Cazada por Valentine (Obsesiones estacionales nº 2)
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Capítulo 1
El Cazador
Afuera, la nieve cae sin cesar, cubriendo la ciudad con una quietud inquietante. El tipo de silencio que lo engulle todo.
Dentro de mi loft, el único sonido es el roce suave y rítmico de una punta de flecha contra una piedra de afilar. Un movimiento deliberado, metódico. Adelante y atrás. Es un ritual que he perfeccionado a lo largo de los años: cada movimiento preciso, cada ángulo exacto.
La perfección está en los detalles: filo, precisión, control.
El espacio a mi alrededor es minimalista, afilado y frío, muy parecido al mundo que he construido para mí mismo.
Los suelos de madera oscura reflejan la tenue luz gris que se filtra por las altas ventanas industriales.
Una sola taza de espresso reposa sobre la encimera, intacta, con el vapor que se eleva perezosamente en el aire.
El aroma del café amargo persiste, mezclándose con el frescor cortante de la mañana.
Control. Es lo único que importa. Cada detalle en este loft, hasta la colocación del objeto más pequeño, está controlado. Igual que cada parte de mi vida. Igual que cada asesinato.
El teléfono sobre la encimera vibra, rompiendo el silencio. No me apresuro a contestar. No hace falta: ya sé de qué se trata.
El número es privado, encriptado: solo lo usan quienes comprenden plenamente a quién están llamando. El Cazador. Sin nombre. Sin identidad. Solo un título susurrado que lleva casi dos décadas teniendo peso en ciertos círculos.
Echo un vistazo a la pantalla antes de que la llamada se corte, dejando un mensaje de voz. Cuando finalmente lo reproduzco, una voz baja, teñida de desesperación, llena el aire.
—Hunter, necesito tus servicios. Mi esposa, Ruby Simmons, necesita ser... eliminada. Pon tu precio.
Es breve, clínico, como cada petición que he escuchado antes, pero hay algo diferente en su forma de hablar. Escucho el mensaje de nuevo, decidido a descubrir qué ha captado mi cuerpo que mi mente aún no ha procesado.
—Hunter, necesito tus servicios. Mi esposa, Ruby Simmons, necesita ser... eliminada. Pon tu precio.
Su voz tiembla ligeramente al pronunciar el nombre de su esposa. Hmm. Hay algo en su esposa que él teme u odia; es difícil saber qué. ¿Ambas cosas? ¿Ninguna?
No respondo de inmediato. En lugar de eso, presiono la hoja con más fuerza contra la piedra de afilar, sintiendo cómo el acero muerde la piedra con precisión. Algo en su forma de hablar me intriga. Y no hago nada a menos que esté intrigado.
Finalmente, me levanto y estiro el cuerpo; el cuello me cruje cuando lo giro de un lado a otro.
Luego camino hacia mi viejo tocadiscos de vinilo y pongo un disco.
Es Beethoven. Muevo la aguja hasta encontrar la Sinfonía n.º 7.
La música llena mi loft silencioso, y mientras dejo que las notas me envuelvan y me transporten a un lugar y estado mental donde me siento más yo mismo, le envío un mensaje de texto.
El Cazador: Reúnete conmigo esta tarde.
Cuando acepta, le envío la ubicación y la hora exacta antes de apagar el teléfono.
—Ruby Simmons —digo su nombre en voz alta, saboreando cómo suena en mis labios. Es casi electrizante.
Esta mujer, a quien aún no conozco, ya promete emociones.
Con una sonrisa en el rostro, comienzo a investigar.
Me sumerjo en el rastro digital dejado por el Sr. y la Sra.
Simmons, Michael y Ruby, y... vaya, qué interesante.
El apellido de soltera de Ruby es Knight.
Las viejas fotografías de ella junto a su padre, Caspian, y su hermano mayor, Nicklas —el actual líder del imperio Knight— confirman mis sospechas sobre el posible temor de Michael hacia ella.
Solo un tonto no temería a los Knight.
Por un momento contemplo cancelar la reunión, pero luego decido no hacerlo. Quiero ver cuán honesto va a ser Michael. ¿Me hablará de la familia de su esposa? ¿O fingirá que no tiene importancia?
Mis labios se curvan en una sonrisa afilada; el día de Navidad acaba de ponerse mucho más interesante.
Con ese pensamiento, empiezo a prepararme para mi reunión con Michael. Cambio la música por algo diferente; igualmente clásica, pero más animada. Luego desaparezco en el baño, donde me ducho rápidamente y me visto.
Me planto frente al espejo y observo mi reflejo con el mismo desapego frío que uso con mis víctimas. La luz tenue apenas toca mi rostro, proyectando sombras que exageran los ángulos afilados de mi mandíbula, las crestas de mis pómulos.
Mi cabello oscuro cae ligeramente sobre mi frente, despeinado lo justo para parecer natural, aunque sé que no lo es. Todo en mí está calculado.
El azar no es un juego en el que me permita caer. Nunca.
Mientras me abotono la camisa negra, observo cómo se ajusta sobre el pecho: perfectamente a medida, sin excesos, sin errores.
La tela se estira sobre el músculo duro de debajo, mi cuerpo una herramienta tan finamente afilada como mi mente.
Me enrollo los puños de las mangas lo suficiente para exponer las venas de los antebrazos, la ligera tensión en el músculo bajo la piel.
Sé cómo usar esto: todo en mí es un arma.
Mis ojos se encuentran con los míos en el espejo, oscuros e inquebrantables.
Veo al depredador que acecha detrás de ellos, el mismo que mis presas ven antes de su último aliento.
Una leve sonrisa me curva los labios: no hay calidez en ella, solo la tranquila satisfacción de saber que tengo el control. Siempre.
El abrigo largo se desliza sobre mis hombros, pesado y suave. Lo ajusto y muevo los hombros para sentir cómo el peso se asienta contra mí y me ancla. Un cuchillo ya está en mi bolsillo, acero frío que presiona contra el muslo, un recordatorio silencioso de quién soy y qué hago.
Levanto la capucha y mi rostro desaparece en la sombra que proyecta. Solo mis ojos permanecen, oscuros e implacables, clavados en mí. Por un momento, no soy más que un fantasma en el espejo, una sombra que se mueve en silencio.
Me aparto y dejo atrás el reflejo. El Cazador no se demora en los espejos. Tiene trabajo que hacer.
El lugar de reunión es un rincón olvidado de la ciudad: un aparcamiento subterráneo cerca de los muelles. El tipo de lugar donde nadie hace preguntas, donde las sombras prosperan y las paredes de hormigón están impregnadas de décadas de silencio.
El lugar perfecto para pasar desapercibido.
Aparco a unas calles de distancia y apago el motor del coche. Al salir, me aseguro de que la bufanda me cubra el rostro. No hay cámaras por aquí, pero nunca se sabe si habrá alguien cerca que saque una foto de algo intrascendente y acabe captando mi cara.
Michael ya me está esperando cuando llego al garaje, de pie cerca de una viga de soporte metálica oxidada.
Su postura es tensa, el aire cargado de su incomodidad.
No puedo culparlo; no sabe quién soy, no realmente.
Solo conoce la leyenda del Cazador. No tiene ni idea de qué aspecto tengo, y nunca la tendrá.
Me muevo en silencio a través de la oscuridad y me detengo en una franja de luz tenue, apenas la necesaria para que distinga el contorno de mi figura. Mi rostro permanece oculto en las sombras.
—Hunter —dice, y su voz resuena contra las paredes de hormigón. Se mueve nervioso, el aliento visible en el aire frío—. ¿Recibiste mi mensaje?
Quiero burlarme de la estúpida pregunta; estoy aquí, así que claramente la respuesta sería un «sí». Este idiota no destaca precisamente por sus habilidades para romper el hielo.
Meto la mano en el bolsillo, saco el móvil y me lo llevo frente al rostro. —Lo recibí —respondo. A pesar de la aplicación que uso para distorsionar mi voz, la mantengo baja.
Michael se estremece ligeramente. Está nervioso. El miedo irradia de él como calor en el aire invernal. Duda antes de volver a hablar; sus ojos recorren el garaje vacío como si alguien más pudiera estar observando.
—Es sobre mi esposa. Ruby. Es... un problema. Necesito que desaparezca —las palabras le salen forzadas.
Fingiendo que no me lo había dicho ya, continúo, ansioso por ver si va a decirme la verdad, sea cual sea. —¿Por qué? —pregunto. Una palabra. Es todo lo que necesito.
Traga con dificultad y aprieta la mano en la barandilla. —Simplemente lo necesito.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres? —insisto, con la voz baja y uniforme.
—Necesito que te encargues de ella. De forma permanente. Que parezca algo limpio. Un accidente, quizás. O algo que no pueda rastrearse hasta mí.
Ahí está: la verdadera petición. Un asesinato limpio, sin desorden, sin conexión. Quiere borrar a su esposa. Sin embargo, no es honesto conmigo sobre quién es ella. Solo eso ya me dan ganas de matarlo aquí mismo. Pero no vale la pena, y la curiosidad me puede más.
—Consideraré el trabajo —digo tras una larga pausa—, con una condición.
Levanta la vista; sus ojos buscan la sombra de mi rostro, intentando ver algo que no puede. —¿Cuál?
—Quiero seguirla durante una semana. Necesito conocer su rutina. Entender quién es antes de decidir cómo proceder. No se trata solo de matar a alguien. Se trata de saber exactamente cuándo y cómo atacar.
Michael se remueve incómodo; el silencio lo aplasta. No esperaba esto. Pensó que aceptaría de inmediato. Pero no trabajo así. No soy solo un asesino. Soy un cazador. Necesito entender a mi presa antes de actuar.
A diferencia de otros superdepredadores del reino animal, no cuento con siglos de habilidades convertidas en instinto. Cazar humanos no es ni de lejos tan sencillo ni natural como cuando el león derriba a la gacela o el cocodrilo arrastra a la cebra desprevenida al agua.
Michael mira alrededor del garaje vacío, sopesando sus opciones. Finalmente, asiente; el vaho de su aliento se condensa en el aire frío. —Una semana, entonces. Pero tiene que hacerse. Te duplico la tarifa si hace falta.
Suelto una risa fría. —Intentas apresurar algo que no se puede apresurar. Dime, Michael, ¿acaso no sabes quién soy?
—P-por supuesto que sí —responde.
Aunque dudo que pueda ver el movimiento, asiento. —¿Quién soy?
—Eres el Cazador —dice, y me divierte el asombro que tiñe su tono al pronunciar mi nombre.
—¿Y quién es el Cazador?
Traga saliva; el sudor le perla la frente. —Tú... eres un asesino a sueldo.
—¿Eso es todo? —pregunto, sin ocultar el disgusto en mi voz—. Si eso es todo lo que buscas, nos estás haciendo perder el tiempo a los dos.
—N-no. Eres el mejor. Tiene que ser tú. —Ladeo la cabeza, preguntándome si de verdad cree que la adulación le va a servir de algo—. Sé que solo matas en febrero, pero, ahh... esperaba una excepción.
—Sin excepciones —afirmo con frialdad—. Si el plazo es un problema para ti, tendrás que buscar a otro para deshacerte de tu esposa.
Me cuido mucho de no dejar entrever que sé que soy el único a quien está dispuesto a encargarle el trabajo.
La familia Knight domina Nueva York con mano de hierro, así que sería un idiota si se arriesgara a pedírselo a alguien de su nómina o a quien pudiera usarlo para ganar puntos y conseguir un favor.
Todos respondemos ante alguien, incluso yo.
Arthur Hatt es una de las dos únicas personas, aparte de mí, que conoce mi verdadera identidad. Eve, mi terapeuta, lo sabe todo de mí porque así lo he querido. Pero Arthur solo lo sabe por su padre, el anterior Rey del imperio Hatt.
La política entre las familias Hatt y Knight no me interesa, así que me mantengo al margen.
Solo sé que una vez le hice un favor al padre de Arthur, y cuando lo cobré, el Cazador obtuvo carta blanca un mes al año.
Con mi nombre, no pude resistir la ironía de elegir febrero, cuando Nueva York se convierte en mi patio de juegos mortal.
—No hay problema —se apresura a decir Michael—. Febrero está bien.
No me digno a responder. Me doy la vuelta y me deslizo de nuevo entre las sombras, y desaparezco tan rápido como llegué. No volverá a verme hasta que pase la semana.
Al salir de nuevo al frío exterior del garaje, la nieve sigue cayendo y cubre las calles con una gruesa capa blanca. Las aceras están desiertas mientras me muevo por la ciudad, el vaho de mi aliento visible en el aire gélido. El trabajo me intriga, y eso no es algo que diga a menudo.
Ruby Simmons... antes Knight. Es más que un problema. Más que una simple esposa a la que eliminar. Cuando pase la semana, la conoceré. De arriba abajo. Y entonces decidiré cómo termina esta historia.