Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

El Cazador

Me apoyo contra la columna de mármol, recorriendo la sala con la mirada hasta que mis ojos vuelven a posarse en ella.

Ruby está al otro lado del abarrotado salón de la gala benéfica. Resplandece con el vestido verde esmeralda, cada curva de su cuerpo hecha para provocar. Es una visión de desafío y seducción, ajena a la tormenta que se gesta dentro de mí, o quizás lo sabe, quizás la desea.

Pero mientras la observo, mis pensamientos son una tempestad, un torbellino de deseo y deber, de pasión y propósito.

El trabajo que acepté de Michael, las vidas que he arrebatado como el Cazador, los secretos que he enterrado bajo un barniz de sofisticación...

todo converge en este momento, una tormenta que amenaza con destrozar el frágil equilibrio que he mantenido.

Cuanto más la miro, más parece un ajuste de cuentas personal. Si fuera mejor hombre, quizás incluso sentiría culpa por engañarla. Pero no lo soy, y no siento el más mínimo reparo en aceptar el trabajo ni en ejecutarlo.

Suspiro y sonrío a la mujer que se me acerca. Sus ojos están tan vacíos como su sonrisa.

—Buenas noches, Valentine —ronronea, posando la mano en mi brazo como si tuviera derecho a tocarme.

—Señora Dawn —respondo con sequedad—. ¿Qué puedo hacer por usted?

Sí, esta es la madre de una de mis estudiantes, la mujer que debatió con Ruby, para ser exacto. Solo necesité unos segundos en su presencia para saber de dónde saca la hija su altanería.

Se ríe con una risa áspera, como si sobreviviera solo a base de nicotina y alcohol.

Al mirar por encima de su hombro, noto que Ruby nos observa, y mis labios esbozan una sonrisa divertida.

Aunque quiero alejarme, me acerco un paso más a la señora Dawn sin apartar la mirada de la belleza de cabello negro al otro lado de la sala.

—Solo quería presentarme oficialmente —ronronea—. Mi hija me ha hablado mucho de usted. Está muy satisfecha con el curso.

Aparto la mirada de Ruby a la fuerza y miro a la mujer que tengo delante.

—Me alegra oír eso —digo con tono agradable y cálido—. Es una joven brillante.

Ser amable y hacer la pelota es un mal necesario con gente como la familia Dawn.

Hacen donaciones cuantiosas a la universidad, lo que a su vez da acceso a gente como su hija aunque el promedio académico de esta no esté a la altura.

Por otra parte, yo usé mis propias conexiones para inscribir a Ruby, así que supongo que no debería quejarme.

Echo un vistazo al otro lado de la sala y veo a Michael pavonearse hacia una camarera. Se inclina demasiado cerca de ella y le susurra algo al oído que la hace soltar una risita y pestañear con coquetería.

Los dos desaparecen por un pasillo trasero, con un significado más que evidente. Tuerzo los labios con disgusto. A Michael no le importa la discreción, no le importa que Ruby esté aquí, en la misma sala, o quizás eso es precisamente lo que le excita.

El desdén que muestra abiertamente por su esposa me facilita el trabajo, pero añade otra capa de resentimiento. No debería. Su falta de respeto hacia ella no es asunto mío. Y sin embargo, se enquista.

—Disculpe —murmuro a la señora Dawn, y me alejo sin esperar su respuesta.

Un movimiento me llama la atención, y veo a Jack, que ahora camina hacia mí con un contoneo seguro que reconozco. Jack Knight es mucho más que un hermano mayor protector. Es astuto, incluso peligroso; hay algo en él que me resulta familiar y que respeto, a pesar de todo.

Se interpone en mi camino y me bloquea el paso justo cuando empiezo a dirigirme hacia Ruby.

—Valentine —dice cortante, girando el cuerpo para interponerse mientras sus ojos lanzan un destello de advertencia.

—Jack —respondo.

—No me importa quién seas ni qué hagas. Si la lastimas, responderás ante mí —gruñe Jack, con la voz lo bastante baja para que nadie más nos oiga.

Lo miro fijamente, sopesando sus palabras. Jack no es ajeno a las amenazas; sus lazos con la mafia lo dejan claro. Pero esto no va de poder ni de influencia, es personal. En sus ojos hay una protección fraternal capaz de atravesar cualquier fachada.

—Yo diría que deberías preocuparte más por su marido —respondo con calma, desviando la mirada hacia el pasillo donde desapareció Michael.

Jack aprieta la mandíbula. No es ningún tonto; lo sabe. Pero sus ojos permanecen fijos en los míos.

—Sea cual sea el juego que te traes con ella, termínalo, o lo haré yo —sus ojos están fríos, como los míos, y sé que intenta calibrar si soy amigo o enemigo—. Trátala bien —ladra con voz baja, pero la advertencia es clara.

Sonrío, una mueca fría, sin sentirme intimidado en lo más mínimo.

—Tienes mi palabra: la trataré exactamente como se merece —respondo con suavidad.

Jack no se mueve durante un largo momento. Su presencia es un muro inamovible que pone a prueba mi paciencia y me desafía a cometer un error. Finalmente, después de lo que parece una eternidad, se hace a un lado y me deja pasar.

Me dirijo hacia Ruby y me abro paso entre la multitud con determinación. Cuando la alcanzo, está sola en uno de los nichos junto a las grandes ventanas, con las luces de la ciudad titilando a su espalda como mil ojos que nos observan.

No me ve acercarme, así que me tomo un momento para admirarla. Observo cómo se le enderezan los hombros cuando me descubre. Su confianza es una máscara, una que cada vez soy más capaz de arrancar pieza a pieza.

—¿Lo está pasando bien, señora Simmons? —mi voz es tranquila, casi demasiado baja para que se oiga por encima del ruido del evento, pero sé que puede oírme.

Se gira lentamente y clava sus ojos verdes en los míos.

—Tanto como se puede cuando tu marido desaparece por un pasillo con otra.

Ahí está, su desafío. Podría derrumbarse, hacerse la víctima, pero no lo hace. Es esa fortaleza lo que me atrae, su negativa a quebrarse, incluso ante lo inevitable.

—¿Crees que vales más que eso? —pregunto mientras me acerco más. Mi aliento se mezcla con el suyo, que tiene un ligero aroma dulce, como a fresas maduras. Su perfume es sutil, una delicada mezcla de vainilla y jazmín que llena el espacio entre nosotros.

—¿Tú sí? —responde ella con la voz ligeramente temblorosa, pero la postura inquebrantable.

Sonrío con suficiencia.

—Eres audaz para alguien en tu posición, Ruby. Casada. Atada. ¿Crees que aún puedes acaparar la atención de alguien como yo?

Su pulso se acelera; casi puedo verlo latir bajo la piel de su garganta. La atracción entre nosotros es magnética. Estoy acostumbrado a controlar estas situaciones, pero esta vez es diferente. El deseo de Ruby es un espejo del mío, y desdibuja las líneas del control.

—Creo —dice, acercándose un paso— que estás más intrigado por mí de lo que quieres admitir.

La risa que brota de mí está teñida de diversión y algo más oscuro.

—¿Intrigado? Quizás. Pero eso no significa que vaya a hacer nada al respecto.

Bajo la voz e inclino la cabeza hasta que mis labios casi rozan su oreja.

—Ya lo has hecho —dice, con una sonrisa astuta asomando a sus labios.

Inclino ligeramente la cabeza, estudiándola.

Me está provocando, poniendo a prueba mis límites, y parte de mí quiere permitírselo.

Nuestros cuerpos casi se tocan ya, el calor entre nosotros es tangible.

Su piel desprende un leve aroma salado mezclado con la dulzura persistente de su perfume.

Quiero sentir su calidez bajo mis dedos.

Una risa oscura escapa de mis labios.

—Tienes razón. Pero eso no significa que vaya a repetirlo.

Mi voz destila dominancia, dejando claro que, a pesar de todo lo que bulle entre nosotros, sigo siendo yo quien pone las reglas.

—Tengo reglas por una razón.

Tengo una regla contra la intimidad. La lujuria es limpia: un fuego que arde pero no deja cicatrices; es controlable.

Es física, la manera en que el cuerpo exige liberación.

¿Pero la intimidad? Esa es el verdadero peligro.

Se cuela bajo tu piel, te hace que te importe alguien, te hace confiar.

Crea un lazo, un vínculo, y los vínculos abren grietas en la armadura.

La lujuria es algo con lo que puedo vivir. La intimidad es veneno.

Por eso visito The Black Orchid cada dos meses aproximadamente; con más frecuencia si estoy a punto de quebrarme. Nunca permito que mi necesidad física amenace mi enfoque ni interfiera con mi control. Pero no soy tan estúpido como para dejarla desatendida.

Con Ruby, sin embargo, es diferente. Me atrae de una manera que no es solo física, no es solo fisiológica... es absoluta.

—¿Es por eso que te contienes? —pregunta. Sus ojos se oscurecen; algo parecido a la ira destella en ellos.

Deslizo la mano alrededor de su garganta, los dedos rozando la delicada línea de su mandíbula. Su piel está cálida, suave, y siento cómo se tensa bajo mi tacto; su cuerpo delata el conflicto que ruge en su interior.

Entonces aprieto ligeramente, no lo suficiente para hacerle daño, solo lo suficiente para afirmar mi control.

Sus labios se entreabren y un pequeño jadeo escapa de ellos.

Estamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan, los labios a apenas un suspiro de distancia.

El aire entre nosotros está cargado de electricidad, denso de deseo contenido.

Su pulso late contra mis dedos, rápido y frenético, pero no se resiste. No físicamente, al menos. Percibo la batalla en sus ojos: la parte de ella que quiere ceder y la parte que se niega a renunciar al control.

—Tócame —susurra, y a pesar de la suavidad de su tono, no es una súplica; es una orden.

—¿Por qué? —la desafío. Por cómo está actuando, está claro que es lo que ella quiere, no algo que haga por órdenes de Michael.

—Porque quiero que lo hagas.

Sin soltar su garganta, nos giro para quedar ocultos de miradas indiscretas. Entonces deslizo la mano bajo la tela de su vestido y le cubro el coño con la palma.

—Ya estás mojada —gruño—. ¿Todo esto es por mí?

Deslizo dos dedos en su interior con facilidad.

—S-sí —gime.