Cayendo en la oscuridad Capítulo Dos
20%

Capítulo Dos

Alejandro

La playa estaba despejada cuando la lancha derrapó hasta detenerse contra el fondo arenoso.

Sérgio y yo saltamos por la borda y arrastramos la pequeña embarcación fuera del oleaje espumoso.

Habíamos desembarcado una milla más abajo en la playa, en el lado norte del complejo.

Demasiado jodidamente lejos de donde Elle había desaparecido en la oscuridad.

Desenfundé mi Glock y corrí hacia la arboleda, con el equipo de visión nocturna iluminándome el camino.

Con Sérgio cubriéndome la espalda, avancé tan rápido como me atreví, pegado a las sombras, y solo reduje el paso al bordear el hotel.

Los soldados de Mendoza, normalmente apostados en cada esquina, brillaban por su ausencia, lo que nos facilitó el avance.

La razón de su ausencia me pesaba como plomo en el estómago.

Están buscando a Elle.

Algunos huéspedes nadaban en la piscina y ni se inmutaron cuando cruzamos frente al patio del hotel y entramos en la sección sur de alquileres privados. Al acercarnos al primer bungaló, la puerta se abrió. Me agaché bajo el porche y saqué el cuchillo de la funda del cinturón.

Sérgio se apretujó detrás de mí mientras unos pasos pesados bajaban las escaleras con estruendo y las tablas sobre mi cabeza crujían. Luego el golpeteo de tacones, otro crujido, y el clonc, clonc, clonc del equipaje con ruedas.

—No lo entiendo, Vinny —chilló una mujer con un acento que delataba su origen en Nueva Jersey—. ¿Por qué tengo yo que acortar mis vacaciones? ¿Por qué no puedo quedarme?

—Porque mi padre se está muriendo, Charla, y eres mi jodida esposa. Ten un poco de respeto.

—Pero si a tu padre ni siquiera le caigo bien.

En cuanto las ruedas de sus maletas tocaron los adoquines de terracota y rodaron por el camino, Sérgio se metió el meñique en la oreja y murmuró algo de que le daba pena Vinny.

Nos abrimos paso entre el resto de los bungalós aislados sin incidentes hasta llegar al de Elle.

Sérgio despachó la cerradura en un momento, y yo fui directo a su habitación.

Sabía cuál era por las cámaras que Lorenzo había instalado.

Conocía a cada jodido huésped de las cabañas circundantes.

Y conocía los nombres y antecedentes de los idiotas con los que Makayla y Abby se estaban tirando.

La cama estaba hecha, las sábanas lisas, las esquinas bien tensas. La había visto dormir aquí, igual que cuando la vigilaba en casa. Todavía estaba de luto por Jake, todavía lloraba hasta quedarse dormida.

Hundí los dedos en la almohada mientras me la acercaba a la cara. El aroma de Elle amenazaba con destrozarme, pero ella estaba ahí fuera, en algún lugar, asustada y sola.

Y era mi jodida culpa.

Tiré la almohada sobre la cama y salí de la habitación hecho una furia.

—No está aquí —dijo Sérgio saliendo de la habitación de Abby—. Con suerte, será lo bastante lista para no volver.

—Lo es. —Al menos, eso esperaba. Bastaba con que Leo enseñara su foto al personal —todos en la nómina de Mendoza— para saber quién era y dónde se alojaba.

El hijo de puta es hombre muerto.

Salimos sigilosamente y no nos detuvimos hasta llegar al lugar donde Elle había desaparecido.

Comprobé la ubicación de Lorenzo y me adentré más en la maleza.

Los segundos se convirtieron en minutos.

La necesidad de encontrar a Elle me urgía a moverme más rápido, pero eso solo conseguiría que nos mataran a los dos.

Reprimí un gruñido al detectar un cambio en el movimiento de Lorenzo. Había dado la vuelta hacia el hotel. Quizá ella no fuera tan precavida como pensaba.

Cambié de dirección y tracé una ruta para interceptarlo y, con suerte, encontrar a Elle.

¿Y si la había perdido? Poner todas mis esperanzas en un jodido punto rojo parecía una gilipollez, pero era todo lo que tenía.

El crujido de unos arbustos y el gruñido de dolor de un hombre llegaron desde más allá de la curva del sendero. Antes de que pudiera moverme, Sérgio me tocó el hombro y señaló un grupo de árboles a nuestra izquierda.

Dos de los hombres de Leo se cruzaron en nuestro camino y echaron a correr, demasiado concentrados en el jaleo de más adelante para reparar en nosotros.

Levanté el arma y disparé. Los dos cayeron.

—Podrías haberme dejado uno —gruñó Sérgio.

—Los próximos dos son tuyos —dije mientras pasaba por encima de los cuerpos.

Matarlos no aplacó ni un ápice la rabia que me hervía por dentro, y si hubiera tenido tiempo, habría disfrutado haciéndoles morir lenta y dolorosamente.

Cuando Emiliano me envió a esta misión, mi intención era capturar a Leo y entregárselo a Mendoza para que se cobrara su venganza.

Si veía a Leo ahora, no dudaría en clavarle el cuchillo en su jodido corazón negro.

Joder, Elle, ¿dónde coño estás?

Al llegar a un pequeño claro, vi que Lorenzo tenía a uno de los soldados de Leo inmovilizado en el suelo. Ambos aferraban la empuñadura de un cuchillo, forcejeando por hacerse con él. El otro hombre soltó una mano para alcanzar un arma que había en el suelo junto a ellos.

—Mi turno. —Sérgio levantó el arma.

Con un fuerte estallido, la bala dio en el blanco.

La cabeza del soldado rebotó contra el suelo duro, y Lorenzo se estremeció cuando un rocío carmesí le salpicó la cara.

Su mirada se clavó en la mía, los ojos inundados de alivio.

Se desplomó sobre el cuerpo un instante, luego rodó con cuidado hacia un lado y se incorporó con esfuerzo.

—Jefe... debe... —Lorenzo se tambaleó mientras señalaba hacia el otro lado del claro. El brazo le cayó y se desplomó de nuevo.

—Revísalo —le dije a Sérgio mientras rastreaba el perímetro con la mirada en busca de Elle. No estaba aquí. No sabía si eso significaba que había escapado o que los hombres de Leo se la habían llevado.

Me acerqué a donde Sérgio estaba agachado junto a Lorenzo. —¿Cómo de grave es?

—No pinta bien. —Ató un torniquete en el muslo de Lorenzo justo por encima de una mancha oscura en sus vaqueros—. Herida superficial en el hombro y otra que le atraviesa el muslo de lado a lado. Está perdiendo un montón de puta sangre.

Lorenzo gimió. Abrió los ojos de golpe y se le dilataron las pupilas. Me agarró la mano.

—Lo siento, señor. Lo siento. En el bar... fui a advertir a ese pendejo que... que la dejara en paz. Ella... había desaparecido cuando volví. La busqué... en su bungaló. Oí voces en la playa...

—Nada de eso importa ahora. —Me acerqué más—. ¿Dónde está? ¿Se la llevaron?

Negó con la cabeza, tambaleándose, y me soltó la mano para señalar en la misma dirección que antes.

—Escapó.

—Gracias, Lorenzo. Yo me encargo desde aquí. —Me levanté y miré a Sérgio—. Coge la lancha. Llévalo al yate. Manuel sabrá qué hacer.

Sérgio se levantó de un salto.

—No irás solo.

—Es la única opción. —Bajé la mirada hacia Lorenzo, el hombre que había arriesgado su vida y que aún podría morir por intentar salvar a Elle—. No pienso dejarlo aquí para que muera, y no podemos llevarlo con nosotros. Nos retrasaría.

Sérgio asintió a regañadientes.

—Te esperaremos en la lancha.

—Si algo sale mal, marchaos sin mí. —Eché a correr hacia los árboles.

Mientras la oscuridad me envolvía, solo tenía una cosa en mente. Tenía que encontrar a Elle antes de que lo hiciera Leo.

*****

Elizabeth

Levántate. Sigue moviéndote. Un blanco en movimiento es más difícil de alcanzar.

El hotel no estaba lejos, y en aquel pequeño cobertizo de jardín era un blanco fácil.

Pero por fin había despistado al tipo que me perseguía y necesitaba un minuto para recuperar el aliento.

Al menos había encontrado un arma. Tuve que elegir entre una pala y una azada, y elegí la pala: de las azadas nunca me he fiado.

Me apreté la vieja pala oxidada contra el pecho mientras me agachaba detrás de una pila de sacos de sustrato.

Todavía me ardían los pulmones. Tenía las plantas de los pies cubiertas de tierra mezclada con sangre de lo que parecían mil cortes.

Me froté los rasguños que me picaban en brazos y piernas. Malditas espinas de buganvilla.

Joder, la había cagado. Había visto a los soldados por todo el complejo.

Sabía que eran del cartel. La mayoría de los resorts en Isla Mujeres pertenecían a alguno, y por lo general funcionaban con mano dura, manteniendo sus negocios turbios entre bastidores.

Pero un golpe interno era un caos. Solo a mí se me ocurría meterme de lleno en uno.

Ahora estaba atrapada en una puta pesadilla, huyendo para salvar el pellejo —sin zapatos, joder— y aislada del mundo, sin teléfono para pedir ayuda. Debería haber estado aterrorizada. Y lo estaba, pero no por mí.

Bueno, quizás un poco. No era ajena al peligro.

¿Qué probabilidades había de que el psicópata de la playa hubiera encontrado mi teléfono y la tarjeta de la habitación en el bolsillo trasero? Con un simple mensaje a alguien del complejo, sabría dónde encontrarme.

También a Makayla y Abby, aunque estaba bastante segura de que no volverían esa noche. Para entonces, podría conseguir un teléfono y avisarlas. Con suerte... quizás.

Pero sobre todo tenía miedo por Alex, y lamentaba cómo habían terminado las cosas entre nosotros, que fuera a morir sin decirle cuánto lo amaba.

No es que a él le importara. Para él yo era una carga, una obligación, una promesa que le había hecho a mi hermano.

Qué tonta había sido al creer que significaba algo para él.

A veces deseaba no haberlo conocido nunca. Aquel domingo por la noche en que Jake trajo a Alex y a otros chicos a casa para ver un partido de fútbol americano marcó el comienzo de mi destrucción.

Alto y delgado, tenía un cuerpo esculpido a la perfección.

A los veinte años, era el chico más guapo que había visto en mi vida, con largas pestañas negras, pómulos marcados, labios carnosos y un hoyuelo en la barbilla.

Solo la firmeza de su mandíbula y sus cejas lo salvaban de ser demasiado bonito.