Capítulo 9 #2
Joder, incluso en mi mente, que absorbe cada palabra cruel y vil y la cataloga en algún rincón oscuro.
—Por tu bien, espero que tengas mejor aspecto en Holloway —se burla—. El profesor dejó claro que tu cuerpo es el precio de tu matrícula. ¿Ya te lo has follado?
—N-no —tartamudeo. Por un instante fugaz, considero contarle a Michael que dejé que Valentine me manoseara bajo la mesa durante nuestra cena con Nick y Carolina. Pero no me atrevo a compartir ese pequeño detalle.
Estoy al borde de la desesperación cuando un timbre estridente interrumpe la diatriba de Michael. Su teléfono. Frunce el ceño y lo saca del bolsillo.
—¿Qué? —ladra al aparato.
El corazón me da un vuelco. Es el momento. Mi oportunidad.
No vacilo ni un segundo: apago la estufa, agarro la mochila del mostrador y salgo disparada hacia el pasillo. Mis pies apenas tocan el suelo mientras paso volando junto a Michael, con la respiración atrapada en la garganta.
Lo oigo maldecir a mis espaldas, pero no miro atrás.
La puerta del baño aparece ante mí. Corro hacia ella y la cierro de golpe.
Mis dedos forcejean con el cerrojo hasta que oigo el débil clic.
A salvo. La palabra no termina de calar.
Tengo el pecho agitado, la respiración se me atasca en la garganta mientras me deslizo contra la puerta hasta el suelo, con los músculos todavía tensos para una pelea que no llega.
Poco a poco, demasiado despacio, la tensión empieza a ceder. El latido de la sangre en los oídos se desvanece, pero los temblores en las manos persisten.
—¡Ruby! —la voz de Michael retumba desde el otro lado—. Más te vale quedarte ahí. Voy a salir.
El retintín en su tono me dice todo lo que necesito saber. Lo que realmente quiere decir es que una de sus amantes ha llamado.
—V-vale —respondo. Pero lo que realmente quiero decir es que le vaya bonito.
Apoyo la cabeza contra la puerta y exhalo lentamente. Sé que no podré quedarme aquí para siempre, pero al menos por ahora tengo un respiro. Una noche para recuperar fuerzas, para recordar quién soy más allá del miedo y el control.
Aunque sé que Michael no volverá a por mí, me quedo en el suelo hasta que lo oigo marcharse.
Entonces suspiro aliviada y me levanto. Las piernas me tiemblan mientras me dirijo a la bañera y abro el grifo del agua caliente al máximo.
Cuando el fondo está cubierto, añado sales de baño hasta que un fresco aroma a limón me llena las fosas nasales.
Mientras la bañera se llena, veo mi reflejo en el espejo de cuerpo entero. Vacilo, y luego me quito la ropa despacio, dejándola caer al suelo. Mi cuerpo desnudo me devuelve la mirada, un lienzo de contradicciones.
Las curvas que deberían evocar feminidad y atractivo están marcadas por viejas cicatrices, testimonios silenciosos de la crueldad de Michael. Mis ojos verdes, que antes brillaban de esperanza, ahora parecen apagados, ensombrecidos por el peso de mis circunstancias.
Sin embargo, mientras recorro con los dedos la línea de mi clavícula, la curva de mis pechos, veo algo más. Resiliencia. Fuerza escondida tras la vulnerabilidad.
—Eres más que esto —susurro a mi reflejo, con voz apenas audible por encima del agua corriente.
Retrocedo unos pasos y observo cómo el espejo va revelando más de mi cuerpo.
Mis ojos recorren las delicadas líneas del tatuaje que se extiende por mi muslo izquierdo.
Los pétalos son suaves, intrincados, casi reales en la forma en que se curvan y despliegan, congelados en una floración perpetua.
Flores de magnolia, las favoritas de mi madre, fuertes pero innegablemente hermosas, capturadas en tinta sobre mi piel.
Mis dedos se ciernen sobre el diseño y perciben el suave relieve de cada línea, cada trazo grabado en mí. Es extraño que algo tan permanente pueda seguir sintiéndose tan nuevo. Cada vez que lo miro, es como si lo viera por primera vez.
Hay algo en este tatuaje —su ubicación, cómo se curva a lo largo de mi cuerpo— que me hace sentir... poderosa.
Se siente como una armadura, como la marca de algo más profundo. Las flores, tan femeninas y elegantes, pero con algo afilado en los bordes, como si estuvieran listas para defenderse. Es casi una contradicción, pero me define. Suave y dura. Hermosa e intocable. Vulnerable, pero no rota.
Exhalo y noto cómo la tinta negra destaca contra la curva pálida de mi cadera; el contraste hace que las flores parezcan vivas, floreciendo bajo mi piel.
Michael odia el tatuaje, lo sé. Sin embargo, nunca ha intentado obligarme a deshacerme de él. No sé por qué, y nunca lo he cuestionado. Joder, quizá en el fondo sí le gusta, ya que lo ha cubierto con su asqueroso semen incontables veces.
Sacudo la cabeza y vuelvo a centrarme en mi reflejo.
—Eres una Knight. Eres una superviviente —me susurro una y otra vez, como un mantra.
Ahí está otra contradicción: no soy una superviviente. Vivo de tiempo prestado. Que la muerte aún no me haya encontrado no significa que vaya a sobrevivir. Tarde o temprano, la maldición Knight me reclamará como ha hecho con tantos otros.
Ya reclamó a Jack hace poco. Su corazón dejó de latir. A efectos prácticos, estaba muerto, pero gracias a la medicina moderna y la rápida intervención de los médicos, sobrevivió. Algo me dice que, sea cual sea mi destino, no tendré esa suerte.
Bueno, no tiene sentido darle vueltas a esa mierda. Sucederá tanto si quiero como si no, y en noches como esta, casi estoy lista para darle la bienvenida.
Mis ojos se posan en mi mejilla enrojecida, donde Michael me golpeó. Debe de haber estado especialmente cabreado para arriesgarse a dejarme un moretón en un lugar tan visible. Por alguna jodida razón, me hace sonreír. No sé por qué, pero ya se sabe: mal de muchos, consuelo de tontos.
Si yo me estoy desmoronando, es justo que mi marido también.
Me doy la vuelta y me hundo en el baño humeante, dejo que el agua me envuelva y calme los músculos doloridos. Aunque cierro los ojos, mi mente no se queda quieta. La pesadilla persiste, pero algo más atraviesa la niebla.
Una intensidad diferente. No miedo, sino algo... más cálido.
Su rostro se forma en mis pensamientos sin que lo llame: Valentine. Esa mirada profunda, oscura e intensa, pero tan diferente de la de Michael. Intento apartar la imagen, pero persiste, y con ella florece una extraña sensación en mi pecho. Una chispa de algo que no he sentido en años.
Descubro que recuerdo cosas que ni siquiera sabía que había memorizado: esa mirada intensa, el ligero gesto de sus labios.
Incluso el timbre de su voz, profunda y rica como whisky añejo.
Cómo me mira... no solo como si realmente me viera, sino como si mereciera ser vista.
Su mera presencia siempre hace que el aire a mi alrededor se sienta cargado, vivo.
Me hundo más en el agua hirviente y dejo que mi mente se deslice inexorablemente hacia él.
Un escalofrío me recorre a pesar del agua caliente.
Casi puedo sentir su mirada sobre mí ahora, intensa y escrutadora.
En mi imaginación, trazo la línea firme de su mandíbula, la curva sutil de sus labios.
Sus ojos, esas profundas pozas de oscuridad —uno rodeado de fuego ámbar— parecen mirar directamente a mi alma.
Pienso en cómo se mueve, confiado y elegante. La anchura de sus hombros, la fuerza de su mano cuando me tocó en el restaurante. ¿Cómo se sentirían esas manos sobre mi cuerpo desnudo? ¿Bastaría para hacerme llegar al orgasmo? Probablemente no.
Y sin embargo, estuve tan cerca, el orgasmo al alcance de la mano, estando tan cerca de mi hermano y su esposa. El recuerdo me hace jadear y abro los ojos de golpe.
Esta veneración, este... deseo. Es peligroso. Prohibido. Y sin embargo, no puedo evitar querer más.
—Valentine —susurro, saboreando su nombre en mis labios. Se siente como una oración, una súplica, una promesa, todo a la vez. Por primera vez en años, siento algo más que miedo y desesperación. Me siento... viva.
Por un momento, olvido los moretones. El miedo. Las amenazas inminentes. Mi mano se desliza bajo el agua, vacilante al principio, como si este cuerpo no fuera realmente mío. Pero lo es. Por ahora, en este momento, es mío. Mi mano baja más y traza la curva de mi cadera bajo el agua.
Otro pequeño jadeo escapa de mis labios mientras sensaciones desconocidas me recorren. Esto no es como antes, no es el acto frío y mecánico con uno de los guardaespaldas de mi padre cuando tenía dieciséis años.
Aquello no tuvo nada que ver con la excitación o el romance; fue una decisión nacida de la desesperación, un intento estúpido de reclamar algo de control sobre mi cuerpo antes de que me lo arrebataran.
Y como mi padre no permitía que ningún hombre ajeno a su círculo se acercara a mí, no tenía muchas opciones. Por suerte, nadie se enteró.
Pero esta sensación que me recorre al pensar en Valentine es diferente. Es más profunda, más cruda... más real que cualquier cosa que haya sentido antes.
El agua está caliente y calma el dolor de los músculos, y mientras mis dedos se deslizan más abajo, un jadeo silencioso escapa de mis labios.
No estoy pensando en Michael, ni en la pesadilla al otro lado de esta puerta.
Son los ojos de Valentine los que arden tras mis párpados cerrados, el peso de su mirada lo que hace que mi respiración se entrecorte.
Guiada por puro instinto, mis dedos bajan más, tomándose su tiempo para explorar. Me muerdo el labio para sofocar un gemido, muy consciente de lo incorrecto que sería tocarme de verdad pensando en él... en Valentine.