Cautiva del Pakhan (Yakovlev Bratva, Libro 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Los dos hombres salieron de la salita en nueve segundos y Sofía se quedó sola con una carta abierta en la mano.

Se quedó así durante un tiempo que no supo medir. Después dobló el papel por los pliegues antiguos, lo guardó en el sobre, guardó el sobre en el bolsillo interior del abrigo —no le pidió permiso a nadie — y fue a trabajar.

Porque era lo que había.

◆

A las diez y veinte de la noche, la Vorenhaus había dejado de ser una casa.

Sofía atravesó la planta baja a contracorriente del flujo de hombres que iban hacia los puestos y no le pidió autorización a nadie: entró en la cocina, se detuvo en medio de ella y dijo, en voz alta, la primera frase que decía en voz alta en esa casa desde que había llegado.

—Esta cocina es mía a partir de ahora. Todo lo que sea comida sale de aquí en diez minutos.

Irina soltó el paño.

—¿Va a ser aquí?

—Va a ser aquí. Es el único cuarto de la planta baja con agua caliente, luz fuerte, una mesa que aguanta peso y tres salidas. —Sofía ya estaba quitando el soporte de las ollas de la pared—. Y porque ya fue aquí una vez, y la mesa aguantó.

La vieja la miró un segundo y después empezó a gritar órdenes en ruso hacia la despensa, y la cocina se convirtió en otra cosa en cuatro minutos.

Fue la hora y media más lúcida de la vida de Sofía.

Mandó raspar la mesa grande con arena y agua hirviendo y cubrirla con toallas limpias en cuatro capas.

Mandó poner las dos ollas más grandes al fuego y no dejarlas salir de ahí en toda la noche.

Hizo subir del sótano la mesa larga de planchar, que se convirtió en la segunda mesa.

Vació el armario del consultorio entero y bajó todo en cajas, y reorganizó el material sobre el aparador en tres bloques, de izquierda a derecha: sangrado, respiración, el resto.

Después llamó a las mujeres.

Eran siete: Irina, Marta, las dos lavanderas, la cocinera joven, y dos que Sofía conocía solo de vista. Puso a las siete en fila en la cocina, las miró y habló en francés despacio, con Irina traduciendo frase por frase.

—Ninguna de ustedes va a coser nada y ninguna va a decidir nada.

Van a hacer tres cosas, y las tres cosas salvan a más gente que cualquier médico.

—Levantó un dedo—. Primera: presionar. Si un hombre llega aquí sangrando, alguien pone las dos manos encima del agujero y hace fuerza y no suelta, y no suelta cuando él grite, y no suelta cuando parezca que paró, y no suelta hasta que yo llegue y diga que suelte. Nadie suelta sola.

Marta asintió con el mentón temblando.

—Segunda: hablarles. Nombre, y algo más. Pregunten el nombre de la madre. Pregunten si le gusta el fútbol. Si deja de responder, griten por mí, aunque tenga buen aspecto, aunque no tenga ni una gota de sangre. —Las miró una por una—. Un hombre que deja de responder es lo más urgente de esta casa.

—¿Y la tercera? —preguntó la cocinera joven.

—Contar. —Sofía golpeó el aparador con el dedo—.

Cuántos entraron, cuántos hay en cada mesa, cuántos salieron y hacia dónde.

Por escrito. En una hoja. Porque dentro de tres horas nadie aquí va a acordarse de nada, y lo único peor que perder a un hombre es perder a un hombre que estaba vivo en el suelo de la despensa y que nadie recordó que estaba ahí.

Irina tradujo, y las siete mujeres se quedaron muy quietas.

—Se van a ensuciar hasta el codo —dijo Sofía—. No van a dormir. Alguna de ustedes va a tener que sostener a un hombre que conoce. Si alguien no puede, que lo diga ahora, aquí, e irá a trabajar con el agua caliente, y a nadie le va a parecer mal, y lo digo en serio.

Nadie salió de la fila.

◆

A las once y diez hizo lo último de la lista, y fue lo que menos tenía que ver con la medicina.

Sacó del armario la caja de metal con la palabra DEVOLVER en la tapa, la llevó a la despensa, la puso encima del estante más alto, detrás de los sacos de harina, y llamó a Irina.

—Si mañana no estoy aquí, esta caja es suya.

—Señorita —

—Once sobres, un reloj, una medalla y un papel con un número de cuenta.

—Sofía habló deprisa, porque no tenía tiempo para eso y porque sabía que era importante—.

Tienen el nombre de cada uno escrito atrás, a lápiz, con mi letra.

En mano, uno por uno. No por correo, no por Vory, no por el patrón. En mano.

Irina miró la caja un instante.

—Usted pone mi nombre en una lista cuando escribe las cosas de los demás —dijo—. Nadie en esta casa pone mi nombre en ninguna lista desde hace treinta y un años.

—Usted es la única persona aquí que nunca me mintió dos veces.

La vieja se rió. Fue un sonido seco y corto, y la primera risa que Sofía le oyó.

—Mentí una sola vez, señorita. Y era para que usted tuviera prisa.

◆

Lev apareció en la puerta de la cocina a las once y media, con chaleco, con esa cara de niño que tenía y que el uniforme no lograba esconder.

—Señorita. Me mandaron quedarme en su puerta.

—¿Usted y quién más?

—Yo y Bogdan.

Sofía dejó de doblar gasas.

—Bogdan tiene cincuenta y nueve años y una espalda que llevo dos meses remendando.

—Lo sé. —El muchacho miró al suelo—. Él lo pidió. Fue a ver al señor Sergei y se lo pidió. Dijo que si iba a haber alguien en esta puerta, quería ser él.

Sofía tuvo que darse la vuelta y ponerse a ordenar una caja que no necesitaba que la ordenaran.

◆

Sasha llegó a las once y cuarenta y cinco, y llegó sobrio, y llegó armado, algo que ella nunca había visto.

—Vine a preguntar dónde quiere usted que me quede.

—¿Usted no tiene un puesto?

—Tengo tres, porque nadie sabe qué hacer conmigo. —Se encogió de hombros—. Así que voy a elegir, y prefiero elegir aquí.

—¿Usted sabe hacer qué?

—Nada útil.

—Entonces usted sabe hacer dos cosas. —Sofía empujó un banco hacia él—. Sabe hablar ruso y francés, y sabe hablarle a gente asustada sin que parezca lástima. Se va a quedar en la segunda mesa, junto a la cabecera, y va a conversar con quien esté acostado ahí. Usted habla hasta que respondan.

Sasha se quedó mirándola.

—¿Es trabajo de verdad?

—Es la diferencia entre saber y no saber la hora en que un hombre empezó a morir —dijo Sofía—. Sí, es trabajo de verdad.

Se sentó en el banco, y no se movió de ahí en las seis horas siguientes.

◆

Nikolai bajó a la cocina a la medianoche en punto.

Se detuvo en la puerta y se quedó mirando la sala durante cinco segundos enteros —las dos mesas, las toallas, el material en tres bloques, siete mujeres con delantal y las mangas arremangadas, la hoja de conteo ya pegada en la pared con cinta — y Sofía vio en su rostro algo que no era sorpresa.

Era reconocimiento. Como quien entra en una sala y ve su propia casa funcionando de un modo que él no había ordenado.

—Vasil habló a las siete —dijo él—. Le voy a dar lo que sé, porque necesita saberlo para trabajar.

—Diga.

—Entre la una y las tres de la madrugada.

El muro norte es cebo; van a hacer ruido ahí para atraer hombres.

La entrada verdadera es el portón de servicio, y van a entrar con el camión de provisiones, que es el único vehículo que esta casa deja acercarse.

—Su voz sonaba plana y rápida—. Treinta a cuarenta hombres.

No vienen a tomar la casa. Vienen por dos cosas: por el archivo y por usted.

Sofía siguió doblando gasas.

—¿En ese orden?

—No sé el orden.

—Está bien. —Puso la gasa en la pila—. ¿Cuántos hombres tiene usted?

—Treinta y nueve.

—Entonces necesito saber una cosa, y la necesito ahora, porque cambia todo lo que voy a hacer en esta cocina. —Levantó la vista—. ¿Sus hombres van a ser enviados hacia el fuego, o van a quedarse detrás de algo sólido?

Nikolai no dudó.

—Detrás de algo sólido. Nadie avanza. Los dejamos entrar y los atrapamos en el patio interior.

—Perfecto. —Sofía volvió al trabajo—. Entonces preparo para bala detenida y no para bala en movimiento. Prepárese para que le grite esta noche.

—Grite.

◆

La mandó al sótano a las doce y cuarto, y ella se negó.

—No.

—Señorita Reyes —

—Escuche mi razón antes de discutir. —Puso las manos en la mesa raspada—.

Si me quedo en el sótano, a un hombre herido le toma cuatro minutos bajar esa escalera, y cuatro minutos es lo que separa un muslo de un ataúd.

Vi que eso pasó en esta casa, en esta misma mesa, hace tres semanas.

Si bajo, usted puede perder tres hombres hoy solo para tenerme dos pisos más segura.

—Yo acepto perder tres hombres.

—Sé que usted acepta. —Sostuvo la mirada—. Ellos no.

Nikolai se quedó callado.

—Y está la otra cosa —siguió Sofía, más bajo—. Usted dijo que vienen por mí. Si entran y me encuentran en el sótano, acorralada, con siete mujeres alrededor, usted las pierde a las siete. En la planta baja tengo tres salidas.

Él la miró durante un largo rato.

—Dos hombres se quedan en esta puerta toda la noche —dijo por fin—. Si le digo que baje, baja, sin discutir, en el segundo en que yo lo diga.

—De acuerdo.

—Y, señorita Reyes. —Ya iba a salir—. Si entra alguien en esta cocina que no conozca, no pregunte nada. Grite.

◆

Volvió a la medianoche y cuarenta, y volvió por otro motivo.

Sofía estaba sola en el corredor de servicio, apoyada contra la pared fría, con dos minutos robados y las manos todavía mojadas. Había ido hasta allí porque necesitaba treinta segundos sin siete personas mirándola.

Él se detuvo a dos metros.

No dijo nada. Y fue el silencio —sin orden, sin dato, sin pregunta — lo que respondió para qué había venido.

—No se despida —dijo Sofía—. Si usted se despide, voy a trabajar mal toda la noche.

—No vine a despedirme.

—¿Vino a decir qué?

Nikolai dio un paso, y otro, y se detuvo lo bastante cerca como para que ella tuviera que levantar el rostro, y no la tocó.

—Que tiene razón en todo —dijo—. Sobre su padre, sobre mí, sobre la cobardía.

Pasé treinta y nueve días tomando decisiones por usted y llamando a eso protección.

No voy a pedir perdón ahora, porque pedir perdón en noche de guerra es chantaje.

—Se detuvo—. Vine aquí porque, si no se lo digo hoy, existe una posibilidad real de que nunca se lo diga, y ya perdí demasiado tiempo con esa aritmética.

—Entonces diga.

Y él lo dijo —y no fue con ninguna palabra.

Su mano subió, y esta vez no se detuvo a dos centímetros.

Le rozó la mandíbula, exactamente en el mismo punto donde la mano de ella había rozado la de él una noche de miércoles, y el pulgar áspero pasó una vez por la piel bajo el ojo, donde ella sabía que estaba marcada por cuatro noches sin dormir.

Debería haber retrocedido.

Hizo lo contrario: subió las dos manos, agarró la solapa del abrigo de él con los diez dedos y tiró.

El beso no fue delicado.

Fue el beso de dos personas que habían pasado cuarenta días en el mismo edificio diciendo que no, y el primer instante fue un alivio casi violento —el alivio de hacer por fin lo único que tenía sentido desde la noche de la curación.

Su espalda encontró la pared fría, sin saber si había retrocedido o si la habían empujado, y no importaba; la mano lastimada de él se abrió entera sobre su cintura, la otra en la nuca, bajo el cabello corto, el pulgar levantándole el mentón para mejorar el ángulo con una precisión que le arrancó un sonido que ella no reconoció como propio.

Ella le mordió el labio. Suavemente, sin decidirlo. Él respondió con un sonido bajo en el fondo de la garganta y la besó de nuevo, más hondo, y la mano que tenía en su cintura bajó dos palmos y se detuvo, y se quedó ahí, caliente, esperando.

Todo el cuerpo de Sofía dijo sí.

Y por eso fue que ella puso la mano en el pecho de él y empujó.

No con fuerza. Con dos dedos, lo suficiente para medio paso.

Los dos se quedaron así, a un palmo de distancia, respirando mal, en el corredor de servicio de una casa que iba a ser invadida en dos horas.

—Usted besa como quien ya sabía exactamente lo que iba a hacer —dijo ella, todavía sin aliento, y no era ni un elogio ni una queja, eran las dos cosas juntas—. Catorce años de ventaja sobre mí, y usted ni siquiera tuvo que pensar.

—¿Quiere que también me disculpe por eso?

—No. —Respiró hondo una vez—. Solo quiero que usted sepa que me di cuenta.

—Hoy no —dijo Sofía.

Nikolai no discutió. No preguntó por qué. Se quedó donde estaba, con la mano todavía en la cintura de ella, y esperó.

—Si pasa hoy —siguió ella, y tuvo que parar y volver a empezar porque la voz no le salía firme—, va a haber sido miedo.

Va a haber sido la noche, y el corredor, y usted pensando que tal vez muera, y yo pensando lo mismo, y los dos con una excusa perfecta para no mirar de frente lo que estamos haciendo.

—Levantó el rostro—. Pasé cuarenta días en esta casa sin poder elegir nada.

Esto quiero elegirlo con la casa encendida y sin nadie muriendo.

Él tardó tres segundos.

—Está bien.

—¿Solo eso? ¿Está bien?

—Acaba de decirme que quiere elegir. —Nikolai retiró la mano de su cintura, despacio, y la falta llegó de inmediato —y Sofía odió que llegara—. Pasé cuarenta días eligiendo por usted. No voy a volver a empezar ahora, en lo único que importa.

Dio un paso atrás.

—Después de esta noche —dijo ella.

—Después de esta noche.

—Usted no se va a morir.

—No pienso hacerlo.

—No fue una pregunta. —Sofía se enderezó contra la pared, y la voz le volvió a su sitio, la voz de enfermera—.

Fue una instrucción. Usted tiene cuarenta y un años, duerme cuatro horas y no come desde ayer.

Coma algo antes de la una de la madrugada, o voy a tener que coserle a un hombre que se desmaya por el azúcar bajo, y me voy a poner muy irritada.

Algo cambió en el rostro de él —fue breve y fue real, y ella nunca lo había visto ahí.

—Sí, señora.

Y se fue por el corredor, y Sofía se quedó apoyada en la pared fría con el corazón latiendo en el lugar equivocado, y tuvo diez segundos enteros de algo parecido a la felicidad, en la peor noche de su vida.

◆

Volvió a la cocina a la una menos diez y revisó todo una vez más, y después otra vez, porque la tercera revisión es la que encuentra lo que faltó.

A la una y diez, los perros empezaron a ladrar en el patio sur.

Ladraron durante cuarenta segundos y pararon todos al mismo tiempo.

Sofía levantó la cabeza despacio. Siete mujeres levantaron la cabeza con ella.

Y entonces la luz de la cocina parpadeó una vez, y la segunda vez no volvió, y la casa entera quedó a oscuras y completamente en silencio —y del otro lado de la pared, muy lejos, del lado del muro norte, algo estalló.