Capítulo 43
Ella salió por el portón a las siete de la mañana del día siguiente, en un auto con Lev al volante, y no le dijo a nadie cuándo volvía porque todavía no lo sabía.
El portón estaba abierto. Había estado abierto toda la noche —ella había bajado a las tres de la madrugada solo para comprobarlo, con el abrigo sobre el camisón, y lo encontró de par en par, con el guardia de la garita dando pisotones de frío y fingiendo que no la veía.
Fueron mil cuatrocientos kilómetros y una noche en un hotel de carretera cerca de Lyon.
◆
Noailles olía a pescado, a especias y a fritura, y era un martes de noviembre, y a las once de la mañana la calle estaba tan llena como siempre había estado, y nadie en ningún lugar había dejado de vivir porque una enfermera desapareciera.
Sofía se quedó parada en la esquina cuatro minutos, mirando la puerta cerrada con el papel amarillento y los cuatro agujeros en la pared de al lado.
Después cruzó.
El señor Aziz salió de la pescadería con las manos mojadas y se quedó mirándola como quien ve algo que no puede creer, y después dijo su nombre lo bastante fuerte como para que media calle lo oyera, y después la abrazó con los antebrazos apartados para no mancharla, y después —porque era un hombre de Noailles y los hombres de Noailles hacen eso — le echó un sermón de dos minutos por no haber mandado noticias.
—Se fue usted a España —dijo él, cruzando los brazos—. Es lo que la vieja le cuenta a todo el mundo. Y Farid, el de la panadería, dijo que vio a dos hombres llevársela una noche de octubre, pero Farid, el de la panadería, bebe.
Sofía había ensayado la carta de bolsillo durante mil cuatrocientos kilómetros.
No la usó.
—No me fui a España —dijo—. Me llevaron de aquí una noche de octubre por algo que hizo mi padre antes de que yo naciera, y pasé dos meses en una casa a mil cuatrocientos kilómetros de aquí, y algunas cosas que pasaron allá nunca se las voy a contar.
Estoy viva, estoy entera, y nadie me obligó a venir hoy.
El señor Aziz se quedó muy quieto.
Después asintió una vez, despacio, como quien recibe una información y decide solo qué hacer con ella, y Sofía recordó, con una claridad que dolía, que aquel barrio había aprendido a hacer ese gesto con su padre.
—¿Reabre la clínica? —preguntó él.
—Reabre.
—¿Con usted?
—No.
◆
La sustituta se llamaba Amélie Fontaine, tenía treinta y nueve años y dos hijos, y a Sofía le tomó dos días y tres llamadas encontrarla en un pueblo pequeño cerca de Toulouse, adonde habían mandado a toda la familia una noche de octubre sin pasar por casa.
Hablaron tres horas en la cocina de un apartamento alquilado.
Sofía le contó todo lo que podía contar y le dijo con todas las letras lo que la mujer había corrido sin saber: que alguien había fotografiado su bata en la puerta de esa clínica y que la habían sacado de Marsella esa misma noche porque alguien pensó que la fotografía era una advertencia.
Amélie Fontaine escuchó con las manos alrededor de la taza.
—¿Y ahora ya no hay peligro?
—No sé —dijo Sofía—. Creo que no. No se lo voy a jurar, porque mi padre pasó la vida jurando cosas así a la gente de ese barrio y ahora sé lo que valía.
Después puso la escritura sobre la mesa.
No la donación: la propuesta. La clínica saldada, el local sin cargas, el alquiler del local por un euro simbólico durante diez años, el material comprado, y una línea que ella escribió a mano al pie, porque el notario no lo iba a entender: el nombre en la puerta sigue siendo el del dueño anterior.
—¿Por qué? —preguntó Amélie.
—Porque ese barrio no confía en una placa. Confía en esa placa. —Sofía empujó el papel—. Y porque doña Aïcha tiene ochenta y un años y diabetes y no va a cruzar Marsella para buscar un centro que le haga preguntas.
◆
Volvió a atornillar la placa el jueves por la mañana, a las siete y veinte, con un destornillador prestado de la pescadería.
Los cuatro agujeros estaban donde habían estado desde que su padre los hizo, y los tornillos de latón nuevos entraron en los cuatro sin ningún juego, lo que quería decir que un hombre en algún lugar de Eslovaquia había mandado rehacer el encargo hasta que quedara del tamaño exacto.
Apretó el último, pasó el pulgar sobre las letras grabadas y limpió el polvo de la masilla con la manga.
*CLINIQUE — T. REYES*
No lloró. Se quedó mirando aquello un buen rato, con el destornillador en la mano, y lo que sintió no fue luto ni perdón, sino una especie de orden restablecido: un objeto que había estado en el lugar equivocado durante dos meses había vuelto a la pared a la que pertenecía, con el nombre de un hombre que había sido dos cosas a la vez y que iba a seguir siendo las dos en su cabeza por el resto de su vida.
Después entró, abrió las ventanas y pasó todo el día limpiando la clínica con Amélie Fontaine y un balde.
La frase seguía pintada sobre la puerta de la sala de curas, a mano, con pincel, un poco torcida en la segunda línea.
Aquí se cose, no se pregunta.
Sofía se quedó parada debajo de ella con el paño en la mano más tiempo del que hacía falta, y Amélie, que era lista, se fue a lavar otra cosa al otro cuarto y la dejó sola.
Había una lata de pintura blanca en la despensa del fondo. Llegó a ir a buscarla.
Volvió con la lata, la puso en el suelo, la miró tres o cuatro minutos y no la abrió.
Porque la frase seguía siendo verdad y seguía siendo lo mejor que había en ese barrio, y porque el hombre que la había pintado había usado la misma frase para otra cosa al mismo tiempo, y borrar la pared no deshacía ni una cosa ni la otra.
Iba a tener que convivir con las dos mitades el resto de su vida, y la mujer que iba a trabajar allí desde el lunes tenía derecho a trabajar bajo la mitad buena.
Devolvió la lata a la despensa y volvió a fregar el suelo.
—¿Se lo va a dejar? —preguntó Amélie, desde la puerta, más tarde.
—Sí. —Sofía retorció el paño—. Y usted lo va a cumplir. Es distinto a que él lo haya cumplido, y en el barrio no hace falta que nadie sepa la diferencia.
A las cinco de la tarde dio el último recado del barrio —Madame Perrin está viva, está bien, está en una casa con jardín y se queja de la sal — y subió al auto.
—¿A dónde, señorita? —preguntó Lev.
—A casa —dijo Sofía.
Y se oyó a sí misma decir aquello, y no se corrigió.