Capítulo 9
La presa
Después de dejar a Valentine en la biblioteca de Holloway, salí corriendo del edificio de la universidad hacia el coche que ya me esperaba. En días como hoy casi llego a creer que mi chófer vive ahí.
Michael regresa hoy de otro viaje de negocios, y con una andanada de mensajes me dejó claro que esperaba que su esposa obediente tuviera una comida casera lista para él.
Mi único consuelo es que dijo para él, en singular.
Temía que su hermano, John, se uniera a cenar, como suele hacer cuando Michael está fuera.
Si Michael es... malo, John es pura maldad. Por suerte, solo lo veo una vez cada pocos meses, pero basta para saber que es la maldad encarnada. Hay algo en sus ojos sin fondo y en sus sonrisas retorcidas. Algo que me hace estar dispuesta a lo que sea con tal de evitar caer en sus garras.
Apoyo el cuchillo en la tabla de cortar, tratando de controlar el temblor de mi mano. El ritmo repetitivo de cada corte llena la cocina, pero no basta para ahogar el tictac del reloj ni los latidos que retumban en mis oídos.
Aunque intento concentrarme en la tarea, mis ojos se desvían hacia la puerta de la cocina cada pocos segundos, a la espera de que la imponente figura de Michael aparezca en cualquier momento. El tictac del reloj en la pared parece burlarse de mí; cada segundo me acerca más a su inevitable llegada.
Mientras corto, el olor penetrante de las cebollas me irrita la nariz y me hace parpadear para contener las lágrimas; si por los vapores o por el miedo, ya no lo sé. Respiro hondo con un temblor, tratando de calmarme.
Aguanta la cena, Ruby. Un paso a la vez.
Deslizo una mano bajo el mostrador, hacia el hueco que solo yo conozco. Mis dedos rozan el corcho de la botella de veneno escondida allí, y por un breve momento me permito considerar añadir algo de su contenido a la cena de esta noche. Pero... no. Con un suspiro, retiro la mano.
El aire cambia antes incluso de que Michael entre en la habitación. Su presencia es como una sombra que se extiende por la casa, apagando la poca luz que queda.
Y entonces está ahí, llenando el umbral, con sus ojos fríos recorriendo la cocina como un depredador que evalúa su territorio.
Se me eriza el vello de la nuca; mis manos se quedan paralizadas sobre la comida a medio preparar.
No ha dicho una palabra, pero el peso de su decepción ya resulta sofocante.
Me observa un momento en silencio. Cuando habla, lo hace con un tono bajo y mesurado.
—He viajado todo el día, Ruby. Todo. El. Puto. Día. ¿Y esto es lo que me encuentro al llegar?
Su voz suena calmada, pero hay una corriente subyacente, como la calma antes de la tormenta, y es peor que los gritos. Controlada. Calculada.
¡Mierda!
Esas palabras tranquilas son peores que si me gritara, incluso peores que si me golpeara. Son un falso consuelo. Mantengo la mirada baja, concentrada en las zanahorias que pelo frenéticamente.
—Lo siento —murmuro—. Estará listo pronto, lo prometo.
—Más te vale —gruñe Michael, acercándose con paso firme.
Siento el calor de su cuerpo a mi espalda; se me pone la piel de gallina.
—Me muero de hambre y no tengo tiempo para tu incompetencia.
Obligo a mis manos a moverse, aunque cada músculo de mi cuerpo me grita que me quede quieta o que huya. Más rápido. Más rápido.
—Por supuesto —respondo, con la voz más suave de lo que pretendía.
Si sigo moviéndome, si sigo trabajando, quizá evite lo que sea que le pase.
—¿Te apetece una copa?
Es una ofrenda desesperada, la esperanza de que el whisky frene la tormenta inevitable.
Gruñe un sí, y me apresuro a servirle un whisky con cuidado de no derramar ni una gota. Al entregarle el vaso, nuestros dedos se rozan y tengo que reprimir un escalofrío.
—Date prisa —espeta Michael, dando un largo trago—. Y procura no quemar nada esta vez.
Quiero replicar, decirle que nunca he quemado su cena, pero ¿de qué serviría? No me creyó cuando el antiguo chef me echó la culpa, así que desde luego no me va a creer ahora.
Asiento y me vuelvo hacia los fogones. Remuevo la olla dos veces antes de centrarme en los pimientos frescos ya alineados.
Mientras los corto, hago todo lo posible por ignorar los ojos de Michael clavados en mi espalda.
Cada movimiento me parece escrutado, cada acción inadecuada bajo su mirada crítica.
—Estás cortando esos pimientos demasiado gruesos —dice con desdén, inclinándose sobre mi hombro.
Su aliento caliente, apestando a whisky, me hace estremecer.
—¿Es que no sabes hacer nada bien?
Aprieto la mandíbula, rechinando los dientes. Todo mi cuerpo tiembla; apenas logro mantenerme entera bajo su mirada. Aprieto el cuchillo con más fuerza; el acero frío es una pequeña ancla en un mar de terror.
—Lo siento —murmuro, con un hilo de voz que apenas me sale de la garganta—. Los cortaré más finos.
Me tiemblan las manos mientras aprieto el cuchillo con más fuerza, tratando de cortar los pimientos en tiras finas como el papel. Ojalá fuera su piel lo que estuviera cortando. La hoja resbala y casi me corta el dedo; jadeo en voz baja.
—Inútil —sentencia Michael—. Completamente inútil.
Me arden las mejillas de humillación y noto el escozor de las lágrimas en los ojos. Parpadeo con furia, negándome a darle la satisfacción de verme llorar. En lugar de eso, me concentro en respirar, en el ritmo constante del cuchillo contra la tabla de cortar.
—Lo estoy haciendo lo mejor que puedo —digo, odiando lo débil que suena mi voz.
—Tu mejor esfuerzo no basta —espeta—. Nunca basta. Nunca bastó.
Siento crecer la frustración, una rabia silenciosa que se expande en mi pecho. Aprieto los puños a los costados, clavándome las uñas en las palmas. El dolor me ayuda a mantenerme firme, me impide arremeter.
Al coger un plato para servir el aperitivo, mi codo golpea el borde de la encimera. El plato se me escapa antes de que pueda reaccionar. El estruendo de la cerámica contra las baldosas resuena por la habitación, demasiado fuerte, demasiado definitivo.
Todo se congela durante una fracción de segundo, justo lo suficiente para que contenga la respiración.
Entonces su mano está sobre mí. Rápida. Brutal.
El dolor estalla donde sus dedos se clavan en mi brazo.
Mi cuerpo no responde a mis intentos de moverme; estoy paralizada aunque cada instinto me grita que huya.
—Perra torpe —gruñe, con la cara a centímetros de la mía—. Mira lo que has hecho.
—Lo siento —jadeo, mientras las lágrimas me resbalan por las mejillas—. F-fue un accidente, lo juro. Por favor, Michael, me estás haciendo daño.
Su agarre se intensifica, y sé que ya se me están formando moretones. En este momento, solo puedo pensar en escapar: de esta cocina, de esta casa, de esta vida. Pero no tengo adónde huir, ningún lugar donde esconderme.
Estoy atrapada, y la certeza me golpea como un puñetazo. Mientras Michael sigue reprendiéndome, sus palabras se difuminan en una cacofonía de odio; cierro los ojos e intento imaginarme en otro lugar. En cualquier otro lugar. Con cualquier otra persona.
—¿Siquiera me estás escuchando? —se burla, y me doy cuenta de que he cometido un terrible error al perderme en mis pensamientos.
—S...
Me interrumpe su palma al estamparse contra mi mejilla. La bofetada es tan fuerte que la cabeza se me va hacia un lado y un zumbido empieza a resonar en mis oídos.
Los dedos de Michael aflojan su presa de hierro, dejando un dolor palpitante donde seguramente se formarán moretones. Retrocedo tambaleándome, respirando en jadeos cortos y aterrados. El plato destrozado yace a mis pies, un recordatorio brutal de mi fracaso.
—Limpia este desastre —ordena con voz gélida—. Y si encuentro un solo fragmento, desearás no haber nacido. ¿Entendido?
Asiento, sin atreverme a hablar. Las manos me tiemblan mientras cojo la escoba y el recogedor. Cada movimiento se siente como si me moviera entre arenas movedizas, el cuerpo entumecido por el miedo y la desesperación.
Mientras barro, la mente me va a mil. Tiene que haber una salida. Quizá si pudiera coger el móvil, llamar a Nick o a Jack... pero no. Michael me pillaría antes de que pudiera siquiera marcar. Y las consecuencias serían impensables.
Mi marido podría hacerse el simpático —o algo parecido— delante de mis hermanos, pero haría casi cualquier cosa para evitar que contactara con ellos.
Me concentro en lo que estoy haciendo, recogiendo con cuidado cada fragmento.
Uno de ellos atrapa la luz, su borde dentado reluciente.
Por un instante fugaz, imagino usarlo como arma, pero aparto el pensamiento de inmediato.
No puedo. Firmé el maldito contrato que vinculó nuestras vidas de maneras que nunca quiero comprobar.
Cuando termino, me pongo de pie con las piernas temblorosas.
—Ya está —murmuro, con los ojos bajos.
Los pasos pesados de Michael se acercan. Me rodea como un depredador, con la mirada clavada en mí.
—Veo que sirves para algo —se burla—. Ahora, ¿por qué no te arreglas un poco? Tienes un aspecto desastroso.
El alivio me inunda. Mi baño. Mi santuario. Doy un paso hacia la puerta, pero el brazo de Michael sale disparado y me bloquea el paso.
—¿Adónde crees que vas? —se mofa—. ¿Acaso dije que podías irte?
Se me cae el alma a los pies.
—Pensé... dijiste que me arreglara —tartamudeo.
Se inclina hacia mí, su aliento cálido rozándome el oído.
—Recuerda cuál es tu lugar, Ruby. No haces nada sin mi permiso. ¿Está claro?
Trago saliva con dificultad, conteniendo las lágrimas.
—Sí, Michael.
Su mano me agarra la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos.
—Entonces, ¿por qué cojones no pediste permiso para ir a arreglarte para mí? Tienes un aspecto repugnante. ¿De verdad quieres que tu marido te vea así después de estar fuera varios días?
Me quedo ahí, paralizada, mientras sigue enumerando todas las formas en que soy inútil, todos los castigos de los que cree que me beneficiaría. Mi mente clama por huir, pero mi cuerpo permanece inmóvil. Soy una prisionera en mi propia casa, en mi propia piel.