y sus ojos oscuros clavados en mí.