Capítulo 32
La luz llegó a las siete y veinte, gris y sin sol.
A las siete y cuarenta y dos, la radio del portón crepitó.
—Portón hacia la casa. Tenemos un auto en la alameda. Es el Volvo gris, el de Marchenko. Viene con las luces de emergencia.
Sofía tenía la mano en una olla y la retiró.
Sergei ya tenía la radio en la boca.
—Código.
—Dieron el código, señor. Correcto. Y Marchenko está al volante.
—¿Cuántos adentro?
—Tres. El chofer, uno en el asiento trasero y uno acostado. Están gritando que hay un herido.
Sofía miró hacia la puerta de la cocina y después a Sergei, y en los dos segundos siguientes dos cosas sucedieron dentro de ella al mismo tiempo, y las dos eran ciertas, y iba a pasar mucho tiempo pensando en eso.
La primera fue viene un hombre herido y tengo cuarenta segundos.
La segunda, más abajo, más baja, fue Marchenko salió con Lev, y la mochila la llevaba Lev.
No tuvo tiempo de escuchar la segunda.
—Sergei, ¿usted confirma por la radio del equipo? —preguntó, ya poniéndose los guantes.
—Lo estoy intentando. La radio de Marchenko no responde.
—¿Eso es normal?
—Dentro de una fábrica en llamas, con el techo cayéndose, es normal. —Su voz sonó tensa—. Voy a mandar a dos hombres a detener el auto en la fuente, a cuarenta metros del pórtico. Nadie se acerca a la casa hasta que yo vea la cara de todos.
Sofía esperó.
Cuarenta segundos después la radio volvió.
—Señor, Marchenko está al volante y está hablando. Dice que el muchacho recibió una esquirla cuando el techo se vino abajo y que perdió mucha sangre en el camino. Está pidiendo a la señorita Reyes por su nombre.
Y fue esa frase la que decidió todo, porque era exactamente la frase que diría un equipo de Marchenko y porque, en cincuenta días en esa casa, todo hombre herido había pedido a la señorita Reyes por su nombre.
Sofía miró el reloj de la pared: siete y cuarenta y seis.
—Tráiganlo —dijo.
Y dijo algo más, y eso fue lo que la salvó después, en la parte que nadie previó:
—Pero que se detengan en la puerta. Nadie entra a esta cocina con abrigo. Se quitan el abrigo en el pasillo y entran en mangas de camisa.
◆
Lo trajeron cargado de la manera equivocada.
Fue lo primero que Sofía registró, y lo registró con irritación profesional antes que cualquier otra cosa: dos hombres sosteniéndolo por los brazos y las piernas, con el torso colgando en el medio, la cabeza caída hacia atrás.
Ella había pasado tres horas enseñando exactamente lo contrario en el suelo de esa cocina.
—¡La cabeza! —dijo—. ¡Sostengan la cabeza!
Pusieron al hombre sobre la mesa grande.
Era joven, con barba de dos días, el abrigo empapado del lado izquierdo y un color de rostro que a Sofía no le gustó. Había sangre en el abrigo y sangre en las manos de los dos que lo llevaban, y en el suelo de la cocina quedó un rastro de gotas que iba desde la puerta hasta la mesa.
Marchenko se quedó en la puerta. No entró.
Sofía registró eso también y no tuvo tiempo de procesarlo.
—Tijeras. —Ya tenía puestos los guantes—. Marta, agua. Usted, al lado, mano aquí y no la suelte.
Cortó el abrigo. Cortó la camisa. Había una herida en el flanco izquierdo, fea, de bordes irregulares, sangrando de manera lenta y oscura.
Y fue ahí donde las cosas empezaron a no cuadrar.
Sangre venosa. Oscura, continua, sin pulsar. Una herida de esquirla en el flanco izquierdo con esa cantidad de sangre en el abrigo debería estar brotando de otra manera, y el abrigo estaba demasiado empapado para lo que ella veía en la piel.
Puso dos dedos en el cuello de él.
Sesenta.
Sofía se quedó completamente inmóvil.
Sesenta. Un hombre con esa cantidad de sangre en el abrigo, cargado a los tumbos durante veinte kilómetros, en shock, acostado en una mesa extraña, con el cuerpo luchando por mantener la presión, tiene ciento veinte, ciento treinta, ciento cuarenta. No tiene sesenta.
Sesenta es el pulso de un hombre descansado.
Contó de nuevo, porque la habían entrenado para dudar de sí misma antes que del mundo, y contó quince segundos completos con los ojos en el reloj de la pared.
Quince latidos. Sesenta.
Y a partir de ahí las otras cosas le cayeron encima todas juntas, en el orden en que su cuerpo las había ido guardando sin avisarle.
La piel. Estaba pálida de ese modo específico que ella conocía de diez años de guardia y que no es la palidez de una hemorragia: es la palidez de quien pasó la mañana al aire libre con frío. Un hombre que perdió dos litros de sangre tiene la piel grisácea y húmeda; aquel la tenía seca.
Las uñas. Le había apretado el lecho ungueal del pulgar hacía noventa segundos, por costumbre, sin siquiera registrarlo, y el color había vuelto en un segundo. En un hombre en shock tarda cuatro.
Y el olor.
No había olor a humo en ese hombre.
Dieciocho hombres habían pasado tres horas dentro de una fábrica en llamas. Ese abrigo olía a lana mojada, y estaba en el pasillo, quitado en la puerta, porque ella misma había ordenado que se lo quitaran.
Sofía levantó la vista despacio, sin mover la cabeza, y buscó a Marchenko en la puerta.
Marchenko no estaba en la puerta.
Había dos hombres ahí, y ninguno de los dos era Marchenko, y ninguno de los dos había entrado cuando ella pidió que trajeran agua.
—Bogdan —dijo Sofía, y la voz le salió perfectamente calmada, del modo en que salía cuando las cosas iban mal—. Bogdan, salga de la cocina y grite.
El viejo guardia estaba a dos metros de la puerta, y fue rápido, y fue bueno, y aun así no fue lo bastante rápido.
Ella oyó el ruido —corto, apagado, sin nada de espectacular, el sonido más decepcionante del mundo para algo de ese tamaño — y vio a Bogdan caer de costado contra el marco de la puerta y resbalar hasta el suelo con la mano a la altura del cinturón.
La cocina estalló en gritos.
Marta gritó. Las dos lavanderas gritaron.
Alguien tiró una olla de agua hirviendo y el vapor subió entre las mesas, y en medio del vapor Sofía vio a la cocinera joven correr hacia la despensa y vio a Irina —Irina, con sus sesenta y tantos años y un pulgar que no cerraba — tomar el cuchillo grande de encima del aparador.
Y Sofía hizo lo único que podía hacer con lo que tenía.
Había cuatro ollas hirviendo en esa cocina desde las cuatro de la madrugada, y las cuatro estaban ahí por ella, y había pasado toda la noche mirándolas como material de trabajo.
Tomó la que tenía más cerca, con las dos manos en el mango, y la lanzó hacia la puerta.
El alarido llegó antes que el ruido de la olla contra el suelo, y no fue el alarido de un hombre asustado: fue el otro tipo, el que ella conocía de las guardias, el que sale de alguien que acaba de perder piel.
Ella no miró para ver a cuál de los dos le había tocado.
—¡Todas por la despensa! —gritó—. ¡Marta, llévalas! ¡Pasillo de servicio, portón del invernadero, ahora!
Corrieron. Sofía contó: cuatro, cinco, seis, y la séptima era Irina, parada en medio de la cocina con el cuchillo.
—¡Irina, vaya!
—No.
—¡Vaya!
—Usted primero.
—¡No voy a pasar por esa puerta con usted detrás de mí! —Sofía agarró el brazo de la anciana y la empujó hacia la despensa con una fuerza que no sabía que tenía—. ¡Usted tiene una caja de metal que entregar!
Irina vaciló medio segundo. Después se fue.
Y fue entonces cuando el hombre de la mesa se incorporó.
Sofía estaba a un metro de él. Lo vio todo: el torso subiendo sin ningún esfuerzo, sin quejido, sin la vacilación de un cuerpo herido, el movimiento limpio de un sujeto de treinta años en plena forma que había pasado veinte minutos acostado en una mesa con sangre de otra persona en el abrigo.
Él la miró y dijo, en francés, con una cortesía que ella reconoció al instante porque había oído la misma por teléfono:
—Señorita Reyes. Sin gritos, por favor. Nadie más tiene que salir lastimado.
Sofía dio un paso atrás y se golpeó la cadera con la esquina de la segunda mesa.
Había una parte de su cabeza que seguía funcionando, y esa parte dijo, con la claridad absurda de siempre: bajó de la mesa con todo el peso en el pie derecho.
Su mano buscó detrás de su cuerpo, sobre la toalla, y encontró lo primero que había ahí, y lo primero que había ahí era el estuche de sutura abierto, y dentro del estuche las tijeras de diez centímetros, y cerró los dedos alrededor de ellas.
El hombre lo vio, y no pareció importarle, y dio el segundo paso.
Y, detrás de ella, muy cerca, una mano se cerró sobre el brazo de Sofía, por encima del codo.