Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Mi cuerpo reacciona de inmediato. Atrapada entre querer acercarme a su contacto y años de crueldad que me han vuelto asustadiza ante los toques inesperados, acabo tambaleándome. Las manos me tiemblan tanto que se me cae el libro.

—Oh, no —jadeo. Me castañean los dientes mientras me agacho de inmediato para recogerlo. Lo examino con atención, buscando cualquier marca. Por suerte, no veo ninguna—. Lo siento mucho.

Valentine se agacha frente a mí.

—Es solo un libro —dice. Su tono es cálido, tranquilizador—. No pasa nada.

—Yo... yo...

—¿Está bien, Sra. Simmons? —pregunta, con el ceño fruncido. Por el rabillo del ojo, noto que levanta la mano y la acerca lentamente hacia mí.

Cierro los ojos y me preparo para el contacto, sabiendo que no es más de lo que merezco.

—Está bien —susurro—. Puede pegarme. Solo, por favor, no se lo diga a Michael... eh, mi marido.

—¿Pegarle? —pregunta, y cuando abro los ojos, tiene la cabeza inclinada hacia un lado—. ¿Por dejar caer el libro?

No tengo palabras. Mi cerebro se ha apagado, me ha abandonado a mi suerte en este momento crítico.

Mis ojos saltan entre los suyos y la mano todavía en alto, y no...

simplemente no sé qué pensar. Así que, en lugar de lidiar con ello, aprieto el libro contra el pecho y me pongo de pie como puedo. Luego me doy la vuelta y huyo de él.

El Cazador

Cuando por fin salgo del campus, el aire frío me atraviesa la chaqueta, pero no consigue enfriar el calor que me palpita en las venas. Así que, en lugar de coger un taxi, decido ir andando hasta donde he quedado con Nicklas Knight.

Tengo los puños apretados dentro de los bolsillos, los nudillos blancos, las uñas clavándose en las palmas. Necesito soltar esto, esta... ira que se extiende como veneno por mi sangre.

Su rostro, su voz, todavía resuenan en mi cabeza. «Puede pegarme». Solo una persona rota se ofrece como una muñeca destrozada. Y eso es lo que convierte a Ruby Simmons en un acertijo de los buenos.

Las palabras que pronuncia, esa forma de estar siempre a punto de salir corriendo, y el...

bueno, todo en ella grita víctima y rota.

Pero no lo es. Lo único que necesita es un poco de ánimo y de palabras amables.

Hasta ahora no me ha decepcionado, y creo que me estoy volviendo adicto a sus reacciones.

Antes del primer día de clase, había enviado un correo electrónico a todos mis estudiantes excepto a ella, pidiéndoles que llegaran media hora antes.

Quería ver cómo se las arreglaría con todo en su contra desde el principio.

No me decepcionó, y cuando esta mañana llegó antes que todos nosotros, pude sentir oleadas de euforia irradiando de ella.

Ruby superó una prueba que ni siquiera sabía que yo había creado para ella.

Por primera vez en mis treinta y ocho años de vida, me alegro de tener un mes con mi presa antes de tener que matarla. Ruby es demasiado fascinante para precipitar nada.

Al llegar a una zona apartada, me detengo en seco al ver… ¿Michael? No, no es él. Solo alguien que se le parece. Y de golpe, mi ira regresa; el Cazador suplica que lo libere.

Sigo al tipo hasta un callejón. Las farolas no llegan tan lejos, y me muevo rápido, en silencio. El hombre no lo ve venir. Ni siquiera tiene tiempo de girarse del todo antes de que mi mano le agarre la nuca y le estampe la cara contra la pared de ladrillo.

El crujido del hueso contra la piedra es repugnante, satisfactorio. La sangre brota, cálida y húmeda, salpicándome los nudillos. El hombre cae, inerte, pero no me detengo.

Me agacho junto a su cuerpo y le giro la cabeza hasta oír el chasquido del cuello al romperse. La calle vuelve a quedar en silencio. Sin testigos. Sin vacilación. Este hombre no era nada, una sombra de Michael, pero fue suficiente. Suficiente para saciar la sed por ahora.

Me incorporo y me limpio la sangre de las manos con un pañuelo, metódico como siempre. Mi respiración es constante, mi pulso uniforme. No hay remordimiento. Nunca lo hay. Es simplemente lo que hago, lo que soy.

Sin embargo, es un inconveniente. Todavía estamos en enero, así que necesito pagar algún tipo de tributo a Arthur Hatt por violar los términos de nuestro acuerdo.

Mientras me alejo del callejón, meto la mano en el bolsillo y saco el móvil.

Abro la aplicación de mensajería y le envío un mensaje al Rey.

Yo: Te debo una vida. ¿Cuál es tu precio?

Aunque probablemente podría salirme con la mía sin que Arthur se enterara, prefiero la honestidad. Especialmente porque podría acabar con el Cazador para siempre si me lo pongo en contra.

El Rey: ¿Esto va a ser algo habitual o fue algo puntual?

Yo: Todavía no estoy seguro.

El Rey: Si te cobras una vida más antes de que empiece tu mes, me deberás un favor a mi elección.

Como no hay nada más que decir, no contesto su último mensaje. En su lugar, paro un taxi porque ya voy tarde. Por primera vez desde que Nicklas Knight me pidió que asistiera a la reunión, me alegro de tener que ir. Con suerte, lo que necesite me distraerá de mi presa.