Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

El teléfono era un aparato antiguo, de mesa, conectado por cable, y estaba en el despacho sobre el escritorio con el auricular fuera de la horquilla y tres hombres alrededor.

Sofía entró vestida, con el pelo recogido, y no miró a ninguno de ellos.

—¿Cuánto tiempo llevan en la línea?

—Cuatro minutos —dijo Sergei—. No cuelgan. No hablan con nadie.

—¿Alguien está grabando?

Sergei enarcó una ceja.

—No.

—Entonces que alguien grabe. —Ella acercó la silla—. Y que alguien anote la hora exacta en que yo levante el auricular y la hora en que lo cuelgue, y que alguien tenga un reloj en la mano contando cuánto habla cada persona. Después explico por qué.

Nikolai hizo un gesto con dos dedos y Vory salió corriendo. Volvió en cuarenta segundos con una grabadora de cinta y un cable, y nadie en la sala preguntó por qué la casa todavía tenía eso.

Sofía esperó el clic.

Después puso la mano en el auricular y miró a Nikolai, una vez, y él no dijo ni hazlo ni no lo hagas. Asintió.

Ella levantó el aparato.

—Sofía Reyes.

◆

La voz del otro lado era educada.

Fue lo primero que la asustó: era una voz agradable, de un hombre de cuarenta y tantos años, con un francés limpio y un acento leve, del tipo que se oye en una consulta privada.

—Buenas noches, señorita Reyes. Disculpe la hora.

—¿Tiene usted un nombre?

—Lo tengo, y no voy a usarlo hoy. No es desconfianza; es economía. Usted ya sabe quién soy por lo que hice, y un nombre solo le daría al hombre que está de pie a su lado una cosa más que gritar.

Sofía miró la hoja en blanco que había puesto delante de ella y escribió, con letra firme: educado. Sin prisa. No quiere nada rápido.

—¿Qué quiere usted?

—Nada de usted. Todavía. —Una pausa exacta—. Llamé por tres motivos. El primero es de cortesía: la señora Perrin está viva.

El bolígrafo se detuvo.

—Demuéstrelo.

—Lo voy a demostrar mejor de lo que usted imagina, y no por teléfono. —Una pausa—. El segundo motivo es que tengo aquí a un señor de ochenta y un años que pidió hablar con usted, y soy de la opinión de que un hombre de esa edad tiene derecho a un pedido por día.

Sofía sintió que la sangre se le iba del rostro y escribió en la hoja, para que sus propias manos tuvieran algo que hacer: ofrece a Grigori. No pide nada a cambio. ¿Por qué?

Hubo un ruido de aparato cambiando de mano. Un arrastre. Una respiración.

Y entonces la voz de Grigori.

—Niña.

◆

Ella conocía esa voz de una única conversación que nunca sucedió, a través de un vidrio, en un escalón frío.

—Aquí estoy —dijo Sofía.

—No venga. —La palabra salió deformada—. Sea lo que sea que él diga, no venga. Dile al muchacho que —

Se oyó un chasquido, y la voz desapareció, y la línea quedó con ese siseo sordo de una mano tapando el auricular.

Sofía se quedó con el teléfono en la oreja y los ojos cerrados.

No estaba escuchando la frase. Estaba escuchando el resto.

Doce segundos. Fue lo que tuvo, y en doce segundos captó todo, del mismo modo en que captaba en una llamada de triaje a las tres de la madrugada en Marsella, cuando una hija llamaba desde el otro lado de la ciudad y lo único que existía era la voz.

La voz de Grigori había salido con esfuerzo al final de cada palabra.

No por el miedo: por el aire. Se había detenido dos veces en medio de una frase de nueve palabras, y las dos pausas fueron en el mismo lugar, después de la sílaba tónica, que es donde se detiene quien le falta el aliento y no quien tiene miedo.

Y la palabra venga había salido húmeda.

No llorosa. Húmeda. Con ese sonido gorgoteante mínimo que ella había oído unas cuarenta veces en la vida y que una persona no olvida.

La voz del otro hombre volvió.

—El tercer motivo, señorita Reyes, es un consejo, y se lo doy gratis.

—La cortesía seguía intacta—. Pregúntele al hombre que está a su lado quién llamó a su esposa la tarde del diecinueve de noviembre de dos mil dieciséis.

Él sabe el nombre desde febrero del año pasado.

Usted convive con esa persona todos los días.

Sofía no respondió.

—Buenas noches. Llamo de nuevo el jueves.

Y colgó.

◆

Ella colgó el auricular y se quedó con la mano encima.

Después miró el reloj, anotó la hora, y levantó la vista.

—No colgó con rabia —dijo—. Colgó al final de su propia lista. Tres motivos, tres motivos, adiós. Ese hombre entra en una conversación con un guion escrito.

—Sofía. —La voz de Nikolai sonaba extraña—. ¿Qué dijo al final?

—Después. —Ella se levantó—. Eso es suyo y mío y se va a resolver entre nosotros dos, y no ahora, porque ahora hay algo más urgente y tiene plazo.

—¿Dijo el nombre?

Sofía se detuvo.

Y lo miró, y vio en el rostro de aquel hombre algo que nunca había visto: prisa.

—No —dijo—. Dijo que usted lo sabe desde febrero del año pasado, y que yo convivo con esa persona todos los días.

Nikolai cerró los ojos medio segundo.

—Está tratando de hacer que usted camine por esta casa mirando a todo el mundo.

—Lo sé. —Ella tomó la hoja de la mesa—. Y está funcionando, y va a seguir funcionando, y lo único que resuelve esto es que usted termine la frase que Sergei interrumpió en la salita.

Pero no hoy, porque hoy hay un anciano muriéndose en un lugar que todavía no sabemos cuál es, y no voy a cambiar su vida por una respuesta que yo quiero.

—¿Qué plazo? —preguntó él.

Sofía fue hasta el escritorio y giró la hoja en blanco hacia ellos.

—Grigori tiene neumonía por aspiración —dijo—. Y, si nadie lo trata, muere entre cuarenta y ocho y noventa y seis horas.

◆

Sergei fue el primero en reaccionar, y reaccionó como ella esperaba.

—Usted oyó doce segundos de un anciano por teléfono.

—Oí doce segundos y es más de lo que tengo en una llamada de triaje. —Sofía no se alteró—. Escuche la cinta conmigo y le muestro. Se detiene a mitad de la frase dos veces, en el mismo punto métrico, lo cual es falta de aire y no miedo. Y hay líquido. Se oye en la palabra venga.

—Puede ser un resfriado.

—Puede ser. —Ella asintió sin retroceder un milímetro—.

Ahora escuche la suma. Un hombre de ochenta y un años fue arrastrado de espaldas por un campo mojado, a la una y media de la madrugada, en noviembre.

Probablemente recibió golpes, porque su bastón tenía sangre y no era él quien sangraba primero.

Lleva tres días en cautiverio. Si le golpearon el tórax, tiene una costilla rota; con la costilla rota, un anciano respira superficial para que no le duela; respirando superficial, no tose; sin toser, lo que baja al pulmón se queda ahí.

—Señaló la hoja—. Y, si lo están sedando para transportarlo o para callarlo, tragó mal alguna vez.

Es lo más común del mundo, señor Sergei.

Es lo que mata a los ancianos en las salas de hospital, no la enfermedad que los llevó ahí.

Sergei se quedó callado.

—Y, si tengo razón —continuó Sofía—, esa es la mejor noticia que esta casa ha recibido en tres días.

Nikolai levantó la cabeza.

—Diga.

—Porque los necesitan vivo. —Ella puso las dos manos sobre la mesa—.

No llevaron a treinta hombres al patio sur para llevarse un cadáver y una carpeta.

Se llevaron las hojas y al único hombre que sabe leer lo que hay en ellas.

Un anciano muerto no explica nada. —Sofía miró a los tres—.

Y un anciano con neumonía por aspiración, en cautiverio, en un lugar sin hospital, no se trata con buena voluntad.

Se trata con antibiótico inyectable, y no con cualquiera.

◆

Se tomó diez minutos y no dejó que nadie la interrumpiera.

—Van a necesitar tres cosas —dijo, escribiendo mientras hablaba—.

Primera: un antibiótico de amplio espectro en ampolla, que cubra anaerobios de la boca, porque lo que baja al pulmón de quien aspira es la suciedad de la propia garganta.

Segunda: material para aplicarlo: jeringa, aguja, suero, equipo de venoclisis.

Tercera, y aquí es donde se van a delatar: alguien que sepa puncionar una vena de un hombre de ochenta y un años deshidratado.

—Un médico —dijo Dmitri.

—O una enfermera, o un paramédico, o un veterinario con suerte.

—Sofía levantó la vista—. Pero no un soldado.

Un hombre de ochenta y un años con tres días de cautiverio tiene la vena como papel.

Un soldado lo intenta seis veces, la revienta toda y el anciano muere de otra cosa antes que de la neumonía.

—Pueden haber llevado a un médico con ellos —dijo Sergei.

—Pueden. Entonces perdí. —Ella se encogió de hombros—. Pero no sabían que él iba a enfermar. Nadie planea una neumonía. Y las tres cosas que enumeré no están en una mochila de asalto: están en una farmacia.

Nikolai ya estaba de pie.

—¿Cuántas farmacias hay en un radio de sesenta kilómetros del lugar donde terminó el rastro de neumáticos?

—Once —dijo Sergei, sin dudar, porque era su trabajo saberlo—. Y cuatro hospitales pequeños.

—Empiece por las farmacias. —Sofía arrancó la hoja y se la entregó—.

Esta es la lista de los nombres comerciales que existen en esta región, con sus presentaciones.

Si alguien compró dos o más artículos de esta hoja en las últimas treinta y seis horas, en efectivo, sin receta o con una receta nueva de un médico que no es de la ciudad, es ahí.

Sergei tomó la hoja y la leyó, y después la miró a ella un segundo más de lo necesario.

—¿Cuándo hizo esta lista?

—Mientras usted discutía conmigo si era un resfriado.

◆

Trabajaron toda la noche y el día siguiente.

Sofía no salió del despacho. Instalaron una segunda mesa, y ella se quedó con el mapa, la lista y el teléfono, y fue ella quien habló con siete de las once farmacias, porque una mujer con voz de enfermera preguntando por un antibiótico no despierta sospechas en nadie.

Llamaba, daba un nombre falso, decía que era del centro de salud del distrito y que estaba verificando el inventario para un informe de vencimiento. Las farmacéuticas revisaban. Dos se quejaron del sistema. Una le pidió su extensión.

En las primeras nueve, nada.

La décima quedaba en una aldea a cuarenta y un kilómetros, del lado equivocado de la carretera vieja, y atendió una mujer de voz cansada que confirmó el inventario de todo y, cuando Sofía le agradeció y colgó, se quedó con algo que la incomodaba y no supo qué.

Le llevó veinte minutos descubrirlo.

La mujer había verificado cinco artículos de la lista sin consultar nada. Sin ruido de cajón, sin un momento, sin el crujido de una caja. Recitó los cinco de memoria, en el orden en que Sofía preguntó.

Una farmacéutica de aldea sabe de memoria lo que vende cada semana.

Sofía tomó el teléfono de nuevo y llamó a la undécima, y después volvió a llamar a la décima con otra voz y otro nombre, y preguntó una sola cosa: si tenían equipo de suero macrogotas.

—Se acabó ayer —dijo la mujer—. Se llevaron los cuatro que tenía.

◆

A las cuatro de la tarde había un mapa en la pared del despacho con un alfiler en una aldea llamada Nová Ves, cuarenta y un kilómetros al noreste, y un hombre de Sergei sentado en un auto a doscientos metros de la farmacia desde las dos.

A las siete y diez, la radio crepitó.

—Volvió. El mismo hombre de ayer, la misma chaqueta. Compró de nuevo: dos cajas y un paquete grande. Salió a pie y se subió a un Škoda gris, dos ocupantes.

Sofía estaba de pie junto al mapa con un bolígrafo en la mano.

—Pregunte qué compró hoy —dijo.

Sergei repitió por radio. Esperaron.

—La chica dijo: ampollas y un artefacto de plástico con tubo.

Sofía cerró los ojos un segundo.

—Es oxígeno —dijo—. Mascarilla con reservorio.

—Abrió los ojos y había en ellos algo que Nikolai le diría después que nunca había visto ahí—.

Empeoró. Tiene la saturación baja y compraron mascarilla sin tener el cilindro para conectarla, porque quien tiene cilindro compra el conjunto completo.

Están comprando pieza por pieza, en pánico, en un lugar donde no pueden llamar a un médico.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Nikolai.

—Veinticuatro horas. —Ella tapó el bolígrafo—.

Tal vez treinta y seis. Y voy a decir lo que nadie aquí va a querer oír: si entran disparando a ese lugar, él muere en el suelo en diez minutos, porque un hombre en ese estado no sobrevive ni a que lo carguen deprisa.

—Sofía miró a los tres—. Quien entre a esa casa tiene que saber cargar a un anciano de la manera correcta.

Sergei abrió la boca.

—No —dijo Sofía—. Déjeme terminar la frase antes de decir que no. No estoy pidiendo ir con ustedes hasta la puerta. Estoy diciendo que dos de sus hombres van a tener que aprender algo conmigo esta noche, y va a llevar tres horas, y me van a dejar entrenarlos.

◆

Entrenó.

Eligió a Lev y a un sujeto grande y callado llamado Marchenko, y a las nueve de la noche los dos estaban en el suelo de la cocina con un saco de cincuenta kilos de papas atado en una manta, aprendiendo a levantar un cuerpo sin doblar el torso.

—De nuevo. —Sofía estaba de rodillas junto a ellos—.

No pueden dejar que la cabeza caiga hacia atrás.

Si la cabeza cae hacia atrás, aspira de nuevo y ya no sirve de nada lo que yo haga después.

—Puso la mano en la nuca del saco de papas—.

Aquí. La mano entera, no la punta de los dedos.

Marchenko, usted es demasiado fuerte y va a lastimarlo. Menos fuerza.

—Sí, señorita.

—Y de costado. Siempre de costado, nunca boca arriba, porque si vomita boca arriba, se acabó. —Se levantó—. De nuevo.

Lo hicieron de nuevo. Siete veces. En la octava, Lev lo hizo todo bien, y el muchacho la miró con un orgullo que ella recordaría durante mucho tiempo.

Sofía fue a buscar la segunda cosa: la mochila que llevaba armando desde las cinco de la tarde, con el material que enviaría y las instrucciones escritas en ruso, con la letra de Lev, pegadas con cinta en la parte de adentro de la tapa.

Estaba arrodillada en el suelo de la cocina con la mochila abierta y una ampolla en cada mano cuando Sasha entró corriendo por la puerta de servicio, sin chaqueta, con la respiración entrecortada.

—Hay un auto en la alameda.

Sofía se levantó.

—¿De los nuestros?

—Es un taxi —dijo él—. Un taxi de verdad, con taxímetro, con un anciano al volante. Se detuvo frente al pórtico y el chofer está dando la vuelta para abrir la puerta trasera.

Ella llegó a la puerta de la planta baja en nueve segundos, y Nikolai llegó por el otro pasillo al mismo tiempo, y los dos se detuvieron en lo alto de la escalera del pórtico.

Abajo, en la grava, el chofer abrió la puerta trasera y extendió el brazo hacia el interior del auto.

Y una mujer muy anciana puso un pie en el suelo.