Capítulo Uno #3
El vaso que tenía en la mano se hizo añicos contra la pared, pero no sirvió para aliviar la desesperación que me atenazaba la garganta. —Encuéntrala de una puta vez. Usa su rastreador.
Sérgio me apretó el hombro. —Lorenzo los está entreteniendo para que ella pueda escapar.
—No podrá contenerlos mucho tiempo. —Mientras escupía las palabras, Lorenzo dejó de disparar—. ¿Ha caído?
Si Lorenzo estaba herido o muerto, Elle quedaría tan vulnerable como me sentía yo.
—Está en movimiento, adentrándose en la isla, alejándose del hotel —me aseguró Jaime mientras la cámara se alejaba de nuevo.
El caos reinaba en la playa. Mientras Leó se había concentrado en Elle, Santos y dos de sus hombres habían logrado escapar en la otra dirección.
Otros tres yacían muertos en el agua junto con varios soldados de Leó.
Envió a la mitad tras Santos. La otra mitad se adentró, uno por uno, entre los árboles en pos de Elle y Lorenzo.
—Encontré su teléfono, jefe —dijo Jaime—, pero sigue en la playa. Se le debe de haber caído.
Saqué el teléfono para comprobarlo yo mismo, con la esperanza de que Jaime estuviera equivocado. El marcador rojo parpadeante seguía inmóvil en la orilla. Le pasé el teléfono. —Añade a Lorenzo a mi aplicación. La seguirá si puede.
—Sí, jefe.
Me volví hacia Sérgio. —Que el capitán cambie el rumbo y prepare la lancha.
Asintió. Crucé la habitación y pulsé un panel en la pared. Con un siseo hidráulico, retrocedió y se deslizó tras el panel adyacente, dejando a la vista una caja fuerte. Coloqué la mano en un escáner biométrico. Un mecanismo hizo clic y otro panel siguió al primero, descubriendo un arsenal de armas.
El yate se escoró bajo mis pies —el capitán ya viraba hacia la costa— cuando Sérgio apareció a mi lado. —Sé que quieres salvarla, pero si nos pillan en territorio de Mendoza, lo interpretará como un acto de guerra.
—Ya estamos en guerra. —Mientras hacía un rápido inventario de las armas en la pared, canalicé la furia que me hervía en las entrañas para agudizar la concentración—. Y Leó no parará hasta encontrarla.
Sin cabos sueltos. Sin testigos. La regla de oro del cartel.
—No irás a...
—Ni de coña voy a dejarla ahí fuera, sola y desprotegida.
—Puede que me hubiera arrancado el puto corazón cuando me dijo que no me quería en su vida, pero eso no cambiaba lo que sentía por ella ni la necesidad ardiente de proteger lo que era mío.
Que se jodiera el resto del mundo; sembraría un rastro de muerte desde aquí hasta Texas con tal de mantenerla a salvo.
Saqué la Glock de la parte de atrás de los vaqueros y agarré una SIG P226 que me daría quince balas más. Sopesé el arma y liberé el cargador. Lleno. Lo encajé de nuevo con la palma y añadí un silenciador a ambas pistolas.
Sérgio cogió un AR15. —Solo iba a decir que no vas a ir solo.
—Gracias, amigo.
—¿Cuál es el plan? —Sérgio me pasó una mochila llena de munición.
—Quiero a Leó vivo. —Metí la SIG junto con el equipo de visión nocturna, y volví a guardar la Glock en la cintura del pantalón—. Mata al resto. Si Santos sigue vivo, lo ayudaremos, pero mi prioridad es Elizabeth.
Asintió. —Muy bien.
Me colgué un par de cuchillos del cinturón y me dirigí a la proa, con Sérgio en silencio a mi lado.
Un viento recio rivalizaba con la furia que ardía en mi interior mientras apoyaba los codos en la barandilla, contemplando el agua oscura de abajo.
La Monarca avanzaba a buen ritmo. Ya distinguía un tenue parpadeo de luz en tierra firme.
Apreté los dientes, impaciente por llegar hasta ella. —Nunca debí dejarla venir aquí.
La luna llena se mecía en el cielo de medianoche, igual que la noche en que por fin admití, al menos ante mí mismo, que mi corazón pertenecía a Elle. Ahora solo se burlaba de mí con el recuerdo de algo que nunca podría tener... y de mi incapacidad para mantenerla a salvo.
El mechero de Sérgio parpadeó mientras protegía la llama con la mano y la acercaba al cigarrillo que sostenía entre los labios.
Dio una calada profunda y exhaló una nube de humo.
—Debería haber estado a salvo en el resort, sobre todo con Lorenzo vigilándola.
¿Cómo ibas a saber que cambiarían el punto de entrega?
—Debería haber desembarcado en cuanto nos enteramos de la nueva ubicación.
—Saqué el teléfono y abrí de nuevo la aplicación de rastreo.
Nada había cambiado, pero necesitaba esa conexión con Elle.
Normalmente, mi pulso se acompasaba al parpadeo de la señal, pero esa noche no había efecto calmante. Solo el latido errático del miedo.
Con los años, mi promesa a Jake se había convertido en algo más profundo.
Como las mariposas exóticas que migraban a la casa de mi familia en Isla Monarca, la joven tímida que conocí al principio —todo piernas y energía vibrante— se había transformado en una mujer hermosa y segura de sí misma, lista para comerse el mundo.
Cuanto más la conocía, más la deseaba, pero era la hermana de mi mejor amigo, lo que la convertía en intocable.
Desde el funeral, me había obsesionado con el pequeño punto rojo que representaba las idas y venidas de la vida de Elle mientras ella seguía adelante sin mí. Para ella yo no era nada, un simple transeúnte. Un espectador invisible. Un fantasma atrapado en la fría oscuridad entre la vida y la muerte.
Mucho más allá del roce de sus alas aterciopeladas.