Capítulo 34 #2
—La segunda. —Sacó del bolsillo interior dos fotocopias y las puso en el centro de la mesa, dadas vuelta hacia los demás—.
Esta hoja es de mil novecientos noventa y uno.
Esta es de dos mil dieciocho. Las dos llevan la rúbrica de la casa.
Las dos fueron dibujadas despacio, por una mano que copiaba.
Y la de dos mil dieciocho trae el anzuelo de mi padre dieciséis años después de que lo enterráramos.
Tarasov no tocó las hojas. Ya las conocía.
—La tercera, y la mesa va a perdonarme la falta de ceremonia.
—Nikolai se enderezó—. Existe en esta casa un segundo hombre, más antiguo que Danilo, más antiguo que ella y posiblemente más antiguo que Sergei en seguridad.
Quien reclutó a Danilo en enero ya sabía la escala de la guardia, el día de las rosas de Anton y el año de la reforma de este sótano.
Eso significa que una de las sillas de esta sala puede estar comprada, y decidí convocarlos de todos modos, y el hombre que me dijo esta mañana que no los convocara fue Kirill Ostrov.
Nadie se movió.
—Ahora el costo —dijo Nikolai—. Tarasov. ¿Cuánto tenemos en efectivo?
El viejo no necesitó consultar nada.
—Veintidós millones trescientos mil. Después de lo que pagó a los diecinueve hombres la semana pasada.
—Ponga los veintidós en la mesa. Y ponga lo mío: las dos casas de Mónaco, lo que está en Viena a mi nombre y no al de la familia, y el terreno del puerto de Bar.
—Nikolai hablaba en el ritmo con que dictaba un traslado—.
Vendan por debajo del precio. Quiero caja hasta el miércoles al mediodía, y no me importa la pérdida, y me van a tener que oír decir por qué.
—Sabemos por qué —dijo Volkov, y la voz le salió fina.
—Lo van a oír de todos modos. —Nikolai miró de cara en cara, sin apuro, sin ahorrarle nada a ninguno—.
No estoy haciendo esto por la familia. Si fuera por la familia, esperaría al jueves, escucharía el precio, haría la cuenta y probablemente pagaría con Grigori, porque un viejo de ochenta y un años con neumonía es la pieza más barata de este tablero y todos ustedes ya hicieron esa cuenta antes de bajar la escalera.
Estoy haciendo esto por una mujer que entró en esta casa hace cincuenta y un días contra su voluntad, y que no es mi esposa, y que no me debe nada, y que puede salir por el portón mañana si quiere, y a quien no le pedí absolutamente nada porque no me pareció decente pedirle nada con la casa cercada.
El silencio de la sala sin ventanas quedó completo.
—Es exactamente lo que Grigori advirtió en esta mesa que yo iba a hacer —continuó él—. Tenía razón. Que quede registrado que tenía razón, y que quede registrado que lo voy a hacer de todos modos, y que quede registrado por escrito, con mi letra, hoy.
Corrió la silla hacia atrás y se quedó de pie detrás de ella, con las dos manos en el respaldo.
—Y por eso pongo esto aquí, en la mesa, junto con el dinero.
—Golpeó dos veces el respaldo, con los nudillos, y el sonido fue pequeño y llenó la sala—.
Cualquier hombre aquí puede pedir una votación.
Hoy, mañana, el viernes, con el bastón de Grigori en su silla o sin él.
Si la mesa vota, acepto y bajo de esta silla el mismo día, y Dmitri asume, y nadie necesita sacar un arma.
—Una pausa—. Lo único que no acepto es la votación antes del jueves. Después del jueves soy de ustedes.
Dmitri giró el rostro y miró a su hermano como quien ve algo que llevaba cuarenta años guardado.
Fue Sergei quien habló primero, y habló sin levantar la vista del brazo vendado.
—Dos veces registré mi desacuerdo en esta casa por su culpa —dijo—.
Está en los dos papeles, con mi letra, y no retiro ninguno de los dos.
Sigo pensando que usted puso a esta familia en un lugar donde no debía estar.
—Levantó la cabeza—. Solo que el jueves de la semana pasada esa mujer entró en mi oficina a las dos y cuarenta de la madrugada con dos nombres que yo no tenía, y uno era Vasil, y por Vasil supimos la hora, y por la hora veintiún hombres de esta casa estaban despiertos y vestidos cuando cayó la luz.
—Golpeó el dedo una vez sobre la mesa—. No voy a pedir votación.
Voy a pedir dieciocho hombres y la carretera.
Volkov jugueteó con el vaso y no miró a nadie.
—Yo tampoco pido votación —dijo—. Hoy no.
Tarasov no había dicho una palabra en diez minutos.
El viejo miraba el bastón atravesado en la silla vacía, del modo en que se revisa una suma que ya se sabe que no cierra, y cuando por fin se movió fue para quitarse los anteojos y doblarlos con un cuidado exagerado y ponerlos sobre la mesa, y todos en esa sala entendieron que iba a decir algo que no se podía desdecir.
—Pakhan —dijo—. Hace dos semanas usted vino a mi casa y me preguntó quién cerraba las cuentas de su padre.
Le dije que una persona hizo eso durante veintidós años y me negué a decir el nombre, y dije que usted sabía el nombre, y usted lo sabía.
—Juntó las manos—. Pero la mesa no lo sabe.
Y la mesa está por poner veintidós millones y dieciocho hombres en una carretera, y yo tengo setenta y nueve años y no quiero llevarme esto conmigo.
Nikolai no se movió.
Tarasov se dio vuelta hacia los demás —hacia Volkov, hacia Sergei, hacia Dmitri, hacia el muchacho de treinta y tres años sentado a su lado por primera vez en la vida — y les habló a ellos, no a la cabecera, en el tono con que se registra algo en un acta.
—Era Grigori Ivánovich. Veintidós años cerrando las cuentas del viejo patrón, con autorización para pagar en plaza extranjera y para poner la marca de la casa en un papel cuando el jefe no estaba.
Y no existe hoy en esta casa un solo hombre vivo capaz de dibujar ese anzuelo despacio, salvo él.
—Volvió a ponerse los anteojos, con las manos temblorosas—.
El jueves no vamos a buscar a un rehén. Vamos a buscar al hombre que firmó por el padre de usted dieciséis años después de que su padre estuviera bajo tierra, y la chica está sola en un cuarto con él, manteniéndolo vivo, y no lo sabe.