Capítulo 7 #3
De nuevo muevo la mano bajo la mesa. Solo que esta vez no me limito a rozarle el muslo; rodeo la parte superior, peligrosamente cerca de su centro. Arquea una ceja, y justo cuando estoy a punto de darme por vencido, se lame los labios y separa más las piernas.
El silencio entre nosotros se extiende, denso de implicaciones tácitas. Nicklas y Carolina continúan con su charla intrascendente, ajenos a la tensión que se tensa cada vez más entre Ruby y yo. Ella sabe que ahora la observo de cerca, esperando que aparezca la siguiente grieta.
—Me gustaría creer que no tengo nada que perder —dice al fin, con voz suave pero resuelta. Una declaración audaz. Pero es mentira.
—Y sin embargo —murmuro mientras mis dedos recorren suavemente la cara interna de su muslo bajo la mesa—, todos tienen algo.
Con un jadeo inaudible, pone su mano sobre la mía. Pero no me detiene; es como si quisiera acompañarme en esto. Su mano está cálida, el pulso acelerándosele ligeramente.
No se aparta. En cambio, deja que el contacto perdure, como si estuviera tanteando sus propios límites mientras lucha con la tentación de retroceder, de recuperar el control, pero algo la retiene. Curiosidad, quizás. O la emoción de estar al borde de algo desconocido.
—De acuerdo, jugaré.
Sus ojos, pozos de esmeralda fundida, titilan con una llama incierta mientras sostiene mi mirada. Se remueve en el asiento y añade presión sobre mi mano, guiándola hacia su calor.
—Creo que todos nos esforzamos por dejar algo atrás —responde, con un tono controlado que traiciona el más leve temblor.
—Ah, ¿pero qué? —presiono, inclinándome un poco más hacia ella e invadiendo su espacio con la mera sugerencia de intimidad—. ¿Son solo nuestras acciones, o quizás algo más?
Con cada palabra, intensifico la presión de mi mano, asegurándome de que lo sienta a través de la barrera de la ropa.
Deja la copa.
—Hablas como si hubiera algo más allá de lo tangible —dice, con escepticismo entretejido en sus palabras.
—En efecto —murmuro; mi voz, un sudario de terciopelo que envuelve su duda—. El deseo, por ejemplo. Nos impulsa, nos moldea en criaturas de ambición, de lujuria, de poder.
Le ahueco el sexo lo mejor que puedo. Levanta las caderas y se frota contra mí.
—Puede ser peligroso, el deseo sin control —digo con voz ronca, bajándola tanto que solo ella puede oírme.
Ruby se frota con más fuerza contra mi mano. Tiene los ojos oscuros de deseo y se muerde el labio inferior. Traga saliva; su garganta se mueve con delicadeza contra el cuello del suéter.
—¿Y tú? —pregunta, las palabras un susurro de seda contra la tensión—. ¿Hacia dónde te lleva tu deseo?
Me agarra la rodilla y clava los dedos en mí mientras su ritmo se acelera junto con su respiración. Tiene las mejillas sonrojadas, pero no creo que sea de vergüenza. No, es deseo. Le presiono el clítoris con el pulgar, ayudándola a estimularlo.
—Oscuridad —confieso; mi admisión, una caricia de humo en el aire cargado—. Una profundidad tan vasta, Ruby, que algunos pueden encontrarla... abrumadora.
Un pequeño gemido escapa de sus labios, apenas audible sobre el suave jazz que inunda el restaurante. Sigue cabalgando mi mano mientras le empiezan a temblar las piernas, pero no llega al orgasmo, o al menos estoy bastante seguro de que no.
Ruby se remueve a mi lado; su lenguaje corporal delata su frustración. Separa los labios, a punto de hablar, pero las palabras mueren ahí.
—Valentine —interviene Nicklas; su tono nos arranca del borde de nuestro abismo privado—. Deberíamos hablar de más detalles del proyecto benéfico en algún momento de esta semana.
—Por supuesto —respondo, y aparto la mirada de Ruby con lentitud deliberada. Mi sonrisa, la de un depredador, es puro encanto y dagas ocultas—. Lo espero con ganas.
—Ah, oye, creo que no tengo tu número —interviene Carolina—. ¿Te importa dármelo? Sería más fácil si necesito localizarte.
Conteniendo una sonrisa, acepto y le dicto los números. Mientras anoto el de Carolina, animo a Ruby a guardar el mío también. —Nunca se sabe cuándo puedes necesitarlo.
Me dedica una sonrisa entre divertida y perpleja, pero lo guarda antes de darme el suyo.
Cuando llega el pastel de chocolate de Carolina en una caja elegante, Nicklas pide con naturalidad que carguen la comida a su cuenta. Intento ofrecer pagar mi parte, pero no quiere ni oír hablar del tema, así que desisto enseguida.
Juntos, nos dirigimos al guardarropa, y después de recoger nuestros abrigos, nos despedimos.
Estrecho la mano de Nicklas, beso a Carolina en la mejilla.
Luego me vuelvo hacia Ruby, preguntándome si soy el único que ve la esperanza reflejada en su rostro.
Me inclino, fingiendo que voy a besarle también la mejilla, pero giro la cabeza y le susurro: —Buenas noches, Ruby.
La ciudad vibra bajo mis pies, su pulso se acelera al compás del mío. Camino en la noche, pero mi mente sigue atrapada en Ruby. Ella aún no lo sabe, pero ya forma parte de mí, entretejida en este juego. Y pronto, muy pronto, tiraré de los hilos que la harán desmoronarse.