Capítulo 3
La Presa
No tengo ni idea de por qué mantengo un duelo de miradas con la tortilla fría que tengo delante. Debería coger los cubiertos y empezar a comer, pero cada vez que estoy a punto de hacerlo, el estómago se me revuelve. No quiero comida, especialmente si no la he cocinado yo.
Demasiadas veces me he despertado en lugares donde no perdí el conocimiento, y cuando eso sucede, normalmente es el dolor o mi marido follándome lo que me despierta de golpe.
Así que sí, supongo que me he vuelto desconfiada con lo que me traen los empleados.
No es que importe. Si Michael quiere drogarme, encontrará la manera.
Aun así, no consigo dar ni un solo bocado.
Mientras rasco el plato con el tenedor sin ganas, el sonido hueco resonando en la habitación, me ordeno mentalmente pinchar el montón de huevos, pero mi mano sigue dando vueltas alrededor. Estoy aquí pero no presente, mi mente envuelta en la densa niebla de una vida vivida a medias.
El chasquido agudo de zapatos de vestir sobre las baldosas me devuelve bruscamente a la realidad. Está aquí.
Michael irrumpe en la habitación, una tormenta gestándose en cada paso.
Su traje está impecable, cada línea una elección calculada para proyectar su dominio.
No me mira, no me saluda. En cambio, se sienta frente a mí, la distancia entre nosotros mucho mayor que la extensión de la mesa.
Tiene los ojos fijos en el teléfono, y por un instante fugaz, agradezco que el dispositivo capture su atención.
—Ruby —dice sin levantar la vista, y hasta su voz se siente como una bofetada: cortante, exigente, ineludible—. Empezarás en la Universidad de Holloway dentro de dos días...
Mi mano se congela en el aire, el tenedor temblando ligeramente. Esta noticia surge de la nada, una avalancha sin escapatoria.
—¿Q-qué?
Levanta la vista del teléfono, disgustado por mi interrupción, y frunce el ceño. Finjo toser de inmediato.
—Perdona. Quería preguntar qué quieres que haga allí —me corrijo enseguida.
—Criminología.
Dice la palabra como si fuera una explicación, lo cual no lo es en absoluto.
—Has sido un estorbo durante demasiado tiempo. Estoy harto de verte deambular sin ser útil para nada más que tu coño. Y ni siquiera eso es tan bueno ya.
El desdén destila de cada sílaba, y me estremezco, como si las palabras fueran golpes físicos.
Me quedo inmóvil, una estatua en mi propia cocina, las palabras resonando como un cántico siniestro. Universidad. Criminología. Cada sílaba es un martillazo contra el delicado cristal de mi compostura. No entiendo —no puedo entender— el cambio repentino en las exigencias de Michael.
Un temor corrosivo me llena el pecho, extendiéndose como tinta derramada sobre pergamino, oscureciendo los rincones ya ensombrecidos de mi mente.
La perspectiva de la vida universitaria, de mezclarme con estudiantes de ojos brillantes rebosantes de sueños y ambiciones, me aterroriza.
Ellos han vivido vidas sin las cicatrices que dejan manos como las de Michael, mentes libres de las cadenas de la crueldad de ser vendida como un trozo de carne.
Por no hablar de que mi educación terminó con un diploma de secundaria que parece una reliquia de otra vida, no un trampolín hacia el mundo académico.
—¿Por qué criminología?
Mi voz apenas supera el susurro, pero es un riesgo, incluso esa suave súplica.
—No sé nada de eso.
Quiero mencionar que desentonaré. Una mujer de veintiocho años en un mar de rostros más jóvenes y brillantes.
Michael vuelve a mirar su teléfono, desplazándose por información más importante que la mujer sentada frente a él.
No necesita mirarme para ejercer poder; su indiferencia corta más hondo que cualquier mirada.
No es que quiera su atención, ni mucho menos.
Pero cuando puedo ver sus ojos, sé en qué estado de ánimo está, y he aprendido a reconocer sus señales.
Así que sin su mirada, no hay forma de prepararme.
—Porque yo lo he decidido —responde sin perder el ritmo, como si hablara del tiempo en lugar de estar adueñándose de mi vida.
Asiento, una marioneta que se sacude de un hilo.
Mi corazón se acelera, golpeando contra mis costillas con la ferocidad de un pájaro enjaulado que busca la libertad.
La idea de salir de las paredes de nuestra prístina prisión, hacia un mundo para el que ya no me siento preparada, me llena de una mezcla paralizante de miedo y una chispa inesperada de curiosidad.
—No necesitas saber nada, Ruby. Solo preséntate. Quizás aprendas algo útil por una vez.
La voz de Michael corta la tranquila mañana como un cuchillo, su mueca tan clara en su tono como lo estaría en su rostro.
—El crimen no es nada nuevo para ti. Demuéstrame que de verdad tienes cerebro y que sabes usarlo.
Tiene razón, crecí rodeada de crimen. Pero lo que vi y oí no es lo que imagino que enseñarán en la prestigiosa universidad. Ver a mi padre atar a mujeres, desangrarlas y luego follarse sus cadáveres probablemente no esté en el temario. Tampoco creo que el tráfico de drogas figure en él.
Trago con dificultad, el nudo en mi garganta incómodo. Quiero discutir, gritar que soy más que esta vida en la que me han encajonado. Sin embargo, rebelarme no servirá de nada. Es una lección que he tenido que aprender muchas veces.
—Por supuesto, Michael.
Aparto la mirada y me quito una pelusa imaginaria del hombro. Intento tragarme la pregunta que se forma en mi garganta, pero se me escapa.
—¿Estás seguro de que es buena idea? Quiero decir... no sé...
La fuerza de su puño golpeando la mesa me recorre la columna como un escalofrío y me deja sin palabras. Los platos traquetean, imitando el temblor de mis huesos. Doy un respingo, a pesar de mí misma, el movimiento repentino una grieta en mi compostura ensayada.
—¡Basta! —ruge.
Los músculos de su mandíbula se tensan y relajan, una señal de advertencia que he aprendido a acatar. Suelta el teléfono, dejando claro que ahora su atención está completamente en mí.
—Haces demasiadas preguntas. Es indecoroso y jodidamente tedioso.
Su impaciencia hierve bajo la superficie, un depredador listo para abalanzarse. Mi corazón martillea contra mis costillas, un pájaro atrapado desesperado por escapar. Pero estoy tallada en hielo, paralizada por el miedo.
—Lo siento —susurro, mi voz apenas presente—. Solo quiero estar preparada.
—¿Preparada?
Su risa es un ladrido áspero que rebota en las paredes, burlándose de mí.
—Ruby, tu única tarea es hacer lo que se te dice. No has sido más que peso muerto durante años, así que deberías estar agradecida de que te esté dando algún propósito.
Sus palabras son un hierro candente que se marca en mi carne. Lucho contra las lágrimas, apretando los labios hasta que palidecen. No debo dejar que lo vea. Se alimenta de mi dolor, se nutre de él como el monstruo que oculta tras trajes a medida y colonia intensa.
Me escudriña con ojos fríos y calculadores.
—Ruby —la voz de Michael rasga el silencio, ahora extrañamente calmada—, eres demasiado estúpida para entender siquiera por qué deberías estar agradecida.
—Sus palabras caen como martillazos, pero ahora hay una precisión gélida en ellas, como si eligiera cada una con cuidado para infligir el máximo daño sin volver a alzar la voz.
—Gracias —logro decir; cada palabra me sabe a ceniza y derrota—. Te haré sentir orgulloso.
—Asegúrate de hacerlo. Ah, y una última cosa. —Me dedica una sonrisa fría y letal—. Recuerda darle las gracias al profesor Grant por dejar que tu inútil culo entre en su aula.
Seguro que no quiere decir lo que creo. —¿Cómo quieres que le dé las gracias? —pregunto con la voz temblorosa.
Se encoge de hombros con indiferencia. —Como sea necesario. Ofrécele el culo, el coño o la boca. Me importa una mierda. Solo asegúrate de que merezca la pena dedicarte su tiempo.
Cuando sale de la cocina, su marcha es tan cortante y deliberada como todo lo demás en él.
El espacio que deja tras de sí se siente más cálido, como si su mera presencia hubiera sido lo único que enfriaba el aire.
Sin él cerca, hasta respirar se vuelve más fácil.
Al menos hasta que sus palabras de despedida calan en mí.
Tengo que prostituirme a cambio de una educación que no quiero y que no pedí.
En momentos como este es cuando lamento no haber aceptado la oferta de mi hermano mayor, Nick, de liberarme de mi matrimonio. Aunque la rechacé en su momento, sé que sigue siendo una opción. Bastaría con llamarlo y él se encargaría de todo.
Con un suspiro audible, me levanto y recojo la mesa. Me gusta mantenerme ocupada; es una forma de tener la mente centrada. Y ahora mismo lo necesito. Si no, podría ceder, llamar a Nick y suplicarle que me saque del matrimonio con Michael.
Pero mi orgullo no me lo permite. No soy una maldita damisela en apuros. Puede que sea una víctima, condenada a ese papel por tener una vagina en lugar de una polla. Pero eso es solo parte de la razón.
La otra razón es que mi madre murió al darme a luz, y eso es algo que mi padre nunca me dejó olvidar. Cada año, en mi cumpleaños, me lo recordaba, como si yo tuviera la culpa del parto violento, como si no diera cualquier cosa por no haber sido criada solo por mi padre y niñeras.
Pensar en mi padre me amarga el humor y me dan ganas de ir a su tumba solo para escupir sobre ella. Si Jack estuviera aquí en lugar de recuperándose en el hospital, seguro que vendría conmigo y me animaría.
En cuanto la cocina queda impecable, voy hacia mi vestidor buscando algo —lo que sea— que pueda ponerme en Holloway.
Dios, la mayor parte de mi armario son vestidos de diseñador que no tienen nada de académico.
Pero como Michael se niega a dejarme llevar vaqueros o algo parecido, mis opciones son limitadas.
Mientras reviso mi ropa, mi mente vuelve a la idea de escapar de mi matrimonio. Pero por mucho que me encantaría, no puedo. El maldito contrato, ese que solo conocen cinco personas —bueno, cuatro ahora que papá está muerto— es la única razón por la que sigo aquí.
Cuando conocí a Michael hace diez años, era agradable, y a pesar de los veinte años que nos llevamos, siempre me trató como a una igual.
Me compraba flores, joyas y me prestaba atención.
Me llevaba a citas y parecía disfrutar de mi compañía.
Así que cuando le pidió mi mano a mi padre, estaba eufórica... durante cinco minutos escasos.
—Ni hablar —siseó papá, negando con la cabeza—. Si quieres a mi hija, tendrás que comprarla.
Michael se volvió hacia mí con los ojos llenos de tristeza. —Lo siento —susurró.
—Papá —intenté protestar, pero no me escuchó.
—¿Quieres que te compre? —preguntó Michael con suavidad, y asentí con entusiasmo.
—P-por favor. Sí. O sea, sí, por favor, cómprame —respondí.
La felicidad floreció en mi pecho; esto era todo. Por fin sería libre, y...
—Te dije que podía hacerla suplicar —se jacta Michael mientras estrecha la mano de papá—. Me debes una, Caspian.
Papá gruñó y me señaló con el dedo. —Buena para nada —dijo con frialdad.
Descubrir que Michael había hecho una apuesta con papá para hacerme suplicarle que me comprara fue la última vez que se me rompió el corazón.
Esa noche juré que nunca más dejaría que nadie me poseyera.
Así que cuando Michael muera, encontraré la forma de morir yo también.
A menos que la maldición Knight, o superstición, ya me haya reclamado para entonces.
La maldición es clara: se necesitan tres herederos para asegurar que uno sobreviva. En la historia de nuestra familia existe un patrón en el que solo uno de los tres hijos sobrevive. Siempre ha sido así, y es una historia que se ha transmitido de generación en generación.
Aunque es fácil descartarlo como una tontería, supongo que la prueba está en el árbol genealógico.
Odio la idea de que mi vida esté predeterminada, como si nada de lo que haga o deje de hacer importara porque los dados ya están echados.
Pero... también sé que no estoy destinada a sobrevivir.
Lo siento en los huesos; la maldición va a reclamarme.
Estoy tan perdida en mis pensamientos que casi paso por alto los pantalones de vestir negros en la percha. Los saco y los lanzo sobre mi hombro junto con algunas camisas y otras prendas que podrían ayudarme a desentonar menos en la universidad.
No se me escapa que me estoy obsesionando con algo tan simple como qué ponerme, lo cual es estúpido. Lo estoy viendo todo mal. Asistir a Holloway me da un respiro, algo que hacer. ¿Qué más da si no encajo? Me saca de casa, algo que debería recibir con los brazos abiertos.
—Puedo hacerlo —me susurro mientras voy hacia el dormitorio y coloco toda la ropa que he elegido sobre la cama.