Capítulo 13
La Presa
El corazón me late con fuerza bajo mi vestido de seda verde esmeralda mientras entro en el resplandeciente salón de baile.
La luz de la araña de cristal se refleja en el collar de diamantes que rodea mi garganta, una gargantilla dorada que se siente más como una soga a cada instante que pasa.
La mano de Michael en la parte baja de mi espalda es posesiva, opresiva.
Quiero quitármela de encima, pero sé que es mejor no hacerlo.
Recorro la multitud con la mirada, buscando un rostro amigable, cualquier puerto en esta tormenta de sonrisas falsas y miradas depredadoras.
La sala es un mar de vestidos de diseñador y esmóquines impecables, con copas de champán que brillan como dientes.
Me siento expuesta, vulnerable. Cada instinto me grita que huya, pero no hay adónde correr.
—Ponte derecha —sisea Michael en mi oído, con el aliento caliente y agrio—. Y sonríe, por el amor de Dios. Pareces estar en un funeral.
Me pongo mi mejor sonrisa de sociedad, esa que nunca llega a mis ojos.
—Sí, querido —murmuro. Las palabras me saben a cenizas en la boca.
Es entonces cuando los veo al otro lado de la sala: Carolina, resplandeciente en un vestido rojo ceñido que deja poco a la imaginación.
Junto a ella está mi hermano, Nick, con su rostro lleno de cicatrices fijo en su habitual máscara de fría indiferencia.
Y allí está Jack, jugueteando con sus gemelos, con aspecto tan incómodo como yo me siento.
El alivio me invade al ver a mis hermanos, pero dura poco. Michael lo aplasta al clavar los dedos en mi cadera.
—No te atrevas a avergonzarme esta noche —gruñe en voz baja, asegurándose de que solo yo lo oiga.
—¿Avergonzarte? —pregunto, sin estar segura de entender. No es que me haya olvidado de ponerme ropa interior ni esté a punto de estornudar sobre los aperitivos.
—Lo estás haciendo ahora mismo —sisea, apretando aún más su agarre—. Soy tu marido, Ruby. Sabes lo que pasa cuando te sales de la raya. No dudaré en recordártelo.
Un temblor recorre mi espalda marcada por cicatrices; mi piel grita en silencio en señal de protesta.
Han pasado meses, si no casi un año, desde la última vez que me azotó.
Pero, Dios, mi cuerpo y mi mente aún recuerdan el dolor abrasador.
No es que el dolor sea la peor parte del recuerdo.
No, lo peor es seguir recordando los gritos guturales y los patéticos gemidos que me arrancó de la garganta.
—Por supuesto —digo con toda la amabilidad que puedo reunir.
Mientras mi familia se acerca, siento que el agarre de Michael se tensa. Se me eriza la piel bajo su tacto, pero me obligo a permanecer quieta, con el rostro convertido en una máscara de calma cuidadosamente elaborada.
—Ruby —arrulla Carolina, con un tono casi delirantemente feliz, lo cual es raro cuando me habla a mí—. Estás absolutamente divina.
Logro esbozar una sonrisa débil.
—Gracias, Carolina. Tú también estás encantadora.
Nick da un paso adelante; sus ojos oscuros examinan a Michael antes de posarse en mí.
—Ruby —dice con voz baja y controlada—. Me alegro de verte.
La tensión en el aire es palpable mientras Jack se remueve incómodo junto a él. El esfuerzo de mis dos hermanos por mantener la compostura con Michael es evidente para mí.
—Nicklas, Jack —saluda Michael con un seco asentimiento—. Bastante concurrencia esta noche, ¿no? Es mi empresa la que...
—En efecto —lo interrumpe Nick con sequedad. Su sonrisa se vuelve calculadora mientras alza la voz—. La familia Knight siempre atrae multitudes.
Por dentro, gimo ante la necesidad de mi hermano mayor de provocar a mi marido. No me malinterpreten, me muero por chocar los cinco con él por decir lo que todos sabemos: no es la empresa de Michael la responsable de la concurrencia. Somos nosotros, los Knight.
Al mismo tiempo, desearía que Nick hubiera mantenido la boca cerrada, porque seré yo quien pague por los insultos de mi hermano.
Cuando Jack abre la boca para hablar, una voz suave y profunda corta la tensión.
—Ah, la ilustre familia Knight. Qué delicia verlos a todos reunidos aquí.
Me giro y veo a Valentine deslizarse hacia nosotros; su alta figura recorta una silueta impresionante en su traje gris marengo perfectamente entallado. Se me corta la respiración cuando su mirada oscura y penetrante se encuentra con la mía.
—Valentine —lo saluda Carolina con calidez—. No esperaba verte aquí esta noche.
Los labios de Valentine se curvan en una sonrisa encantadora.
—Nunca pierdo la oportunidad de apoyar una buena causa, especialmente si eso significa codearme con lo mejor de Nueva York.
Mientras habla, siento que la atmósfera cambia. Su presencia parece llenar el espacio que nos rodea y atraer a todos hacia él. Incluso el agarre de Michael se afloja ligeramente mientras dirige su atención al recién llegado.
Observo fascinada cómo Valentine dirige la conversación sin esfuerzo; su encanto obra su magia en todos los presentes en nuestro pequeño círculo. Sus ojos se posan en los míos de vez en cuando, y cada vez siento una descarga eléctrica recorrerme.
—Y Ruby —dice con voz aterciopelada mientras se dirige a mí directamente—. Debo decir que estás particularmente radiante esta noche.
Siento que el calor me sube a las mejillas y el corazón se me acelera.
—Gracias, profesor Grant —logro responder con la voz apenas por encima de un susurro.
Mientras la conversación fluye a mi alrededor, me siento cada vez más atraída hacia la órbita de Valentine.
Sus palabras, sus gestos, la forma en que sus ojos parecen ver a través de mí...
es embriagador. Por un momento, olvido el agarre brutal de Michael, olvido el mundo asfixiante en el que estoy atrapada.
En este momento, solo existe Valentine y la peligrosa fascinación que representa.
La realidad me golpea de nuevo cuando Michael me atrae hacia él y me besa la mejilla con descuido.
—Disculpen —murmura. Luego me suelta y da unos pasos hacia delante para unirse a Valentine y Carolina en su conversación. Sé que la forma en que me da la espalda es deliberada: es un despido silencioso.
Me muerdo el interior de la mejilla para contener una sonrisa. Porque ahora no puede verme mientras observo a Valentine.
—Este evento es digno de mención —dice Valentine; su voz corta la charla como un cuchillo a través de la seda—. Miren a su alrededor. La forma en que todo está ejecutado, la organización, el flujo. Así es como deben hacerse las cosas. Con fluidez. Sin esfuerzo.
Cuando sus ojos se posan en los míos, siento como si me estuviera diciendo algo sin palabras, poniéndome a prueba. El pulso se me acelera y miro alrededor de la sala, contemplando la gala benéfica a través de sus ojos.
—Ruby, ven aquí —canturrea Carolina haciéndome señas con la mano—. Valentine estaba a punto de compartir su sabiduría con nosotros.
Doy un paso vacilante hacia adelante, pero Michael no se mueve, así que no me queda más remedio que rodearlo para llegar junto a Carolina.
—Perdona, ¿eh? —le espeta Jack a mi marido con desdén.
Nick se limita a negar con la cabeza y le da un codazo a nuestro hermano en el torso, lo cual es una jodida estupidez. Me quedo paralizada a medio paso al ver la fugaz expresión de dolor en el rostro de Jack.
—Nick —siseo entre dientes.
Puede que Jack haya salido del hospital y puede que parezca estar bien. Pero, por Dios, le dijeron que se lo tomara con calma. Y estoy bastante segura de que eso significa que su hermano mayor no debería darle codazos tan cerca del agujero de bala.
Al darse cuenta de su error, balbucea una disculpa que Jack descarta con un gesto. Los dos se dirigen al bar, pero antes de irse, Nick se da la vuelta y mira directamente a Michael.
—Ven a tomar una copa con nosotros.
No es una pregunta, es una orden. Y Michael está encantado de obedecer.
Una vez que Michael se ha ido, por fin siento que puedo volver a respirar, y me apresuro a unirme a Valentine y Carolina.
—¿Puedes darnos algún consejo sobre cómo organizar un evento benéfico? —pregunta Carolina, claramente deseosa de continuar la conversación.
Valentine asiente pensativo y se embarca en una explicación detallada no solo sobre los pormenores de la planificación, sino también sobre el personal clave que debemos tener. Pasa fácilmente media hora explicándoselo todo a Carolina, que tiene dos preguntas nuevas por cada respuesta que recibe.
La luz sobre nosotros parpadea una vez y luego se oyen ruidos procedentes del área del escenario.
Cuando me doy la vuelta para ver qué pasa, Nick, Jack y Michael regresan.
Nick rodea la cintura de Carolina con los brazos y la atrae hacia él.
Jack se coloca detrás de mí mientras mi marido me pasa el brazo por el hombro.
—¿Quién es ese? —susurra Carolina, señalando con la cabeza a un hombre vestido de blanco de pies a cabeza.
—El...
Como siento que necesito aportar algo, interrumpo a Valentine.
—Ese es el MC. O el maestro de ceremonias, si lo prefieres.
Carolina me mira esperando que le explique más.
—Es básicamente la persona que se encarga de que el evento fluya sin contratiempos. Presenta a los ponentes, hace las transiciones entre las distintas partes de la velada y se asegura de que no haya silencios incómodos en el programa.
Mi voz tiembla ligeramente y trato de contener los nervios que van en aumento.
—No se trata solo de hablar, se trata de... gestionar la energía de la sala.
Cuando termino de hablar, noto que una sonrisa astuta asoma en las comisuras de los labios de Valentine.
—Hmm.
Se lleva la mano a la barbilla y mira a su alrededor.
—Ya que sabes tanto del tema, quizá deberías probarlo tú —sugiere.
Su sugerencia flota en el aire y siento cómo se me cala en la piel. Me quedo paralizada. Tengo las manos húmedas por los nervios, el corazón me late desbocado en el pecho. ¿Yo? ¿Hablar delante de toda esta gente? Apenas soy capaz de mantener una conversación sin darle mil vueltas a cada palabra.
Pero entonces siento ese tirón, un deseo que se intensifica con cada segundo que él me mira como si esperara que me acerque un paso más a algo desconocido. La idea me aterroriza; tengo el estómago hecho un nudo de nervios.
Sin embargo, el desafío en sus ojos y la idea de complacer a Valentine, de ver algún tipo de aprobación en su mirada, tiran de mí con más fuerza y me hacen querer arriesgarlo todo.
Sigo ahí plantada, clavada en el sitio, cuando la voz de Carolina rompe la tensión. Su mano descansa suavemente sobre mi brazo.
—Deberías hacerlo, Ruby. Lo harías genial.
Lo dice con una sonrisa sincera que me sorprende. Por un momento, creo que podría creerla.
A mi espalda, siento que Jack se tensa. No ha dicho nada, pero lo conozco demasiado bien. Está enfadado, protector, y casi puedo oír cómo se le forma una advertencia en la garganta, el instinto de protegerme de lo que sea que esté pasando.
La voz de Michael corta el aire como un cuchillo.
—¿Ruby?
Suelta una risa aguda y amarga.
—No se puede confiar en ella para nada, y mucho menos para dar un discurso.
Las palabras me atraviesan, afiladas como el cristal, familiares en su crueldad. Estoy acostumbrada a esto, acostumbrada a él. Pero eso no impide el aguijonazo, que mi cuerpo se encoja instintivamente bajo su mirada, que mi mente grite pidiendo una escapatoria.
Mi mente es un torbellino de emociones contradictorias. Las palabras de Michael resuenan en mi cabeza, un recordatorio constante de mi supuesta inutilidad. Pero el sutil aliento de Valentine, el modo en que sus ojos parecen ver algo en mí que ni siquiera yo veo, me empuja al borde de la rebelión.
La presencia de Valentine me ancla; es un salvavidas que no sabía que necesitaba. Su mirada está fija en mí, inquebrantable, y en ese momento, algo dentro de mí se rebela contra el control de Michael. El miedo sigue ahí, pero también hay algo más: una necesidad, un anhelo.
Quiero demostrarle a Michael que se equivoca, pero más que eso, quiero demostrarle a Valentine que tiene razón.
Se me seca la garganta y trago con dificultad.
—Yo-yo...
Dejo la frase a medias, me aclaro la garganta y cuadro los hombros.
—Lo haré.