Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Roman Ilnytskyi murió a las cinco y cuarenta de la madrugada, y Sofía tenía la mano en su pecho cuando sucedió.

No hubo nada dramático. Él había dejado de hablar a las tres y veinte, y ella le había dicho a Sasha que siguiera hablándole de todos modos, y Sasha siguió durante dos horas, solo, contándole al muchacho una historia sobre un caballo que la familia había comprado en dos mil nueve y que mordía a todo el mundo.

A las cinco y treinta y cinco, la respiración cambió.

Sofía conocía ese cambio mejor de lo que conocía su propia letra. Puso la mano en su esternón, sintió lo que quedaba, y no llamó a nadie, y no hizo nada, porque no había nada que hacer —y se quedó ahí, con la mano abierta, hasta que se detuvo.

Después miró el reloj de la pared de la cocina y dijo, en voz alta, para toda la sala:

—Cinco y cuarenta.

Marta escribió en la hoja pegada en la pared.

Sofía se lavó las manos hasta el codo, se las secó, y fue hasta la hoja, y escribió ella misma el nombre, porque Marta solo había anotado la hora y el número de la cama.

Roman Ilnytskyi. 22 años.

—¿Quién sabe el nombre de su madre? —preguntó.

Nadie lo sabía. Nadie lo sabía porque no había madre, y ella ya se lo había oído decir a Sergei, y aun así preguntó, porque preguntarlo en voz alta era lo único que todavía se podía hacer por ese muchacho.

Fue Sasha quien respondió, desde el banco, con la voz completamente ronca de dos horas hablando solo.

—Él me lo contó. —El muchacho se frotó la cara—. A las cuatro y diez, cuando todavía respondía. Se llamaba Oksana y murió cuando él tenía once años.

Sofía tomó el bolígrafo de nuevo y escribió el nombre junto al de él en la hoja de la pared, y nadie en la cocina preguntó por qué.

◆

Los dos días siguientes fueron de un silencio que Sofía no lograba interpretar.

No llegó nada. Ningún auto por el camino viejo, ningún sobre en el portón, ninguna llamada.

A los hombres de los Ryzhov que quedaron en el patio sur se los llevaron durante la noche personas a las que nadie vio.

El camión con el conductor muerto fue remolcado doscientos metros y abierto por dos hombres con muchísimo cuidado, y no había nada dentro más que cajas de repollo.

Eso era lo más aterrador de todo.

Una familia que gasta treinta hombres y después desaparece durante cuarenta y ocho horas no se está retirando. Está procesando lo que se llevó.

Sofía trabajó. Cuatro heridos, dos vivos, curaciones dos veces al día, una pierna que logró salvar y un hombro que iba a quedar rígido para siempre. Devolvió tres de los once sobres a sus dueños, en mano, y cada devolución llevó diez minutos y un silencio.

Devolvió la medalla de san Cristóbal al hombre que la había dado, y él volvió a guardársela en el bolsillo y dijo, sin mirarla, que iba a dejarla con la señorita un tiempo más, si a ella no le importaba.

A ella no le importó.

◆

Nikolai dormía dos horas por noche, y ella lo sabía porque veía la luz.

Su despacho quedaba del otro lado del jardín amurallado, y Sofía había pasado siete semanas dentro de esa ala mirando esa ventana sin saber que la miraban a ella también. Ahora veía la luz encendida a las tres, a las cuatro, a las cinco.

La tercera noche, se quedó de pie junto a su propia ventana durante mucho tiempo.

Y hizo lo que venía postergando, que era pensar con honestidad.

No era gratitud. Comprobó esa primero, con el mismo rigor con que comprobaría un diagnóstico incómodo, porque la gratitud era lo que su padre había usado toda la vida y ella no iba a repetirlo.

Él no la había salvado; la había secuestrado, y después había resultado ser algo más complicado que un secuestrador, y las dos cosas seguían siendo verdad al mismo tiempo, tal como había dicho Irina.

No era miedo, y esa la comprobó en segundo lugar. Una casa sitiada hace que la gente se aferre unos a otros y llame amor a eso, y ella lo había visto pasar en enfermerías de guerra, en libros, en personas. Sabía reconocerlo.

No era lástima, y la lástima habría sido la más fácil de todas. Un hombre de cuarenta y un años con una mujer muerta hace nueve, una promesa rota y un viejo arrastrado por la grava es prácticamente una invitación a la lástima.

Buscó las tres, una por una, y encontró las tres, porque todas estaban ahí —y encontró, debajo de ellas, sosteniéndolas a las tres, algo que era otra cosa, y que estaba ahí desde mucho antes.

Él se había quedado tres horas arrodillado en el suelo de una cocina, obedeciendo sus órdenes sin discutir ni una sola vez.

Había sacado de la cárcel al hermano de un hombre que lo vendió.

Le había ofrecido la puerta y la verdad, y la había dejado elegir, y cuando ella le empujó el pecho con dos dedos en un corredor a la medianoche y cuarenta, él había apartado la mano de su cintura y había dicho está bien.

Sofía se quedó en la ventana hasta las dos de la madrugada.

Después tomó el abrigo, y no lo tomó por frío.

◆

Atravesó el jardín amurallado en la oscuridad, sola, y nadie se lo impidió, porque a esa altura nadie en esa casa le impedía nada a la señorita Reyes.

Sus aposentos quedaban al final del ala oeste, y ella nunca había estado ahí. La puerta estaba entreabierta y había luz tenue adentro.

Sofía golpeó una vez con el dorso de los dedos y entró sin esperar.

Él estaba de pie junto a la ventana, sin abrigo, con la camisa abierta en el cuello y los puños doblados, y había un bastón sobre el escritorio, limpio, apoyado con un cuidado que dolía mirar.

Nikolai se dio vuelta.

—¿Pasó algo?

—No.

Él registró eso. Se quedó muy quieto.

Sofía cerró la puerta detrás de sí y se quedó con la espalda apoyada en ella por un instante, y después habló, porque había decidido que iba a hablar antes que cualquier otra cosa, y que iba a hablar con las palabras correctas.

—Vine porque quiero —dijo—. No es gratitud.

Lo comprobé. No es miedo, y no es lástima, y no es porque la casa está sitiada, y pasé dos noches comprobándolo punto por punto porque soy así y usted sabe que soy así.

—La voz le salió firme—. Quiero. Lo estoy diciendo en voz alta porque en una casa como esta nadie dice nada en voz alta, y no voy a dejar que esto pase a oscuras y sin nombre.

Nikolai no se movió de su sitio.

—Sabe lo que le voy a preguntar.

—Lo sé.

—Si dentro de un mes —

—Si dentro de un mes me arrepiento, se lo voy a decir con la misma claridad con que se lo estoy diciendo ahora —cortó ella—.

Y usted me va a creer, porque nunca le mentí, ni una sola vez, ni cuando habría sido más fácil.

—Se despegó de la puerta—. Y hay otra cosa.

No estoy pidiendo autorización. No es usted decidiendo por mí otra vez.

Yo vine, y yo lo digo, y ahora usted tiene que decidir por sí mismo.

Él tardó dos segundos.

—Hace nueve años —dijo.

Y fue solo eso, y fue lo más desprotegido que ese hombre dijo en cuarenta y cuatro días.

Sofía atravesó el cuarto.

◆

Ella le puso las manos encima primero, y las puso del modo en que sabía hacerlo —por las manos de él, por las muñecas, subiendo por los antebrazos bajo las mangas dobladas—, y bajo sus dedos el pulso de él se aceleró contra el pulgar por segunda vez en la vida.

—Setenta y dos —dijo ella, contra su boca—. Aquella noche.

—Lo sé.

—¿Usted sabía que yo estaba contando?

—Yo conté junto con usted.

Ella se rió, y la risa murió en la boca de él, porque esta vez fue él quien la besó, y no hubo nada de cuidadoso en eso.

Las manos de él se cerraron en su cintura y la levantaron dos centímetros del suelo; su espalda encontró la pared, después el borde del escritorio, después nada duro, porque él la había alzado por completo y ella tenía las piernas alrededor de él y la boca en su cuello antes de pensar en ninguna de esas cosas.

Él la puso en la cama y no la siguió.

Se quedó de pie a su lado, mirándola, con la respiración completamente descontrolada. Le estaba dando un segundo más, el último, el de siempre.

Ella tomó la mano de él y la puso en el primer botón de su propia camisa.

—Deje de preguntarme —dijo.

Fue ella quien le quitó la camisa.

Y fue ahí, con la lámpara baja y las manos ocupadas, que Sofía se dio cuenta de que conocía ese cuerpo desde hacía semanas por otro camino, y de que el camino de ahora no borraba el antiguo —solo lo daba vuelta.

La cicatriz blanquecina que le atravesaba la palma derecha, de agarrar una hoja.

El punto que ella misma le había dado en la ceja, ya sin hilo.

La sutura antigua y mal hecha en la línea de la mandíbula, que la había enfurecido un día de miércoles, y que ahora besó sin explicar por qué.

Había otras que no conocía —una marca de proyectil debajo de la clavícula izquierda, antigua, mal cicatrizada; tres líneas paralelas en las costillas, de algo serrado.

Sofía pasó los dedos por cada una de ellas en el orden en que las fue encontrando, sin ninguna prisa, y el cuerpo entero de él reaccionaba a cada una como si ella estuviera abriendo algo.

—Me está examinando —dijo él, con la voz irreconocible.

—Sí.

—¿Diagnóstico?

—Que nadie lo tocó a usted en nueve años sin estar arreglando algo.

Él dejó de respirar durante un segundo entero.

Y entonces no hubo más conversación.

◆

Él la desvistió despacio, y despacio en ese hombre no era ternura: era método.

Cada prenda quitada y puesta a un lado con la misma atención con que él hacía todo, y Sofía, que había pasado toda la vida siendo eficiente con su propio cuerpo, descubrió lo que era que la trataran como algo que merecía tiempo.

—Usted sabe exactamente lo que está haciendo —dijo ella, contra su boca, y no era una pregunta.

—Lo sé.

—Eso debería incomodarme.

—Debería. —Su mano se detuvo, un instante, en la cintura de ella—. ¿Le incomoda?

—No. —Lo atrajo de vuelta—. Ese es el problema.

Había catorce años entre las dos respuestas de ella, y los dos lo sabían sin necesidad de decirlo: él no apresuraba nada porque nunca había necesitado apresurar nada.

Por primera vez en su vida, ella estaba en las manos de alguien que ya conocía cada respuesta de su propio cuerpo antes de que ella misma la conociera.

Su boca bajó por el cuello de ella y se detuvo en la clavícula, y después más abajo, y Sofía arqueó la espalda contra la sábana y oyó su propia voz salir en un sonido que nunca había emitido en veintisiete años.

Las manos de él eran grandes y sabían lo que estaban haciendo, y una de ellas estaba en la parte interna del muslo de ella, subiendo, y Sofía abrió las piernas antes de que llegara, sin ninguna vergüenza, porque la vergüenza habría exigido una reserva que ella ya no tenía.

Cuando los dedos de él la encontraron, ella le agarró la muñeca —no para apartarla, para sostenerla ahí.

—Así.

—Así.

—No pare.

Él no paró.

Sofía perdió el hilo de todo en algún momento.

Del cuarto, de la casa, de la guerra allá afuera, de su propio nombre.

Sintió que algo subía dentro de ella con una inevitabilidad que la asustó y después dejó de asustarla, y oyó la voz de él muy cerca del oído diciendo su nombre, una vez, y cayó —cayó entera, con las dos manos en la espalda de él y la frente en su hombro, temblando, respirando fuera de compás.

Él esperó. Esperó con la mano abierta en la espalda de ella, quieto, todo el tiempo que ella necesitó.

Después ella le empujó el hombro y lo volteó boca arriba, y subió encima, y fue ella quien cruzó la última distancia —despacio, mirándolo, con una mano abierta sobre su pecho para sentir el corazón—, y la sensación de tenerlo dentro le arrancó un sonido a ella y otro a él, más bajo, casi de dolor.

—Míreme —dijo Sofía.

Él la miró.

Y ella se movió, y él la acompañó, y las manos de él encontraron sus caderas y las de ella se quedaron donde estaban, en su pecho, sintiendo el ritmo por dentro.

No fue rápido. Fue quedándose. Sofía se inclinó hasta que su frente tocó la de él, y se quedaron así, respirando lo mismo, y en algún momento él pasó el brazo alrededor de su espalda y la atrajo entera contra su pecho, y a partir de ahí ya no había dos cuerpos haciendo una cosa, sino una sola cosa moviéndose.

Ella sintió el momento en que él perdió el control, y ese momento fue de ella, y fue por causa de él que cayó por segunda vez, con la boca en su cuello y el nombre de él saliendo de ella sin que hubiera decidido decirlo.

◆

Después se quedaron muy quietos.

Su mano dibujaba una línea lenta en la espalda de ella, de arriba abajo y de vuelta, y Sofía tenía el oído en su pecho, escuchando cómo el corazón bajaba de ciento veinte a noventa y a setenta y ocho, y contando, porque no sabía no contar.

—Setenta y ocho —dijo.

—Es usted insoportable.

—Lo soy. —Sonrió contra la piel de él—. Usted debería haber preguntado antes.

Él se rió. Fue la risa entera esta vez, no el sonido seco, y su pecho se movió bajo el rostro de ella, y Sofía guardó eso con un cuidado casi feroz, del modo en que se guarda algo que se sabe raro.

—Sofía.

—No diga nada serio —pidió ella—. Todavía no. Solo cinco minutos.

—Está bien.

Se quedaron callados. La respiración de él fue entrando en el ritmo de ella, o la de ella en la de él, y Sofía no logró determinar cuál, y por primera vez en su vida no quiso determinarlo.

—Algo no serio, entonces —dijo él.

—Puede.

—Etiquetaste el armario del consultorio en ruso.

—Lo etiqueté.

—Mi caligrafía es mejor que la de Lev.

Sofía se rió contra su pecho.

—La de Lev entra en la etiqueta. —Levantó la cabeza—. Y esa semana yo no iba a pedirle nada a usted.

—Lo sé. —Su mano se detuvo a mitad de la espalda de ella—. Vi el armario al día siguiente. Me quedé diez minutos ahí adentro, solo, leyendo lo que había escrito en las cajas. —Una pausa—. Y después volví al despacho y escribí en una hoja que se iba el día doce.

—Usted es un hombre muy difícil.

—Lo soy.

—No me voy a ir el día doce.

—Lo sé desde las dos y cuarenta de la madrugada del jueves.

Ella se quedó quieta.

—Sergei se lo contó.

—Sergei entró en mi despacho a las seis y media de la mañana y me dijo que nadie se despierta de madrugada para salvar una casa de la que se va. —Nikolai subió la sábana sobre la espalda de ella—. Fue la mejor noticia que recibí este año, señorita Reyes, y no pude celebrarla con nadie.

Tuvieron tres minutos.

Golpearon la puerta a la tercera vez, y no fue un golpe educado.

Sofía se sentó en la cama con la sábana contra el pecho, y Nikolai ya estaba de pie, con el pantalón puesto, cruzando el cuarto, y abrió la puerta unos veinte centímetros.

Era Vory. Ella oyó su voz, tensa, en ruso, tres frases rápidas.

Después, un silencio.

Y después Vory habló, en francés, lo bastante alto como para cruzar el cuarto —y habló en francés a propósito, porque en esa casa las cosas dichas en francés siempre eran para que ella las oyera:

—Están al teléfono, Pakhan. No quieren hablar con usted.

Nikolai no se movió.

—Preguntaron por la señorita Reyes. Por el nombre completo.

Sofía tomó la sábana y puso los pies en el suelo.