Capítulo 41
La Vorenhaus tardó tres días en volver a hacer ruido.
Sofía midió la recuperación por las cosas de siempre.
El primer día nadie hablaba en los pasillos.
El segundo, alguien dejó caer una olla en la cocina y se rio.
El tercero, dos guardias discutieron de fútbol en el patio a las siete de la mañana con toda la voz, y ella se detuvo en medio del pasillo con la caja de material en la mano y se quedó escuchando aquello como quien ausculta un pulmón que vuelve a expandirse.
Trabajó catorce horas al día y no le preguntó nada a nadie.
Grigori se quedó en la habitación de la planta baja, con una ventana al patio sur, porque fue lo único que pidió, y ella lo destetó del oxígeno en cuatro días, media hora cada vez, con el dedo en el oxímetro que Sergei consiguió en un hospital de Prešov sin decir cómo.
El viejo seguía con la costilla y con el noventa por ciento del humor intacto.
A Bogdan lo operaron de la cadera en Bratislava y volvió con bastón, y Sofía tardó diez minutos en entender por qué aquello la afectaba tanto: era el segundo bastón de esa casa, y el primero estaba apoyado en la pared del cuarto de Grigori.
Enterraron a los cuatro un jueves.
Petrik Hoza tenía madre y hermana en Úzhhorod, y las dos vinieron.
Román Ilnitski no tenía a nadie, y Sofía escribió su nombre y el de su madre —Oksana — en el papel que fue a la cruz, porque se había prometido a sí misma que ese muchacho no iba a bajar a tierra como número.
Los otros dos eran un hombre de treinta y cuatro años con dos hijos y un joven de veintisiete que llevaba cinco meses trabajando allí.
Nikolai habló dos minutos y no dijo nada bonito, y a ella le pareció correcto.
◆
Madame Perrin se negó a irse a Aix.
La sobrina vino a buscarla el viernes, en auto, con un discurso preparado sobre el cuarto que estaba listo, y la anciana lo escuchó todo con las manos en el bolso y después dijo que no, gracias, chérie, que allí tenía una enfermera, una cocinera que hacía sopa dos veces al día y una silla al sol en el jardín cercado, y que una mujer de ochenta y dos años no vuelve a empezar en ningún lado.
Irina, que estaba en la puerta con un paño al hombro, miró a Sofía y no dijo nada, y fue lo más parecido a una sonrisa que esa mujer dio en dos semanas.
Devolvió los sobres el lunes siguiente.
Hizo lo que había prometido: en mano, uno por uno, sin correo, sin intermediarios. Llevó la caja de metal a la salita este, se sentó y mandó llamar a cada hombre por su nombre, y cada uno entró solo, y todo aquello tomó tres horas y veinte minutos y fue lo más difícil que hizo esa semana.
Nadie le dio las gracias. Uno lloró y pidió disculpas por llorar.
Dos tomaron el sobre y lo rompieron ahí mismo, delante de ella, sin leerlo.
El dueño de la medalla de san Cristóbal dijo que esa sí se la quedaba, y se la puso al cuello frente a Sofía con una ceremonia torpe, y después se puso rojo y salió.
Quedaron dos sobres en la caja.
Sofía se quedó mirándolos un buen rato, con las dos manos en la tapa, antes de lograr levantarse de la silla.
Uno era del hombre de treinta y cuatro años con dos hijos. El otro tenía el nombre del joven de veintisiete escrito atrás, con su propia letra, a lápiz.
Fue Irina quien entró, media hora después, y encontró la caja abierta y a Sofía de pie frente a ella.
—Dos —dijo la anciana.
—Dos.
Irina tomó los dos sobres, miró los nombres y le devolvió uno a la mano de Sofía.
—Este es de una mujer casada en Košice y yo conozco a su madre —dijo—.
Lo llevo yo. —Puso el otro sobre la tapa de la caja—.
Este es de madre, y a una madre se lo entrega usted, porque usted es la última persona que habló con él y la mujer va a preguntar cómo fue, y yo no sé mentir tan bien como usted.
—Yo no voy a mentir.
—Entonces mejor todavía —dijo Irina—. En esta casa la verdad es tan rara que pasa por consuelo.
◆
Las hojas estaban en su cama cuando subió, la primera noche, y no las vio de inmediato porque estaban apiladas con el canto alineado, quietas, con el aire de algo que espera.
Eran cinco.
Escritas a máquina en la de Vory, seis líneas cada una, una por cada uno de los cinco días que ella estuvo fuera. Con fecha y hora arriba. Todas empezando por edificio de la calle Longchamp.
La del primer día decía que el edificio seguía con dos hombres y que la farmacia de la esquina continuaba instruida.
La del segundo decía lo mismo, con una línea más sobre la sobrina de Aix.
La del tercero decía sin novedad. La del cuarto decía sin novedad.
La del quinto decía sin novedad y traía, al final, una línea que no era ningún informe, escrita a máquina con el mismo espaciado, sin firma:
Madame Perrin comió sopa dos veces y se quejó de la sal.
Sofía se sentó al borde de la cama con las cinco hojas en el regazo y se quedó allí quince minutos.
Él había mandado escribir aquello todos los días, a la misma hora, y mandado subir y dejar sobre la cama de un cuarto vacío, con una mujer desaparecida a cuarenta y un kilómetros de allí y la posibilidad concreta de que nadie llegara nunca a leer ninguna de ellas.
Y, el jueves, alguien —ella sabía perfectamente quién — había entrado en la sala de Vory y mandado añadir la línea de la sopa.
◆
Bajó al despacho a las once de la noche.
Golpeó dos veces y entró sin esperar, como hacía desde la segunda semana, y él estaba de pie junto a la ventana, con la camisa de siempre y el puño vendado con la cinta que ella misma le había puesto seis días antes y que debía haberse cambiado hacía tres.
—Siéntese —dijo Sofía—. Y todavía no es sobre nosotros dos. Es sobre su mano.
Cambió la venda en silencio, con él sentado y ella de pie, y lo que se instaló entre los dos mientras trabajaba fue lo mismo de una noche de miércoles en otra vida: mientras nadie hablara, seguía siendo procedimiento.
Después guardó las tijeras, se apoyó en el escritorio de frente a él y dijo:
—Ahora quiero todo, y lo quiero en el orden en que pasó, y usted no va a elegir qué mitad contar.
Él contó.
Tardó cuarenta minutos y no suavizó nada.
La iglesia, el viejo, las dos sillas de cocina.
Los trece muertos de los Ryzhov el mismo domingo de mil novecientos noventa y nueve, y lo que aquello hacía con la historia entera que ella había oído en esa misma sala, con la hoja y la columna de iniciales sobre la mesa.
La puerta de la sacristía cerrada por dentro. El tiro en la sien derecha. El abrigo.
Y después la parte que él podría haberse guardado sin que nadie lo supiera jamás, y no se la guardó.
—Le entregué las veinticuatro hojas de Marsella a Ostrov —dijo—. Sin copia. Están con la familia Ryzhov desde el jueves.
Sofía tardó dos segundos en entender el tamaño de aquello.
—El nombre de mi padre está en esas hojas.
—Está. En una columna, en iniciales, en veinticuatro páginas.
—No apartó la mirada—. Y el nombre de cuarenta y una personas más, de las cuales ocho siguen vivas y nueve tienen hijos.
Pagué la tregua con lo que no era mío, señorita Reyes, y es lo más sucio que hice desde que usted entró en esta casa, y lo hice porque la alternativa era la guerra y porque quería sacarla a usted de ese balneario caminando.
—Podía haber entregado otra cosa.
—Podía haber entregado dinero y territorio, y no querían ni dinero ni territorio.
—Una pausa—. Vendí a un hombre muerto y a cuarenta y una personas para traerla a usted a casa, y voy a seguir despertándome temprano por eso durante mucho tiempo.
No estoy pidiendo absolución. Usted preguntó todo, y esto forma parte de todo.
Sofía se quedó muy quieta.
Había una versión de ella, de cincuenta y cinco días antes, que habría gritado.
Y estaba la mujer que estaba allí ahora, apoyada en ese escritorio, y esa había pasado cinco días manteniendo con vida a un viejo que tal vez había firmado en lugar de su padre, y había usado la dependencia de un muchacho que sangraba para conseguir un teléfono, y había escrito dos letras en una cinta sabiendo lo que hacía.
—Está bien —dijo ella.
—¿Solo eso?
—No. —Cruzó los brazos—. Está bien, y voy a tener que vivir con esto, y no es lo mismo que perdonar, y usted me va a decir cuándo se avise a los ocho que siguen vivos, uno por uno, porque avisar es lo mínimo.
—Levantó la barbilla—. Y usted me va a dejar avisar a dos de ellos en persona, si son de Marsella.
Nikolai la miró un instante largo.
—Trato hecho.
◆
Fue él quien puso el comprobante sobre la mesa.
Un papel amarillo de banco, con la marca del doblez en el medio, siete años viejo: la cancelación de la deuda que iba a llevar la clínica de Noailles a subasta, pagada en efectivo en el mostrador, por un tercero.
—No fui yo —dijo Nikolai—. Ni fue mi padre, ni fue la Bratva, porque el dinero del préstamo nunca salió de la caja de Marsella. Alguien pagó esa deuda de su propio bolsillo, hace siete años, y el nombre de quien pagó está escrito en el campo del pagador.
Sofía leyó el nombre.
Y el suelo se volvió extraño por unos segundos, porque era el nombre de la madre de su padre, una mujer que había muerto en Málaga once años antes de que Sofía naciera y cuyo retrato había pasado toda una vida en un marco ovalado sobre la radio de la cocina.
—Esto es letra de imprenta —dijo ella.
—Lo es.
—Dibujada. Cada letra separada, sin ligar, misma presión de principio a fin. —La voz le salió distinta—. Pasé cinco días viendo esa letra en una cinta de vendaje.
Y contó. Contó a la mujer del balneario, la jeringa apoyada en el dedo medio, el moño, las uñas comidas hasta la carne, el francés sin ningún acento, la correa de seguridad, la úlcera de Madame Perrin tratada por alguien que sabía el nombre exacto del fallo de un vendaje de posta de barrio francés.
Y la frase: es la segunda vez que la saco de algo y usted no va a saber la primera.
Nikolai escuchó todo sin interrumpir. Después fue hasta el cajón y sacó la fotografía de mil novecientos noventa y nueve, con siete personas frente a un almacén, y la puso boca abajo sobre la mesa, y ella leyó las cuatro palabras y la hora escritas al reverso, con la misma letra.
—La misma persona —dijo Sofía.
—La misma persona. En el noventa y nueve, en dos mil dieciocho y la semana pasada. —Puso la mano abierta al lado de la fotografía—. Y la misma persona tuvo, durante días, papel de receta y cosas escritas por usted en las manos, dentro de esa clínica, para escribir siete cartas con su letra.
Sofía se sentó, esta vez, porque las piernas eligieron por ella.
—Estuvo en mi clínica.
—Estuvo en su clínica, pagó su deuda, y no dejó que se la llevaran en octubre. —Nikolai habló despacio—. Pasé un mes pensando que llegué seis días antes que los Ryzhov por suerte. No llegué antes que nadie. Alguien sostuvo la situación hasta que yo llegara.
◆
Se quedaron un rato sin hablar.
Fue Sofía quien rompió el silencio, y lo rompió por el lado que llevaba postergando tres días.
—Leí las cinco hojas.
Él no dijo nada.
—Mandó escribir un informe para una cama vacía —siguió ella—. Cinco días. Con fecha y hora. Sabiendo que tal vez nadie lo leyera nunca. —Su voz no sonaba firme y ella lo dejó así—. ¿Por qué?
—Porque el día en que yo mandara suspenderlo, usted ya no estaría volviendo. —Nikolai la miró—. No sé rezar. Eso era lo que tenía.
Sofía cruzó la sala.
Se detuvo frente a él, y él no se levantó, y ella se quedó de pie entre sus rodillas, exactamente como una noche de miércoles con una aguja en la mano, y puso la palma de la mano en el centro de su pecho.
—Noventa y seis —dijo.
—Usted me va a contar esto el resto de mi vida.
—Voy a hacerlo. —No apartó la mano—. Voy a decir una cosa y usted me va a dejar terminar, porque la ensayé en el balneario y me voy a equivocar si usted habla en el medio.
—Respiró—. Pasé cinco días con un viejo muriéndose, en un edificio de azulejos, con un tubo en la nariz, y lo único que pensé todo el tiempo no fue sáqueme de aquí.
Fue que había dejado el armario del consultorio sin reponer la cinta y que usted la iba a necesitar.
—Se rio, y la risa le salió torcida—. Estaba en cautiverio haciendo la lista de compras de su casa.
Esa es la respuesta. Ya vivía aquí y no me había dado cuenta.
Él levantó la mano y la posó en la mejilla de ella, con cuidado, como quien maneja algo que se ha vuelto frágil de tanto no ser tocado.
—La amo —dijo.
Lo dijo del mismo modo en que decía un número de informe: bajo, sin énfasis, sin ningún intento de adornarlo, y precisamente por eso Sofía supo que nunca iba a oírlo dicho de otra manera y que no iba a querer que fuera de otra manera.
Sintió el corazón de él acelerarse bajo su mano y esta vez no lo contó, porque contarlo habría sido esconderse detrás de la cuenta, y ella ya no tenía dónde esconderse.
—Lo sé —dijo—. Lo sé desde la noche del vendaje.
◆
Se quedaron así un rato, y después ella se apartó y fue a buscar lo que había llevado consigo escaleras abajo y dejado en el suelo, junto a la puerta, al entrar.
Lo puso sobre el escritorio de él, encima de los papeles, con las dos manos.
Latón, dos palmos, cuatro agujeros en las esquinas, restos de masilla de fijación en el reverso.
*CLINIQUE — T. REYES** **SOINS INFIRMIERS · 7h–20h*
Nikolai miró la placa y no la tocó.
—Lleva cincuenta y nueve días en mi cómoda —dijo Sofía—.
Y en la pared de la calle Longchamp hay cuatro agujeros abiertos, y la clínica está cerrada con un papel en la puerta, y hay todo un barrio en Noailles que todavía cree que me fui a España a cuidar a una tía que no existe.
—Puso los dedos en el borde del latón y lo giró medio centímetro, alineándolo con el borde de la mesa—.
Voy a tener que decidir algo, y usted lo va a tener que decidir conmigo, y ninguno de los dos va a poder responder con lo que siente.
Él levantó la vista.
—Dígame.
—¿Dónde va a volver esta placa a la pared?