Capítulo 37
La instrucción llegó a las once y diez de la noche del miércoles, y llegó de la mano de un hombre que no sabía lo que estaba cargando.
Era el taxista de siempre —el mismo viejo que había traído a Madame Perrin—, pagado en efectivo por un pasajero que subió en Prešov y bajó a seiscientos metros del portón de la Vorenhaus y volvió a pie por la carretera.
Sergei lo interrogó durante veinte minutos con mucha amabilidad y el hombre no tenía nada: un abrigo oscuro, un sombrero, guantes dentro del auto en noviembre, que es la cosa más normal del mundo y es también la manera más simple de no dejar huellas.
Dentro del sobre había una hoja con cuatro líneas.
Letra de imprenta. Cada carácter trazado por separado, con la misma presión del principio al fin.
—Es la misma mano de la hoja de la cocina —dijo Dmitri.
—Es la misma mano de todo. —Nikolai puso la hoja junto a las otras dos, bajo la lámpara, y las tres caligrafías eran una sola—. Quien escribe los mensajes de esta guerra es una persona, y esa persona no escribe en ruso, y no le confía su propia letra a nadie.
◆
El rastro del oxígeno llegó a las once y cuarenta, cuarenta minutos después de la hoja, porque Sergei no había dormido en dos días y porque la mujer a quien había mandado vigilar tenía razón desde el principio.
—Depósito con licencia en Michalovce —dijo él, con el cuaderno abierto—.
Doscientos diez kilómetros del final del rastro de neumático, que es el único lugar lo bastante lejos como para que les pareciera seguro.
Cilindro medicinal de cuatro metros cúbicos, reductor con flujómetro, humidificador y agua destilada.
Retirado ayer a las cinco y veinte de la tarde, pagado en efectivo, con depósito de garantía.
—¿Nombre en el libro?
—Nombre de alguien que existe. —Sergei volteó la hoja—.
Un camionero jubilado de sesenta y tres años, con dirección verdadera, documento verdadero y una nieta operada del corazón en dos mil veintitrés.
Fui a verlo. El hombre estaba en su casa, cenando, y casi se muere del susto, y no es traidor de nadie: firmó un papel para un señor educado que pagó la operación de la niña y nunca más volvió a aparecer.
—Le debe un favor.
—Todos le deben un favor. —Sergei cerró el cuaderno—. Es el mismo método que usó usted la semana pasada con diecinueve hombres de nuestra casa. La diferencia es que ellos empezaron hace más tiempo.
Nikolai leyó la lista de compras por tercera vez.
Estaba todo ahí, en letra de dependiente, copiado de otra hoja: cilindro, reductor, humidificador, agua destilada estéril de dos litros, catéter nasal, apósito no adherente con plata para la cara, diez unidades —y, entre paréntesis, una segunda opción de marca, por si la primera no existía.
Nadie escribe la segunda opción entre paréntesis. Un dependiente no escribe así. Un soldado no escribe así. Escribe así quien pasó diez años pidiendo material para una clínica sin dinero y aprendió que una lista sin alternativa vuelve vacía.
—¿Es su letra? —preguntó Dmitri.
—No. La copiaron. —Nikolai puso el dedo sobre el paréntesis—.
Pero es su cabeza. Ella escribió la lista y sabía exactamente lo que estaba escribiendo, porque un cilindro no se vende: se alquila, y el envase que se devuelve exige una firma.
Puso un nombre en el libro de un depósito a propósito, y Ostrov lo dejó pasar, porque no tenía otra opción.
—Entonces está viva y trabajando.
—Está viva, trabajando, y enviándome un mensaje desde doscientos diez kilómetros con un cilindro de gas.
—Le devolvió la hoja a Sergei—. Mientras yo esté en esa iglesia, tú vas tras el camión que hizo la entrega.
El envase se devuelve, Sergei. Alguien fijó una fecha para retirar ese cilindro, y la fecha está escrita en el libro del depósito, y la dirección del retiro también.
◆
Pasó la madrugada firmando papeles.
Fue la parte que menos le costó y la que más detestó Dmitri: un poder notarial, una carta al consejo, la instrucción de que Dmitri Yakovlev asume como Pakhan interino si él no regresaba antes del mediodía del sábado, y la lista de las diez personas que seguirían recibiendo su parte pasara lo que pasara, con Tarasov como depositario, tal como se lo había prometido a los cuarenta y un hombres en el patio.
Y una línea sola, al final, escrita a mano:
La hoja de Marsella se sigue escribiendo todos los días, a la misma hora, y se sigue dejando encima de esa cama.
—Está haciendo testamento —dijo Dmitri.
—Estoy haciendo inventario. Es distinto y lo sabes.
Sasha entró a las cuatro de la mañana, con mochila, con pasaje de tren a Viena y de ahí a Marsella, y llevaba seis días sin emborracharse.
—Cementerio Saint-Pierre, división diecinueve, tumba número cuatro mil treinta y dos —recitó—. Fotografío la lápida, fotografío el libro del cementerio, le pago al sepulturero, vuelvo.
—¿Y si no hay nombre en la piedra?
—Entonces compro el registro de concesión, que siempre tiene el nombre de quien pagó. —El hermano se acomodó la correa de la mochila—. Nikolai. Quería ir contigo a la iglesia.
—Lo sé.
—Habría sido inútil.
—Habrías sido inútil y yo habría estado mirándote a ti en vez de mirarlos a ellos. —Nikolai le puso la mano en el hombro, una vez, y fue la primera vez en nueve años—. Ve a Marsella. Si no vuelvo, lo que traigas de ahí es lo único con lo que Dmitri va a poder trabajar.
En la cocina, a las cinco menos veinte, Irina le sirvió un café que él bebió de pie.
—La caja de metal —dijo él—. La señorita Reyes dijo que se quedaba con usted.
—Se queda.
—Si hoy sale mal, entregue los sobres.
—No. —La anciana siguió lavando la olla—. Los entrego cuando ella lo ordene. Así fue como me lo dijo, en mano, uno por uno, y ella va a volver y va a querer saber cuántos quedan. —Cerró la llave del agua—. Coma algo antes de irse, señor. Ella habría querido que comiera.
◆
La iglesia de Nová Ves quedaba a seiscientos metros de la fábrica de azúcar quemada, y el viento venía de la fábrica, y por eso lo que sintió Nikolai al bajar del auto a las cinco y cincuenta y tres de la mañana fue olor a madera mojada y quemada.
La campana sonó las seis cuando él cruzaba el atrio.
Estaba rajada. Le tomó medio segundo entender por qué ese sonido le subía por la nuca, y después lo entendió: era la campana que una anciana de ochenta y dos años había oído cada quince minutos durante tres semanas, acostada en un cuarto, contando las campanadas porque no tenía otra cosa que hacer.
Había cuatro hombres en el atrio y ninguno de ellos tenía un arma en la mano.
Lo registraron de pie, despacio, con respeto. Le quitaron el abrigo, el cinturón y la pluma. Uno de ellos pidió permiso antes de tocarlo, y Nikolai anotó mentalmente esa cortesía y lo que significaba: aquello no era una escolta de gente que iba a matarlo ahí mismo.
Adentro, la iglesia estaba fría y sin luz eléctrica, y había velas encendidas al frente, y alguien había puesto dos sillas de cocina una frente a la otra en la boca del altar, lo cual era una elección tosca a propósito.
Kirill Ostrov estaba de pie, a la izquierda.
Y en la silla de enfrente, sentado, con una manta sobre las rodillas y las dos manos en el puño de un bastón que no era el de Grigori, había un hombre muy anciano.
Nikolai lo reconoció antes de que levantara el rostro, y lo reconoció por algo absurdo: por la forma del cráneo, que estaba en una fotografía de mil novecientos ochenta y ocho guardada en el archivo del ala oeste, en una caja que había etiquetado el propio padre de Nikolai.
Anatoli Ryzhov.
Setenta y nueve años. Fuera de su propio país desde hacía treinta. Ningún hombre vivo de los Yakovlev lo había visto de cerca desde antes de que Nikolai se afeitara por primera vez.
—Siéntese —dijo el viejo, en ruso—. Ya no me levanto, y no voy a hacer que usted me hable desde arriba.
Nikolai se sentó.