Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Salieron a las tres y cuarenta y uno, y Sofía contó los autos desde la ventana del pasillo porque contar era lo único que podía hacer.

Cuatro. Dieciocho hombres.

Había discutido nueve minutos y había perdido, y había perdido por el motivo correcto, lo cual era peor que perder por el motivo equivocado.

—Si voy, llego junto a un hombre quemado con una mochila —había dicho ella—.

Si me quedo, recibo a tres hombres quemados en una cocina con fregadero, luz, agua caliente y material.

La quemadura es lo único en que la distancia trabaja a favor del médico y en contra del paciente, y aun así quiero ir, y usted va a decir que no, y yo voy a estar de acuerdo con usted, y eso es lo que me molesta.

Nikolai se había quedado callado un segundo.

—Usted está de acuerdo conmigo con mucha rabia.

—Es la única manera que tengo.

Él ya llevaba puesto el abrigo. Se detuvo en la puerta de la cocina.

—Se quedan veintiún hombres. Bogdan y dos más en su puerta. —Una pausa—. Y usted no le abre a nadie. Ni a mí. Si vuelvo, vuelvo primero por radio.

—¿De qué tiene miedo usted?

—De una casa con veintiún hombres adentro —dijo él—. Pasé cuarenta y siete días temiéndole al muro. Debí haberle temido a la puerta.

Vaciló medio segundo en el umbral. Por el tiempo que tomó, se podía saber que había una frase ahí, y que no se iba a decir en una cocina con seis personas escuchando.

—Vaya —dijo ella—. Después me la dice.

Y se fue.

◆

Ella transformó la cocina en una unidad de quemados en cincuenta minutos, y trabajó con una rabia fría que la hizo organizar todo mejor de lo que lo habría hecho tranquila.

Agua. Mucha. Cuatro ollas grandes hirviendo y otras cuatro de agua corriente a temperatura ambiente, porque en las quemaduras el enemigo es el calor que sigue actuando debajo de la piel después de apagado el fuego, y lo primero que se hace son veinte minutos de agua a temperatura de grifo, nunca helada.

Sábanas limpias rasgadas en tiras. Todo el suero que había en la casa, catorce frascos, alineados sobre el aparador, porque un quemado no muere de la quemadura: muere de sed por dentro en las primeras horas.

Escribió en una hoja grande, con letra de imprenta, y la clavó en la pared junto a la hoja de conteo:

REGLA DE LOS NUEVE. NADA DE MANTEQUILLA. NADA DE HIELO. NO ARRANCAR LA ROPA PEGADA.

—¿Por qué no arrancarla? —preguntó la cocinera joven.

—Porque la ropa pegada se lleva la piel con ella —dijo Sofía—. Se corta alrededor y se deja. Quien la arranca hace algo que después yo no puedo deshacer.

A las cinco y diez, todo estaba listo y no había nada más que hacer.

Fue la peor parte.

Sofía subió al ala este a revisar a Madame Perrin, que dormía con la boca abierta y la mano cerrada sobre la manta, y se quedó ahí dos minutos mirando a la anciana, y después bajó de nuevo.

Pasó por el pasillo de abajo y contó a los hombres.

Veintiuno, había dicho él. Ella contó nueve: dos en la puerta de la cocina, dos en el pórtico, uno en el pasillo de abajo, dos en el portón de servicio, uno en la garita y Bogdan.

Los otros doce estaban en el perímetro, repartidos por los cuatro costados de una propiedad que necesitaba treinta y nueve hombres para funcionar.

Una casa no está hecha de muro. Está hecha de gente que se cansa.

Fue en la cocina, apoyada en el aparador con los catorce frascos de suero alineados, donde la forma de la noche se dibujó para Sofía, demasiado tarde, del modo en que todo se entendía demasiado tarde en esa casa.

Una fábrica de cuatro pisos que se incendia a las tres de la madrugada, en un lugar que los enemigos dejaron que encontraran a propósito, a cuarenta y tres kilómetros de ahí.

No era destrucción de pruebas. Era un imán.

Tomó la radio.

—Señor Sergei.

—Aquí.

—¿Sabe usted cuánto se tarda de aquí a Nová Ves?

—Treinta y cinco minutos. Cuarenta.

—¿Y cuánto se tarda en volver?

Hubo un silencio de tres segundos en la radio. Bastó para saber que él había llegado al mismo lugar que ella.

—Quédese donde está —dijo Sergei—. Voy a sacar a cuatro hombres del perímetro norte para la planta baja.

—¿Cuántos tiene en el perímetro norte?

—Cuatro.

Ella bajó la radio.

◆

La radio daba noticias cada veinte minutos, y las noticias eran fragmentos.

Cinco y veinte: llegamos. Está entero en llamas.

Cinco y cuarenta y cinco: el techo cayó en el ala del río.

Seis y diez: no hay nadie. Ni muerto ni vivo. Estamos entrando por el lado de la línea del tren.

Sofía se quedó de pie junto a la radio con las manos secas de tanto lavarlas.

Seis y cuarenta: encontramos un colchón y una manta en el sótano de la caldera. Hay material médico usado en el suelo. Hay una mascarilla de plástico con el sello abierto.

Ella cerró los ojos.

—Pregunte si hay suero en el suelo —dijo—. Y si lo hay, si el frasco está vacío o a la mitad.

Sergei repitió. Esperaron cuatro minutos.

A la mitad. Y hay un catéter en el suelo, señor, con sangre en la punta.

—Entonces estaba vivo esta noche, y alguien le acertó la vena, y alguien desconectó el suero a la mitad y lo sacó de ahí con prisa. —Sofía abrió los ojos—. No quemaron al anciano. Quemaron el lugar.

Sergei la miró.

—¿Por qué quemar el lugar si se están llevando al hombre?

—Porque en el sótano de una fábrica queda escrito quién estuvo ahí —dijo ella—. Queda el tipo de vendaje, queda la marca del antibiótico, queda la huella digital de quien puncionó. No están borrando a Grigori, señor Sergei. Están borrando a quien lo cuidó.

—Usted está diciendo que tienen un médico ahí dentro.

—Estoy diciendo que tienen a alguien con buena mano.

—Sofía tomó el lápiz y escribió en la hoja de conteo, sin mirarlo—.

Ese anciano tiene ochenta y un años, tres días de cautiverio, deshidratación y la vena como papel.

Alguien le acertó la vena al primer o segundo intento, a oscuras, en un sótano.

—Bajó el lápiz—. No es cualquiera. Y es una persona que los Ryzhov consideran más valiosa que un edificio de cuatro pisos.

Sergei se quedó mirando la hoja.

—Usted me acaba de dar un tercer nombre para buscar.

—Le acabo de dar una profesión. El nombre le toca a usted.