Capítulo 7
El Cazador
Me deslizo en el restaurante, una catedral envuelta en terciopelo y decadencia, el escenario perfecto para una noche de movimientos cuidadosamente orquestados.
Los candelabros proyectan halos de luz, pero son las sombras las que me hablan: esos espacios vacíos donde nacen las mentiras y se pudre la verdad.
Me muevo entre ellas como un depredador de seda, listo para la caza.
Tras entregar mi abrigo a la encargada del guardarropa, pregunto por lo que supongo es una reserva a nombre de Knight.
—¿Es usted el Sr. Grant? —pregunta la anfitriona, pestañeándome coqueta mientras deja que sus ojos desciendan de los míos a mi pecho sin ningún disimulo.
—Lo soy —confirmo mientras su mirada sigue descendiendo.
—Por aquí, por favor.
Coloca una mano en mi codo y me guía hacia la mesa. Un dedo curvado me hace señas, y su contoneo exagerado ofrece más que indicaciones. La mujer es hermosa, sin duda. Pero se necesita mucho más que belleza para atraparme. Y afortunadamente para ella, no tiene nada que yo quiera.
Mientras caminamos hacia la mesa en un rincón apartado, observo a los demás comensales. La mayoría está en grupos, pero hay alguna que otra pareja cenando a solas. En la barra, varios solteros.
¿Cómo lo sé? Las mujeres están sentadas en los taburetes mientras los hombres se apoyan en la barra. Todos son conscientes de la presencia de los demás, pero la danza del acercamiento sutil está tan coreografiada que hasta el más mínimo movimiento cuenta.
Estos hombres creen que están cazando: una esposa, una novia, una conquista fugaz. Pero su presa ya está enjaulada, y la ironía no se me escapa. No es una caza; al menos no una digna.
—Aquí estamos —dice la mujer, señalando la silla vacía en la mesa—. Les daré unos minutos para revisar el menú.
La amplia espalda de Nicklas me da la cara, y a su lado está Carolina. Mi mirada se desvía hacia Ruby; su cabello negro azabache cae en ondas sobre un hombro, dejando al descubierto la curva de su cuello. El más tenue rubor rosado florece contra su piel pálida.
Todavía lleva el atuendo de la reunión, y le sienta bien vestir algo más atrevido que los trajes de chaqueta y pantalón y lo que sea que se haya puesto en mi clase.
Tiene ojos calculadores tras una máscara de calma. No sabe que ya he comenzado a diseccionarla, a leer los destellos de vacilación que no logra ocultar del todo. Está demasiado serena, demasiado perfecta. Y ahí es donde comienzan las grietas.
—Buenas noches —anuncio.
Se giran, y capto el destello de sorpresa en los cautelosos ojos verde esmeralda de Ruby antes de que recomponga su expresión en una máscara de neutralidad. No sé por qué está sorprendida; dije que me uniría a ellos y cumplo mi palabra.
—Valentine, llegaste —dice Nicklas, ofreciéndome un firme apretón de manos.
—No me lo perdería por nada del mundo —respondo con soltura ensayada, compartiendo un gesto de asentimiento con Carolina, cuyos labios se curvan en una sonrisa cortés.
Me deslizo en el asiento junto a Ruby y mis dedos le rozan el muslo, ligeros como una pluma pero deliberados.
Es un contacto breve y cargado, suficiente para poner a prueba su compostura.
No se aparta, pero la más leve tensión de sus labios, el rosa que le sube por el cuello, la delatan.
La grieta en su armadura es casi imperceptible, pero está ahí, y la saboreo.
—Ruby, siempre un placer —murmuro, lo bastante cerca para que solo ella pueda oír la corriente subyacente de mis palabras.
Hay una tormenta gestándose en sus ojos, una tempestad de emociones que ella lucha por mantener ocultas. Pero las veo todas: el miedo, la curiosidad, el anhelo desesperado por algo más que la jaula dorada en la que está atrapada.
—Valentine —responde, con una voz que no traiciona nada del caos que percibo en su interior.
Aparece un camarero, un tipo joven que evita a toda costa el contacto visual con Nicklas y Carolina.
—¿Q-quisieran más vino? —pregunta con la voz entrecortada.
Miro a Nicklas y arqueo una ceja. Se encoge de hombros y pone la mano sobre la de su esposa.
—El tipo la tocó —gruñe, fulminando al chico con la mirada.
Carolina suspira.
—No fue así. Lo único que hizo fue rozar sin querer mi...
—Como dije, te tocó.
Me río entre dientes y miro al pobre tipo, que no puede tener más de veintiún años.
—Creo que estamos bien por ahora.
Me sonríe y se ofrece a llenarme la copa, lo cual le permito. Es un gesto pequeño, pero lo pone a gusto conmigo. Las personas asustadizas suelen percibir si hay una amenaza cerca, y no necesito que esté alerta. Que piense que Nicklas es el depredador más grande y feroz de la mesa.
La conversación fluye como humo y deriva hacia el proyecto benéfico que es la causa favorita de Carolina. Me recuesto y hago girar el vino en mi copa mientras la escucho esbozar planes con más pasión que precisión. Es la apertura perfecta.
—La planificación estratégica lo es todo —digo, y dejo que mis palabras se extiendan como seda—. En la Universidad de Holloway, hemos dominado la participación comunitaria.
Mi mirada se desvía y se encuentra con la de Ruby por un breve momento antes de que ella aparte la vista; su retirada es pequeña pero reveladora.
—¿En serio? Cuéntanos más —pide Carolina, inclinándose hacia delante.
—El toque personal es importante —enfatizo, y les cuento historias de galas y subastas que atrajeron a la élite con las carteras bien abiertas—. Se trata de crear una experiencia que cale, algo memorable.
Nicklas asiente con sus oscuros ojos calculadores mientras digiere mis palabras. Su atención es intensa, pero no estoy aquí para jugar con él. Bueno, no exactamente. Aunque supongo que al jugar con su hermana, también estoy jugando con él. Hmm.
—Carolina, tu visión podría ser revolucionaria con la ejecución adecuada —digo, dirigiendo mi atención deliberadamente hacia ella.
Quiero ver a Ruby salir de las sombras, reclamar su lugar como algo más que una forastera.
—¿De verdad lo crees? —pregunta, con la felicidad impregnando cada palabra—. Este proyecto es un sueño para mí. Es, ahh, tan personal como puede ser. Así que quiero asegurarme de hacerlo bien.
—Lo harás, Fierecilla —murmura Nicklas, y le levanta la mano para besarle la palma—. No sabes lo que es fracasar.
Ver al poderoso Knight doblegado y dedicándose a algo tan sencillo como tranquilizar a su esposa resulta intrigante. A diferencia de muchos hombres en su posición, es auténtico, y el amor que siente por Carolina es tan intenso que casi resulta asfixiante.
—¿Qué opinas, Ruby? —pregunta Carolina, mirando a su cuñada de frente—. ¿Se te ocurre algo?
Muevo una mano bajo la mesa y la cierro en un puño para contener las ganas de soltar un comentario cortante a la rubia. Pero, la verdad, ahora ha arruinado mi experimento al interpelar a Ruby directamente.
—Hmm —reflexiona Ruby—. Creo que Valentine tiene razón. Deberíamos asegurarnos de que sea algo personal. Esto es por Willow, y su historia es extraordinaria. Quizás podamos organizar eventos de recaudación inspirados en algo que a ella le encantaba hacer.
Carolina asiente pensativa.
—Como… quizá una casa embrujada o algo así.
Ruby suelta una carcajada.
—¿Por qué no me sorprende que le encantaran?
Mientras las mujeres siguen hablando de la idea, repaso mentalmente los plazos.
Las casas embrujadas se asocian tradicionalmente con Halloween, que queda a más de diez meses.
A menos que rompa mi contrato con Michael, Ruby ni siquiera llegará a ver marzo, y mucho menos octubre.
Aun así, no pasa nada por dejar que las mujeres sigan adelante con sus planes.
Estoy a punto de sugerirles que hablen con una empresa que hemos usado en Holloway cuando regresa el camarero; su voz es una suave intrusión en la neblina de mi estrategia.
—¿Están listos para pedir? —pregunta, con una tableta negra en la mano.
Nicklas pide rápidamente para él y Carolina, pero en lugar de volverse hacia Ruby, el camarero me mira expectante. Niego con la cabeza discretamente.
—Las damas primero —digo.
Esto me da un par de minutos para echar un vistazo al menú, que ni siquiera he abierto hasta ahora.
—Creo que voy a pedir el cordero —dice Ruby, con los ojos brillantes.
Me río de lo que ha pedido.
—Ah, el cordero. Pobre criatura, criada solo para ser sacrificada, ¿no? Siempre me ha parecido… inquietante —digo con despreocupación.
Ruby vacila; un destello de incomodidad cruza sus ojos.
—Ahora ya no podría —dice, y su decisión cae dócilmente en mis manos—. ¿Puedo pedir la langosta en vez de eso?
Deslizo la mano hasta su muslo, rozándolo de nuevo.
Gira la cabeza hacia mí, y sé que esta vez es consciente de que no es un accidente, porque mi caricia se prolonga.
Me gustaría saber si lo acepta porque Michael se lo ha ordenado, o si ella…
ah, da igual. El leve jadeo de su respiración me dice todo lo que necesito saber.
Está aceptando mi mano sobre ella, sin duda.
El camarero asiente, y todavía me estoy riendo mientras pido el filete, poco hecho, igual que Nicklas.
Disimulo mi satisfacción por lo fácil que ha cedido Ruby tras un sorbo de vino, mientras siento el peso de la mirada de su hermano sobre mí. Me observa como un halcón, con sus instintos protectores hacia Ruby sin duda en alerta.
El poder que ejerce dentro de la familia Knight es palpable, incluso aquí sentado, en este capullo de opulencia y aromas exquisitos que emanan de la cocina.
—Entonces, ¿eso es lo que le estás enseñando a mi hermana en la Universidad Holloway? —pregunta Nicklas con voz áspera—. ¿Lo de los corderos sacrificiales?
Se me tuercen las comisuras de los labios y retiro la mano de su pierna, cruzando ambas sobre la mesa para que pueda verlas.
—Me temo que forma parte de un gaje del oficio bastante considerable —sonrío—. Al fin y al cabo, enseño criminología.
Mientras eso hace reír a Carolina, él me sostiene la mirada un momento de más. Sé que me está evaluando, así que me aseguro de apartar la vista primero.