Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

—Vino solo —dijo Anatoli Ryzhov.

—Usted lo pidió así.

—Lo pedí, y no pensé que viniera. —El viejo se acomodó la manta—.

Su padre no habría venido. Su padre habría mandado tres autos y habría quemado esta iglesia con todos adentro, y después habría pagado una misa en otro lugar por su propia tranquilidad.

Conocí a su padre durante treinta y un años y nunca logré que me cayera bien, y lo extraño todos los días, y no espero que usted lo entienda ahora.

—Tiene usted a un hombre de mi casa y a una mujer de mi casa.

—Los tengo. —Sin ceremonia alguna—. Y usted tiene, en su casa, algo que yo busco desde hace veintiséis años, y no sabe que lo tiene, y por eso estamos los dos en esta iglesia en vez de estar en una carretera matándonos, que es lo que hacen nuestras dos familias desde antes de que yo naciera.

Ostrov no se sentó y no habló. Se quedó donde estaba, con las manos cruzadas al frente, con la actitud de quien ya oyó eso antes y no le gusta.

—Mil novecientos noventa y nueve —dijo el viejo—. Usted encontró una fecha escrita al margen de una hoja, con la letra de su padre, con tres palabras debajo. «Nos avisó.»

Nikolai no movió un músculo.

—Sé de esa hoja porque sé lo que había en esa caja de Grigori Ivánovich, y lo sé desde hace mucho más tiempo que usted.

—Anatoli tosió y siguió—. Usted sabe lo que fue aquel domingo.

Un almuerzo, una casa de campo, trece personas, y su familia no fue porque un enfermero español de Marsella mandó un aviso de casualidad.

Es la historia que usted compró con seis meses de trabajo, y es verdadera de principio a fin.

—Lo es.

—Y es la mitad de arriba. —El viejo levantó dos dedos del puño del bastón—. Aquel domingo murieron trece personas, señor Yakovlev. No fueron las suyas. Fueron las mías.

El frío de la iglesia entró en Nikolai por un camino nuevo.

—Mi hermano, dos sobrinos, cuatro hombres míos y la esposa de uno de ellos, que estaba embarazada y había ido a llevar un pastel —siguió Anatoli, y lo recitó con la naturalidad de quien lleva veintiséis años recitando esa lista—.

Estaban en un almacén a once kilómetros de ahí, esperando un encuentro que nunca sucedió, porque mi familia no apareció en el almuerzo, y porque quien había montado las dos cosas necesitaba sangre ese día y tomó la sangre que tenía disponible.

—Me está diciendo que la emboscada no era de ustedes.

—Le estoy diciendo que la emboscada se montó contra los dos —dijo el viejo—, el mismo domingo, por la misma persona, y que el aviso del español salvó a cuatro muchachos Yakovlev y a mí me costó trece.

Y que pasé veintiséis años convencido de que el aviso era la prueba de que había sido su padre.

—Golpeó el bastón una vez contra el piso de piedra—.

Enterré a trece personas por culpa de un papel que decía «nos avisó», y usted pasó nueve años enterrando a una mujer por culpa de una llamada telefónica, y los dos estamos aquí hoy porque la misma persona escribió las dos cuentas.

◆

—El nombre —dijo Nikolai.

—Usted le compró un nombre a un moribundo, y el nombre es verdadero.

—Anatoli inclinó la cabeza—. Quien levantó el teléfono aquella tarde de noviembre y le dijo a su esposa que la escolta la encontraría en la carretera fue exactamente quien dijo el español que fue.

Lo sé porque nosotros le pagamos a ese hombre siete años antes, en un almacén en Constanza, y nunca fue nuestro. Era solo la mano.

—Y la cabeza.

—La cabeza es la razón por la que vendí una terminal, un fondo y dos edificios en cinco semanas, y es la razón por la que estoy sentado en una iglesia fría a los setenta y nueve años en vez de morirme en mi casa.

—El viejo lo miró de frente—. Le voy a dar el resto.

Hoy, aquí, y junto con Grigori Ivánovich, a quien le devuelvo respirando, si la señorita que usted metió en su casa sabe lo que está haciendo, y lo sabe. Esa es mi parte del trato.

—Y su precio.

—La muchacha se queda conmigo.

Nikolai no se movió. No dijo nada. Del lado izquierdo del altar, Ostrov giró la cabeza medio centímetro y se quedó mirando una vela.

—Hasta el final —siguió el viejo, sin ninguna crueldad en la voz, lo cual empeoraba todo—.

No es rehén y no va a ser tratada como rehén, y le doy mi palabra, y usted sabe cuánto vale mi palabra, porque en treinta años los Ryzhov nunca tocaron a una mujer de ninguna casa, ni de la suya.

Se queda porque es la única garantía que existe de que usted no va a usar lo que le diga hoy para venir a cobrármelo mañana.

—Abrió la mano sobre la manta—. Un viejo de ochenta y un años con los dos pulmones llenos, que es lo que vino usted a buscar y es la pieza más barata de esta mesa, a cambio de la mujer.

Le ofrezco el intercambio que usted juró ante su consejo que no haría.

—Tiene usted gente en mi mesa.

—Tengo oídos en todas partes, y usted también. —Anatoli se encogió de hombros despacio—. No confunda las cosas. No es mi hombre el que está sentado en su sala sin ventanas, señor Yakovlev. Es el suyo.

Y ahí estaba, dicha en voz alta en una iglesia vacía, la única frase de esa mañana que Nikolai no había previsto: el viejo hablaba del tercero en tercera persona, como se habla de alguien que no es aliado de nadie.

—Diga el nombre —dijo Nikolai.

—Diga que sí primero.

—No.

—¿No? —El viejo levantó las cejas blancas—. Usted liquidó lo que era suyo en tres días. Dos casas en Mónaco. Un terreno de puerto. Sé lo que puso usted sobre la mesa de su consejo y sé lo que les dijo a esos hombres de pie en el patio de una fábrica. Está listo para pagarlo todo.

—Lo estoy. —Nikolai apoyó los antebrazos en las rodillas y acercó el rostro hacia adelante—.

Pago todo lo que es mío. Ella no es mía.

Esa es la parte que usted no logró comprar con información suficiente para entender, y se la voy a explicar gratis, porque usted perdió a trece personas y merece una respuesta completa.

—Sostuvo la mirada del viejo—. Si cambio a esa mujer por un nombre, aunque ella estuviera de acuerdo, y estaría de acuerdo, porque es capaz de aceptar algo así en cuatro segundos, entonces dejo de ser el hombre por quien ella se quedaría.

Perdería lo que vine a buscar aquí en el mismo minuto en que lo ganara.

Usted me está ofreciendo una casa que solo existe mientras sigue en pie, y me pide que pague con los cimientos.

—Bonito —dijo Anatoli Ryzhov—. Y el viejo se muere.

—El viejo se muere, y yo cargo con eso. —La voz de Nikolai no subió de tono—.

No vine a negociar a la muchacha. Vine a decirle, de frente, algo que usted puede verificar: a los trece de su familia, a mi esposa y al padre de esa muchacha los pagó la misma mano, y esa mano está viva, y voy a ir por ella con usted o sin usted.

Con usted es más rápido. Sin usted me toma dos años, y en esos dos años nuestras dos casas gastan gente que no tenía por qué morir, y el único que gana es él.

El viejo se quedó callado un buen rato, y la campana marcó el cuarto de hora, y el sonido rajado llenó la iglesia y se fue apagando.

Después hizo algo que Nikolai no esperaba.

Sacó de debajo de la manta un sobre de papel madera, viejo, gastado en las esquinas, y lo puso sobre su rodilla.

—Mi hijo me dijo que no trajera esto —dijo Anatoli Ryzhov—.

Kirill me dijo lo mismo esta mañana, y Kirill trabaja para mí desde hace veinte años y nunca me ha dado un mal consejo, y hoy voy a desobedecerlos a los dos.

—Abrió el sobre con dedos temblorosos—. Aquí adentro está la mitad de abajo del nombre, y una fotografía de mil novecientos noventa y nueve, y el comprobante del pago que usted buscó en los libros de su casa y no encontró porque nunca estuvo en los libros de su casa.

Nikolai extendió la mano.

El viejo puso la fotografía encima del sobre, boca abajo, y la empujó por el borde con dos dedos.

—Usted la va a reconocer —dijo—. La va a reconocer y va a querer que yo esté mintiendo, y después va a contar los años usted solo y va a ver que no miento.

Nikolai volteó la fotografía.

Y desde el fondo de la iglesia, del lado de la puerta de la sacristía, llegó un chasquido seco y pequeño, sin ningún eco —y la cabeza de Anatoli Ryzhov cayó hacia atrás.