Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La presa

El tercer día, vuelvo a llegar temprano según mi reloj, pero con todos los demás ya en clase y Valentine ocupado hablando, parece que llego tarde. No lo entiendo. De nuevo, ocupo el asiento de la primera fila, la silla vacía como si me estuviera esperando.

Durante la clase, la mirada de Valentine se demora en mí como un roce fantasmal. Levanto la vista del libro de texto, encuentro sus ojos —oscuros y profundos como un abismo— antes de apartar los míos bruscamente, el corazón martilleándome con una emoción que no sé nombrar.

Hoy, el quinto día, llego diez minutos antes que las otras veces, pero aun así llego tarde...

de algún modo. Tengo que preguntarle a alguno de los otros estudiantes cómo funcionan sus clases, porque está claro que no lo entiendo.

Y esto es justo el tipo de cosa que avergonzaría a Michael, lo que a su vez haría que me castigara.

Un escalofrío me recorre la columna solo de pensarlo. Haré lo que sea para evitar los castigos de mi marido, incluso presentarme al amanecer si hace falta.

Por mucho que lo intente, no hay manera de concentrarme en la clase de hoy.

La presencia de Valentine es una atracción magnética a la que me cuesta resistir.

Cuando termina la clase, me demoro, pensando si debería preguntar a qué hora llegar para la próxima, pero cuando su mirada se cruza con la mía, me acobardo.

No creo que Valentine y Michael se conozcan, pero no voy a arriesgarme a parecer incompetente si es así.

Extiendo la mano hacia el bolso, pero los dedos me fallan y el cuaderno se me escapa, cayendo al suelo con un golpe sordo. Me agacho a recogerlo, y cuando me incorporo, quedo atrapada por los ojos oscuros de Valentine.

Durante un instante, nuestros ojos se encuentran —una corriente eléctrica me atraviesa, encendiendo algo innombrable dentro de mí.

Mis labios se separan como si fuera a hablar, pero no tengo palabras.

Ninguno de los dos habla, y cuando intento apartarme, soy incapaz.

Es como... como si me mantuviera en mi sitio solo con la mirada.

Se me entrecorta la respiración y las palmas me sudan.

Normalmente, esas cosas serían señal de incomodidad, tal vez incluso de miedo. Pero con Valentine... no lo son.

—¿Torpe hoy, verdad? —bromea Valentine desde el otro lado del aula, y me sorprende el destello de humor en su actitud habitualmente estoica.

—Yo... yo... —«¿Qué demonios está pasando?»—. Eso parece —logro decir al fin, con la garganta tan seca que la voz me sale ronca. Cada célula de mi cuerpo es plenamente consciente de él, un depredador al acecho.

Niego con la cabeza, frustrada conmigo misma y con mi falta de confianza, agarro el libro y salgo corriendo del aula.

Normalmente, solo me muestro así de sumisa con Michael, y aun así solo es por fuera. Mentalmente, le grito y lo maldigo, le enumero todas las formas en que quiero acabar con su miserable vida. Si soy completamente honesta conmigo misma, creo que es por lo que le pasó a Jack, por el disparo.

La maldición de los tres herederos siempre ha parecido más un cuento retorcido que una realidad, aunque después de que mi hermano muriera de verdad, se ha vuelto muy real.

Claro, lo devolvieron a la vida, pero aun así murió.

Dejó esta tierra, aunque solo fuera por un breve tiempo.

Y eso ha cambiado algo dentro de mí. Sé que seré la próxima en morir, sé que estoy viviendo de tiempo prestado.

La semana llega a su fin, y con cada día que pasa, el juego —porque eso es lo que debe ser— se intensifica. Las miradas se vuelven más cargadas; el aire crepita con palabras no dichas, y el espacio entre nosotros vibra con... algo. No estoy segura de qué es, pero sin duda es algo potente.

Al menos así es para mí; sin embargo, a juzgar por la expresión casi aburrida en el rostro de Valentine la mitad del tiempo, es muy posible que me lo esté inventando todo. Mi mente busca algo que ni siquiera existe, o tal vez solo sea cosa mía.

Mierda, ya ni siquiera lo sé.

Lo único que sé es que, a pesar de que Michael quiere que seduzca a mi profesor, ni siquiera ha habido oportunidad de hacerlo. Y de algún modo, no creo que Valentine lo recibiera bien.

Solo ha sido una semana, pero sé que algo ha cambiado irrevocablemente dentro de mí —no sé cómo, ni siquiera qué. Lo único que sé es que la atención que Valentine me presta es... adictiva. No es que me colme de cumplidos ni que me devore con la mirada, pero me ve. Y de algún modo, eso basta.

Hoy llego una hora antes y soy la primera en el aula. Mis labios se mueven, transformándose en una... una... joder, estoy sonriendo. Una sonrisa de verdad. Puede parecer tonto, pero estoy orgullosa de mí misma por haberlo conseguido al fin.

Yo, Ruby Simmons, hice algo bien, y por mí misma.

Ahora que estoy aquí antes que nadie, puedo elegir el asiento que quiera. Miro con anhelo la última fila, incluso doy un paso hacia las sillas de allí. Pero luego sacudo la cabeza y lo pienso mejor. Algo dentro de mí me dice que me siente donde suelo hacerlo.

Sé que los humanos somos criaturas de costumbres, pero eso no es lo que me impulsa. Es... bueno... Valentine me asignó este asiento, y por alguna razón que desconozco, mi mente me dice que lo conserve.

Dejo el bolso en el suelo y me agacho para sacar los libros y el agua. El vello de la nuca y los brazos se me eriza. Lo siento antes de verlo. Su presencia —una atracción gravitacional que tira de los márgenes de mi conciencia.

—Buenos días, Sra. Simmons.

Levanto la vista, buscando sus ojos. Ahí están, oscuros y profundos como sombras del crepúsculo, observándome. Me tienen cautiva, clavada como una mariposa bajo el cristal.

—Buenos días —respondo, observándolo mientras cruza el aula.

—¿Está disfrutando del curso? —pregunta Valentine, y aunque la pregunta es simple, su voz me envuelve como cadenas de terciopelo.

—Inmensamente —respondo, sosteniéndole la mirada. Un escalofrío peligroso me recorre cuando me ofrece una media sonrisa; mi respuesta le ha complacido.

—Bien —dice—. Odiaría que estuviera... aburrida.

Frunzo el ceño. —Para nada. —La necesidad de defender su clase, las cosas que enseña, es ridícula. Pero no puedo evitarlo—. Su clase es muy interesante. He... umm, ya he aprendido mucho.

Imparte sus clases de psicología criminal con tal precisión, disecciona los motivos y el funcionamiento interno de las personas que la sociedad más teme, que es imposible aburrirse. Asesinos, estafadores, maestros de la manipulación.

Lo único de esa lista que temo es la manipulación. A los demás, demonios, me crié entre ellos y con ellos. Pero el miedo a ser manipulada, a que mi propia mente se vuelva en mi contra, eso ha pasado directamente a lo más alto de mi lista.

Sin embargo, cuando Valentine habla de esas personas, casi con intimidad, sus palabras se deslizan bajo mi piel y se arrastran hasta mis pensamientos. Cada lección es como un vistazo a algo más oscuro, algo peligroso. Algo... seductor.

Así que creo que puedo afirmar que aburrida no estoy.

—Me alegra oírlo —ronronea, y esta vez me dedica una sonrisa amplia—. Odiaría estar haciéndote perder el tiempo.

Me río por lo bajo, pero enseguida saco lo que necesito del bolso y me siento. Mientras otros estudiantes entran en el aula, mantengo los ojos fijos obstinadamente en el libro de texto que tengo delante. El corazón me late con fuerza, y no... no sé qué estoy sintiendo.

¿Es posible que le esté haciendo pensar que no me importa? Quizás lo que realmente quiso decir fue que siente que está perdiendo el tiempo conmigo. Sí, eso tendría más sentido. Si es así, tengo que esforzarme más, porque no pienso volver a mi jaula por voluntad propia.

La clase comienza y el mundo se reduce al sonido de su voz, a la cadencia del desafío intelectual que llena el espacio entre nosotros.

Las discusiones fluyen como ríos oscuros, profundos y traicioneros, y abarcan desde las motivaciones criminales hasta las profundidades psicológicas de la desviación.

Los temas por sí solos deberían bastar para ponerme la piel de gallina, pero su forma de exponerlos me hace sentir a gusto.

—Las dinámicas de poder pueden ser sutiles —dice Valentine mientras pasea frente a la pizarra—, y a menudo se disfrazan de algo benigno cuando, de hecho, son todo menos eso. —Hace una pausa y sus ojos recorren el aula hasta encontrar los míos—. ¿Alguien puede darme un ejemplo?

Levanto la mano antes de procesar del todo lo que hago.

Es como si me moviera un impulso temerario de demostrarle que no está perdiendo el tiempo conmigo.

—Como... ¿alguien que te sostiene la puerta abierta, quizás?

—Mi voz vacila bajo el peso de su mirada—.

Podría verse como un gesto cortés, o como una forma de afirmar dominio: decidir cuándo pasas, o si lo haces.

—Perspectiva interesante, Sra. Simmons —responde, y no puedo evitar fijarme en cómo mi nombre rueda en su lengua, como un secreto que compartimos—. ¿Dirías que te sientes empoderada o subyugada en ese escenario?

—Empoderada —respondo mientras mi mente conjura de inmediato imágenes de Valentine sujetándome la puerta—. Si es la persona adecuada, me sentiría empoderada.

—¿Y si no lo es? —me desafía, arqueando una ceja—. Si es alguien que desea controlarte.

Controlarme... como mi nada querido esposo. —Umm... —Dejo la frase en el aire y me remuevo inquieta en el asiento, mordiéndome el labio inferior—. Entonces supongo que no me sentiría empoderada. A menos que...

—¿A menos que qué, Sra. Simmons?

—A menos que yo eligiera verme de esa manera —susurro.

—Elección —reflexiona—, una ilusión para muchos. Pero no, al parecer, para ti. —El aplauso es silencioso, pero lo siento en su mirada, un reconocimiento callado que me inquieta tanto como me emociona.

—Quiero decir, ¿de verdad importa? —Alguien se ríe desde algún lugar del aula.