Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

El Cazador

La semana que he pasado observando a Ruby ha sido...

informativa. Es una criatura de hábitos, atada por las cuerdas que su marido maneja con puño de hierro.

Sus días son un bucle interminable de restricción: salidas escasas, conversaciones apagadas, alguna que otra sonrisa forzada que nunca le llega a los ojos.

Ha aprendido a sobrevivir en el mundo de él, pero lleva dentro una miseria silenciosa. Se mueve como un fantasma: callada, deliberada, como si pasar desapercibida fuera su única forma de escapar.

Cada día ha revelado otra capa. Cómo se estremece ante los ruidos repentinos, la rigidez con que se mantiene junto a su marido, los moretones que oculta tan bien bajo telas caras y montañas de maquillaje.

Aprieto los puños mientras la sangre me empieza a hervir de nuevo al recordar el daño que Michael le infligió hace solo unos días.

Una parte de mí todavía quiere arrancarle la garganta y servirle el corazón de él en bandeja de plata.

Michael aún no parece haber entendido lo que significa mi presencia.

Ruby podrá ser su esposa, pero es mi presa.

Mía.

No hay desafío en ella, ni rebeldía. Solo una resignación fría y silenciosa.

Sin embargo... hay algo más.

A pesar de todo, Ruby no está completamente rota. Hay una determinación bajo su superficie de porcelana, una chispa de algo que mantiene oculta, incluso de sí misma. Me fascina cómo navega su vida fracturada sin desmoronarse. Es frágil y formidable a un tiempo, una contradicción que me atrae.

Esta noche, Nochevieja, la sigo de nuevo.

Sale de la casa, envuelta en su habitual aire de desapego.

No mira por encima del hombro, no comprueba si alguien la observa.

Está acostumbrada a ser invisible, pero no esta noche.

Esta noche estoy cerca, oculto entre las sombras de la ciudad mientras ella se mueve por las calles cubiertas de nieve.

Se dirige a una pequeña iglesia, apartada de las multitudes bulliciosas de las fiestas.

La observo deslizarse dentro, su figura engullida por la oscuridad.

No está aquí para la celebración. Está aquí por algo más, algo más íntimo.

La sigo en silencio, con los pasos amortiguados por la capa fresca de nieve.

Dentro, su hermano, Nicklas, aguarda en el altar junto a Carolina. La boda es pequeña, privada: solo ellos dos y el sacerdote. Ruby no se une a ellos. Se esconde detrás de una columna de mármol, observando desde las sombras como si no debiera estar allí.

Es una extraña en su propia familia, una mujer que hace tiempo aprendió a hacerse invisible.

No hay emoción en su rostro, ni siquiera cuando el sacerdote declara marido y mujer a su hermano y a su novia.

Observa con el mismo aire distante que lleva como armadura, pero lo veo: la grieta apenas perceptible en su fachada.

Cómo sus ojos se demoran en las manos unidas de ellos, el breve endurecimiento de su mandíbula.

La felicidad no es algo en lo que se permita creer.

Bueno, mi pequeña presa, somos dos. La felicidad es solo la ausencia de dolor u otras aflicciones. No es real; no es tangible. Es un mito como el Conejo de Pascua, Papá Noel y el jodido Ratoncito Pérez que recoge dientes de los niños.

La boda termina rápido, y Ruby se escabulle antes de que nadie la note. Espero, observándola, esta vez desde más cerca que antes. Cómo se mueve, su lenguaje corporal: tan ensayado, tan contenido.

No es solo una princesa de la Mafia. Es una prisionera en su propia vida, y sin embargo, hay un fuego enterrado en lo más hondo, bajo las capas de control y miedo. Es tenue, pero está ahí. Me pregunto qué pasaría si alguien avivara esas brasas.

La indiferencia y el profundo desagrado de personas como yo no son el verdadero peligro. Lo peor para la salud es despertar mi curiosidad, y eso es exactamente lo que Ruby Simmons ha hecho sin saberlo.

Ahora ya no es solo un trabajo. Aún no sé qué es, solo que es más.

Más tarde, me encuentro con Michael en el mismo lugar oscuro y discreto donde tuvimos nuestra primera reunión. Llega con el mismo aire de arrogancia, aunque percibo la ansiedad latente en su postura. Confía en su control sobre Ruby, pero hay una desesperación ahí, que hierve bajo la superficie.

—Has estado observándola durante casi una semana —afirma Michael con voz firme pero tensa—. ¿Cuál es tu evaluación?

Hago una pausa, dejando que el silencio se extienda lo suficiente para incomodarlo.

—Es frágil —digo finalmente. A pesar del distorsionador, mi tono suena bajo y mesurado—. Pero la has hecho difícil de alcanzar.

Michael frunce el ceño, sin entender.

—¿Difícil?

Doy un paso adelante, aún envuelto en sombras.

—Demasiado control puede ser contraproducente. La has mantenido bajo llave, pero eso solo consigue volverla más impredecible. Necesitas aflojar la correa.

Se remueve, con la confianza vacilante.

—¿Aflojarla? ¿Por qué? ¿No puedes simplemente matarla y...?

—No.

Mi gruñido es un sonido bajo y amenazante.

Resopla y se hace crujir el cuello.

—Entonces, ¿qué sugieres?

—Una pequeña muestra de libertad —digo con tono suave, persuasivo—. Algo que la haga sentir que tiene elección. La volverá más dócil, y la situación será más fácil de manejar.

Michael guarda silencio un momento, sopesándolo.

Vacila, pero insisto con voz calmada, autoritaria.

—Inscribirla en una clase, quizás. Hay clases excelentes de defensa personal. O tal vez algo de derecho...

—Tienes que estar de broma —ladra Michael, con el rostro enrojecido.

Eso es; baila, marioneta, baila para mí.

Por supuesto, Michael no quiere que Ruby sepa defenderse ni cuáles son sus derechos. Solo hice esas sugerencias para que aceptara lo que hay detrás de la puerta número tres.

—Criminología, entonces. Es inútil para personas como ella, que no tienen futuro. Pero ocupa la mente. La mantendrá entretenida.

Vacila, pero su deseo de control lo ciega ante la manipulación en mis palabras.

—¿Criminología?

Me acerco un paso más, sin salir de las sombras. —Sí. Matrícúlala en la Universidad de Holloway después de las vacaciones. Es una pequeña concesión, pero le dará cierta sensación de normalidad.

Las mentiras me brotan con facilidad. Claro, podría dispararle con mi arco y flecha, lanzarle un cuchillo o tirarla al suelo y acabar con su vida con mis propias manos. Pero... siento curiosidad.

Michael entrecierra los ojos, pero asiente lentamente, convenciéndose de que es la decisión correcta. —De acuerdo —acepta—. Lo consideraré.

Sonrío tras la máscara de oscuridad, sabiendo que he ganado. —Bien. Entonces estamos de acuerdo —digo, ignorando deliberadamente su comentario de que lo considerará.

Establezco mi tarifa: la mitad por adelantado, el resto una vez completado el trabajo.

Michael no discute. Está desesperado por deshacerse de Ruby y dispuesto a pagar lo que haga falta.

Le entrego un contrato, un documento simple que garantiza mi protección en caso de que intente traicionarme.

Lo firma sin dudarlo; la arrogancia le nubla el juicio.

—Ah, y Michael —lo llamo.

—¿Sí?

—No vuelvas a tocarla.

—¿Q-qué? —balbucea mientras el rostro se le enrojece de ira.

—Si la lesionas demasiado, podría necesitar ir al baño a deshoras o atención médica. Cualquiera de las dos cosas arruinaría mis planes.

—Entonces quieres decir... ¿quieres decir que no puedo tocarla en febrero? —Entrecierra los ojos como si no me creyera, cosa que le aplaudo porque no debería. Pero necesito que me crea.

Niego con la cabeza. —Lo mejor sería a partir de ahora. De lo contrario, podría salir mal para ambos —razono con tono calmado—. Además, si está demasiado golpeada, su profesor no tendrá ningún interés en ella. Y él necesita algún aliciente que haga que merezca la pena.

Suelta una carcajada estruendosa. —¿Quieres que prostituya a mi esposa por una educación que no necesita?

—Si insistes en expresarlo de forma tan burda, sí. ¿Va a ser un problema?

Se ríe con más fuerza. —En absoluto. No sería la primera vez que la prostituyo. Es lo que es: una puta.

Sus palabras me erizan. No me gusta cómo la descarta sin más. Pero como no me está contradiciendo, lo dejo pasar. No es mi problema.

—De acuerdo —murmura—. Haré lo que dices, Hunter. —Sacude la cabeza y se marcha.

Permanezco en las sombras, viéndolo marchar. Ya he puesto las piezas en movimiento. Al manipular a Michael para que le conceda más libertad, me he asegurado de que pronto estará a mi alcance. Y cuando entre en mi aula, no tendrá ni idea de que el verdadero juego ya ha comenzado.

La noche bulle con las celebraciones de Año Nuevo mientras salgo a la calle.

Pero para mí, la verdadera emoción no ha hecho más que empezar.

Este no será un trabajo cualquiera. Será un juego de control, manipulación y desentrañamiento.

¿Y Ruby? Está a punto de convertirse en mi presa más fascinante.