Capítulo 26
La luz cayó a la una y diez, y Nikolai supo en el acto que Vasil había dicho la verdad y que esa verdad ya no servía de nada.
Un hombre que desaparece a las cuatro de la tarde es un hombre al que los demás dan por perdido a las seis. Los Ryzhov habían tenido nueve horas para saber que estaban quemados. Nueve horas es poco para cambiar un plan entero, y es mucho para cambiar la hora.
—Nadie sale de detrás de nada —dijo por radio—. Repito para todos: lo que dio Vasil vale como intención, no como plano. Saben que nosotros sabemos.
Estaba en el puesto del patio interior, detrás del muro bajo de la fuente, con Dmitri a la izquierda y cuatro hombres.
Desde la posición se veía el portón de servicio, la boca del pasillo de la planta baja y la ventana iluminada de la cocina, que era la única luz encendida de toda la propiedad porque él había mandado poner un generador ahí y en ningún otro lugar.
Del muro norte llegó la explosión, y llegó vistosa.
Fue grande, anaranjada, con eco, y arrancó unos diez metros de alambre y un trozo de la coronación de piedra, y tres segundos después empezó el tiroteo de ese lado —acompasado, ordenado, disparos de gente que dispara para hacerse oír.
—Es el señuelo —dijo Dmitri.
—Es el señuelo.
Nikolai contó hasta veinte por radio antes de responder nada, y en esos veinte segundos oyó lo más difícil que un jefe puede oír: a sus propios hombres siendo baleados a la distancia y pidiendo permiso para avanzar.
—Nadie avanza —repitió—. Kolya, ¿cuántos ve usted?
—Seis, tal vez ocho, señor. Están de pie.
De pie. Disparando de pie, contra una casa fortificada, a la una y veinte de la madrugada.
—Son seis hombres a los que ya les pagaron para morir —le dijo Nikolai a Dmitri, y su propia voz salió con una frialdad que él registró desde lejos—. Están comprando tiempo con sus vidas. ¿Cuánto vale esa compra?
—Quince minutos. Veinte.
—Entonces dentro de quince minutos algo va a pasar en otro lugar.
◆
El camión llegó a la una y veintisiete.
Vino por la alameda con los faros encendidos, despacio, tal como venía el camión de provisiones desde hacía nueve años, y se detuvo a cuarenta metros del portón de servicio con el motor encendido.
Nadie bajó.
—Luz sobre él —dijo Nikolai.
Dos reflectores lo iluminaron, y el parabrisas se encendió en blanco, y se podía ver al conductor sentado al volante, muy erguido, con el mentón caído sobre el pecho.
—Está muerto —dijo Dmitri.
—Lleva horas muerto. —Nikolai ya estaba calculando el otro lado de la cuenta—. Nadie se acerca a ese camión. Nadie abre ese portón. Si alguno de mis hombres camina diez metros en esa dirección, dispárenle en las piernas.
El camión se quedó ahí, ronroneando, con un cadáver al volante y treinta metros de grava por delante. Una pregunta hecha de acero, esperando una respuesta que Nikolai no iba a dar.
Fue entonces cuando entendió la forma de la cosa.
Muro norte: ruido. Camión: parálisis. Las dos cosas juntas mantenían la atención de toda una casa clavada en el eje noroeste de la propiedad y, lo que era peor, mantenían al propio Pakhan detrás de la fuente del patio interior, mirándolas.
—Sergei —dijo por radio—. ¿Quién está en el patio sur?
Dos segundos de silencio.
—Dos hombres, Pakhan. Saqué a cuatro de ahí a las ocho para reforzar el portón de servicio.
Nikolai cerró los ojos medio segundo.
El patio sur. El invernadero. La puertecita que rechinaba, del lado donde no había ninguna cámara porque nunca había habido nada ahí que vigilar —nada más que un pozo tapado, una hilera de tilos y la casa pequeña de un viejo de ochenta y un años que guardaba, desde hacía treinta y cinco, unos papeles que un Pakhan había mandado quemar.
—Él no es el objetivo secundario —dijo Nikolai, y ya estaba corriendo.
◆
El camino más corto del patio interior al patio sur pasaba por la puerta de la cocina, y Nikolai atravesó esa puerta en lugar de rodearla, y después pasó el resto de la noche sabiendo exactamente por qué.
Estuvo tres segundos ahí dentro.
La cocina estaba iluminada y llena de gente.
Había un hombre sobre la mesa grande y otro sentado en el suelo con la espalda contra la pared, sosteniéndose el propio brazo.
Marta estaba arrodillada junto al primero, con las dos manos apoyadas sobre una toalla doblada y el rostro blanco.
Sasha estaba en el banco, en la cabecera, hablando sin parar en ruso con el hombre acostado. Irina pasaba ollas de agua.
Sofía estaba de espaldas a la puerta, con las mangas hasta el codo, y no se dio vuelta.
—¿Quién es? —dijo ella, en voz alta, sin mirar.
—Soy yo.
—¿Está herido?
—No.
—Entonces salga de mi cocina.
Lo dijo sin ninguna agresividad, con el tono exacto de quien aparta un obstáculo del camino, y volvió a lo que estaba haciendo, y Nikolai obedeció una orden en medio de su propia casa por segunda vez en tres semanas.
Salió con algo cálido y completamente inconveniente en el pecho, y corrió.