Capítulo 35
La casa se durmió a las dos, y Nikolai no.
Se quedó en el despacho con la lámpara baja y las dos fotocopias —mil novecientos noventa y uno, dos mil dieciocho — lado a lado sobre la mesa, y trató de trabajar, porque trabajar era lo único que sabía hacer mientras el dinero no llegaba y el jueves no venía, y no pudo.
Fue hasta el ala oeste sin decidir ir.
El cuarto de ella estaba exactamente como lo había dejado: la cama hecha con el mismo cuidado con que ella hacía todo, el armario del consultorio con las etiquetas en ruso que él nunca había corregido, el abrigo que ella no se había llevado porque no supo, a las siete y cuarenta y seis de la mañana, que iba a necesitar un abrigo.
No encendió la luz.
Se sentó al borde de la cama, en la oscuridad, con los codos en las rodillas, y el silencio de ese cuarto era distinto de cualquier otro silencio de la casa —no vacío, solo suspendido, del modo en que queda un cuarto después de que alguien sale en medio de una frase.
Setenta y dos, había dicho ella, contra su boca, la primera noche.
Esa noche. Y él había contado junto con ella, y nunca le había dicho hasta qué punto había seguido contando —que seguía contando, semanas después, cada vez que la mano de ella se posaba por casualidad en algún lugar de su cuerpo, un hábito que él no había pedido y no sabía dejar.
La palma de su mano encontró su propia rodilla, y el gesto trajo el recuerdo entero antes de que pudiera impedirlo: los dedos de ella siguiendo la cicatriz atravesada, despacio, como quien lee algo escrito solo para ella.
Que nadie lo tocó a usted en nueve años sin estar arreglando algo.
Había dejado de respirar con esa frase, y volvió a dejar de respirar ahora, solo, en un cuarto vacío, con el cuerpo recordando antes de que la cabeza lo permitiera.
No era nostalgia. Verificó eso primero, con el mismo rigor que ella habría usado, porque también había aprendido eso de ella: que sentir algo sin nombrarlo bien era una manera de mentirse a sí mismo.
Era más simple y más grave que la nostalgia: era su cuerpo, entrenado para matar sin apuro y sin error desde hacía veintitrés años, negándose a aceptar que la mano que una vez le sostuvo la muñeca y dijo no pares estaba ahora en un cuarto con azulejos, a cien o doscientos kilómetros de ahí, manteniendo vivo a un viejo para el hombre que se la había llevado.
Se acostó.
No debía. Sabía que no debía, del mismo modo que sabía que convocar a la mesa contra el consejo de Ostrov era el movimiento correcto y el movimiento peligroso al mismo tiempo —y lo hizo de todos modos, porque en los últimos meses había aprendido que algunas cosas correctas solo se hacen sin pedirle permiso a la propia cautela.
La almohada todavía tenía su olor, apenas, a antiséptico y algo debajo que no era ningún perfume, que era solo ella.
Cerró los ojos y dejó que el cuerpo recordara del modo en que el cuerpo recuerda —sin orden, sin decencia, sin pedirle permiso a la cabeza que seguía, en algún rincón, contando hombres, contando dinero, contando las horas hasta el jueves.
Su boca en la cicatriz de la ceja. Su peso viniendo desde arriba, despacio, mirándolo todo el tiempo, con la mano abierta sobre su pecho como quien verifica un pulso que ya conocía de memoria.
Míreme, había dicho ella, y él la había mirado, y seguía mirando ahora, en la oscuridad, algo que ya no estaba ahí.
Recordó el sonido que ella había hecho —bajo, sin nombre, salido de ella sin que ella lo hubiera decidido — y recordó haber pensado, en ese instante exacto, que iba a pasar el resto de su vida tratando de oír ese sonido de nuevo, y que eso no era exageración de hombre recién saciado: era un hecho que había registrado con la misma claridad fría con que registraba todo lo que importaba.
Su mano se cerró sobre la sábana de ella, sin decidir cerrarse.
Había una versión de él —la de hacía nueve años, la de antes — que habría considerado eso una debilidad.
Un Pakhan acostado solo en el cuarto vacío de una mujer, con el cuerpo entero vuelto hacia un recuerdo, a dos días de vender dos casas y un terreno de puerto para pagar una deuda que todavía nadie había cobrado.
Esa versión de él se habría levantado, se habría puesto la camisa y habría vuelto al despacho en menos de un minuto.
Se quedó.
Porque la otra verdad, la que no le decía ni a Dmitri, era que ese recuerdo no lo debilitaba para el jueves.
Hacía lo contrario. Cada detalle del cuerpo de ella que lograba reconstruir en la oscuridad —el modo en que ella abría las piernas antes de que él lo pidiera, sin ninguna vergüenza, la frente apoyada en la de él cuando el ritmo se ponía demasiado serio para las palabras, su nombre saliendo de ella como si no tuviera otra opción — era un motivo más, concreto, con peso y temperatura, para pagar lo que hiciera falta y traerla de vuelta viva.
No era abstracto. No era "la familia" ni "el legado" ni ninguna de las palabras que había usado toda su vida para justificar lo que hacía. Era el peso exacto del cuerpo de ella sobre el suyo, recordado con una precisión casi clínica, y era suficiente.
Se quedó ahí hasta las cuatro, sin dormir, con la mano todavía cerrada sobre la sábana de ella, reviviendo cada segundo de esa noche en el orden en que habían pasado —la cicatriz besada, el así, así, no pares, la risa de ella contra su pecho, los tres minutos antes de que golpearan la puerta — y cada vez que llegaba al final volvía a empezar, desde el principio, porque no había nada más en esa casa capaz de competir con eso.
A las cuatro y diez se levantó, se puso la camisa y se quedó un instante parado, mirando la marca que su propio cuerpo había dejado en la sábana de ella.
Después fue hasta el despacho y escribió, en la página en blanco siguiente del cuaderno, una sola línea, que no le mostraría a nadie:
Hay una sábana en esa casa que todavía tiene su olor, y no voy a dejar que sea lo único que quede.
Cerró el cuaderno.
Y fue a verificar, por décima vez esa noche, si los veintidós millones ya habían entrado a la cuenta.