Capítulo 39
El cilindro llegó a las cuatro y diez de la madrugada. El ruido llegó antes que la imagen: acero rodando sobre piso de baldosas, el sonido más feo y más hermoso de esa semana.
Ella lo montó todo en nueve minutos. Reductor, flujómetro, humidificador con agua destilada hasta la marca, catéter nasal y no mascarilla, porque una mascarilla en un viejo con neumonía da claustrofobia y un viejo con claustrofobia se lo arranca todo a las tres de la madrugada.
Abrió a dos litros por minuto y se puso de rodillas junto a la cama, con dos dedos en el pulso de Grigori y los ojos en el reloj de la pared.
Tardó veintidós minutos.
A los veintidós minutos, los labios de él dejaron de tener ese tono que ella odiaba, la respiración bajó de veintiocho a veintidós, y el viejo, que llevaba dos días trabajando para respirar como quien sube una escalera sin llegar nunca al piso, se durmió.
Sofía se quedó mirando aquello con algo cálido y completamente desproporcionado en el pecho.
No era victoria. Sabía exactamente el tamaño de lo que tenía: dos días de gas, un antibiótico que estaba funcionando y un hombre de ochenta y un años con una costilla rota, lo cual seguía siendo una cuenta mala.
Pero en cincuenta y cinco días de esa guerra era lo primero que había hecho de principio a fin, sola, y que había funcionado.
Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared fría y se quedó escuchando el generador.
Faltaban dos horas para las seis.
◆
Contó esas dos horas como se cuenta un turno de guardia. No pensó en él a propósito, y después pensó, y después dejó de pensar de nuevo, y de las cuatro veces que se descubrió pensando, las cuatro fueron con la misma imagen: un hombre entrando solo a un lugar que había elegido otra persona.
A las seis el generador arrancó, cuarenta minutos, como todos los días.
A las siete y veinte cambiaron el apósito del quemado y ella vio que la cinta del brazo de Grigori había sido volteada durante la noche y repuesta con sus dos letras hacia abajo.
Alguien la leyó. Alguien la leyó y devolvió el mensaje volteado.
A las ocho y cuarenta llegaron los autos.
◆
Fueron tres, y llegaron rápido, y el primero entró al patio del galpón sin apagar el motor.
Sofía estaba en el cuarto del quemado cuando la temperatura del lugar cambió, y cambió por el sonido: hombres gritando en ruso, todos a la vez, un choque de metal, y una puerta cerrándose con una fuerza que no era prisa, era rabia.
Se puso de pie.
El primero que entró no tocó la puerta, no pidió permiso, no tuvo ninguna cortesía, y era el mismo hombre que cuatro días antes había esperado en el umbral para decirle que tenía cinco minutos y que él tenía un lápiz.
Cruzó el cuarto, la tomó del brazo por encima del codo y la llevó por el pasillo sin decir una palabra.
—Me está lastimando.
Él no aflojó.
Al final del pasillo había una puerta de hierro que ella nunca había visto abierta, y del otro lado había ocho o nueve hombres de pie en lo que debía de haber sido un vestíbulo. Todos hablaron a la vez cuando ella entró. En medio del ruso, dos palabras quedaron de pie.
Una era Ryzhov.
La otra era Pakhan.
El hombre la soltó en medio del vestíbulo, y un segundo después había un cañón apoyado bajo su oreja, y Sofía se quedó muy quieta —no por valentía, sino porque diez años de guardias le habían enseñado que la única manera de sobrevivir a un hombre fuera de control es no darle ningún movimiento al que pueda reaccionar.
Y entonces alguien dijo, en francés, con acento duro y la voz rota de quien lleva diez minutos gritando:
—Su hombre mató al viejo.
◆
A partir de ahí las cosas sucedieron fuera de orden, y Sofía las guardó fuera de orden, y después tuvo que reconstruirlas como se reconstruye la línea de tiempo de un paciente que llega sin acompañante.
Anatoli Ryzhov estaba muerto.
Sofía nunca había oído ese nombre, y lo oyó cuatro veces en dos minutos, y para la cuarta ya sabía que era el viejo del que dependía toda esa gente, porque un grupo de hombres armados solo grita así cuando pierde lo que decidía por ellos.
Recibió un tiro en la cabeza, dentro de la iglesia, a las seis y veinte de la mañana.
El Pakhan de los Yakovlev estaba sentado a un metro de él.
Y eso era lo que esos hombres sabían, y era lo único que necesitaban saber: con una claridad helada, su aritmética era perfecta, y Sofía estaba del lado equivocado de ella: un viejo de setenta y nueve años había ido a negociar solo con el enemigo y había vuelto dentro de un ataúd, y el enemigo había estado a un metro.
El cañón seguía bajo su oreja.
—Está bien —dijo Sofía, en francés, con la voz más plana que pudo—. ¿Trajeron heridos de la iglesia?
El hombre que gritaba parpadeó.
—¿Qué?
—Llegaron con tres autos y oí gritos de dolor en el patio, y un grito de dolor no es de rabia.
—No se movió ni un milímetro—. Si me van a matar, mátenme después.
Soy la única persona de este edificio que sabe qué hacer con un agujero de bala, y dentro de cuarenta minutos van a querer eso más de lo que quieren matarme ahora, y para entonces va a ser tarde.
Hubo dos segundos en los que la cosa pudo haber ido para cualquier lado.
Después habló una voz detrás de ella —no fuerte, y en ruso — y el cañón se retiró.
◆
El hombre de la iglesia tenía poco más de veinte años y una herida de salida en el hombro izquierdo del tamaño de una nuez.
Sofía trabajó en él durante cuarenta minutos sobre una mesa de mármol que debía de haber servido para masajes sesenta años antes, y trabajó con rabia fría y las manos perfectamente firmes, y mientras trabajaba hizo lo que siempre hacía con un cuerpo que llegaba de un lugar donde ella no había estado: leyó.
El trayecto era de arriba abajo y de atrás hacia adelante. Él estaba de frente al altar cuando recibió el disparo.
No había pólvora quemada en ninguna parte, lo cual indicaba distancia.
Y había, en la pierna izquierda del pantalón y en el borde del abrigo, salpicaduras finas de sangre seca que no era de él: salpicaduras de alguien que había estado a menos de metro y medio de otra persona cuando esa persona recibió un tiro en la cabeza.
—Usted estaba del lado del viejo —dijo Sofía, en francés.
El muchacho no respondió.
—No pregunto por curiosidad. —Irrigó la herida—. Si estaba de su lado, estaba dentro de la iglesia. Necesito saber cuánto tiempo pasó en el suelo antes de venir aquí, porque eso cambia lo que hago con este hombro.
—Quince minutos —dijo él—. Tal vez veinte.
—¿De dónde vino el disparo?
Cerró los ojos.
—De la sacristía.
Sofía detuvo la pinza en el aire.
La sacristía. No de la calle, no de la puerta grande, no del atrio donde estaban los hombres que registraban a todos. De adentro. De una puerta lateral que solo se abre por dentro.
—¿Cuántos disparos?
—Dos. —El muchacho tragó saliva—. El primero al viejo. Después todos se movieron y alguien apagó las velas y hubo cuatro o cinco más, y esos fueron nuestros, y no sé a quién le dieron.
—¿Y el hombre que estaba sentado frente a él?
Silencio.
—Estoy preguntando algo clínico —mintió Sofía, y mintió con la voz lisa, tal como había aprendido de su propio padre y después perfeccionado con un Pakhan—. Si viene otro herido, necesito saber cuántos.
—Tenía el sobre en la mano —dijo el muchacho—. Cayó al suelo junto con todos. Después hubo humo de velas y hubo disparos y no vi nada más.
—¿Salió caminando?
El muchacho abrió los ojos y la miró, y por tres segundos fue solo un chico de poco más de veinte años acostado en una mesa fría.
—Andrei dijo que sí —dijo—. Y Yura dijo que de esa iglesia no salió caminando nadie.
◆
Terminó con el hombro, lo cubrió, y se lavó las manos hasta el codo en una pila de baldosas trizadas con agua que salía caliente del piso.
Fue al levantar la vista cuando vio a la mujer.
Estaba parada del otro lado de la mesa de mármol, junto a la caja de material, y debía de llevar ahí un buen rato, porque había abierto una jeringa y preparado un frasco mientras Sofía trabajaba, sin hacer ningún ruido.
Cincuenta y tantos o sesenta años. Baja, sólida, pelo canoso recogido en un moño que ninguna mujer usa por vanidad. Sin anillo. Uñas cortadas hasta la carne viva y las manos agrietadas de tanto lavarse, exactamente como las de Sofía.
Fue a las manos de la mujer adonde miró Sofía primero, y las manos respondieron la pregunta antes que cualquier otra cosa: la mujer sostenía la jeringa apoyada en el dedo medio, con el pulgar libre, como se enseña a quien va a aplicar inyecciones de pie, en pasillos, decenas de veces al día.
—El acceso del viejo es mío —dijo la mujer, en francés.
Un francés limpio, sin acento del Este. Un francés de quien aprendió francés en la primera infancia.
—Lo sé —dijo Sofía—. Tres tiras del mismo tamaño y lazo de seguridad. Nadie hace un lazo de seguridad con prisa.
La mujer la miró un instante.
—Usted escribió dos letras en mi cinta.
—Las escribí.
—No lo haga más. —Llenó la jeringa y leyó el volumen contra la luz—.
La volteé porque, si alguno de esos hombres de ahí afuera entendiera lo que significa firmar un apósito, usted no estaría de pie ahora.
—Golpeó el émbolo dos veces—. No es un mensaje.
Es la segunda vez que la saco de un problema, y usted no va a saber cuál fue la primera.
Sofía se quedó muy quieta.
—Usted trató la pierna de Madame Perrin.
—La traté.
—Úlcera del tercio inferior, cara medial, pierna izquierda.
—Es una anciana simpática, y tenía un apósito espantoso puesto por una enfermera de posta que lo cambia cada dos días porque a la posta ya no le pagan más.
—La mujer dejó la jeringa—. No me lo agradezca.
Yo hago mi parte y después me voy, y lo que les pase a las personas después de que me vaya no es asunto mío.
—Es lo más cobarde que le he oído decir a alguien del oficio.
—Lo es —dijo la mujer, sin ofenderse en absoluto—. Y usted va a decir la misma frase dentro de veinte años, con las mismas palabras, si tiene la suerte de llegar hasta ahí.
Después tomó la caja y se fue hacia el pasillo del viejo, y Sofía se quedó con algo nuevo clavado y sin lugar adónde ir: la mujer escribía la hora en las cintas con letra de imprenta trazada carácter por carácter, y hablaba francés como quien nació hablándolo, y conocía los apósitos de las postas de barrio francesas por el nombre del defecto.
◆
Grigori estaba despierto cuando ella entró, con el catéter en su lugar y la respiración en veintiuno.
—Oí —dijo él.
—¿Qué oyó?
—El nombre. —El viejo tenía los ojos en el techo—. Anatoli Filíppovich. —Una pausa larga, y ella vio subir su pecho tres veces antes de la frase siguiente—. Jugué ajedrez con ese hombre en mil novecientos ochenta y seis. En una mesa de jardín. Los dos de traje.
—Está muerto.
—Lo sé. —Grigori cerró los ojos—. Entonces ya no queda nadie, aparte de mí, que estuviera vivo y despierto aquel domingo y supiera los dos lados.
Sofía se sentó al borde de la cama.
—Grigori. ¿Quién le disparó?
—Diez palabras.
—Úselas.
El viejo tomó aire.
—Quien disparó no estaba ahí para matar a Anatoli —dijo—. Estaba ahí para impedir que terminara la frase.
Y aquello caló en Sofía por completo, como cala una información que reordena todo un caso: no era venganza, no era guerra, no era una emboscada de familia contra familia.
Alguien había entrado a una iglesia fría para callar una boca de setenta y nueve años, y había elegido el único momento en que los dos jefes de las dos familias estarían en la misma sala, viéndose el uno al otro hacer aquello.
—Creen que fue él —dijo ella.
—Todos van a creerlo. —Grigori giró la cabeza despacio—. Y sus hombres, ahí afuera, van a hacer lo único que hace un hombre sin jefe. Muchacha, usted no tiene esta noche. Tiene esta mañana.
—Necesitan que usted viva.
—Necesitaban. —El viejo levantó dos dedos de la sábana y los dejó caer—.
Quien necesitaba que yo viviera era Anatoli, porque era el único que todavía quería saber.
Estos de aquí no quieren saber nada. Quieren a alguien a quien poner en el lugar del hueco.
—Una pausa de tres respiraciones—. Y yo soy un viejo ruso con un catéter en la nariz, y usted es la mujer del hombre al que creen que disparó.
—No soy mujer de nadie.
—Dígaselo a ellos —dijo Grigori—. Va a ser lo más gracioso que oiga ese pasillo en todo el año.
◆
A las once y diez trajeron las cosas de la iglesia al vestíbulo y las tiraron sobre el piso de baldosas, porque era lo único que se podía hacer: bolsas de plástico con lo que habían recogido a las apuradas del suelo antes de salir.
A Sofía la mandaron a separar lo que fuera material médico, y obedeció con la cabeza baja, y se arrodilló en medio de todo aquello con las manos frías.
Había cajas de gasas. Había un par de guantes. Había una manta de lana doblada a las apuradas con sangre solo de un lado, y ella reconoció, por la forma de la mancha, que era la manta que había estado sobre las rodillas de un hombre sentado.
Y había un abrigo.
Oscuro, largo, de lana pesada, con el forro escapándose por dentro de la manga y un botón de hueso a la altura del pecho.
Sofía dejó de respirar.
Conocía ese abrigo. Lo había visto desde abajo, la noche en que llegó, sobre la grava de otra casa.
Había visto ese abrigo mojado en el umbral de una cocina a las seis de la mañana.
Había visto ese abrigo colgado de una silla mientras dos manos le abrían la camisa, cinco noches antes, en un ala oeste a cincuenta kilómetros de ahí.
Se llevó el abrigo al regazo con las dos manos.
Y lo registró como registraba a un paciente inconsciente, por partes, del revés, sin prisa, porque la prisa hace perder cosas.
El cinturón no estaba. La pluma no estaba.
En el bolsillo interior, doblada en cuatro, había una hoja escrita a máquina de seis líneas con la fecha de ese día, y la hoja empezaba con «edificio de la calle Longchamp» y ella no pudo leer el resto porque las letras dejaron de significar nada durante unos diez segundos.
Después dejó la hoja a un lado y abrió el abrigo entero frente a ella, a la luz de arriba, como se abre un vendaje grande, y pasó los dedos por cada centímetro de la tela.
La sangre estaba en el cuello, en la solapa derecha y en los primeros diez centímetros del hombro. Era mucha, y estaba seca, y había corrido hacia abajo y hacia adentro, empapando el forro a la altura del pecho.
Y no había ningún agujero.
Ni en la lana, ni en el forro, ni en la costura del hombro: ningún rasgón, ninguna quemadura de pólvora, ninguna entrada. La tela estaba entera del cuello al ruedo.
Esa sangre había caído desde arriba.