Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

El primer inventario Sofía lo hizo con los ojos cerrados, acostada de lado en el colchón, antes de dejar que nadie supiera que se había despertado.

Fue lo que ella le había hecho hacer a Madame Perrin sin saber que le estaba enseñando, y ahora era ella la que estaba en la silla del otro lado de la mesa, y la diferencia entre una cosa y otra era el tiempo que se tarda en entender que la propia cabeza es el único instrumento que nadie confisca.

Sonido. Ninguna campana. Ahí no había campana, y eso ya decía que ya no estaban en el lugar donde habían puesto a la anciana, porque la anciana había oído una campana rajada cada quince minutos durante tres semanas y ahí no había nada de eso.

Había agua. Agua corriente en un caño ancho, detrás de la pared, en un ruido constante que no paraba ni de madrugada.

Había un motor que arrancaba a las seis y a las dieciocho y trabajaba cuarenta minutos —generador, y generador con horario quiere decir combustible racionado.

Y había, tres veces por día, un crujido largo en algún lugar arriba del techo, del tipo que hace una estructura de metal cuando el sol le pega y después cuando el sol se va.

Olor. Cal mojada, hierro, y debajo de todo eso, insistente, el olor a huevo podrido que ella conocía de dos termas municipales donde había trabajado a los veintidós años.

Azufre.

Sofía abrió la canilla del rincón el segundo día y dejó la mano debajo durante treinta segundos, y el agua salió caliente —caliente sin ningún calefón, caliente desde el principio, con ese gusto metálico en la punta de la lengua.

Agua termal. Un edificio grande, de azulejos, con eco de galpón y olor a piscina en desuso, en un lugar donde el agua sale caliente del suelo.

Guardó los cuatro datos en la misma cabeza donde había guardado, durante diez años, el cajón exacto de doscientos medicamentos, y no escribió nada, porque no había dónde escribir con seguridad y porque quien escribe entrega dos veces: la información y el hecho de haberla juntado.

◆

Grigori estaba en el cuarto de al lado, en una cama de hierro con buen colchón, y era por el buen colchón que se veía cuánto valía para ellos.

—Niña.

—No hable. —Sofía puso los dedos en su muñeca—. Hable después de que cuente.

Ciento dos, fino, irregular en el tercer latido.

La piel del brazo se levantaba en pliegue y tardaba en volver.

Los labios agrietados. Y el sonido —apoyó el oído en el dorso de la mano sobre la espalda de él, a falta de otra cosa, y oyó en la base del pulmón derecho el ruido de una suela pisando nieve fresca.

—Está mejor que ayer —dijo—. También está más caliente que ayer, y las dos cosas van juntas.

—Usted miente muy bien para alguien que pasó la vida cosiendo sin preguntar.

—No mentí. Elegí qué mitad decir. —Le acomodó la almohada y se la subió quince centímetros, porque un viejo acostado plano no expande bien la base del pulmón—. Aprendí esa parte aquí, en los últimos dos meses. Con usted no la voy a usar.

Grigori se rió, y la risa se convirtió en tos, y la tos tardó cuarenta segundos en terminar y lo dejó con los ojos llorosos.

Tenía ochenta y un años, una costilla rota del lado izquierdo que nadie había visto porque nadie la había buscado, y un hematoma del ancho de una mano sobre la cresta ilíaca.

Sofía le había revisado el cuerpo entero la primera noche, y lo que había aprendido del cuerpo era lo siguiente: lo habían tirado en la grava, arrastrado, cargado por una escalera y puesto de espaldas en un auto, y en ningún momento nadie se había tomado el trabajo de sostenerle la cabeza.

—Usted no debería estar aquí —dijo el viejo.

—¿Usted golpeó mi puerta primero? —Le tomó la temperatura—. No. Yo golpeé la suya. Once minutos, con frío, en su umbral.

El rostro de él se cerró.

—Lo sé.

—No vine a cobrar. —Sofía anotó el número de memoria y pasó a sus manos, que estaban frías y sucias con una suciedad antigua—.

Vine a decirle que ahora usted no tiene puerta.

Los dos estamos del lado de adentro del mismo cuarto y usted me necesita para respirar.

Es lo más parecido a la suerte que me pasó esta semana.

El viejo se quedó mirando el techo de azulejos durante un buen rato.

—Pasé treinta y cinco años guardando papeles —dijo—.

Y la noche en que vinieron a buscar el papel, cargué la escopeta de mi padre y disparé dos veces, y les di a los dos, y ¿quiere saber lo que me da vergüenza?

—Giró la cabeza—. No fue por el papel. No quería que lo encontraran antes de que yo se lo hubiera contado a alguien.

—Entonces cuente.

—No puedo contar rápido. —Levantó dos dedos, y el gesto era de quien ya midió su propio aliento—. Tengo aire para unas diez palabras por vez, niña. Diez palabras por vez es como se cuenta algo así a alguien que va a usarlo en mi contra.

—Entonces deme diez.

Grigori cerró los ojos.

—El nombre que vendió el padre de usted es verdadero.

—Eso ya lo mandaron a decir.

—Y es la mitad de abajo. —Abrió los ojos—. Quien hizo la llamada no decidió hacer la llamada. Quien decidió no agarró ningún teléfono, y por eso el muchacho verificó seis meses y encontró todo correcto, y por eso va a llegar el jueves armado hasta los dientes frente a la persona equivocada.

Sofía se detuvo con el paño en la mano.

—Usted lo llama muchacho.

—Lo vi nacer.

—¿Y qué le digo?

Y el viejo, entonces, dijo la frase que ella iba a cargar exactamente como Madame Perrin había cargado la suya —repitiéndola por dentro cinco veces, sin entender una sola sílaba de lo que significaba, del modo en que se memoriza una posología en un idioma que no se habla.

—Dígale al muchacho que pagué todos los abriles y que no fue culpa. —Grigori tomó aire—. Y que él va a entender cuando abra la división diecinueve.

◆

El vendaje del brazo de él estaba bien.

Fue lo segundo que la inquietó, y la inquietaba desde la primera noche: alguien le había puncionado la vena a ese hombre en la oscuridad, en un sótano, al segundo intento, y había fijado el acceso con tres tiras de cinta cortadas del mismo tamaño, una sobre la otra, con el lazo de seguridad hecho.

Nadie hace un lazo de seguridad con apuro. El lazo de seguridad es hábito de enfermería de doce años.

Y en la cinta de arriba, con bolígrafo, estaba escrita la hora de la última dosis.

Sofía llevó la cinta bajo la luz, el segundo día, y se quedó mirando los números más tiempo del necesario.

Letra de imprenta. Cada carácter dibujado separado del otro, sin ningún trazo de unión, todos con la misma presión de principio a fin, del modo en que dibuja alguien en vez de escribir —alguien que no quiere que su propia caligrafía se pueda leer.

Ya había visto eso antes, y le costó un instante ubicar dónde, y cuando lo ubicó el piso bajó un escalón: era la misma letra del sobre que le pusieron en la mano a Madame Perrin en una parada de autobús, y era la misma letra de la hoja que quedó sobre la mesa de la cocina de la Vorenhaus con la cadena de su padre encima.

La persona que escribía los mensajes era la persona que cambiaba el vendaje.

Y la persona que cambiaba el vendaje no aparecía.

Sofía pasó dos días buscando una cara nueva, y lo que había eran cuatro hombres que se turnaban en la puerta, uno que traía la comida y el del abrigo caro que aparecía a las nueve —y, en algún momento de cada madrugada, entre las dos y las cuatro, una hora en que la encerraban en su propio cuarto y oía pasos del otro lado de la pared.

Pasos livianos. Y el ruido de una tapa metálica de caja de insumos, que ella conocía de memoria.

◆

El hombre quemado apareció la tarde del segundo día, y apareció porque su cara estaba empeorando.

Lo trajeron otros dos y lo sentaron en una silla frente a ella sin una palabra, del modo en que se pone una pieza frente a un mecánico, y Sofía miró aquello —cara derecha, cuello, oreja, una capa de ampollas reventadas y piel que ya le habían arrancado con un paño seco — y reconoció su propio trabajo.

Ella había tirado la olla.

Se quedó quieta dos segundos, y en esos dos segundos pasó todo lo que tenía que pasar: la náusea, el recuerdo del grito en la cocina, y después la cosa fría por debajo, que era el cálculo.

Después se lavó las manos, se puso los guantes y trabajó.

Limpió con suero tibio, no con agua fría, porque en una quemadura de segundo grado tardía el agua fría solo hace temblar al tipo.

Retiró el tejido muerto con pinza y tijera.

Explicó en voz alta cada cosa que hacía, en tono de guardia, y el hombre entendía la mitad y obedecía entero, porque un cuerpo con dolor obedece a quien lo alivia —y Sofía supo, con una claridad obscena, que estaba usando eso a propósito por segunda vez en esa casa, y que la primera había sido con Lev.

—No puede quedar así —dijo, cuando terminó—.

Un vendaje así necesita cambio cada doce horas y una cobertura que no se pegue.

Lo que tienen aquí es gasa de farmacia y se le va a pegar a la cara.

Cuando la saquen, arrancan la piel nueva junto con ella, y ahí ya no es cicatriz: es retracción.

—Se señaló el propio cuello—. En tres meses no va a poder girar la cabeza hacia la derecha.

El hombre del abrigo caro llevaba un rato en el umbral.

—Usted quiere algo —dijo.

—Quiero varias cosas —dijo Sofía—. Las voy a pedir en el orden en que se mueren sus problemas, no en el orden en que a mí me gusten.

◆

Ostrov llegó a las nueve, como siempre, y escuchó de pie.

Era exactamente la voz del teléfono. Educado, sin apuro, y de cerca era peor, porque de cerca se veía que la cortesía no era ninguna máscara: el hombre era realmente cortés, y mandaba hacer el resto de todos modos.

—Usted tiene cinco minutos y yo tengo un lápiz —dijo él.

—Usted tiene a un hombre de ochenta y un años con neumonía por aspiración en el cuarto de al lado, con una costilla rota, en el cuarto día.

—Sofía habló rápido, del modo en que se pasa una guardia—.

Le encontré la vena y ustedes compraron el antibiótico correcto por suerte, porque el que lo compró no sabe qué es un anaerobio de boca y acertó de todos modos.

El antibiótico está funcionando. No es eso lo que lo va a matar.

—¿Qué lo va a matar?

—El aire. —Lo miró—. Está trabajando para respirar desde anoche. Un viejo en ese estado gasta más energía respirando de la que puede reponer, y cuando se cansa, se cansa de una vez, y no avisa. Compraron una mascarilla con reservorio.

—Compramos.

—La mascarilla no genera oxígeno, señor.

La mascarilla lo distribuye. —Sofía mantuvo la voz plana—.

Necesito un cilindro. Medicinal, no industrial.

Cuatro metros cúbicos, que da unos dos días al flujo que va a necesitar, y una válvula reductora con flujómetro, y un humidificador, y agua destilada, y un tubo.

Y lo necesito hoy, porque mañana ya no le va a subir la saturación ni con el doble.

Ostrov no escribió nada.

—Usted sabe qué es un cilindro de oxígeno —dijo, despacio.

—Lo sé.

—Dígame qué sabe. Prefiero oírlo de usted.

Y ahí estaba el punto, y Sofía supo que solo tenía una jugada y que la jugada era no retroceder ni un milímetro.

—Sé que no se compra en una farmacia de aldea, porque una farmacia no almacena gas —dijo—.

Se compra o se alquila en un depósito habilitado, y un depósito habilitado tiene libro, y el libro pide un nombre, un documento y una firma, porque el cilindro es un envase que vuelve.

Por eso me está mirando con esa cara. —Cruzó los brazos—.

Puede no traerlo. Entonces el viejo se muere el jueves a la mañana, probablemente antes de las nueve, y usted sube a la mesa del jueves con un cadáver de ochenta y un años y sin la única persona que sabe leer las hojas que se llevaron de su casa.

No sé qué quiere de ese hombre. Sé el precio de no tenerlo más.

El silencio en el cuarto de azulejos tuvo eco.

—Usted es la segunda persona este año que me explica mi propio negocio —dijo Ostrov por fin—. La primera fue un corredor de Viena, y me gustó mucho menos.

—Usted lo va a traer.

—Lo voy a traer. —Ya tenía el lápiz—. Y voy a hacer tres cosas con lo que usted me acaba de decir, y se las voy a decir en su cara para que no pierda la semana imaginando.

Primero: lo compro lejos. Segundo: lo compro a nombre de gente que existe y que me debe favores.

—Una pausa cortés—. Tercero: no soy tan tonto como para pensar que el señor Yakovlev no pensó esto antes que usted.

Compró estaciones de servicio, compró un hospital y compró a la policía del distrito el lunes a la mañana, a ciento cuarenta por hora, con un teléfono en la mano. Contamos sus llamadas.

Sofía no apartó la mirada, y agradeció diez años de dar malas noticias con la cara tranquila.

—Entonces usted sabe que va a dejar rastro.

—Voy a dejar un rastro que yo elegí —dijo Ostrov—. Es distinto de no dejar ninguno, y es distinto de dejar el que usted elegiría. Escriba la lista.

◆

Ella escribió la lista sentada en el suelo, apoyada en la tapa de una caja, con el lápiz de él.

Escribió a mano, en letra clínica, con los nombres técnicos y las presentaciones exactas, porque quien escribe "oxígeno" en una lista recibe cualquier cosa y quien escribe la especificación recibe lo que pidió.

Cilindro medicinal de cuatro metros cúbicos con válvula integrada.

Reductor con flujómetro de cero a quince litros por minuto.

Humidificador. Agua destilada estéril, dos litros.

Cánula nasal y la mascarilla que ya tenían.

Apósito no adherente con plata para la cara del quemado, diez unidades, y la segunda opción al lado, entre paréntesis, por si la primera no existía.

Y escribió, en la última línea, una cantidad de suero fisiológico mayor de la que necesitaba, porque una lista demasiado pequeña es una lista sospechosa y una lista demasiado grande es una lista de enfermera.

Después se la entregó al hombre que iba a salir, y dijo lo único que todavía se podía decir sin arruinarlo todo:

—No deje que nadie doble ese papel. Papel doblado se convierte en papel copiado, y el que copia cambia la coma del número, y ese número es la diferencia entre que el gas dure dos días o dure ocho horas.

El hombre tomó la lista.

Sofía oyó correr el portón del galpón sobre el riel, y oyó el motor, y el motor fue disminuyendo por el camino hasta convertirse en nada, y se quedó quieta mirando el rectángulo de luz hasta que dejó de haber motivo para quedarse.

Después volvió al cuarto de Grigori, le subió la almohada cinco centímetros más, contó la respiración —veintiocho — y sacó del bolsillo la cinta del acceso venoso.

Escribió encima la hora de la próxima dosis, con su letra, redonda y corrida, nada de imprenta.

Y, debajo de la hora, escribió dos letras.

Después volvió a poner la cinta en el brazo del viejo con las dos letras hacia arriba, en el lugar exacto donde la otra persona iba a buscar el horario a las tres de la madrugada.