Capítulo 30
La mujer que bajó del taxi medía un metro cincuenta, llevaba un abrigo de lana gris abotonado hasta la barbilla y sostenía un bolso de cuero apretado con las dos manos contra el vientre.
El chofer abrió la puerta y extendió el brazo, y ella rechazó el brazo.
Le tomó cuarenta segundos cruzar seis metros de grava, con ese paso corto y terco de quien ya se cayó una vez y no va a caerse de nuevo, y Nikolai se quedó de pie en lo alto de la escalera del pórtico y vio, a su lado, a una mujer de veintisiete años bajar los escalones de dos en dos.
Sofía se detuvo a tres pasos de la anciana.
No la abrazó. Nikolai reparó en eso y lo entendió después: se detuvo donde se detiene con una paciente, a la distancia en que se puede ver a la persona entera.
—Madame.
La anciana levantó el rostro.
—Sofía —dijo—. Te cortaste el pelo.
Y fue justo entonces cuando cayó, y Sofía la sostuvo antes de que ocurriera, y las dos quedaron arrodilladas en la grava durante un tiempo que nadie en el pórtico tuvo el valor de interrumpir.
◆
La llevaron a la salita este, y Nikolai se quedó de pie en el rincón y no dijo una palabra durante cuarenta minutos.
No fue delicadeza. Fue que aquello era un interrogatorio, y el interrogatorio se estaba llevando mejor de lo que lo haría cualquiera de sus hombres, y él sabe reconocer el buen trabajo.
Sofía empezó por el cuerpo. Presión, pulso, temperatura, la pierna izquierda —la úlcera, tratada, con un vendaje hecho por alguien que sabía hacer vendajes, lo cual fue el primer dato de la noche.
Preguntó por la comida, por el sueño, si había tomado sus medicamentos.
Llenó un vaso de agua e hizo que la anciana lo bebiera entero antes de preguntar cualquier otra cosa.
Solo después, en la tercera taza de té, empezó.
Y no preguntó lo que Nikolai habría preguntado. No preguntó cuántos hombres, ni armas, ni autos.
Preguntó qué oía la señora.
—Ay, chérie, eso era un ruido horrible. —Madame Perrin hizo una mueca—. Una campana. Cada quince minutos, toda la noche, y no es una campana bonita, es una campana rajada. Y de seis a siete de la mañana repicaba mucho más, y yo contaba, porque no tenía nada más que hacer.
Sofía escribía en una hoja, sin parar.
—¿Y los olores?
—Estiércol. —Sin dudar—. Y, a veces, por la mañana, algo dulce. Como de fábrica. Remolacha, tal vez. Mi esposo trabajó en el azúcar en el cincuenta y cuatro.
—¿Oyó usted algún tren?
—Dos veces al día. —La anciana bebió el té—. Muy temprano por la mañana y a eso de las seis de la tarde. Pasaba lejos y tardaba en pasar. Largo.
Sofía levantó la vista hacia el rincón donde estaba Nikolai, una vez, y volvió a escribir.
—Madame, ahora algo difícil. En los últimos dos días, ¿oyó usted a alguien toser?
Madame Perrin se detuvo con la taza en el aire.
—Sí —dijo—. Del otro lado de la pared de mi cuarto.
Un señor. —Puso la taza en el platillo con las dos manos, y ambas manos temblaban—.
Tosía mucho, chérie. Esa tos que no termina.
Y la última noche dejó de toser y empezó a silbar al respirar, y golpeé la pared y nadie vino, y golpeé de nuevo y un joven abrió la puerta y me dijo, con mucha educación, que no me preocupara.
Sofía no dejó de escribir, y Nikolai, desde el rincón, vio cómo se le ponían blancos los nudillos alrededor del lápiz.
—¿Habló usted con él?
—Una vez. —La anciana levantó la barbilla—. Le pregunté en francés si estaba bien y él respondió en francés, chérie, con acento, como el de tu padre. Dijo que estaba muy bien y me preguntó mi nombre. Todo un caballero.
◆
El mensaje llegó al final, y llegó porque la propia Madame Perrin lo anunció.
—Ah —dijo, dándose un golpecito en la frente—. Tengo un recado y casi lo olvido. Qué cabeza.
Nikolai se despegó de la pared por primera vez.
—El joven tan educado me hizo memorizarlo —continuó la anciana, y había un rastro absurdo de orgullo en su voz—.
Me hizo repetirlo cinco veces hasta que saliera bien.
Le dije que ya olvidé el nombre de mi yerno, pero que memorizar una frase todavía sé.
Estuve en el coro de la parroquia treinta y un años.
—Dígalo, madame —dijo Sofía, en voz baja.
Madame Perrin cerró los ojos, como quien busca la letra de un himno, y recitó:
—Dile que buscó en el lugar equivocado toda su vida. Dile que el nombre que compró de un hombre que se estaba muriendo es verdadero e incompleto. Y dile que el jueves le ofrezco el resto.
Abrió los ojos.
—¿Está bien? Practiqué en el taxi.
—Está perfecto —dijo Sofía.
Nikolai siguió de pie en el rincón, y no dijo nada, y nadie en la sala supo lo que esas tres frases le habían hecho, porque él había pasado los veinte años anteriores entrenándose precisamente para que nadie lo supiera.
El nombre que compró de un hombre que se estaba muriendo es verdadero e incompleto.
Había pasado seis meses verificando ese nombre.
Seis meses de trabajo solitario, de viajes que no constaban en ningún lado, de cuentas cruzadas a las tres de la madrugada, y al final había llegado a una certeza que le costó el sueño de dos años y la mitad de todo lo que creía saber sobre su propia casa.
Verdadero. E incompleto.
Lo cual significaba que no era una persona.
◆
Madame Perrin se quedó dormida en la silla a los cincuenta minutos, en medio de una frase sobre la panadería de la calle Longchamp, y Sofía dejó de escribir y se quedó mirándola.
—¿Va a estar bien?
Fue Nikolai quien preguntó, y preguntó antes de decidir hacerlo.
Sofía tardó en responder.
—El cuerpo, sí. —Cerró el cuaderno—. Está deshidratada, perdió unos tres kilos y tiene una infección urinaria que voy a tratar mañana. Nada de eso mata a una mujer fuerte.
—¿Y el resto?
—El resto no lo sé. —Sofía acomodó la manta sobre las rodillas de la anciana, un gesto pequeño y exacto—.
Pasó tres semanas encerrada con hombres armados y volvió diciendo que el muchacho era educado y que el otro señor era todo un caballero.
—Lo miró—. No está negando nada. Está siendo lo que siempre fue.
Existe un tipo de persona que atraviesa lo peor del mundo y sigue encontrándole gracia al brioche, y pasé diez años en salas de hospital viendo eso y nunca entendí cómo funciona.
—Mi padre decía que la gente así gana las guerras.
—Su padre debía de saberlo. —Sofía se levantó—. Solo que la cuenta llega, señor Yakovlev. Llega en tres meses, llega un domingo por la tarde, y cuando llegue quiero estar cerca.
◆
Ella se durmió a las once, en la cama del cuarto al final del ala este, con Marta en una silla al lado, y Sofía bajó al despacho con una hoja en la mano y ninguna expresión en el rostro.
Puso la hoja sobre la mesa entre Sergei, Dmitri y Nikolai.
—Campana rajada cada quince minutos, y repique largo entre las seis y las siete de la mañana.
—Señaló los puntos uno por uno—. Olor a estiércol constante y olor dulce por la mañana, que es fábrica de azúcar de remolacha, y esas cierran en octubre y noviembre.
Tren de carga dos veces al día, temprano y a las seis de la tarde, largo y distante.
Y un hombre con neumonía al otro lado de una pared.
—Estuvo con Grigori —dijo Dmitri.
—Estuvo a una pared de distancia de él hasta esta mañana. —Sofía puso el lápiz sobre la mesa—. Y vino en taxi.
Sergei levantó la cabeza.
—El taxímetro.
—El taxímetro.
Les llevó once minutos. El chofer llevaba una hora en la cocina, tomando sopa, aterrado y bien tratado, y le pagaron tres veces el valor de la carrera y lo interrogaron con mucha amabilidad: recogió a la señora en una parada de autobús en la carretera de Nová Ves, a tres kilómetros de la aldea, donde estaba sentada sola con un bolso y un sobre con dinero y la dirección de la Vorenhaus escrita a mano.
Sofía pidió ver el sobre antes que nadie.
Era papel común, sin marca, y la dirección estaba escrita en letra de imprenta, en caracteres latinos, por alguien que dibujó cada letra por separado, del modo en que escribe quien no quiere que su propia caligrafía sea reconocida.
—No es la misma que escribió al reverso de la fotografía —dijo ella.
Sergei levantó la cabeza.
—¿Usted vio la fotografía?
—Vi la fotografía, señor Sergei, y usted sabe que la vi, porque fue usted quien casi me dispara aquella noche.
—Sofía devolvió el sobre—. Quien escribió en la fotografía lo hizo corrido, en cirílico, sin pensar.
Este de aquí lo dibujó. Son dos personas, o es la misma persona con dos cuidados distintos, y de las dos hipótesis, la segunda es peor.
El taxímetro marcaba cuarenta y tres kilómetros.
Sergei puso el segundo alfiler en el mapa, a cuatro kilómetros del primero, y se quedó mirando los dos.
—La fábrica de azúcar de Nová Ves cerró en dos mil nueve —dijo—. El edificio sigue en pie. Tiene la iglesia vieja a seiscientos metros y la línea de carga pasa por detrás.
◆
El plan quedó listo a las dos de la madrugada y era para la madrugada siguiente.
Dieciocho hombres. Entrada a las cinco y diez, en la oscuridad, con la campana de la iglesia como reloj. Lev y Marchenko con la mochila y las instrucciones en ruso pegadas en la parte interior de la tapa. Nadie dispara en el piso de arriba hasta la confirmación de que el anciano está a salvo.
Dmitri fue el único que planteó la objeción que había que plantear, y la planteó con la misma voz seca de siempre.
—Nos dieron todo.
La sala se detuvo.
—Nos devolvieron a una testigo viva que oyó la campana, sintió el olor de la fábrica y contó lo del tren.
—El hermano mayor abrió las manos—. Pusieron a la mujer en una parada de autobús a tres kilómetros de la aldea correcta, con dinero en el bolsillo y nuestra dirección escrita a mano, para que viniera en taxi con el taxímetro corriendo.
Nikolai, un hombre que quiere esconder dónde está no suelta a una rehén a tres kilómetros de su casa.
—Lo sé —dijo Nikolai.
—Entonces usted sabe que es una invitación.
—Es una invitación. —Miró el mapa—. Y es una invitación porque ya no tienen nada que ganar escondiendo el lugar. Quieren que vayamos.
—Entonces no vayamos.
—Si no vamos, el anciano muere de neumonía el jueves y Ostrov nos llama el viernes para decir que murió.
—Nikolai puso el dedo sobre el alfiler—.
Y entonces entramos a su negociación con un muerto menos y un argumento menos.
Vamos. Sabiendo que es una invitación, entramos por la puerta que ellos no eligieron para nosotros.
Sergei levantó la vista del mapa.
—La línea del tren.
—La línea del tren.
Sofía se quedó hasta el final de la reunión y no pidió ir con ellos, y Nikolai lo notó, y notó también el esfuerzo que eso le costó.
Cuando los demás salieron, ella se quedó.
◆
Se quedaron los dos en el despacho, y era la primera vez que estaban solos desde el golpe en la puerta.
—Usted debería dormir.
—Usted primero.
Nikolai fue hasta la ventana.
Había algo que llevaba cuatro días postergando y que ya no cabía en ningún otro lugar, y la diferencia entre un hombre de cuarenta y un años y un hombre de veinte es que a los cuarenta y uno se aprende a reconocer el momento en que postergar deja de ser prudencia y se convierte en otra cosa.
—Quiero decirle algo y quiero decirlo mal —dijo, de espaldas—. Si lo preparo, va a salir como una frase de negociación, y no quiero negociar nada con usted.
—Entonces dígalo mal.
Él se dio la vuelta.
—Le hice una promesa a un hombre que se estaba muriendo —dijo—.
Y durante seis meses esa promesa fue lo más importante de mi vida, y construí todo sobre ella.
Vine a buscarla por eso. Les mentí a mis hermanos por eso.
Aguanté al consejo por eso. —Se detuvo—.
Y necesito que usted sepa que ya no es eso, y que hace mucho que no lo es.
Sofía no se movió.
—¿Desde cuándo?
—No sé el día. Sé la escena. —Nikolai la miró—.
Usted estaba de rodillas en el suelo de una cocina con las manos dentro de la pierna de un hombre que me había vendido, y yo estaba del otro lado de la mesa obedeciendo sus órdenes, y en algún momento de esas tres horas dejé de proteger a la hija de Tomás Reyes.
—Una pausa—. Si su padre estuviera vivo hoy y me llamara a esa cocina y me pidiera que la dejara en paz en Marsella, no lo haría.
Le diría que no. Eso es lo que le estoy diciendo.
El silencio en el despacho fue total.
—Me está diciendo que rompió la promesa dos veces.
—Le estoy diciendo que se acabó. —Él no apartó la mirada—.
No fui yo quien la cumplió o dejó de cumplirla.
Simplemente dejó de ser el motivo, y me tomó semanas admitirlo, porque, mientras ella fuera el motivo, yo tenía una excusa noble para todo lo que estaba haciendo.
Sin ella, solo soy un hombre que trajo a una mujer a su casa y no quiere que se vaya.
—¿Y qué va a hacer usted con eso?
—Nada, esta semana. —Nikolai fue honesto porque ya no había otra manera—. No le voy a pedir nada a usted mientras haya un anciano en un sótano y un hombre llamándome los jueves. Pedirlo ahora sería usar el cerco, y ya usé demasiado para conseguir lo que quiero.
—¿Y después?
—Después pido.
—Usted no tiene idea de lo que va a pedir.
—Sí la tengo. —Se detuvo—. Solo que todavía no sé con qué derecho.
Sofía cruzó la sala.
Se detuvo frente a él, lo miró desde abajo, y puso la mano abierta en medio de su pecho: la misma mano, el mismo punto, el mismo gesto de tres noches antes.
—Ciento once —dijo ella.
—¿Cómo?
—Su corazón. —No retiró la mano—. Está a ciento once, usted está inmóvil, y le voy a decir algo que debí haberle dicho la primera semana: usted es pésimo para esconderme cualquier cosa. Siempre lo fue. —Levantó la barbilla—. Ya lo sabía.
—Usted ya lo sabía.
—Desde la noche de la cura. —Sofía se encogió de hombros, y el gesto fue tan práctico que dolió—. Usted no dejó que ningún hombre tocara ni una herida suya en nueve años y se sentó en esa silla con la mano abierta la primera vez que le dije que no del otro lado de un pasillo.
Nikolai puso la mano sobre la de ella y la mantuvo ahí.
—No sé hacer esto —dijo.
—Sé que no sabe. Está a ciento once.
Y, por segunda vez en cinco días, él se rio.
◆
La radio crepitó a las tres y cuatro de la madrugada.
Nikolai atendió con la mano todavía en el hombro de ella.
—Pakhan. —Era el hombre de Sergei, el que estaba en la carretera de Nová Ves desde las dos de la tarde, y su voz sonaba mal—. Pakhan, tiene que despertar a todo el mundo.
—Hable.
—Hace unos tres minutos. Empezó por el lado del río y ahora está en todo el techo. —Se oyó un chasquido, un viento en el micrófono—. La fábrica vieja de azúcar se está incendiando.