Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

El teléfono llegó a la cocina en cuatro minutos, y era un aparato de mesa, con cable, arrancado de la antesala de la planta baja con el cordón todavía colgando.

Nikolai lo puso sobre el mantel blanco de cuatro capas, junto al papel doblado y la cadena con el anillo, y enchufó el cable en el tomacorriente del zócalo. Después abrió el cuaderno en la página de los once dígitos.

—¿Está grabando? —preguntó.

—Sí —dijo Sergei.

Marcó despacio, número por número, y nadie en esa cocina respiró bien mientras marcaba.

Atendieron al segundo timbre.

—Buenos días.

Era la misma voz. Educada, sin apuro, con el francés limpio y el acento leve de un consultorio privado, y lo peor que tenía era no estar sorprendida.

—Kirill Ostrov —dijo Nikolai.

—Hoy puede usar el nombre. Ayer no podía. —Un ruido de taza—. Y llamó dos días antes. Yo había anotado en la hoja que llamaría hoy, y anoté la hora también, y me equivoqué por cuarenta minutos. Estoy viejo.

—Ella está viva.

—Está trabajando —dijo Ostrov—. Que es mejor que estar viva, y usted lo sabe mejor que yo, porque fue usted quien lo descubrió primero. Un segundo.

Hubo el sonido de un aparato cambiando de mano. El mismo arrastre de la otra vez. Un cuarto con eco de cuarto vacío.

Y después:

—Nikolai.

Puso la mano abierta sobre la mesa raspada.

Ella nunca lo había llamado por su nombre. En cincuenta y un días, ni una vez, ni en el pasillo de servicio, ni en su cuarto con la lámpara baja —siempre era usted, siempre la distancia exacta—, y había elegido ese segundo, con un hombre contando los segundos a su lado, para gastar el nombre.

—Estoy aquí —dijo él.

—Estoy entera. —La voz salía firme y rápida, del modo en que se pasa un caso al siguiente turno con las manos todavía dentro de alguien—.

Él está vivo. Está en el cuarto de al lado del mío y le encontré la vena a las nueve y veinte, al segundo intento, y me reconoció la voz.

Necesita tres días más de inyectable y aquí nadie sabe calcular el intervalo, así que me quedo.

—Sofía —

—¿Usted comió algo?

Y fue esa la frase que atravesó treinta y nueve metros de cocina y nueve años y le llegó entera, porque era exactamente lo que ella había dicho en el pasillo de servicio con las manos mojadas, y porque una mujer sacada de una casa a las siete y cuarenta y seis de la mañana había usado uno de los pocos segundos que le dieron para preguntar si él había comido.

—No —dijo Nikolai.

—Coma.

El aparato volvió a cambiar de mano.

—Listo —dijo Ostrov, y la cortesía seguía impecable—. Ahora le digo mis tres cosas y cuelgo, porque usted tiene trabajo y yo también.

—Diga.

—La primera: ella está trabajando porque yo necesitaba exactamente eso, y eso no se compra en una farmacia de aldea.

Usted tiene, dentro de esa casa, a la única persona de Europa central que hace lo que ella hace sin pedir historia clínica, y yo pasé tres semanas creyendo que era una palanca.

Fue usted quien me enseñó que era otra cosa.

Usted gastó seis semanas moviendo hombres hacia donde estaba ella, y yo solo conté.

Nikolai no respondió.

—La segunda: jueves. Hora y lugar llegan el miércoles a la noche, y usted viene solo, y antes de que mande al hermano del medio a abrir la boca, ya sé que él no lo va a permitir, y ya sé que usted viene de todos modos.

—Una pausa exacta—. El precio se lo digo ahí.

No es dinero. Usted tiene dinero, y el dinero nunca resolvió nada entre nuestra casa y la suya.

—¿Y la tercera?

—La tercera es gratis, como siempre. —La voz bajó medio tono, y ese medio tono fue lo único poco elegante de toda la conversación—.

No convoque a su mesa, Pakhan. Va a querer convocarla.

Es lo que haría su padre, y su padre era un hombre organizado.

—Un ruido de papel—. Convóquela, si quiere.

Solo no diga después que nadie le avisó.

Y colgó.

◆

Nikolai se quedó con el auricular en la mano hasta que empezó el tono de ocupado.

—Convoquen a la mesa —dijo—. Mediodía.

Dmitri, en el umbral, cerró los ojos medio segundo.

—Acaba de decirte que no.

—Acaba de decir que yo iba a querer hacerlo, que iba a convocarla y que me iba a arrepentir.

—Nikolai colgó el auricular—. Un hombre que planta una frase así quiere una de dos cosas: o tiene a alguien en esa mesa y necesita que yo no mire para ahí, o no tiene a nadie y quiere que yo pase la semana mirando a los míos en vez de mirarlo a él.

En los dos casos la respuesta es la misma. Hoy me siento en la cabecera.

Vory apareció con el cuaderno, esperó el momento justo y preguntó lo más burocrático del mundo, del modo en que solo pregunta un buen soldado.

—Señor. La hoja de Marsella. Con la señora Perrin aquí adentro, ya no hay nada que anotar. ¿La suspendo?

Nikolai miró el aparador, los catorce frascos de suero alineados que nadie había tocado.

—Escriba la hoja —dijo—. Todos los días, a la misma hora, con lo que haya. Póngala en la bandeja y llévela al cuarto del final del ala este, y déjela sobre la cama, y no toque la puerta.

Vory anotó sin levantar la vista, y fue uno de los pocos hombres de la casa que tuvo la decencia de no mirarlo en ese momento.

◆

Sasha estaba en la biblioteca desde las siete de la mañana con doscientas catorce líneas escritas a mano en una hoja de contabilidad robada de Tarasov, y no había dormido, y por primera vez en nueve años no estaba bebiendo a las diez de la mañana.

—Doscientos catorce nombres —dijo—. Fiesta, boda, bar, bautismo, sala de espera de hotel. Todo el mundo que oí mencionar cerca de un Ryzhov desde que tenía veinte años. Sin filtrar, como me dijiste.

—¿Cuántos son médicos?

—Ninguno. No es así como se habla de un médico en una mesa de fiesta.

—Sasha giró la hoja y señaló con el dedo manchado de tinta—.

Se habla de un médico así: sin nombre. Tres veces, en tres años distintos, con tres bocas distintas, oí lo mismo.

Cuando uno de los suyos se rompe en un lugar donde no se puede usar un hospital, no llaman a nadie. Llaman al Farmacéutico.

Nikolai atrajo la hoja hacia sí.

—Apodo.

—Apodo. Y es un apodo viejo, porque el tipo que usó la palabra en dos mil veintiuno la usó como quien cita una institución, no una persona.

—Sasha se frotó los ojos—. Y hay algo más, y es lo que no me gusta.

Nadie dijo nunca él. Dos de las tres veces la frase se construyó sin ningún género.

Y en un idioma en que evitarlo cuesta trabajo.

Sergei sacó del bolsillo la hoja de Nová Ves, la de la farmacéutica de voz cansada, y la puso junto a la lista.

—Equipo de venoclisis, cuatro unidades, ayer —dijo—. Ampollas y mascarilla sin reservorio, hoy. Y la mujer recitó cinco artículos de memoria sin abrir un cajón. —Miró a Nikolai—. Yo lo había guardado como coincidencia de aldea.

—Guárdelo como persona. —Nikolai dobló las dos hojas juntas—.

Quiero saber quién, en un radio de cien kilómetros, sabe puncionar una vena de papel en la oscuridad.

Enfermero del ejército, veterinario, partera, protésico, técnico de rayos X jubilado, gente dada de baja del colegio médico regional.

Empiecen por los dados de baja. El que fue expulsado de la profesión trabaja para quien le pague.

Sasha levantó la hoja.

—¿Y yo?

—Tú no duermes hasta el jueves y sigues escribiendo. —Nikolai ya se iba—. Eres lo único en esta familia que los Ryzhov no saben que existe, porque hicieron la misma cuenta que hizo nuestro padre y decidieron que tú no cuentas.

El hermano menor se quedó con la hoja en la mano y no dijo nada, y Nikolai no se detuvo a ver su cara, porque no había tiempo y porque mirar lo habría arruinado.

◆

La sala del consejo quedaba en el sótano del ala oeste y no tenía ventana, y el abuelo de Nikolai la había construido así para que nadie decidiera quién vive con el sol en la cara.

Al mediodía había cinco hombres en la mesa larga de roble.

Dmitri a la derecha. Sergei a la izquierda, con el brazo vendado con un repasador que no había dejado que nadie le cambiara. Volkov y Tarasov en sus lugares de siempre.

Y, más adelante, la silla de Grigori, vacía, con el bastón del viejo atravesado sobre el asiento.

Había sido Nikolai quien la puso ahí antes de que los demás bajaran. No era un homenaje. Era la única manera que conocía de obligar a cuatro hombres a mirar un objeto durante una hora entera.

Sasha entró último y se detuvo, porque en treinta y tres años nunca lo habían llamado a esa sala.

—Siéntese —dijo Nikolai—. Junto a Tarasov.

Volkov abrió la boca. Nikolai no esperó.

—La casa fue atacada a la una y diez de la madrugada.

Cuatro muertos nuestros: Petrik Hoza, Roman Ilnytskyi y dos más cuyos nombres Sergei les va a leer antes de que salgan de esta sala, porque van a oír los cuatro nombres y no el número.

—Siguió sin pausa—. Se llevaron a Grigori Ivánovich del patio sur y se llevaron a la señorita Reyes de la cocina de la planta baja, a las siete y cuarenta y seis de la mañana, con un auto nuestro y un código nuestro.

Los dos están vivos. Hablé con ella hace dos horas.

Tarasov cruzó las manos manchadas sobre la mesa.

—¿Y qué quieren, Pakhan?

—A mí, el jueves, solo, en un lugar que van a decir el miércoles a la noche. El precio no es dinero. —Nikolai apoyó las dos manos en el roble—. Antes de discutir el precio, le debo a esta mesa tres cosas, y las voy a pagar ahora, y les van a gustar cada vez menos.

El aire de la sala cambió de espesor.

—La primera. Hace cincuenta y un días me senté en esta silla y les dije que el padre de la señorita Reyes era informante nuestro y que por eso estaba bajo mi techo.

Era verdad y era escudo. La traje porque le prometí a un hombre que se estaba muriendo que la sacaría de Marsella antes de que llegaran los Ryzhov, y se lo prometí porque él me vendió, a cambio, el nombre de quien puso a mi mujer sola en el camino de Ostrava en noviembre de dos mil dieciséis.

Volkov se puso pálido de un modo que Nikolai catalogó y guardó.