Capítulo 14 #2
—¿Cómo iba a olvidarlo? —siseo—. No te puse en ridículo, Michael. Mostré mi apoyo, que es lo que haría cualquier buena esposa.
No sé de dónde me salen las palabras, ni qué ha encendido este fuego en el pecho que me exige mantenerme firme.
Otras dos personas atraviesan el hueco en la cortina y su presencia me salva de tener que soportar las consecuencias de mi arrebato.
La primera, una mujer, nos sonríe ampliamente, y basta su presencia para disipar la tensión como una ráfaga de aire fresco.
—¡Michael!
Es una de las organizadoras del evento, vestida con un elegante vestido negro.
—Felicidades, el discurso de la señora Simmons fue un éxito. Hemos recaudado incluso más de lo esperado para la causa.
Michael se endereza y su máscara de encanto vuelve a su lugar mientras se gira hacia ella.
—¿Verdad? Sabía que mi esposa sería el complemento perfecto del programa —dice.
Se me eriza la piel de irritación al ver cómo se atribuye el mérito de mi actuación.
—¿Necesitabas mi ayuda con algo?
Ella murmura algo en respuesta y los dos se excusan rápidamente. Me quedo a solas con la segunda persona que entró: Valentine.
Tiene los ojos oscuros clavados en mí con una intensidad que me roba el aliento.
El corazón se me acelera mientras el deseo y la incertidumbre luchan dentro de mí, preguntándome qué dirá, qué hará.
Permanezco clavada en el sitio mientras Valentine se acerca con pasos medidos y elegantes.
El aire entre nosotros crepita de tensión y me descubro conteniendo la respiración.
—Ruby —ronronea con voz baja e íntima—. Ese discurso fue cautivador.
Su elogio me envuelve como una caricia cálida y noto cómo el rubor me sube por el cuello.
—Gracias —logro decir con la voz apenas por encima de un susurro.
Valentine se acerca más, lo suficiente para que el aroma de su colonia —una mezcla embriagadora de sándalo y algo más oscuro, más primitivo— me haga dilatar las fosas nasales. No me quita los ojos de encima mientras extiende la mano y me roza el brazo desnudo con los dedos.
—Tienes un don —continúa—, una forma de atraer a la gente, de hacer que escuchen. Es embriagador.
La piel me hormiguea donde me tocó y lucho contra el impulso de inclinarme hacia él.
—Solo hablé desde el corazón —digo, intentando mantener la voz firme.
Los labios de Valentine se curvan en una sonrisa tan depredadora como aprobatoria.
—Y eso es precisamente lo que lo hace tan poderoso. Tu vulnerabilidad, tu pasión... son deliciosas.
Un escalofrío me recorre la columna cuando se lame los labios.
Sus palabras encienden algo dentro de mí: una necesidad desesperada de más. Más elogios, más contacto, más de él. Doy un paso hacia delante y elimino el pequeño espacio entre nosotros.
—Valentine —exhalo mientras poso la mano sobre su pecho. Justo encima de su corazón, que late fuerte y constante bajo mi palma—. Y-yo quiero...
Me interrumpo, sin saber cómo articular la vorágine de emociones que se arremolina dentro de mí. Deseo, sí, pero también un anhelo de validación, de conexión, de algo cuyo nombre desconozco.
Su mano sube hasta acunarme la mejilla y su pulgar me roza el labio inferior. El contacto es eléctrico y me envía chispas de placer por todo el cuerpo.
—¿Qué quieres, Ruby? —pregunta con una voz que es un rumor grave que siento más que oigo.
Trago saliva con dificultad y reúno todo mi valor.
—A ti —susurro, apretando mi cuerpo contra el suyo—. Te deseo a ti.
Por un momento, Valentine no se mueve. Sus ojos escudriñan los míos, como si sopesara mis palabras, mis intenciones. Y entonces, muy lentamente, aparta mi mano de su pecho y da un paso atrás.
—Ruby —dice con voz firme, aunque no exenta de amabilidad.
El corazón se me cae a los pies; sé lo que viene. Los hombres como Valentine no necesitan palabras para rechazar a alguien; está todo en su lenguaje corporal. Respiro hondo con un temblor, obligándome a no desmoronarme delante de él.
Ladea la cabeza.
—¿Qué quieres que haga?
Me quedo boquiabierta ante la pregunta, que no es para nada lo que esperaba.
—¿Q-qué quieres decir? —pregunto, odiando el temblor de mi voz.
Se encoge de hombros y da otro paso atrás.
—Si ni siquiera puedes decir lo que quieres, no estás lista.
—Bien —digo, poniendo en mi voz todo el aplomo que puedo—. Probablemente tengas razón. Solo fue un pensamiento pasajero.
Suelta una risa sombría.
—Estoy seguro de que no.
Su voz destila ironía.
Dicho esto, se da la vuelta y me deja a solas con mis pensamientos desbocados.
Sus palabras me persiguen, enredándose en mi mente. ¿Qué habrá querido decir? ¿Es todo esto un juego enfermizo para él? ¿O he malinterpretado la situación?
Mi mente se debate entre dos posturas: una parte de mí afirma que no importa, que Michael me dijo que lo sedujera, así que eso es lo que tengo que hacer.
Pero si soy completamente honesta conmigo misma, nada de lo que he hecho con Valentine tiene que ver con mi marido. Es todo cosa mía; lo que yo quiero.
Mientras sigo ahí de pie, me llevo la mano a los labios y rozo con los dedos el lugar donde estuvo el pulgar de Valentine. El fantasma de su tacto persiste, una caricia espectral que me eriza la piel. Cierro los ojos, perdiéndome en el recuerdo de su roce, sus palabras, su presencia.
El rechazo duele, y más aún porque es Valentine quien me rechaza. No sé por qué, pero sus palabras me hieren más de lo que deberían, clavándose en mi mente y mi corazón como un veneno.
«Si ni siquiera puedes decir lo que quieres, no estás lista».
Cierro los ojos. La tensión se acumula dentro de mí, la necesidad de que Valentine me valide, de algo más, es casi insoportable.
Todo mi cuerpo vibra de tensión contenida.
De repente, la ira estalla en mis venas, me ciega mientras burbujea en mi interior.
Aprieto los puños y las uñas se me clavan en las palmas.
¿Quién demonios se cree que es para decirme lo que quiero?
Estoy harta de que los hombres me digan lo que puedo o no puedo hacer. Lo que quiero o dejo de querer.