Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

El Cazador

Dos días después, la atmósfera en el aula es eléctrica, una energía vibrante que crepita en el aire. Estoy de pie al frente y recorro con la mirada a los estudiantes, todos expectantes, ansiosos por sumergirse en el intenso ejercicio de dramatización que les espera.

Percibo la aprensión de Ruby incluso antes de cruzar la mirada con ella. Está sentada un poco rígida, con las manos inquietas en el regazo, lo que delata la calma que intenta proyectar.

—Hoy —anuncio con voz firme y autoritaria— exploraremos la psicología del comportamiento criminal a través del juego de roles.

A cada uno de vosotros se os asignará un personaje, y vuestro trabajo será encarnar sus motivaciones, miedos y justificaciones.

El detective intentará extraer una confesión, mientras que el criminal evadirá, manipulará o justificará sus acciones.

Mis ojos se fijan en los de Ruby, que se agrandan con súbita comprensión mientras distribuyo las asignaciones de personajes.

La mayoría de la clase termina antes del almuerzo, y me queda una sensación de mediocridad. Sus actuaciones son mediocres en el mejor de los casos, y si tuviera que calificarlas, tendrían suerte de sacar un aprobado raspado.

Cuando vuelvo a mirar a Ruby, veo fuego en sus ojos. Está decidida a sobresalir, cueste lo que cueste. Eso despierta mi curiosidad, y aunque estoy tentado de cancelar el almuerzo para ver su actuación, me obligo a ser paciente.

Cuando llega el turno de Ruby y pronuncio su nombre, veo cómo se le tensa la mandíbula, pero enseguida enmascara su incomodidad con un asentimiento decidido.

—Sra. Simmons, interpretará el papel de la criminal —digo, enfatizando deliberadamente su personaje—. La señorita Latrell será su detective. Veamos lo bien que puede justificar sus acciones.

Ruby se levanta lentamente, con la postura rígida.

La señorita Latrell lanza una mirada nerviosa a su compañera mientras sopesa el desafío que tiene por delante con su personaje —una detective tímida—.

La tensión aumenta mientras se preparan frente a la clase; los demás estudiantes se inclinan hacia adelante en sus asientos, ansiosos por ver la actuación.

La señorita Latrell se aclara la garganta. Le tiembla la voz.

—Eh, de acuerdo. Empecemos.

Ruby levanta una ceja, con un atisbo de sonrisa asomando en sus labios.

—Vas a tener que esforzarte más que eso, detective.

Los ojos de la señorita Latrell se abren con sorpresa, pero se recupera rápidamente y su determinación se endurece.

—Vale, empecemos con lo básico. ¿Cometió estos crímenes?

Ruby se apoya contra el escritorio y cruza los brazos, con una postura relajada pero desafiante.

—Sí.

Reprimo una risa ante su evidente desprecio por la tarea al admitir los supuestos crímenes de inmediato.

—Tuve que hacerlo.

—Mmm... ¿tuvo que hacerlo? —pregunta la señorita Latrell, claramente desconcertada.

—Sí, tuve que hacerlo —repite Ruby—. A veces, el mundo no te da opción...

Clava los ojos en mí.

—... como una gacela pateando a un león: no es crueldad; es supervivencia.

La señorita Latrell frunce el ceño, desconcertada por la confianza de Ruby.

—¿Está diciendo que la obligaron? ¿No es eso solo una excusa?

Ruby se endereza y entorna ligeramente los ojos.

—No es una excusa; es una razón. No sabes lo que es sentirse acorralada, que te empujen hasta que no tienes otras opciones. ¿Qué harías tú en mi lugar?

—Quizás encontraría una manera mejor —responde la señorita Latrell, con la voz cada vez más firme—. Podría haber buscado ayuda o encontrado una salida que no implicara hacer daño a otros.

Ruby resopla con desdén y cambia de postura.

—Oh, por favor, como si eso siempre fuera una opción. ¿Crees que no lo intenté? A veces, la desesperación te lleva a hacer cosas que nunca pensaste que harías.

La señorita Latrell da un pequeño paso adelante, aunque su confianza flaquea ligeramente.

—Pero tuvo una opción. Eligió hacer daño a otros en lugar de encontrar otro camino.

Ruby se inclina más hacia ella, con creciente intensidad.

—¿Y si el daño ya me lo habían hecho a mí? ¿Y si solo me estaba defendiendo? Tú también lucharías si estuvieras acorralada como un animal herido.

La clase observa conteniendo el aliento; la tensión se palpa en el ambiente. La señorita Latrell vacila mientras asimila las palabras de Ruby.

—¿Pero qué pasa con las personas a las que hizo daño? ¿Las vidas que arruinó?

Ruby se encoge de hombros y un destello de desafío cruza sus rasgos.

—A veces la gente resulta herida en el fuego cruzado. Es una pena, pero la vida no es blanco y negro.

Su oponente cambia el peso de un pie a otro, claramente inquieta.

—¿No crees que esa es una forma egoísta de pensar? ¿Priorizar tu propio dolor sobre el de los demás?

La expresión de Ruby se tensa.

—¿Egoísta? Quizás. Pero ¿no es la supervivencia un poco egoísta también? Si estuvieras luchando por tu vida, ¿no harías lo que fuera necesario?

La detective de mentira se yergue más, con las manos apretadas a los costados.

—Sobrevivir no significa que tengas que destruir a otros en el proceso. Hay una línea que no se cruza.

Ruby se inclina más hacia ella, con un destello de emoción en los ojos.

—¿Y quién decide dónde está esa línea? ¿Tú? ¿El sistema? ¿Las personas que nunca tuvieron que enfrentar las mismas decisiones que yo?

La señorita Latrell vacila; su bravuconería se tambalea mientras la intensidad de Ruby se filtra en sus defensas.

—Yo... solo creo que hay consecuencias para cada acción. No puedes justificar hacer daño a personas inocentes.

El aire en la sala es eléctrico; los estudiantes están en vilo. Me inclino ligeramente hacia adelante, observando el intercambio con gran interés.

—Sra. Simmons, imagínese en esta situación. ¿Habría tomado las mismas decisiones? ¿Podría justificarlas?

A Ruby se le entrecorta la respiración mientras un destello de vulnerabilidad brilla en sus ojos.

—Y-yo no lo sé —admite con voz vacilante—. Pero entiendo por qué alguien podría sentirse empujado a esos extremos.

El aula queda en silencio; el peso de su admisión flota en el aire. La señorita Latrell aprovecha la oportunidad, ahora con la voz más firme.

—Entonces, ¿está diciendo que lo entendería, pero no estaría de acuerdo?

—Entender no significa aprobar —responde Ruby rápidamente, aferrándose ahora al escritorio—. Significa que veo los grises. El mundo no es solo blanco y negro; a veces, hay que navegar por aguas turbias.

No puedo evitar sentir una oleada de orgullo por cómo se expresa. Está repitiendo argumentos de The Psychology of Crime and Power, mi propio libro, y eso me remueve por dentro. ¿Está intentando ganarme en mi propio terreno? La idea me estremece de emoción.

Observo cómo cambia la expresión de la señorita Latrell al reconocer la validez del argumento de Ruby. La tensión en la sala se transforma y se convierte en una mezcla de admiración e incomodidad.

—De acuerdo —concede finalmente, con voz más suave—. Pero ¿qué pasa cuando pierdes el control? ¿Cuando esas aguas turbias te engullen por completo?

Ruby le sostiene la mirada con expresión implacable.

—Entonces te ahogas. Pero al menos caes luchando.

El aula bulle de murmullos; la discusión ha encendido algo en los estudiantes. Doy un paso atrás para que absorban la profundidad de la actuación de Ruby. Se mueve en el filo entre ficción y realidad, y percibo el poder que ejerce en este momento.

Cuando el ejercicio termina, observo a Ruby de cerca. Su confianza irradia a pesar de la vulnerabilidad que late bajo la superficie. Se ha transformado: se ha adueñado del papel con una intensidad feroz que cautiva a todos los presentes.