Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Lo que salvó a Nikolai fue que un viejo de setenta y nueve años hubiera elegido dos sillas de cocina en vez de un banco de iglesia.

Una silla de cocina se cae. Él estaba en el piso de piedra antes del segundo disparo, con la fotografía en la mano izquierda y el hombro contra la base del altar, y desde donde cayó alcanzó a ver lo único que importaba esa mañana: la puerta de la sacristía, cerrándose.

No dio un portazo. Se cerró despacio, apoyada por dentro, como se cierra una puerta cuando no se quiere hacer ruido.

Después se apagaron las velas, todas a la vez, y alguien las apagó con el abrigo o con la mano, y la iglesia se volvió un cuarto oscuro con nueve hombres adentro y una persona menos.

Hubo cuatro disparos en los veinte segundos siguientes.

Ninguno le dio a Nikolai. Dos se incrustaron en el revoque de la pared por encima de su cabeza y dos fueron en direcciones que nadie supo explicar después, y los cuatro salieron de las armas de los hombres del atrio, que entraron disparando a oscuras porque fue lo único que supieron hacer.

Y, por encima de todo, una voz gritando en ruso la misma palabra ocho veces.

Alto.

Era Kirill Ostrov, de pie en medio de la nave, con el arma apuntando no hacia Nikolai, sino hacia sus propios hombres.

◆

Cuando trajeron luz, Anatoli Ryzhov estaba caído hacia el lado izquierdo, con el bastón todavía entre los dedos y la manta sobre las rodillas.

Nikolai se levantó despacio, con las manos abiertas y a la vista, y ninguno de esos hombres quitó el dedo del gatillo mientras él cruzaba los cuatro metros hasta la silla del viejo.

—No lo toque —dijo Ostrov.

—Lo voy a tocar. —Nikolai se arrodilló a su lado—. Y usted va a mirar mientras lo toco, porque dentro de una hora va a ser importante que usted lo haya visto.

Puso dos dedos en la carótida del viejo, por el lado derecho, y contó hasta diez, y no había nada.

Después hizo algo que ni él mismo supo explicar bien cuando Dmitri le preguntó, dos días más tarde, por qué lo había hecho.

Se levantó, fue hasta la pila del atrio donde estaban las cosas de los registrados, tomó su propio abrigo de lana, volvió, lo dobló dos veces, y lo puso bajo la cabeza de Anatoli Filíppovich Ryzhov, que había enterrado a trece personas por culpa de un papel y había muerto a un metro del hombre al que había culpado durante veintiséis años.

La sangre empapó el cuello y la solapa en menos de un minuto.

Ostrov se quedó mirando aquello con el arma todavía en la mano.

—Se está ensuciando el abrigo para que yo no pueda decir que salió corriendo.

—Estoy poniendo la cabeza de un viejo fuera del piso de piedra —dijo Nikolai—. Lo que usted haga con eso es problema suyo.

◆

El atrio, a las seis y treinta y cinco de la mañana, era un lugar donde once hombres decidían si mataban al Pakhan de los Yakovlev.

Nikolai se quedó de pie en medio de ellos, sin abrigo, con la camisa sucia hasta el codo, y no dijo una palabra durante cuatro minutos, porque hablar rápido ahí habría sido lo mismo que salir corriendo.

Fue Ostrov quien habló.

—La puerta de la sacristía estaba trancada por dentro desde las cinco —dijo, en ruso, en voz alta, para sus propios hombres—.

La tranqué yo. Me guardé la llave en el bolsillo y aquí está la llave.

—La sacó y la levantó—. Alguien entró a esa sacristía sin esta llave, se quedó ahí adentro mientras nosotros registrábamos a este hombre en el atrio, y salió por la puerta del cementerio mientras ustedes entraban disparando a oscuras.

Y ustedes entraron disparando a oscuras.

—Guardó la llave—. Quiero que piensen quién sabía la hora de esta reunión.

Cuenten con los dedos y vean cuántos dedos sobran.

Nadie bajó el arma.

—Y hay otra cosa —siguió Ostrov, y ahora habló en francés, y habló mirando a Nikolai, porque quería que entendiera cada palabra—.

El disparo entró por la sien derecha. El señor Yakovlev estaba sentado de frente a él, y la sacristía queda a la derecha.

Cualquiera de ustedes que haya visto morir a un hombre sabe lo que significa un disparo que entra por el costado.

Si hubiera sido este hombre, habría entrado por el frente.

Fue la primera vez en veintiséis años que alguien de la familia Ryzhov defendía a un Yakovlev en voz alta, y ni Ostrov ni Nikolai le hicieron ninguna ceremonia a eso.

—Me quedo —dijo Nikolai.

Ostrov giró la cabeza.

—¿Cómo?

—Me quedo aquí, en el atrio, desarmado, con sus once hombres, hasta que verifiquen todo lo que quieran verificar.

—Abrió las manos—. Si subo a mi auto ahora y me voy manejando, usted tiene a dos familias en guerra hasta fin de año, y la única persona que gana con eso no está en esta iglesia.

Me quedo dos horas. Revisen la sacristía, revisen el cuerpo, llamen a quien quieran llamar.

Se quedó tres horas y cuarenta minutos.

◆

Sergei llamó a las siete y cincuenta y dos, y Nikolai contestó de pie en el cementerio, con un hombre de los Ryzhov a dos metros y el teléfono en altavoz porque fue él mismo quien lo puso en altavoz.

—Depósito de Michalovce —dijo el hermano—. El libro tiene la fecha de retiro del envase: día diecinueve. Y tiene la dirección de retiro, porque un cilindro no se recoge en la casa de nadie: se recoge donde fue entregado.

—Dime.

—Antiguo balneario municipal de Vyšné Ružbachy.

Cerrado desde dos mil once. Edificio de baldosas, cuatro fuentes termales tapiadas, un galpón de máquinas y un vestíbulo.

Cuarenta y un kilómetros de aquí y veintidós de la iglesia donde estás.

—Una pausa—. Y, Nikolai: el agua de ese lugar sale caliente de la pared. No hay caldera de ningún tipo.

Del otro lado del cementerio, Kirill Ostrov cerró los ojos por medio segundo, y fue el único gesto involuntario que le vio hacer Nikolai en toda la mañana.

—Puso usted a la muchacha en el balneario —dijo Nikolai.

—Puse a la muchacha en el balneario —dijo Ostrov—.

Porque tenía agua caliente y luz y tres salidas, y porque fue ella quien pidió esas tres cosas, y me dio gracia el pedido.

—Miró el teléfono en la mano de Nikolai—.

Y ahora tengo a catorce hombres ahí adentro, sin jefe, sabiendo desde hace una hora que el viejo murió en una sala con usted.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Usted no tiene nada —dijo Ostrov—. Yo tengo.

◆

La tregua se hizo en cincuenta minutos, en una sacristía con una ventana rota, entre un hombre de cuarenta y un años y un hombre de cuarenta y nueve que trabajaba para otra familia desde hacía veinte, con el hijo del muerto al teléfono desde un apartamento en Belgrado, llorando y dando órdenes al mismo tiempo.

Nikolai no pidió nada. Ofreció, en el orden en que más dolía.

Ofreció el cuerpo con honor: el viejo salía de ese atrio en un auto de los Ryzhov, con los hombres de los Ryzhov, sin un solo testigo de los Yakovlev en la carretera, y nadie de su casa publicaba ni insinuaba nada sobre cómo había muerto Anatoli Filíppovich.

Ofreció el archivo de mil novecientos noventa y nueve —la caja entera, etiquetada por la mano de su padre, con todo lo que la familia Yakovlev tenía sobre aquel domingo, entregada sin copia y sin condiciones, para que la familia Ryzhov pudiera leer con sus propios ojos que nadie de esa casa había montado aquel almacén.

Ofreció las veinticuatro hojas de Marsella, con la columna de iniciales y los seis registros incompletos, que era lo mismo que entregarle a un enemigo la lista de todos los informantes de dos décadas —y Dmitri, cuando lo supo, tardó dos días en volver a hablarle.

Y pidió tres cosas.

La primera: la mujer y el viejo salían del balneario ese mismo día, caminando, con él.

La segunda: ninguna de las dos casas tocaba a la otra hasta que se supiera quién había estado en la sacristía —y, cuando se supiera, las dos casas lo sabrían juntas, al mismo tiempo, por el mismo papel.

La tercera: el comprobante del pago que había estado dentro del sobre de Anatoli se quedaba con Nikolai.

El hijo habló dos veces por teléfono en esos cincuenta minutos. La primera, dijo que iba a mandar ochenta hombres a la Vorenhaus antes del domingo. La segunda, cuarenta minutos después, con la voz ya vacía, preguntó una sola cosa: si su padre había quedado tendido en el piso de piedra.

—No quedó —dijo Nikolai—. Su cabeza quedó apoyada en lana.

Hubo un silencio largo del otro lado de la línea.

—¿Quién se la apoyó?

—Yo.

El muchacho colgó sin responder, y fue Ostrov quien lo explicó después, guardando el teléfono, que aquello no era ningún acuerdo y que era la única razón por la que la tregua iba a durar más de una semana: un hombre de treinta y un años iba a pasar el resto de su vida sabiendo que el enemigo de la familia había hecho, por un viejo muerto, lo que él mismo no había estado ahí para hacer.

Ostrov aceptó las tres condiciones, y después dijo la única frase de esa sacristía que no era de negocios.

—El viejo trajo el sobre en contra de mi consejo y en contra del consejo de su hijo —dijo—.

Le dije a las cinco de la mañana que era demasiado pronto, y él me dijo que a los setenta y nueve años todo es demasiado tarde.

—Se puso el abrigo—. Si alguna vez quiere agradecerle a alguien, agradézcaselo a él.

◆

Nikolai recién miró la fotografía y el comprobante a las nueve y veinte, sentado en el banco de piedra del cementerio, solo, con las manos todavía sucias.

La fotografía era pequeña, cuadrada, antigua, de bordes dentados, y mostraba a siete personas frente a un almacén, en un día soleado, en mil novecientos noventa y nueve. Un hombre de mediana edad con el brazo alrededor de un muchacho. Dos mujeres. Una de ellas embarazada.

Nikolai no reconoció a ninguna de las siete.

Volteó la fotografía.

En el reverso, en la esquina inferior, alguien había escrito cuatro palabras y una hora —y las letras eran de imprenta, trazadas una por una, sin ninguna conexión entre sí, todas con la misma presión del principio al fin.

Se quedó mirando aquello durante un largo rato.

Después abrió el comprobante, que era un recibo de cancelación de una deuda bancaria emitido en Marsella siete años antes, por el monto exacto que había salvado a la clínica de Tomás Reyes, pagado en efectivo en la ventanilla por un tercero.

El campo del nombre del pagador estaba llenado a mano.

En letra de imprenta. Cada carácter trazado por separado.

Y el nombre escrito ahí era el de una mujer que había muerto en Málaga antes de que naciera Sofía Reyes.

◆

Llegaron al balneario de Vyšné Ružbachy a las once y cuarenta, y llegaron en nueve autos, y los cuatro de adelante eran de los Ryzhov.

Fue Ostrov quien entró primero, solo, desarmado, y se quedó veintidós minutos adentro.

Nikolai esperó sobre la grava junto a Sergei, con dieciocho hombres detrás y la certeza absoluta de que, si aquello salía mal, iba a entrar a ese edificio de todos modos y a morir ahí dentro con los dieciocho.

No se lo dijo a nadie. No hacía falta: los dieciocho habían subido a los autos esa mañana sabiéndolo.

A los veintidós minutos, la puerta de hierro se abrió.

Salieron primero los catorce hombres de los Ryzhov, en fila, con las armas al hombro y las manos a la vista, y pasaron a diez metros de los hombres de los Yakovlev, y nadie dijo una palabra, y fue el silencio más caro que Nikolai había oído en su vida.

Después salieron Lev Sarkisov y Marchenko, con una camilla improvisada de dos varas y una manta.

Llevaban a Grigori Ivánovich acostado de lado, con la cabeza sostenida por toda la mano de Marchenko en la nuca, un cilindro de acero entre los pies y un tubo delgado saliéndole de la nariz, y bajaron los cuatro escalones de la entrada despacio, un escalón a la vez, sin doblarle el torso.

Exactamente como les había enseñado una mujer en el suelo de una cocina, con un saco de papas, tres semanas antes.

Y detrás de ellos, con la caja de material bajo el brazo y su propio abrigo doblado sobre el otro, salió Sofía.

◆

Ella se detuvo en lo alto de los escalones y buscó primero en la camilla, y solo después en la grava.

Nikolai cruzó los quince metros y no corrió, porque había treinta y dos hombres armados mirando desde los dos lados, y porque sabía exactamente lo que estaba haciendo con cada paso de esos quince metros frente a todos.

Se detuvo frente a ella.

Sofía dejó caer la caja al suelo.

Y entonces hizo lo único que él no había previsto en ninguno de los escenarios que había armado en el camino: le puso las dos manos en el rostro, le giró la cabeza hacia la luz, y lo revisó.

Frente. Sienes. Detrás de la oreja. El cuello, con los dos pulgares, buscando de arriba abajo.

Le abrió el cuello de la camisa de un tirón y le miró la clavícula y el hombro derecho, y pasó la mano abierta sobre el esternón, y bajó por las costillas con los dedos abiertos, apretando apenas, con la misma actitud clínica y completamente impersonal con que habría examinado a cualquier otro hombre de esa grava.

—De quién es esta sangre —dijo ella.

—Del viejo.

—¿Toda?

—Toda.

Ella cerró los ojos por un segundo entero. Después los abrió y siguió el examen, y llegó a la muñeca izquierda de él, y se detuvo.

—Esto sí es suyo.

Había un corte de dos centímetros en la base de la mano, de piedra o de revoque, que él no había visto ni sentido en cinco horas.

—Sí.

—Necesita limpieza y no necesita puntos —dijo Sofía, y la voz se le quebró justo en la palabra «puntos», y ella la sostuvo con un esfuerzo que él vio entero—. Tiene sangre seca en el pliegue del codo y no ha comido desde ayer.

—No.

—Usted es lo peor que me ha pasado en la vida —dijo ella.

Y entonces le entregó, con las dos manos, el abrigo doblado, como se entrega algo que se guardó para otra persona —y ella no lo abrazó, y él no la abrazó, y los dos se quedaron así, con treinta y dos hombres armados mirando, y eso lo vieron todos.

◆

Grigori entró en el auto del medio a las once y cincuenta y nueve, con el cilindro sujeto al asiento con un cinturón y Sofía de rodillas a su lado.

Ostrov se acercó a la puerta antes de que la cerraran.

No miró hacia dentro del auto. Se quedó de frente a Nikolai, con las manos en los bolsillos, y dijo, en el francés educado de siempre, lo último de esa mañana:

—La tregua es mía, señor Yakovlev. No es de mi casa.

—Retrocedió medio paso—. Vale mientras yo esté vivo, y el hijo de Anatoli tiene treinta y un años y va a querer un nombre antes de que termine el invierno.

—Una pausa exacta—. Así que encuentre a la persona que apagó esas velas antes de que la encuentre yo.

Y cuando la encuentre, no la mate: el viejo pagó a trece personas por esa cuenta, y yo pienso leer el final sentado.